Ovidio Nasón, Publio
Categoria:
Biografía GER
1. Ambiente y formación. Poeta latino(43 a. C.-17/ 18 d. C.). Su obra surgió, con extraordinario esplendor, en el último decenio antes de la era cristiana, cuando Virgilio y Horacio, Tibulo y Propercio habían desaparecido o estaban a punto de desaparecer. Por su naturaleza, O. ama confiarse, describir su vida. Aprovecha cualquier ocasión para hablar de sí mismo, de sus condiciones y vicisitudes, especialmente en una amplia elegía de los últimos años de su vida, verdadera autobiografía contenida en las Tristes (Tr. IV,10): por ella sabemos que pertenecía a una antigua familia del orden ecuestre y que su ciudad natal fue Sulmona, en el territorio de los pelignos (Abruzzos); había nacido el 20 mar. 43 a. C.; era el año fatal de la batalla de Módena, en la que murieron los dos cónsules Ircio y Pansa. El año anterior había caÍDo Julio César a manos de los conjurados y aquel mismo año Cicerón era asesinado por los sicarios de Antonio. En O., sin embargo, no subsiste ninguna apreciable repercusión de la tragedia que transformaba la República. Apenas tenía 13 años cuando la pax Augusta empezaba a imponerse en el mundo; a esa edad descendía de los montes de su patria natal para situarse en Roma, que iba a seducirlo con el lujo, el ocio y la elegancia.O., junto con su hermano (un año mayor que él) emprendió la carrera de la elocuencia. Asistió a la escuela de Retórica, donde tuvo por maestros a los dos rétores más importantes del tiempo, M. Aurelio Fusco y M. Porcio Latrón, frecuentados también por Séneca el Retor. O. prefería, según Séneca, declamar suasoriae, que, siendo de argumento mitológico o histórico, se prestaban a desarrollos espaciosos, mejor que las controuersias, fundadas sobre cuestiones jurídicas; la parte racional y demostrable le fastidiaba. Por otra parte (dice O. en aquella especie de autobiografía), mientras su padre quería hacerlo abogado, él se sentía invenciblemente arrastrado por el arte de la poesía. Los versos le fluían sin ningún esfuerzo y todo lo que intentaba escribir le venía en forma de verso: et quod temptabam dicere uersus erat (Tr. IV,10, 26). Poeta, pues, de vena fácil y abundante, y casi inclinado a la improvisación, dotado no de ideas y de sentimientos vigorosos, sino de ricas disposiciones formales, provisto de todos los resortes de una imaginación versátil y brillante, era sobre todo capaz de variar los argumentos más comunes revistiéndolos con maravillosos artificios. La extraordinaria facilidad de expresión de que estaba dotado le predisponía no sólo a incidir sobre lo mismo con infinitas variaciones, sino incluso a reproducir análogamente a otros autores aplicando con prodigiosa medida el arte de la "imitación". Capaz de asimilar todo lo que de bueno le podían ofrecer los diversos modelos, empezó a sentir los influjos de los poetas que estaban en boga en su juventud. Y refiriéndose precisamente a aquel tiempo, en su elegía IV de las Tristes, evoca con entusiasmo y devoción de neófito la sucesión de predecesores y compañeros, frecuentados e imitados, de Emilio Macro a Propercio, de Póntico a Baso, de Horacio a Virgilio y Tibulo.También O. hizo, para su instrucción, el tradicional viaje por los focos de la cultura helénica, Grecia, Oriente y Sicilia, teniendo como compañero y guía a Pomponio Macro. Vuelto a Roma, alrededor del 23 a. C., y siguiendo los deseos de su padre, ingresa en la carrera judicial, pero la abandona muy pronto. Busca una carrera, huye de la militar, pero llega a ser triumuir capitales, probablemente monetalis (Tr. IV,10,34), después centumuir y decemuir stilitibus iudicandis; aunque estos cargos tenían para él cierto atractivo, pues le permitían un puesto de honor en el teatro (Fast. IV,384), prefería su vocación de poeta y este sentimiento le domina toda su vida. Suss poéticos los hace principalmente en el cenáculo de Mesala