Orientalistas
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Cultura
El concepto de mundo oriental, de Asia, parece nacer con el Imperio romano, que dividió la tierra política y económicamente en dos partes: Roma y su imperio por un lado, y Oriente por el otro.1. Fuentes griegas, romanas y árabes sobre Oriente. Ya Virgilio en el s. I a. C. utilizó el término: "pueblos de la Aurora, Egipto y el poderío oriental" (Eneida, VIII, 686). Trogo Pompeyo, que vivió entre los a. 28 y 14 a. C., escribió una historia del mundo conocido titulada Historiae philippicae; esta obra se ha perdido, pero Justino (s. II) narró los prólogos de los capítulos a la vez que hizo un resumen de ellos, Epitoma historiarum philippicarum, obra que da interesantes detalles sobre las relaciones de los Seléucidas con la India. Pomponio Mela (s. I) describió la India geográficamente en De Chorograpítia; también en el s. I habló Plinio el Viejo de su situación política en Naturalis historia (libro 6).Por parte griega, las primeras informaciones sobre Oriente proceden de los contactos entre griegos y persas. Ktesias, médico griego de la escuela de Cnido, marchó en el 416 a. C. a la corte de Artajerjes Mnemón, y allí residió durante 17 años, por lo que escribió una descripción, fantástica a veces, que lleva el nombre de Indica, de la que se conocen algunos fragmentos a través de la Bibliotheca de Focio (S. IX). Heródoto nos cuenta pocas cosas de Oriente. Hasta la expedición de Alejandro Magno (327-326) a los confines de la India, no se tiene una información más exacta. Los relatos de Aristóbulo de Casandra y de Onesícrito, que acompañaron a Alejandro, y, sobre todo, los Indica de Megástenes contienen diversos detalles sobre los pueblos y la sociedad de la India; entre los a. 302 y 297, Seleukos Nikator envió varias embajadas a Sandrakottos (helenización de Chandragupta Maurya) por medio de Megástenes. Estrabón (63 a.C.21 d. C.) en su Geografía (XV, l), DiodoroSículo (s.I d. C.) en su Biblioteca histórica (11,35-42) y Arriano (s. ii d. C.) en su Anabasa e Indica, conservaron estos escritos sobre la India. En el s. ii, Polieno, Dión Casio y Clemente de Alejandría continuaron estos textos; Clemente menciona en sus Stromata el nombre de Buda (Butta) .Otra categoría de fuentes sobre el Oriente surgida en esta época procede del famoso Periplo del mar Eritreo, fechado por C. Muller entre los a. 80-89, breve guía al uso de los mercaderes que traficaban con Asia; en aquellos tiempos ya eran conocidas China (Thina) y Kruse, es decir, Indochina y Sumatra. Junto con el Periplo hay que citar también la Geografía de Ptolomeo (hacia el 150), que habla de los pueblos de Asia y de la ruta de la seda, que atravesaba el Asia central. Como historiador cabe señalar a Pablo Orosio, que viajó por el Oriente (414) y conoció a S. Agustín, que le animó a componer (417-418) su obra Historiarum libri VII adversus paganos, en la que da una descripción geográfica e histórica sobre la India. La Topografía cristiana, de Kosmos Indikopleustes (hacia el 525), reanuda las descripciones griegas sobre los pueblos asiáticos.Los árabes continuaron la obra de los griegos, de los historiadores sirios y armenios, como en el caso de Moisés de Khorene (s. v); los musulmanes siempre fueron grandes viajeros, y, a partir del S. X, comenzó a aparecer una serie de textos en los que se describían las costumbres, los pueblos y los relatos legendarios de Oriente; podemos citar el viaje del mercader Solimán, y, sobre todo, la Historia universal de Mas’údí (S. X), así como las relaciones del viaje de lbn Battúta (v.; S. XIV), nacido en Tánger, que fue uno de los grandes viajeros del Islam que recorrió toda Asia. A partir de los S. XIII y XIV, el idioma empleado en los textos musulmanes sobre la India y Asia comenzó a ser el persa, desplazando paulatinamente al árabe; las historias oficiales