Pedro I de Castilla, el Cruel
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Biografía GER
Hijo de Alfonso XI de Castilla (v.) y de María de Portugal; n. en Burgos en 1334. La prematura muerte de su padre le convirtió en rey de Castilla a los 16 años (1350). M. asesinado en Montiel en 1369. Su educación había estado a cargo del obispo de Osma, D. Bernabé.Con el fin de que conociese los fundamentos del ejercicio del poder, se tradujo al castellano la obra de Guido de Colonna De regimine principum. Pedro I es una figura sorprendente; presentado unas veces como el prototipo de la crueldad, de ahí el calificativo con que se le conoce, otras ha sido considerado como rey justiciero. En torno a su persona se creó una leyenda, que ha dado pie a numerosas obras literarias. El estudio clínico de este monarca ha llegado a la conclusión de que probablemente era un psicópata con manía persecutoria.Su reinado presenció una profunda conmoción, que abarca desde las desastrosas consecuencias de la difusión de la Peste Negra (v.), hasta la trágica guerra civil que acabó con el establecimiento de una nueva dinastía (v_ TRASTÁMAUA, CASA DE). En términos políticos, el gran conflicto de la época es la lucha entre la nobleza y la monarquía. Pedro I es un decidido partidario del autoritarismo monárquico. Busca sus colaboradores en juristas salidos de las universidades, personajes de la baja nobleza y judíos. Samuel Leví será el tesorero mayor y un personaje prepotente, especie de valido. Su gobierno, que imita modelos de tipo oriental, es personalista. Impulsa el centralismo y prepara la confección de un índice fiscal, del que es parte el Becerro de las Behetrías. No respeta el sistema contractual y actúa como un monarca absoluto. Sólo convoca a las Cortes en una ocasión (en 1351, en Valladolid).Frente a P. se encuentra la alta nobleza. De ella forman parte, entre otros, los múltiples bastardos que Alfonso XI tuvo de Leonor de Guzmán, y el infante aragonés D. Fernando. En el terreno económico la nobleza, dañada por la contracción de la época, busca nuevos señoríos. Desde el punto de vista político, aspira a la constitución de un gobierno en el que ella participe directamente. A medida que la pugna se perfila, los eneinigos del rey acumulan las acusaciones contra él. Especialmente le tachan de sanguinario y de protector de los judíos, e incluso afirman que él es hijo de un judío (Pero Gil). La contienda civil castellana se complica por las guerras que sostiene P. con Pedro IV de Aragón (v.). Al mismo tiempo, el conflicto castellano se interfiere con la guerra de los Cien Años (v.), lo que convierte a Castilla en un apéndice de la disputa franco-inglesa. En el reinado de P. pueden señalarse tres etapas: 1350-56, 135666, 1366-69, dominadas respectivamente por tres problemas básicos; la rebelión de la nobleza, las guerras con Aragón y la guerra civil.Periodo de 1350-56. En sus primeros años, el gobierno efectivo estuvo en manos de Juan Alfonso de Alburquerque, un poderoso magnate. Con él se reunieron las Cortes en 1351. El gran problema que se planteó fue el de poner freno al alza de precios y salarios, lo que motivó que se decretase un ordenamiento de menestrales. También se reguló el apellido para la persecución de los malhechores. Los judíos recibieron en las Cortes una inesperada protección oficial. En política exterior, Alburquerque impuso una orientación de acercamiento a Francia; esto provocó una viva reacción inglesa, lo que se tradujo para la marina cántabra en el desastre naval de Winchelsea (1350). También preparó Alburquerque el matrimonio de P. con una infanta francesa, Blanca de Borbón. Pero este matrimonio, celebrado en 1353, fue un rotundo fracaso; el rey abandonó inmediatamente a Blanca (acaso por la imposibilidad francesa de pagar la dote convenida de 300.000 florines de oro) y se marchó con María de Padilla. Fue el momento esperado por la nobleza para sublevarse. La coalición nobiliaria era muy heterogénea: los bastardos de Alfonso XI, de los cualesera la cabeza Enrique, casado con Juana