Corvino. Dominaba entonces en el grupo Tibulo (v.), súave cantor de Delia y Némesis, de quien O. recibe sugestivas y decisivas impresiones artísticas. A su muerte prematura, poco después de Virgilio, en el 18-19 a. C., dedica O. unos versos de escasa inspiración, pero sinceros (Am. 11 1,9).2.s de su actividad poética. O. la comienza siguiendo el ejemplo de los elegiógrafos y con la intención de superarlos en la variedad y amplitud de la obra. El joven poeta compuso, entre el 23 y el 15 a. C., cinco libros de elegías, bajo el título de Amores, y posteriormente, en una nueva edición (que es la que nos ha llegado), los redujo a tres, que comprenden unas 50 elegías. Si exceptuamos el epigrama introductivo, con el que el poeta presenta la obra al lector, la apología excesivamente enfática de la propia vocación poética (Am. 1,15), la descripción de la fiesta de Juno en Falerii (III,13) y la muerte de Tibulo (III,9), el resto de las elegías son de contenido amoroso; cantan las aventuras del autor con una dama a la que da el nombre de Corinna (la cuestión de la existencia real de Corina ha sido muy discutida por todos los estudiosos, pero hoy se acepta, casi unánimemente, como personaje ficticio), siguiendo la línea de los célebres amores de Catulo (v.) con Lesbia, Propercio (v.) con Cintia, Tibulo con Delia. O. se revela como poeta esencialmente "sistemático"; Corina es un pretexto para colocar, bajo la insignia de un nombre, y reducir a sistema una cantidad de situaciones que, no obstante haberlas encontrado en la vida real, son en gran parte de origen libresco y derivan, en efecto, de la elegía tibuliana o properciana y de toda la tradición alejandrina y neotérica: la vigilia delante de la puerta de la amada, el mensaje rechazado, la enfermedad de la dama, la infidelidad, los celos; al lado de las situaciones principales, nos encontramos con otras menores, p. ej., el lamento por la muerte del papagayo de Corina (II,6), que O. no habría compuesto si no hubieran existido los versos de Catulo por el pájaro de Lesbia. En el canto del joven poeta, el auténtico sentimiento del amor está ausente, y tanto más se comprueba cuanto más insistentemente el presunto enamorado de Corina se afana en declaraciones, invocaciones y protestas. Mientras en Tibulo y Propercio los poemas parecen expresar momentos y estados de ánimo, las elegías de O. son la reproducción de situaciones típicas, ilustraciones de estados amorosos en forma concreta. En los Amores domina, en sustancia, el carácter que alcanzará plena y perfecta expresión en el Ars amatoria: elegancia y astucia femenina, secretos del alma y del cuerpo, instrumentos de seducción, encuentros fortuitos en los paseos y el teatro, palabras y actos audaces, mediante los cuales podemos revivir hoy la Roma de la edad de Augusto.Los Amores no habían sido publicados aún cuando ya O., en torno al 15 a. C., emprendía una segunda colección de elegías amorosas, las Heroides o Heroidum epistulae. Esta colección de 21 cartas de heroínas de la tradición épica y dramática griega constituye, en sentido limitado, una novedad, porque están concebidas en forma de epístolas que las heroínas de la leyenda (Penélope, Briseida, Fedra, Dido, Laodamía, Ariadna, Medea) y de la historia de la literatura legendaria (Safo) dirigieron a sus maridos o amantes lejanos. La forma de la correspondencia entre amantes, de la que O. se proclama inventor, ya aparecía, como un embrión, en las breves composiciones tibulianas que constituyen el ciclo de Sulpicio y Cerinto, así como en una conspicua elegía de Propercio (IV,3) que fue probablemente anterior a las Heroides ovidianas. Sin embargo, el poeta de Sulmona traza la línea para un desarrollo sistemático en el campo mitológico, desarrollo inédito, que debía encontrar de repente imitadores y continuadores en la frívola sociedad de los últimos decenios de Augusto. Lo que predomina en las