consagradas a los soberanos musulmanes que dominaban la India precisan las condiciones políticas y sociales del país, así como sus formas religiosas.2. Viajeros y misioneros europeos de la Edad Media. Los primeros europeos que dieron a conocer el Oriente fueron los misioneros y los viajeros que recorrieron Asia y enviaron informaciones fragmentarias. En el S. XIII, y en razón de la esperanza alimentada por el papado de establecer una alianza con los mongoles en contra del Islam, para convertir al cristianismo a los pueblos asiáticos, se iniciaron las relaciones entre Europa y Asia oriental; a la vez, se reforzaron los contactos comerciales con China e India. Las relaciones entre España y la India empezaron en 1403, durante el reinado de Enrique III el Doliente, quien envió una embajada al gran Tamerlán de Persia, con Payo Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez de Palazuelos. Este rey mandó al de Castilla magníficos regalos. El itinerario ha sido narrado en la Historia del Gran Tamerlán, obra de Clavijo, publicada en Sevilla en 1582 por Argote de Molina. Indudablemente, el viajero más famoso de aquella época fue Marco Polo (v.), que puede ser considerado como el primer orientalista. Partió de Venecia en 1271 y no regresó a Europa hasta 1295. Estuvo en el Norte de la China, en Catay, donde fue recibido por el Gran Khan Kubilai, que le dio un puesto oficial en la administración mongola. En la guerra de Venecia contra Génova fue hecho prisionero y encarcelado en esta última ciudad en 1298, donde dictó sus recuerdos a su compañero de cautiverio Rustichello de Pisa. El éxito de esta obra, titulada Il Milione, fue extraordinario; de ella se conocen 143 manuscritos, así como numerosas traducciones que aparecieron a continuación.Como las rutas tradicionales que llevaban a los países ricos y fabulosos que se mencionaban en esta obra estaban cortadas por los musulmanes, los europeos trataron de encontrar otros caminos para alcanzar estas fuentes de riqueza. Los portugueses emprendieron sus viajes de descubrimiento que les llevaron hasta las Indias orientales, y Cristóbal Colón buscó por el O la ruta de Catay. Los misioneros fueron primeramente enviados especiales de la Santa Sede para entrar en contacto con los mongoles (v.); el franciscano Juan da Pian del Carpine partió en 1245 y llegó a Karakorum al año siguiente, para volver a Occidente en 1247, con informes muy preciosos sobre ellos. S. Luis, rey de Francia, envió al franciscano Guillermo de Rubruck, que fue a Asia en 1254. Fue en 1292 cuando Juan de Montecorvino (v.), fundador de la primera misión católica en China, se estableció en Cambaluc (Pekín).España, por su contacto directo con los árabes, recibió la literatura oriental más pronto y por distintos caminos que el resto de Occidente; así es como en 1251, Alfonso X el Sabio mandó traducir del árabe al castellano el libro de Calila e Dimna (v.), que tuvo tanta importancia en las fábulas y cuentos europeos. Juntamente con este texto, penetraron en la literatura española otros libros orientales, el Sendebar (v.), eJ Barlaam y Josafat, transformación cristiana de la vida de Buda que inspiró a Lope de Vega (1611), así como Las mil y una noches (v.), que adquirió su forma actual a fines del S. XV.Los religiosos llegaban a China de una manera individual o como misioneros, como en el caso de Odorico de Pordenone, que, entre 1314 y 1318, atravesó Persia y recorrió la India y el Extremo Oriente, para no volver a Europa hasta 1330, donde hizo un interesante relato de sus viajes. En 1342 el Papa envió a Pekín varios legados, entre los que se encontraba Juan de Marignolli, que volvió a Aviñón en 1353 y entregó a Inocencio VI una carta del Gran Khan. Éstos fueron los hombres que intentaron establecer los primeros lazos entre las civilizaciones de Asia y Europa. Los religiosos occidentales fueron favorecidos