Manuel; Fernando de Aragón, candidato al trono de Castilla si P. moría sin sucesión; el propio Alburquerque, que desde 1353 perdió la confianza regia. Los rebeldes excitaron el sentimentalismo popular por el abandono de Blanca y contaron con el apoyo de Francia y del Pontífice, que excomulgó al rey de Castilla. El posterior matrimonio de P. con Juana de Castro (1354) hizo más confusa la situación. La ciudad de Toledo se sublevó y P., que se hallaba en Toro en una difícil situación, se vio obligado a negociar con los rebeldes (vistas de Tejadillo). Pero la enérgica reacción del monarca castellano le permitió salvar la situación. Después de una dura batalla entró en Toledo, donde había sido asaltada la judería, y castigó duramente a los culpables (1355). La caída de Toro (1356) y la precipitada huida del bastardo Enrique simbolizaron el triunfo de Pedro 1.Segunda etapa: 1356-66. Un incidente marítimo en Sanlúcar con la flota aragonesa de Perellós reavivó viejas disputas y encendió la guerra entre Castilla y Aragón. Pedro IV, para debilitar a P., pactó con Enrique de Trastámara y alentó una revuelta antipetrista en Andalucía. Pero la acometividad del monarca castellano y la fortaleza de su ejército le dieron los primeros éxitos (conquista de Tarazona, etc.). Gracias a la mediación del legado papal, Guido de Bolonia, se firmó una tregua (1357). No obstante, la guerra se reanudó prontamente. Pedro I impulsó una política de signo imperialista e incluso proyectó el ataque por mar contra Barcelona. Pero esta campaña fracasó. Entonces los rebeldes, dirigidos por Enrique y Fernando, ocasionalmente unidos, invadieron Castilla. Su propósito era destronar al tirano, que un año antes, en sus bárbaras venganzas, había asesinado a D. Fadrique, otro bastardo de Alfonso XI. En Araviana (1359), donde murió Juan Fernández de Hinestrosa, uno de los más fieles partidarios de P., los rebeldes lograron un éxito sorprendente. Pero el monarca castellano pudo contener la invasión al vencer en la primera batalla de Nájera (abril de 1360). Enrique huyó a Francia. Pedro 1 desató una nueva ola de terror, de la que fue víctima el propio tesorero mayor, Samuel Leví.El castellano fortaleció sus relaciones con Inglaterra, que culminarían en el tratado de alianza mutua de Londres de 1362. Pedro IV, aislado, tuvo que aceptar la paz de Terrer (1361), impuesta por Pedro I. Pero éste, animado por sus éxitos, volvió a la ofensiva. Los triunfos se sucedieron en 1362-63 (conquista de Calatayud, Borja, Cariñena, etc.). Castilla pudo imponer a los aragoneses la paz de Murviedro (1363), que de hecho reconocía la hegemonía peninsular del reino meseteño. Pero Enrique de Trastámara no había perdido el tiempo. En Francia había buscado el apoyo de las Compañías, bandas de soldados mercenarios. Con Pedro IV había firmado el tratado de Monzón (1363) por el que el aragonés prometía ayuda al bastardo castellano para conquistar el trono a cambio de sustanciosas recompensas territoriales. Pedro I, conocedor de los pactos firmados por el aragonés, atacó y estuvo a punto de conquistar Valencia (1364). Pero aunque obtuvo nuevos éxitos (cayeron Orihuela y Murviedro en 1365), el anuncio de una invasión de su reino por Enrique y las Compañías le obligó a dar marcha atrás. Aliado el rey legítimo de los ingleses, y apoyados por Francia los nobles rebeldes, el conflicto castellano se internacionalizaba.Tercera etapa: 1366-69. La invasión victoriosa de Enrique de Trastámara y las Compañías de Duguesclin, en la primavera de 1366, motivaron la retirada de P. hacia el Sur. Ante la deserción de muchos de sus antiguos partidarios, entre los cuales figuraba el cronista López de Ayala, el rey de Castilla huyó por mar hacia Galicia, y de allí pasó al sur de Francia (en poder de los ingleses). Pactó con el Príncipe Negro (tratado de Libourne, septiembre de 1366). A cambio de la ayuda de los arqueros ingleses, P. concedería al inglés Vizcaya y otros territorios en la costa cantábrica, más una elevada suma de dinero. La vuelta de P. con los soldados ingleses