Heroides es el elemento del monólogo dramático; podría definirse como una especie de suasoriae en verso: de todas las obras ovidianas es ésta la que revela en su estructura signos evidentes de su origen escolástico y retórico.3. Obra de didáctica amorosa. Un grupo estrechamente unido de la obra ovidiana lo forman el Ars amatoria, el De medicamine faciei femineae y los Remedia amoris, una verdadera didáctica erótica, que tiene su punto culminante y la más perfecta expresión artística en el Ars amatoria. En el tratado de De medicamine faciei femineae nos encontramos con la teoría de los cosméticos y todo lo que pertenece al cuidado de la belleza; tocaba O. la materia técnica, fundamentalmente las recetas y tratados griegos, de los que’no tenemos noticia, pero el poeta añadía su propia virtuosidad poética y sobre todo su propio espíritu, su gracia fina y maliciosa. El Ars amatoria es obra compleja en tres libros, en los que enseña la forma de seducir y de conservar el amor. Aunque sus formas son universales, la escena se desarrolla fundamentalmente en Roma y en las dependencias de Roma: la ciudad que rebosa de mujeres, para todos los gustos y todos los caprichos. El amor del que O. pretende ser maestro es exclusivamente sensual: lasciui praeceptor amoris (Ars II,497). En el libro 1, O. enumera las ocasiones del encuentro (en los paseos, edificios públicos, en el foro, el teatro, el circo, los banquetes) y la forma en que el hombre puede agradar a la dama (confianza en sí mismo, complicidad de la esclava, circunstancias favorables, escritos y palabras, promesas). El II considera los medios de unirse a la persona amada: ser amable, complaciente, perseverante. En el III expone los artificios de la mujer para agradar, como peinados y afeites. En principio parece que el Ars amatoria constaba de dos libros, el I y el II; posteriormente O. añadió el III. Publicado en los años de plena madurez, constituye, con el De medicamine faciei femineae y los Remedia amoris, la obra maestra de O. La idea de esta especie de ars o trabajo científico se encontraba ya en embrión en algunas elegías de Tibulo (I,4; 1,6) y quizá en alguna fuente griega; pero O., con su gran talento poético, la desarrolló plenamente.4. Producción épica y trágica. Ya en su primera juventud el poeta había osado escalar la cima de la epopeya, escogiendo un argumento mítico lleno de pretensiones, la Gigantomachia, que no llegó a concluir y que no se ha conservado. En la lucha de Júpiter contra los Gigantes quizá quería simbolizar la guerra de Octavio contra Antonio y sus secuaces. Sabemos que O. escribió, poco después de los Amores, la tragedia Medea, inspirada en la de Eurípides, de la que solamente conservamos algún fragmento. Sin embargo, fue considerada entre las mejores de su época, imitada por Séneca el Filósofo, alabada por Quintiliano (X,198) y Tácito (Dial. 12) y considerada enel mismo plano que el Tiestes de Vario, la famosa tragedia que tuvo el honor de ser representada en las fiestas triunfales de Octaviano.5. Creación de exaltación nacional y religiosa. El poeta que hasta ahora se juzgaba ligero, que se había calificado a sí mismo de tenerorum lusor amorum, abriga ahora grandes propósitos, quiere cantar los dioses y la religión, descubrir y explicar los ritos y las fiestas, celebrar la grandeza de Roma y de Augusto. Aunque su sentimiento nacional y religioso no sea tan profundo como el de Virgilio, no sería justo negarle toda sinceridad; nada le obligaba a elegir un tema difícil y, en cierto modo, ingrato, como es el que aborda en sus Metamorphoses y en los Fasti.Las Metamorphoses, poema en 15 libros y en hexámetros, querían ser en el fondo, no en la expresión concreta, una especie de poema científico o filosófico más que un complejo de mitos. El autor estaba animado por un cierto espíritu de emulación por Lucrecio (v.), aunque no manipulaba, propiamente, las premisas