Pérez, Antonio
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Biografía GER
Secretario de Felipe II y más tarde su enemigo declarado, fue uno de los hombres que más profundamente conoció y aprovechó para fines propios la personalidad cautelosa e introvertida del rey.Primeros años. A. Pérez, secretario de Estado. De familia aragonesa, originaria de Monreal de Ariza, sospechoso de ascendencia judía, n. en Madrid, en fecha imprecisa, hacia 1540, fruto de los amores de Gonzalo Pérez, clérigo y secretario real, y Juana de Escobar o Tobar, de Torrejón de Velasco (Madrid), "mujer moza y soltera". Esta circunstancia marcó un tono resentido en su carácter. El que P. fuese hijo de Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, es cosa muy de dudar, pero no rechazable en absoluto, al carecer de documentación precisa sobre su nacimiento. Lo cierto es que tuvo la protección de los £boli, en cuyas tierras -Val de la Concha, del partido de Pastrana, en Guadalajara- se educó. Más tarde pasó por las Univ. de Alcalá, Lovaina, Venecia, Padua y Salamanca.De la escasa iconografía que de P. se conserva, surge la figura de un hombre arrogante, presumido, afectado y ampuloso en su vestir, aspecto al que añadía la penetrante fragancia de abundantes perfumes. Su buena presencia física y sus modales suaves y comedidos ayudaron a su indudable don de gentes. Su formación humanística y el uso de una sagacidad natural le hicieron genuino representante de la educación renacentista. Otro carácter muy de su época fue su afición a los jeroglíficos, a la astrología y a la preparación de ungüentos y pócimas, cosa nada extraña en el siglo del gran mago Nostradamus. Contó en su brillante carrera con el apoyo de varias casas nobles: Éboli, Mendoza, Vélez, los duques de Medina de Rioseco y el almirante de Castilla. Gonzalo P., siempre atento al porvenir de su hijo, le colocó a su lado en la secretaría de Estado. Muerto su padre en abril de 1566, Felipe II le nombró para dicha secretaría en diciembre de 1567, tomando, un año más tarde, posesión del cargo. Para entonces ya había casado con Juana Coello.El año 1568 fue aciago y dramático para el rey. Se dieron cita en él varios acontecimientos que entristecieron su carácter: la rebeldía y la muerte del príncipe D. Carlos, la continuada agitación de los Países Bajos, la sublevación morisca de las Alpujarras y, quizá lo más doloroso, la muerte de su esposa Isabel de Valois. En este periodo crítico desaparece el Felipe II de los años jóvenes y se inicia la otra faz del rey taciturno y reconcentrado. Ahí comienza la ascensión de su secretario, que diligente y astuto cuenta con el total apoyo del monarca. Hasta 1578 se prolonga la época de su máxima influencia. Pero ese mismo año señala el principio del descenso y el estallido del escándalo que calladamente se venía tejiendo. Varios personajes intervienen en él: La princesa de Éboli, Ana de Mendoza y de la Cerda, viuda de Ruy Gómez de Silva; Juan de Austria, a la sazón gobernador de los Países Bajos; su secretario Juan de Escobedo, el rey y el mismo P.El asesinato de Escobedo. Después de tres intentos de envenenamiento, la noche del lunes de Pascua 31 mar. 1578, en el callejón del camarín de Nuestra Señora de la Almudena de Madrid, caía asesinado por los aceros devarios matones a sueldo Juan de Escobedo, enviado por Juan de Austria para negociar en la corte. Para la historiografía del s.XIX, esta muerte, cuya responsabilidad desde el principio atribuyó el rumor popular a P., sería el centro de un drama romántico de amor y de celos. Habiendo descubierto Escobedo las relaciones ilícitas de P. con la princesa de Éboli, objeto también de los amores del rey, se había convertido en testigo molesto y peligroso que era preciso eliminar. Pero la realidad es menos romántica y discurre más por el terreno de los negocios de Estado. Para Marañón, la relación entre P. y la de boli es meramente política y financiera. ¿Hubo también un trato amoroso? Es probable y varios testimonios servirían al caso, pero en este asunto, el amor se presenta como algo accesorio y en segundo plano. Por otra parte, ningún intento historiográfico serio puede hoy sostener la leyenda de los amores reales de la Éboli y menos aún la del hijo natural.La muerte de Escobedo tiene todas las características de un crimen de Estado. Escobedo es el testigo y también uno de los protagonistas de una intriga cuyo eje pasa por los Países Bajos. Con fundadas razones se puede asegurar que P. mantenía un fructífero negocio con los secretos de Estado que a diario pasaban por sus manos. En él estaban implicados la de Éboli y el mismo Escobedo, antes amigo