por los mongoles, por lo que pudieron permanecer en Asia hasta que éstos fueron expulsados por los chinos.3. Edad Moderna. Los jesuitas. Libros sobre Asia. Los jesuitas, cuyo precursor fue S. Francisco Javier (v.) en 1541, reemprendieron los trabajos, y comenzó entonces la época de los jesuitas en China y en la India tamul. El papel de estos jesuitas fue muy importante, no sólo en Asia, sino también en Europa, por sus informes sobre las civilizaciones orientales. El primero que reemprendió en China el programa de S. Francisco Javier fue un italiano, Matteo Ricci (v.), cuya obra fue continuada por un alemán, Adam Schall (m. 1665) y por un flamenco, Fernando Verbriest (m. en 1668); todos ellos pertenecían a la misión llamada portuguesa, a causa de la nacionalidad de sus superiores.El orientalismo nació con las notas, las cartas y los libros que escribieron viajeros, misioneros y comerciantes; desde el S. XVI se hizo sentir en Portugal un movimiento de interés por las creencias y costumbres de Asia, y comenzó entonces a aparecer una vasta literatura histórica. Diego do Couto escribió, en 1612, su libro Asia, y el famoso poeta Camoens (v.), que vivió en Goa y Macao, introdujo la India en sus Lusiadas a partir de 1572. En España, el P. Francisco Colón publicó su India Sacra (Madrid 1666), obra en latín, en la cual el autor recoge todas las noticias acerca de la idea que en España se tenía de la India, desde los autores clásicos hasta los teólogos de la Edad Media. En este libro, el P. Colón quiere demostrar (cap. VI) que la India es el paraíso terrenal y que el Ganges lleva las aguas de este paraíso. Se puede citar también al P. Juan Andrés (1740-1817), que escribiQ sobre la India en el cap. I de su obra Del origen, progreso y estado actual de la Literatura traducida al castellano (Madrid 1784-1806).A comienzos del S. XVII se establecieron las relaciones de los jesuitas con las castas superiores de la India, gracias a los esfuerzos de Roberto de Nobili (1577-1656); en la China, el emperador K’ang-hi admitió a los misioneros en su corte, donde participaron activamente en los trabajos científicos. En 1718 el abate Bignon, bibliotecario del rey de Francia y reorganizador de la Académie des Inscriptions, comenzó a buscar manuscritos procedentes de la India para una biblioteca oriental que deseaba formar. En 1731 llegó a París un Rig-Veda completo en caracteres grantha, y los jesuitas enviaron desde la India numerosas obras de gramática, literatura clásica y textos filosóficos; a partir de 1738 cesaron los envíos. Pero todavía no existía el desciframiento del sánscrito y los acercamientos a la literatura védica se realizaron durante largo tiempo mediante otras literaturas que servían de intermediarias; las primeras traducciones directas y metódicas no aparecieron hasta los años comprendidos entre 1785 y 1789.Hay que subrayar la importancia de los trabajos realizados en el anonimato por misioneros tales como el P. Pons, que tradujo y analizó las gramáticas indígenas, y cuyos manuscritos fueron de gran utilidad para los primeros investigadores. Si la Académie des Inscriptions de París hubiera dado a conocer las comunicaciones del P. Coeurdoux, la gramática comparada tendría 50 años más. En el S. XVIII gramáticas de sánserito y bengalí y traducciones de textos existían en forma de manuscrito en los archivos europeos. Fue así como el primer orientalista español y gran lingüista, el P. Lorenzo Hervás v Panduro (v.), escribió su Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas (6 vol., Madrid 1800-06) y redactó un Ensayo de la paleografía universal, cuyo manuscrito se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, todavía inédito. Se sabe que fue bibliotecario del Quirinal. Las primeras gramáticas sánscritas impresas en Europa fueron obra del P. de Saint-Barthélemy, en Roma (1790 y 1804). En el S. XVIII, la