de la doctrina lucreciana y epicúrea, sino los principios neoestoicos y neopitagóricos. Se proponía cantar, en suma, una especie de historia del universo a través de la serie infinita de las transformaciones legendarias e histórico-legendarias de los astros, la tierra y los animales. El orden que sigue quiere ser cronológico, desde la creación del mundo hasta Julio César, pero los vínculos entre una leyenda y otra son artificiales. Quintiliano (IV,1,77) censura estas transiciones, incluso reconociendo que el poeta no podía hacer otra cosa ante un conjunto de materiales tan diversos, tomados de la epopeya, del teatro, de la poesía griega y sobre todo de los poetas alejandrinos (Calímaco, Nicandro de Colofón), que habían escrito colecciones de fábulas consagradas a un héroe determinado o una categoría de metamorfosis. El poeta, con una total libertad de procedimientos (lasciuia, dice Quintiliano), hace jugar, sin medida, su fantasía; muchas de sus metamorfosis no son otra cosa que pretextos para descripciones coloristas. Pero el encanto de estos relatos es grande: variedad, bellas imágenes, discursos hábiles, numerosas sententiae, expresión delicada, a veces emocionante, de sentimientos. En el tratamiento detallado del plan, O. es naturalmente deudor de toda la literatura precedente que se había ocupado de alguno de dichos temas: epopeya y tragedia, epilio y narración en prosa, doctrina pitagórica. Su narración sobre Filemón y Baucis (VIII,618 ss.) demuestra cuán magistralmente elabora la materia que toma en sus manos; la leyenda local frigia se enriquece y estiliza idílicamente. El poeta sabe convertirse en gran narrador en las Metamorphoses; lo mismo triunfa en lo grandioso (Faetonte) que en lo idílico (Filemón y Baucis) e incluso en lo cómico (Midas). El amor en todas sus formas (Narciso, Pigmalión) sería uno de sus motivos principales. Pero es el aspecto humano lo que sobremanera interesa a O. en las exposiciones; sus dioses, a diferencia de los de Virgilio o los de Homero, aparecen meramente como seres mortales.A semejanza de las Metamorphoses, los Fasti (poemas didácticos en dísticos elegiacos) reposan sobre un rico material de fuentes poéticas y eruditas; O. presenta en ellos las antigüedades romanas según el orden del calendario. Parece que el poeta trabajó en ellos al mismo tiempo que en los últimos libros de las Metamorphoses y durante su exilio. Conservamos los seis primeros meses del año; no se sabe si los restantes se han perdido o si la obra quedó inacabada. El poeta indica, para cada día, los fenómenos celestes, las fiestas y su origen (mítico), así como los ritos que las acompañan; al mismo tiempo se propone celebrar la grandeza de Roma y de Augusto. O., para esta obra, se inspiró en Horacio (v.),Virgilio (v.), Propercio, Tibulo y los alejandrinos, pero las fuentes más directas son probablemente los estudios sobre el calendario romano, titulado precisamente Fasti, de su contemporáneo el gramático Verrio Flaco; las Antiguitates de Varrón (v.), para muchas leyendas y acontecimientos históricos antiguos; la historia de Tito Livio (v.) y, finalmente, los tratados astronómicos de Nigidio Fígulo, Higinio y Clodio Tusco. Los Fasti son un testimonio directo y una fuente de primer orden para la historia religiosa de Roma.6. El destierro y sus últimas obras. Las Metamorphoses apenas habían sido terminadas, pero sin haber recibido el último toque, y los Fasti, que iban a ser dedicados a Augusto, estaban probablemente a mitad de su composición, cuando una gran aventura se abate sobre el brillante autor. En el otoño del a. 8 d. C., cuando O. se encontraba en la isla de Elba con su amigo Máximo Cota, se ve condenado por un edicto de Augusto al destierro, aunque en una forma atenuada, la relegatio, sin la capitis deminutio. Tiene, pues, que abandonar Roma, y va a acabar su vida a una de las lejanas regiones del Imperio, a