Pedro III de Aragón
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Biografía GER
Experiencia política y militar. Una serie de deducciones han permitido llegar a la conclusión de que el infante P., hijo primogénito de Jaime I el Conquistador y de Yolanda o Violante de Hungría, había nacido en Valencia en julio-agosto de 1240. Tenía, pues, al suceder a su padre y comenzar su reinado, la edad de 36 años. Se hallaba en la plenitud de la vida. Los cargos que había ocupado durante el reinado de su padre y el tiempo que los había ejercido le habían dado experiencia de gobierno. Ya a los 14 años su testimonio figuraba en algunos documentos expedidos por D. Jaime en calidad de hereu de Catalunya -heres Catalonie- y de conde de Barcelona, título éste que su padre, por cierto tiempo, le traspasó. A los 17 años fue nombrado procurador general de Cataluña y, en calidad de tal, recorrió el país administrando justicia y ejecutando actos de gobierno. A la muerte del infante D. Alfonso, hijo único del primer matrirgonio de su padre con Leonor de Castilla, recibió la procuración de Aragón, Cataluña y Valencia (1260). Durante el viaje de Jaime I a Tierra Santa ejerció la lugartenencia de los reinos de la corona de Aragón (1269-70). Las luchas con su padre por la hostilidad con su hermano bastardo, Ferrán Sánchez de Castro, dieron por resultado un paréntesis en el ejercicio de sus funciones. La última enfermedad de Jaime I puso de hecho en sus manos la dirección de la guerra contra los musulmanes, alzadosen revuelta y el gobierno de los reinos, antes de que el Conquistador hubiese desaparecido.Fueron, pues, unos 12 años de experiencias políticas y bélicas, en que el infante había tenido que vivir toda clase de conflictos y problemas. Ello había endurecido su carácter, especialmente las luchas contra la nobleza catalano-aragonesa dirigida por el bastardo Ferrán Sánchez, que no había dudado en ponerse al servicio de Carlos de Anjou (v.), máximo rival de P. y causa del odio entre los dos hermanos y de la muerte del bastardo, ahogado en aguas del Cinta, por orden del heredero del reino. También las discrepancias con su padre agriaron la juventud del infante, discrepancias debidas, en parte, a la funesta política de particiones patrocinada por el Conquistador, que le llevó a dividir en cuatro porciones sus reinos y que acabó segregando, en beneficio del infante Jaime, el reino de Mallorca, los condados de Rosellón y Cerdaña y el señorío de Montpellier.Conocía bien sus reinos, que había recorrido en todos sentidos, y también los países vecinos. Había estado en Castilla hasta Toledo, entrando por Valencia y saliendo por Aragón (1269). Había visitado Francia hasta París (1276) y allí había trabado amistad con Felipe el Atrevido. Su política exterior se había desarrollado en las direcciones que podían interesar a él y a sus pueblos: occitana, peninsular e italiana, o más concretamente siciliana. En la lucha contra los sarracenos tuvo una intervención eficaz y destacada, especialmente en la campaña para la conquista de Murcia (en beneficio de Alfonso el Sabio) y en la represión de la revuelta de los moros valencianos a fines del reinado de Jaime I. No menos estrecha había sido la colaboración entre padre e hijo en la cuestión del matrimonio de P. con Constanza de Sicilia, hija del rey Manfredo y heredera del reino siciliano, después de la muerte de Manfredo en Benevento (1266) y de Conradino en Tagliacozzo (1268). Muertes azarosas que abrían a P. el Grande el camino de Sicilia, y, en general, el de la expansión catalano-aragonesa en el Mediterráneo.La figura de P. el Grande, que unía en él la sangre de la dinastía de Barcelona y la de los antiguos reyes de Aragón, de la casa borgoñona de Castilla, de los Comneno de Bizancio y de la dinastía húngara de S. Esteban, era realzada por altas cualidades personales, entre las cuales sobresalía, como proclamaba el gran cronista catalán Ramón Muntaner, la alteza de corazón, o como ensalzaba el Dante, en un verso inmortal, d’ogni valor portó cinta la torda. Disponía además de un pueblo acrecido por las grandes conquistas de Jaime I, de una Marina que no tardaría en mostrarse la primera del Mediterráneo, de una tropa de infantería ligera, los famosos almogávares (v.), fuerte y resistente. Todo ello anunciaba que su reinado sería uno de los más brillantes de la historia catalano-aragonesa.Reinado. Providentemente. P. el Grande empezó por dedicar su actividad a obtener la paz en el interior de su territorio y con los reinos vecinos. Estaba en auge la revuelta musulmana; contra ella se dirigió el nuevo rey, y en el sitio de Montesa quedó yugulada la sublevación. Algunos nobles catalanes, que acusaban al monarca de faltar a sus privilegios, se rebelaron también y fueron sitiados en Balaguer (1280). Pedro III les redujo a obediencia, hasta tal punto que puede decirse que la nobleza catalana ya no volvería a alzarse colectivamente en armas contra sus reyes. Estaba latente también la cuestión mallorquina. El reino de Mallorca (v.) había quedado separado de Aragón por el testamento del Conquistador. P. el Grande obligó a su hermano Jaime a reconocer que lo tenía en condición de vasallaje. Otro problema era la cuestión de los infantes de La Cerda (v.) refugiados en Aragón, camino de Francia. P. les retuvo en prisión honrada, teniendo de esta manera una garantía contra toda actuación adversa de Sancho de Castilla. Las entrevistas con los reyes de Francia, Portugal e Inglaterra, redondearon la acción política