sinología fue obra única y exclusiva de los misioneros que ejercían su ministerio en China.4. Siglos XVIII y XIX: nacimiento del orientalismo como ciencia. La literatura india en Europa. El periodo decisivo para el orientalismo comenzó en la India con las actividades de tres funcionarios ingleses, protegidos por el gobernador Warren Hastings: Charles Wilkins ( 1749-1835), Henry Thomas Colebrooke (1765-1837) y William Jones (1746-94). Wilkins aprendió el sánscrito y lo dominó; Colebrooke, que conocía ya varias lenguas, estudió filosofía hindú; Jones, que dominaba 13 lenguas orientales y había estudiado 28, comenzó la investigación orientalista. En 1784 se instituyó la famosa Sociedad asiática de Bengala, con lo que comenzaron las traducciones y publicaciones de textos clásicos, tanto en lo que se refiere a lengua y literatura como a derecho y arte. Europa conoció entonces las literaturas de la India. James Prinsep (17991840), Cunningham y Fergusson inauguraron las investigaciones históricas y arqueológicas. Si Inglaterra, debido a su posición colonial, inició el orientalismo científico, Alemania siguió muy pronto el mismo camino, y el pensamiento hindú, revelado en los textos, ejerció rápidamente una profunda influencia a través de la poesía y de la filosofía occidentales: Schelling. Fichte, Hegel, Schopenhauer, Goethe, Schiller, Novalis, Brentano, F. Schlegel, todos ellos estudiaron ese pensamiento y lo adaptaron a sus investigaciones.Parejamente, Anquetil tradujo, en 1776, el Zend-Avesta. Shakuntala influyó intensamente sobre Goethe, según él mismo reconoció. En Francia, la Escuela de Lenguas Vivas Orientales, fundada en 1795, jugó un importante papel en la curiosidad general por Oriente, que, por otra parte, estimuló la expedición a Egipto de Bonaparte. Silvestre de Sacy (1758-1838) ocupó la cátedra de árabe y persa, y Abel Rémusat (1788-1832) inauguró los estudios de chino. En 1803 Napoleón retuvo en París como prisionero a un oficial británico, Alejandro Hamilton (1762-1824), miembro de la Sociedad asiática de Calcuta, que enseñó sánscrito a Langlés, Burnouf padre y a Federico Schlegel, autor de un Ensayo sobre la lengua y la sabiduría de la India (1808), que tendría gran repercusión en toda Europa. Comenzaron entonces a aparecer en las universidades las cátedras de orientalismo, ya que hasta entonces sólo había habido sabios aislados, precursores; Franz Bopp estudió indoeuropeo y fundó la gramática comparada utilizando el sánscrito; Lassen se interesó por el zend y el pali, Quatremére por la semítica, Chézy y Burnouf por el sánscrito.El nuevo saber filosófico y el estudio del sánscrito se desarrollaron, en España, en Barcelona, Sevilla, Madrid y Granada, que fueron en el S. XIX los centros científicos dedicados al orientalismo. Barcelona fue representada por Manuel Milá i Fontanals (v.) y por Luis Segalá i Estaletta, que escribió un resumen gramatical sánscrito; Sevilla tuvo su representante en Eduardo Mier; en Madrid, Francisco de P. Mellado dedicó el t. V de la Enciclopedia Moderna a la India; Granada vio los trabajos de, traducción sánscrita de Enrique Alix y Leopoldo Eguilaz y Yangas. En el curso 1868-69, en todas las universidades españolas se incluyó la literatura de la India en el programa de Literatura general y, ese mismo año, Julián Pastor Rodríguez dio un curso libre de sánscrito en la Univ. de Zaragoza. Francisco García Ayuso (1835-97), autor de una Gramática comparada (Madrid 1886), inauguró un curso libre de lengua sánscrita en la Univ. de Madrid; y en 1877 se creó una cátedra de número de lengua sánscrita a cargo de Francisco María Rivero y Godoy, continuada por Juan Gelabert y Guardiola a partir de 1883, a quien le siguió Enrique Soms y Castalín. En Granada, el profesor de sánscrito fue José Ventura Traveset.Las cátedras universitarias se propagaron rápidamente: en 1814 había una cátedra