Patria SOCIOL.
Categoria:
Sociología
Se entiende por p. la propia nación y país con la suma de cosas materiales e inmateriales, pasadas, presentes y futuras, que por sí y en conjunto provocan la decidida adhesión del patriota. También el lugar, ciudad o país en que se ha nacido; en este sentido se habla a veces de "patria chica". En lo político, p. equivale a nación (v.); sin embargo, nación tiene matices más bien de Derecho político, mientras que p. encierra un sentido etiológico, sociológico y afectivo-sentimental. La idea de p. evoca, pues, una realidad fáctica unida a una idea sentimental, que tiende a confundirse con nación, sobre todo en la medida en que en el concepto de nación se subrayan los elementos no racionales.Teorías sobre la patria. Hay dos grandes grupos de teorías sobre la p., el empírico y el idealista. Para algunos, más empíricos, la p. es lo hecho y lo que se ve, la historia forjada lentamente, salpicada de hazañas gloriosas, obra de grandes hombres que unieron definitivamente sunombre al de su patria. Para otros, de cuño idealista, la p. no es sólo el cuerpo que señalan los empiristas, la material realidad telúrica del suelo, el paisaje, ni la sangre y la raza, ni el idioma o los idiomas, ni siquiera la historia, sino algo más, lo que constituye el alma de la patria. La p. es una creación del hombre, pero íntimamente unida al hombre, por tanto, imposible de concretar exactamente, de definir en el espacio y en el tiempo con absoluta precisión. Bajo este enfoque hay que introducir en el concepto de p. no sólo elementos corpóreos y de ambiente o entorno, de un ya hecho o ya existente, sino también, y es lo más importante, de un hacerse, de un por hacer, de un futuro. Así entendida, la p., la nación, la nacionalidad (v.), es una estructura humana, no natural, hija legítima de la libertad del hombre. Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana.Hay otra noción de patria. No la tierra de los padres, decía Nietzsche, sino la tierra de los hijos. La p. no es el pasado ni el presente: es, por el contrario, algo que todavía no existe, más aún, que no podrá existir como no pugnemos enérgicamente para realizarlo nosotros mismos. P. en este sentido es precisamente el conjunto de virtudes que faltó y falta a nuestra p. histórica, lo que no hemos sido y tenemos que ser, so pena de llegar a sentirse borrados del mapa.Bajo la influencia de las ideas románticas, la idea de p. alcanzó una gran difusión en el s. XIX, llegando a colocarse con notas religiosas y, en ocasiones, prestándose incluso como sustitución de la religión. Para algunos, todo pueblo tiene una misión especial, la cual cooperará al cumplimiento de la misión general de la humanidad. Esa misión sentida por cada uno constituye su nacionalidad. La nacionalidad es sagrada. Mazzini (v.) concebía así la p. como sujeto de una misión, pero no una misión de expansión imperialista, sino tendente a alcanzar la meta común de una humanidad fraternalmente unida. Humanista en este sentido es también Renan (v.); rechaza la tesis de que la esencia de la p. reside en la unidad de raza, lenguaje, etc., y afirma que la nación es un alma, "un principio espiritual" basado en dos elementos fundamentales: uno es "la posesión en común de un rico legado de recuerdos"; el otro es el "consentimiento actual, el deseo de vivir juntos". Eliminando, como él mismo declara, la metafísica y la teología, Renan define la existencia de la p. como "un plebiscito cotidiano". La p. para él es la gran solidaridad por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y de los que se está dispuesto a hacer; una agregación de hombres, que crea una conciencia moral que se llama p., nación. En el mismo sentido abunda también Masaryk (v.).El concepto de p. como valor ha sido combatido por los internacionalistas y, también, por algunos humanistas que intentan apuntar hacia el concepto de humanidad por encima de fronteras y territorios. Los humanistas se levantan por encima de este concepto y proclaman la ciudadanía del mundo, en un intento de abrir horizontes y derribar limitaciones para la cultura. Hoy parece resurgir el ansia de espacios mayores que no tienen tanto que ver con el humanismo y sí con el economicismo. Elorrieta decía a propósito: "la humanidad es algo lejano, vago, ante cuya inmensidad nos perdemos; la patria es algo que nos envuelve, que vemos, sentimos y tocamos". También el anarquismo (v.) y el marxismo (v.) teórico han atacado siempre el concepto de p. como ser moral vinculante de la acción y motivación humanas, pero el marxismo, llevado a la práctica, no puede prescindir de este concepto como valor. El nacionalismo de los nuevos países lo utiliza como supremo instrumento aglutinante y de acción.El sentimiento de patria. Independientemente de las diversas interpretaciones que se han dado de él, aunque obviamente influido por ellos, cabe decir que el sentimiento de la p. ha tomado cuerpo cuando, sobre un territorio determinado, los diferentes pueblos que lo habitan construyeron una nación, claramente distinguida, y reconocieron la necesidad de tener un lazo estrecho para la defensa de los intereses comunes. El Imperio romano es quizá