de P., quien le había recomendado como secretario a Juan de Austria. Es además muy de sospechar que, en su polifacético papel de espía, se relacionase con los rebeldes de los Países Bajos. Escobedo, como él, hombre venal y ambicioso, llegó a ser un peligro. El rey, siempre receloso ante los planes de su hermano D. Juan, aceptó fácilmente la imagen del Escobedo insidioso, instigador de D. Juan, que P. le forjó. Era preciso hacerle desaparecer. Jugada maestra: se eliminaba al testigo molesto y el rey quedaba atado por el secreto de un crimen. Hoy se puede afirmar que, en esa muerte, Felipe 11 no hizo más que acceder a lo ya planeado por su astuto secret?rio.Prisión y exilio de A. Pérez. Pero pronto su estrella declina. Siempre cauteloso en sus decisiones, hasta 1579 no comienza a aplicar su justicia el rey. Es un año de grandes cambios en la política filipina. La noche del 28 de julio son apresados la princesa de Eboli y P. La primera, con la que el rey mostró especial severidad, tras pasar por varias prisiones -Pinto, Santorcaz y Pastrana- murió el 12 feb. 1592. También conoció P. diversas cárceles y planeó varias fugas mientras, con detenido rigor, se instruía su proceso: el castillo de Turégano, Pinto y Madrid, donde quedó, en la casa de Benito Cisneros, desde 1588. El 19 abr. 1590 consiguió huir y dirigirse a la tierra de su familia: Aragón. Con ello se escapabl: del poder real. Aragón, separado de Castilla por barreras aduaneras, conservaba sus leyes y libertades propias. El Justicia y los Fueros se levantaban como símbolos desafiantes frente al poder real. Existía además la posibilidad de que P. marchase a otro país con papeles que, en sus manos, se volverán armas contra Felipe 11. Acogido a las leyes aragonesas, P., que pronto contó con el fervor popular, ingresó en la cárcel de los Manifestados. Los tribunales, a pesar de la urgencia exigida por el rey, empezaron a actuar con una calma consciente y premeditada. Felipe II, ante esa irritante impotencia, echa mano de una solución demasiado fácil, la Inquisición, que esta vez se muestra en su aspecto de instrumento político en manos del rey. Se indagan cargos contra P., sospechas de pacto con los hugonotes, blasfemia, magia..., en fin, cualquier indicio que justificase la extradición del reo al Santo Oficio, custodio de la fe. Nunca fue práctico crear mártires. Desde la cárcel, P. promueve la agitación popular, representa su papel de inocente perseguido y se convierte en héroe del pueblo. Los dos intentos de traslado desde’la cárcel de los Manifestados a la del Santo Oficio, la Aljafería -24 de mayo y 24 de septiembredieron lugar a sendos motines, en que las masas arrebataron al acusado de las manos de los inquisidores. El más airado y tumultuoso fue el segundo, una auténtica revolución, en la que sufrieron menoscabo el prestigio del rey y de la Inquisición.Felipe Il no ve otro remedio que la intervención armada. Un ejército mandado por Alonso de Vargas espera en Agreda las órdenes del rey. Poco resistió Zaragoza, cabeza de la rebeldía. El 12 de noviembre entraba Var ,gas en la ciudad. Felipe 11, dispuesto en principio a la magnanimidad, se dejó llevar por quienes aconsejaban rigor en el castigo. En diciembre del mismo año caía la cabeza del justicia, el joven Juan de Lanuza.P. huye a Francia. Se refugia en Pau, huésped de Catalina de Borbón. Recibido en Tours por Enrique IV, ofrece sus servicios a Francia. En febrero de 1592 pasa a Inglaterra, donde cuenta con la amistad del conde de Essex y la protección de la reina, aunque no goza de un ambiente del todo propicio en la corte. Entre esas dos naciones discurre el resto de sus días, hábil espía para ambas e instigador y cómplice de intrigas y aventuras contra España. En Londres (1594) publicó sus famosas Relaciones, uno de los libros que más daño han hecho a la memoria de Felipe II. Con la nostalgia del exiliado, viejo, arruinado y casi paralítico, m. en París el 3 nov. 1611, después de haber dictado una declaración de fe religiosa y encomendado su familia al rey de España, a quien le pide "se acuerde de los servicios hechos por mi padre a la Majestad del suyo y a la de su abuelo". Su tumba, en el convento de Celestinos de París, fue destruida durante la Revolución francesa.M. ESPADAS BURGOS.
BIBL.: Las relaciones de A. Pérez, Madrid 1849; S. BERMÚDEZ DE CAsTRo, Antonio Pérez, secretario de Felipe 11, Madrid 1841; L. BERTRAND, El enemigo de Felipe 11, Madrid 1943; 1. GARCIA MERCADAL, Antonio Pérez, Madrid 1943; G. MARAÑÓN, Antonio Pérez, 9 ed. Madrid 1977; H. MIGNET, Antonio Pérez y Felipe II, Madrid 1845.
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