de sánscrito en el Collége de France, en París, y otra de chino, donde se prepararon Léonard de Chézy, Burnotif, Foucoux, Bergaigne y Sylvain Lévi. Lo mismo ocurrió en Alemania en 1818, y en Gran Bretaña en 1833. con la cátedra de Oxford ocupada por Wilson; en Lovaina, Félix Néve, alumno de Burnouf, enseñaba sánscrito, mientras que en Turín lo hacía Gorresio, y en Ginebra Adolphe Pictet; en los Estados Unidos era W. D. Whitney (1827-94) quien se encargaba de la cátedra de sánscrito del Yale College; Rusia solicitó la presencia de profesores extranjeros en Petrov, Kazán, Moscú y San Petersburgo. De la colaboración entre Rusia y Alemania salió el gran Diccionario sánscrito de Roth y Bijthlingk, trabajo alemán editado por la Academia rusa de Ciencias entre 1852 v 1875, y cuyo valor sigue estando de actualidad.5. Otras culturas orientales. China. Lo que la India había representado en el aspecto literario lo supuso Asiria, a partir de 1842, en el aspecto artístico y arqueológico; en 1847 el cónsul Botta llevó al Museo del Louvre los monumentos de Khorsabad, la Nínive de la Biblia; en este orden de ideas, Sacy descifró el pehlevi y Champollion (v.), sirviéndose de un método riguroso, descubrió en 1882 lo complejo de la escritura egipcia, a la vez figurativa, simbólica y fonética. Los trabajos de Hinks (1846), Rawlinson y Oppert permitieron descifrar con análisis e interpretación una inscripción asiria en una sola lengua, en 1857; F. Lenormant, Halévy, el P. A.-J. Delattre, Boissier y Morgan continuaron las excavaciones, y el P. Scheil, Thureau-Dangin, el P. Dhorme y Schulz se especializaron en el desciframiento de textos. Las etapas de los descubrimientos lingüísticos en esta importante época de nacimiento del orientalismo pueden resumirse del siguiente modo: 1785, descubrimiento del sánscrito; 1793, del pehlevi; 1803, de las cuneiformes; 1822, de los jeroglíficos egipcios; 1832, del zend.La primera mitad del S. XIX tuvo gran importancia para la difusión del orientalismo; los estudios islámicos, árabes y persas alcanzaron estonces una extensión y seriedad que influyeron sobre toda la literatura europea; las traducciones de poetas y místicos iraníes, tales como Saadi, Omar Jayyam (v.) y Firdusi (v.) constituyeron verdaderos acontecimientos en la evolución literaria del romanticismo. Stanislas Julien, Rémusat y Pauthier estudiaron y difundieron el chino y su literatura. Los textos orientales y las literaturas asiáticas fueron comentadas y estudiadas en las revistas, en los periódicos y en los círculos literarios; la época era romántica e imperaba el gusto por lo exótico, por Oriente en general, si bien por un Oriente novelesco e imaginativo. En Europa se multiplicaron los cuentos orientales alrededor de 1840, así como los artículos y libros sobre Persia, India y China, el teatro hindú y el budismo; R. Schwab puntualiza que en medio siglo se publicaron unas 500 obras consagradas exclusivamente a la India. La filología comparada tomó impulso con los nombres prestigiosos de Burnouf, Grimm, Bopp, Klaproth, Rask, Grotefend, Humboldt, G. Schlegel y Lassen. Los estudios hebraicos descollaron gracias a investigadores tales como S. Munk, Neubauer, Derenbourg, E. Reuss, L. Wogue; fue importante la magnífica colección de manuscritos del British Museum, para la puesta a punto de los estudios de arameo por Cureton, Quatremére, Rubens Duval, Paulin Martin, y para las investigaciones sobre los estudios etíopes, comenzados por Bruce, Rüppel, Dillmann (gran conocedor de la cultura etíope del S. XIX), Ignacio Guidi, Carl Bezold, Nbldeke y Praetorius; James Darmesteter tradujo el Zend-Avesta en 1892-93.El conocimiento de China coincidió con la apertura de este país a los extranjeros, ya sea por medio de los misioneros o de los cónsules; hay que citar a un notable grupo de sabios ingleses: Wylie, Legge, Watters, Mayers, Wade, Edkins y