Tomi, en el Ponto Euxino (hoy Constanza, a orillas del mar Negro). Por las indicaciones de O., no es fácil saber las razones del destierro. El propio poeta las reduce a la brevísima fórmula carmen et error (Tr. II,207). El carmen era sin duda el Ars amatoria, libro que a su aparición (aprox. el s. I a. C.) había despertado el desagrado de Augusto. El error que fue causa inmediata del destierro consistió verosímilmente en que O. se vio implicado por complicidad en un escándalo que afectaba personalmente al Emperador; acaso se trataba del adulterio de su nieta, la joven Julia, con Junio Silano. El poeta abandona Roma a finales de ese mismo año. Su mujer quiere acompañarle, pero él prefiere que se quede en la Urbe, para dedicarse hasta el final, aunque inútilmente, a implorar la revocación del edicto. Pasa mucho tiempo antes de que O. pudiera aclimatarse a aquel ambiente, y las poesías del exilio dan testimonio del cambio operado en él. A esta época pertenecen los Tristia, en cinco libros, y las Epistulae ex Ponto, en cuatro; ’la elegía Ibis, poema difamatorio de siniestras imprecaciones contra un enemigo en Roma; y al parecer, un poema didáctico sobre peces y pesca (Halieutica), que no llegó a concluir.En sus Tristia, fuera del II libro, que es una coherente apología poética, O. adopta de nuevo la forma del poema individual autónomo: relato de su partida, de su agitada travesía, de sus escalas; recuerdos mitológicos e históricos de Tomi; el país y su clima; protestas de su inocencia, miedo de una confiscación. Es una mezcla patética de orgullo y adulación. Siempre virtuoso y poeta hasta el final, O. sabe expresar la poesía de humildes detalles de la vida cotidiana, aunque, a veces, sus poesías fatigan por su tono quejumbroso y deprimente por la autohumillación en una desdicha que respondía, sin duda, a un propósito concreto. Las Epistulae ex Ponto fueron en gran parte contemporáneas de los Tristia, de los que difieren por cuanto tenían un carácter propiamente epistolar y porque todas ellas estaban destinadas a personajes reales. Se han perdido las poesías de O. sobre Augusto y Tiberio, una de ellas en el idioma de los getas. La obra Ibis, conservada, pertenece al género de las Dirae y cuenta con un precedente del mismo nombre, la poesía de Calímaco (v.) contra Apolonio de Rodas; por su contenido se relaciona con las tablillas imprecatorias.O. muere algunos años después de Augusto, en torno al 18 d. C., sin haber obtenido, ni de éste ni tampoco de su sucesor Tiberio, la gracia tan implorada. Su copiosísima producción se ha conservado casi íntegra, a causade la aceptación que el estilo ovidiano encontró en los gustos de las edades sucesivas, aceptación que, desde los últimos siglos de la Antigüedad, se transmite al Medievo, época en la que O. fue uno autor predilecto.P. FLORES SANTAMARÍA.
BIBL.: A. DEVILLE, Essai sur I’exil d’Ovide, París 1859; E. K. RAND, Ovid and his influence, Nueva York 1928; E. RIPERT, Ovide, poéte de 1’amour, des dieux et de 1’exil, París 1921; M. TRozzi,~ Ovidio e i suoi tempi, Catania 1930; H. FRÁNKEL, Ovid: a poet between two worlds, Berkeley y Los Ángeles, 1945; L. P. WILKINSON, Ovid recalled, Cambridge 1955; S. D’ELIA, Ovidio, Nápoles 1959; Recherches sur Ovide, publicados con ocasión del bimilenario del nacimiento del poeta por N. I. HERESCU, París 1958; J. C. THIBAULT, The mistery of Ovid’s exile, Berkeley y Los Ángeles, 1964; B. OTis, Ovid as an epic poet, Cambridge 1966. Ediciones: N. HEINSIUS, 3 vol. Amsterdam 1661 (reimpresa por FISCHER, Leipzig 1773); BENTLEY, 5 vol. Oadord 1820’ R. MERKEL, R. EHWALD y 1. P. LEvy, 3 vol. Leipzig 1880, 1915-28; A. PALMER, G. M. EDWARDS, A. DAVIES, S. G. OWEN, A. E. HOUSMAN y J. P. POSTGATE, Londres 1894; H. BORNECQUE, G. LAFAYE, París 1924 ss. ("Budé", con trad. francesa); E. J. KENNEY y S. G. OWEN, Oxford 1961-63.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.