constituyó un éxito. En Nájera se encontraron los dos rivales (abril 1367). La superioridad militar inglesa se puso una vez más de manifiesto. Enrique pudo huir difícilmente. Muchos de los caballeros de su ejército fueron hechos prisioneros, entre ellos el caudillo bretón Duguesclin. Pedro I pudo recuperar el trono. Pero las dificultades con que tuvo que enfrentarse fueron ingentes. Falto de dinero, no pudo cumplir sus compromisos con el Príncipe Negro, que terminó por abandonar las tierras hispánicas, privando a P. de su valiosa ayuda militar.La violenta justicia del rey de Castilla despertó un gran recelo, incluso entre sus propios adeptos, temerosos de perder el favor regio. El mantenimiento de su política autoritaria a ultranza explica que no convocara las Cortes, lo que motivó un enfriamiento del posible entusiasmo popular a su causa. Por eso Enrique de Trastámara pudo regresar en septiembre del mismo año y, paso a paso, reconquistar las tierras castellanas, sin que P. pudiera hacerle frente. Sólo Toledo, Galicia, parte de la costa cantábrica y algunas plazas aisladas, como Zamora o Carmona, defendieron con firmeza la causa del petrismo. En Toledo, donde la judería había sido muy favorecida por P., el cerco puesto por el Trastámara duró más de un año. Cuando el rey legítimo acudió desde Andalucía a socorrer a sus partidarios fue detenido y derrotado en los llanos de Montiel. Pedro I se encerró en el castillo. Iniciadas unas oscuras negociaciones en las que intervenía Duguesclin, éste consiguió atraer al monarca castellano a su tienda. Allí, en la noche del 22 al 23 mar. 1369, Pedro I fue asesinado, al parecer por su propio hermanastro. La rebelión había triunfado.Pedro I había muerto, pero dejaba una herencia importante. En Castilla algunas plazas resistieron cerca de dos años, especialmente la de Carmona. Un importante sector de sus partidarios, entre los cuales es digno de recuerdo el gallego Fernando de Castro, formó un núcleo de exiliados, que anduvieron por Portugal e Inglaterra. También quedaba pendiente el problema de los derechos al trono de Castilla, pues Enrique II era bastardo. El primero que los reclamó fue el monarca portugués Fernando I, pero sus pretensiones no prosperaron. Más importante era la cuestión suscitada por sus descendientes. De María de Padilla, P. había tenido un hijo varón, Alfonso, y tres hijas, Beatriz, Constanza e Isabel. En 1362, en un solemne acto celebrado en Sevilla, P. había anunciado que había estado unido a María de Padilla por legítimo matrimonio y que, por tanto, sus hijos le heredarían en el trono. Alfonsd’ murió prontamente, pero sus hijas fueron designadas herederas en 1363. Constanza casó con Juan de Gante, duque de Lancaster, el cual reclamó el trono castellano apoyándose en los derechos de su esposa. De Juana de Castro tuvo otro hijo, el llamado D. Juan de Castilla.Independientemente de la aureola legendaria dejada por el discutido monarca, también legaba importantes logros a sus sucesores, tales como la necesidad de fortalecer el poder monárquico y el apoyo a las actividades mercantiles. Incluso en el caso de la colaboración con los judíos, los monarcas de la nueva dinastía, pese a supropaganda antisemita, hubieron de continuar con una política similar a la de P. Efectuar una valoración crítica del monarca y de su obra es una tarea muy difícil. Es evidente que en muchas ocasiones se mostró cruel y sanguinario, pero no hay que olvidar el efecto negativo de la propaganda de su enemigo, Enrique II, aparte del apasionamiento propio de toda guerra civil. En otro orden de cosas, aunque no aceptamos la visión de P. como adalid de la Castilla burguesa y mercantil, reconocemos el saldo positivo de su legado en lo que respecta al desarrollo del autoritarismo monárquico y al impulso de la centralización política. En cambio, el imperialismo castellano condujo a una larga y costosa guerra con Pedro IV de Aragón y, en definitiva, al apoyo del Ceremonioso a los nobles rebeldes.J. VALDEÓN BARUQUE.
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