internacional, que se completó con la intervención en Túnez y con la política de amistad con el papa Nicolás III, adversario de Carlos de Anjou, el cual se había alzado con los despojos de los Hohenstaufen y señoreaba Sicilia y Nápoles, aspirando al Imperio bizantino. Era el rival, pues, de la política mediterránea de P. el Grande.La muerte del papa Nicolás III y la elevación al pontificado de Martín IV, que era francés, hechura de Carlos de Anjou, fue un golpe muy duro para las ambiciones del rey de Aragón. Zurita dice que, ante estos acontecimientos, otro príncipe que no hubiese tenido la firmeza de P. el Grande habría renunciado a sus proyectos, es decir, a la ocupación de Sicilia. Pedro III, por el contrario, persistió en ellos. Con una inmensa flota se hizo a la mar, camino de Túnez (6 jun. 1282), donde se hallalla en connivencia con el señor de Constantina, que pocos días antes había sido vencido y muerto por el sultán. Allí el rey P. se hizo fuerte en la villa de Elcollo, esperando los acontecimientos, o sea, la embajada de los sicilianos ofreciéndole la corona, que, naturalmente, no dejó de aceptar, ya que todo invita a suponer que él había tenido su parte en las famosas vísperas sicilianas (v.), estalladas dos meses antes (31 mar. 1282).La ocupación de la isla por el rey P. produjo vertiginosamente una serie patética de acontecimientos: Sicilia, y, al cabo de cierto tiempo, Malta, Gozzo y los Gelves pasaron a formar parte de la casa de Aragón; Cataluña, desde los primeros encuentros navales, se enseñoreó del Mediterráneo occidental; Martín IV lanzó sus excomuniones sobre P. el Grande y acabó privándole de sus reinos, que entregó a Carlos de Valois, hijo del rey de Francia; añadamos el desafío caballeresco de P. y Carlos que se fijó para el 1 jun. 1283, en Burdeos, con 100 caballeros por banda; el viaje emocionante de P., de Trápani a Valencia y de Valencia a Tarazona y Burdeos; la presencia en el campo de batalla, el día antes del combate, del rey de Aragón, que hizo elevar acta testimonial ante notario y ante el senescal de Burdeos por el rey de Inglaterra, Eduardo, diciendo que no podían asegurarle la neutralidad del campo; el regreso del rey por Castilla a Tarazona; la incursión franco-navarra en Aragón; Cortes aragonesas y catalanas (1283); el sitio y rendición de Albarracín por el rey P.; incursión catalanoaragonesa en Navarra; victorias sobre el mar y prisión ante Nápoles de Carlos de Salerno, hijo de Carlos de Anjou; muerte de éste; preparativos de Cruzada contra Cataluña; castigo por el rey del demagogo barcelonés Berenguer Oller; preparativos del rey para oponerse a la Cruzada; actitud de Jaime II de Mallorca (v.) al lado del rey de Francia; P. el Grande, con las huestes catalanas, detuvo en el collado de Panissars el paso de los cruzados; entrada de éstos por traición a través de un paso mal guardado; retirada de las huestes catalanas y sitio de Gerona; victorias catalanas sobre el mar y llegada y triunfo de la armada de Roger de Lauria, que deshizo la armada francesa y desbarató totalmente las comunicaciones con Francia. El rey dio permiso a los defensores de Gerona para que se rindieran. El triunfo llegó con la retirada de los franceses, que conducían moribundo a su rey Felipe III, cuyo ejército había sido diezmado por los ataques de las tropas catalanas (los aragoneses indispuestos con el rey no intervinieron sino en el final de la campaña) y las epidemias. Los restos de la Cruzada sufrieron un último descalabro en el collado de Panissars. Aún quiso P. el Grande vengarse de la traición de su hermano Jaime, y dispuso una expedición a Mallorca. Pero ya no pudo ser él quien la dirigiese, sino su hijo Alfonso. También su muerte había de coronar aquellas luchas ingentes. M. en la noche del 10 al 11 nov. 1285. Sus restos reposan en el monasterio de Santes Creus.Los cronistas catalanes, sicilianos y algunos italianos le coronaron de elogios, los trovadores y juglares celebraron sus gestas (el mismo rey cultivó la poesía). Ya hemos citado el elogio del Dante, pero recordemos también la exquisita narración de Boccaccio en el Decamerón, y la obra de Shakespeare Much ado about nothing (Mucho ruido para nada). Dentro de la literatura catalana, la novela anónima del s. XV Curial e Güelfa (v.) exalta al caballero y sus hazañas. Su reinado marca un periodo de la época de Raimundo Lulio y Arnau de Vilanova, de la persistencia de la cultura semítica, del impulso renovador al comercio con la ocupación de Sicilia, del florecimiento del gótico catalán y su propagación por el Mediterráneo, de la eficacia de las Cortes catalanas, con aprobación de constituciones fundamentales, etc. En resumen, gran obra es la de P. el Grande, el iniciador de la expansión catalano-aragonesa en el Mediterráneo, que de Siciliá derivará a Cerdeña y Grecia con los ducados de Atenas y Neopatria.FERNANDO SOLDEVILA.
BIBL.: F. SOLDEVILLA, Pere el Gran, Barcelona 1950-62; íD, Historia de Catalunya, 2 ed. Barcelona 1962; íD, Jaime 1, Pere el Gran, Barcelona 1955; íD, El Desafiament de Pere el Gran amb Carles d’Anjou, Barcelona 1960; 0. CARTELLIERI, Peter von Aragon und die sizilianishe Vesper, Heidelberg 1904; M. AMARI, La Guerra del Vespro Siciliano, Milán 1886; M. COLL I ALENTORN, ed. de la Crónica de Desclot, Barcelona 1948-51; R. MUNTANER, Crónica, 1927-51 ; 1. VINCKE, El entredicho de 1283 a 1285, "Investigación y progreso" (1931); 1. ZURITA, Anales de la Corona de Aragón. 1562-80.
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