la única organización política antigua que estuvo a punto de constituir una p.; desde entonces, prácticamente hasta el s. xvili, es difícil hablar de p., si bien fue España uno de los primeros países aglutinados que, ya desde el s: xvl, evocaba en sus hombres un sentimiento de unidad y de independencia. El sentimiento de independencia nacional es todavía más general y está más profundamente grabado en el corazón de los pueblos que el amor por una libertad constitucional. En Iberoamérica el sentimiento de p. surge espontánea y poderosamente a principios del pasado siglo con los primeros movimientos independientes. Para bien o para mal, España fue una de las primeras naciones, hoy subsistentes, como tal, que sintió con fuerza el concepto de patria. Un análisis profundo puede hacernos ver que a ello contribuyó la tarea común de la expansión que, en el s. xvi, se opera hacia la recién descubierta América y el imperialismo hacia Europa.¿Está en la actualidad en crisis el sentido de patria? En cierto modo y en ciertos lugares, sí. En opinión de Del Noce, a medida que los horizontes se van ampliando, los ideales tienden a desplazarse hacia formas cada vez menos limitadas y cada vez más comprensivas. La primera y más espectacular manifestación de esta transformación se concreta naturalmente en el cambio del ideal espacial que concierne a la sede de la propia vida: el ideal de la patria. Se trata de un ideal que ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos y que, incluso a veces, parece ser el fundamento constitutivo de cualquier otro valor. Así, para algunos, morir por la p. ha sido considerado como ejemplo característico del mayor de los deberes. Lo cual quería decir que para ellos la p. era absolutizada hasta el punto de anteponerla a cualquier otro valor. En la p. ven así la raíz del propio ser, la conciencia de la propia realidad histórica, la tradición en la que uno ha sido forjado, la concreta familia humana de la que se es miembro.Pero -continúa Del Noce- una vez iniciado el proceso de unificación del mundo, el sentido de la particularidad del propio país ha venido determinando una concepción distinta de la p., vista en la coexistencia con las demás p. y, por lo mismo, como elemento de una realidad capaz de trascenderla. Entonces el valor de la p. comienza a situarse en el plano de los valores parciales, destinados a elevarse hacia unidades cada vez mayores. De la aldea a la provincia, a la región, a la nación, al continente, al concierto de las naciones, es toda una serie de partes que se van incluyendo, cada una con su propio valor de parte. Entonces el valor de las partes es ciertamente reconocido, pero elevado en el recíproco enriquecerse y potenciarse de las mismas en la unidad de la convivencia humana. Pues si las partes permanecen, es sólo a condición de situarse en el contexto más amplio; si no, su valor se empobrece: la aldea da lugar al localismo, la provincia al provincialismo, la región al regionalismo, la nación al nacionalismo, el continente al continentalismo, y así sucesivamente. Para que el valor de la parte pueda mantenerse, debe hallar su puesto en el todo y vivir de la vida del todo.No es, pues, de extrañar que la ampliación del horizonte a toda la humanidad lleve a una reconsideración del concepto de p. y a su elevación a un ideal cada vez más comprensivo. La vida social de hoy, el continuo desplazamiento de confines, el incremento de la emigración e inmigración, la mezcla de grupos humanos en los más distintos países; en una palabra, la transformación creciente de la vida nacional en vida internacional no puede menos de indicar de una manera sustancial sobre un ideal que hasta ayer podía parecer el mayor de los ideales.Señalemos que, no obstante, el sentido de la p. como lugar en que se nace o como identificación con la tierra que se posee, hereda o transmite, permanece, adquiriendo todo su valor en los momentos de intensidad dramática. El sentimiento de la p. une, mientras no se identifique con razones políticas partidistas. La p. perdura mientras desaparecen sistemas o se realizan profundísimas transformaciones sociales, e incluso por encima de las uniones supranacionales. Por eso, los que arguyen que es un concepto artificial, sólo terminan demostrando que está más ligado al hombre que al entorno del mismo y, por tanto, que es una construcción cultural. Pero difícilmente pueden sustituirlo por otro valor, aunque ciertamente aciertan cuando afirman que no es el valor supremo.V. t.: NACIÓN; NACIONALIDAD; NACIONALISMO; PATRIOTISMO; FEDERALISMO; REGIONALISMO.J. TESTA ALAVEZ.
BIBL.: H. STANNARD, What is a nation, Londres 1945; R. LEVENE, La cultura histórica y el sentimiento de la nacionalidad, Buenos Aires 1946; J. L. RUBIO, La educación en una sociedad de masas, Madrid 1954; M. GARCÍA MORENTE, Idea de la hispanidad, Madrid 1961; W. EBENSTEIN, Pensamiento político moderno, Madrid 1961; R. ARON, Dimensiones de la conciencia histórica, Madrid 1962; R. LAFONT, Per una teoría de la nació: el cas de Franpa, Barcelona 1969; U. SPIRITo, A. DEL NOCE, ¿Ocaso o eclipse de los valores tradicionales?, Madrid 1972.
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