el americano Wells Williams, junto a los cuales, Stanislas Julien y, sobre todo, Paleologue introducen en Francia a China, su arte y su literatura; Cordier, Pelliot, Chavannes, Granet y Maspero continuaron los estudios de sinología. Podemos resumir este periodo diciendo que los años comprendidos entre 1785 y 1825 son para el orientalismo una época de romanticismo filológico y literario, y los comprendidos entre 1825 a 1850 un periodo de organización lingüística con una nueva generación de o. Comenzó a disminuir la primacía británica ante la pujanza de la ciencia orientalista alemana, que siguió madurando tanto en Alemania, como en Francia, como en otros muchos países, gracias a la aparición de especialistas. Se multiplicaron las colecciones de libros de estudio, las enciclopedias históricas, las bibliotecas orientales, y los pueblos orientales tomaron carta de naturaleza en los grandes manuales y en los trabajos comparativos.Al igual que ocurrió con la filología, en España los ensayos y estudios sobre Asia no alcanzaron su desarrollo hasta la segunda mitad del S. XIX. Hubo una serie de traductores del sánscrito que hicieron un trabajo digno de elogio. Debemos citar al P. Heras en la India, y a José Alemany y Bolufer, que hizo la primera traducción de la Bhagavadgita (v.) editada en Madrid (1896). En .una época más reciente, los estudios orientales, y particularmente los indianistas, cobraron en España un auge interesante. Recordemos a Mario Daza (1863-1943), Pedro Urbano González de la Calle, P. Justo Ramos de Andrés, J. Canedo y F. Rodríguez Adrados, autor de un Védico y sánscrito clásico (Madrid 1953).6. Influjo del pensamiento y literatura orientales en las europeas. España. Las literaturas europeas de los S. XIX y XX acusaron el orientalismo. El descubrimiento que del pensamiento hindú hicieron los ingleses tuvo una influencia perdurable sobre la poesía inglesa: Byron, Tennyson, Shelley, Wordsworth, y, más tarde, Edwin Arnold y Carlyle, cantaron a la India, a una India panteísta, visionaria y poética; Emerson, americano, conocía las traducciones de textos sánscritos, palis y persas, y en sus poemas se reflejaba el pensamiento del Veda. El romanticismo alemán aceptó al Oriente, con el que su pensamiento filosófico tiene gran afinidad, y tanto en su literatura como en su filosofía de la historia y de las religiones se inspiró en Asia. Las novelas de Richter, los escritos de Novalis y el pensamiento filosófico alemán del S. XIX reflejan el pensamiento de la India; F. Rückfert, Herder, y el grupo llamado "de Heidelberg" (Brentano, Arnim, Górres, Tieck) se interesaron por la poesía popular y por el misticismo oriental. En Francia, el orientalismo alemán influyó sobre el pensamiento literario francés, el sinólogo Rémusat llegó a mofarse, entonces, de "esa unión entre romanticismo, orientalismo y germanismo". Chateaubriand, Lamartine, Victor Hugo y Quinet sintieron intensamente la influencia oriental, que se ve reflejada en su literatura.La influencia de las literaturas orientales sobre la española se hizo sentir de manera particular en la época del romanticismo. Sin embargo, y en este aspecto, España es un caso algo particular. En efecto, en la Península, el Oriente y el pensamiento oriental fueron expresión del Islam, a consecuencia de la presencia secular de lo musulmán y del importante papel cultural desempeñado por los árabes, principalmente en la época de esplendor de la corte del califato de Córdoba. La afición por la poesía arábiga se propagó a partir del S. IX, y la serie de poetas hispanoárabes que aparecieron en los primeros años del S. XI hasta la ruina del califato cordobés muestra la brillantez e importancia de esta poesía en España. La literatura renacentista transformó la diferencia medieval entre moros y cristianos, entre infieles y fieles, en los nuevos conceptos de cultos e incultos, y "el moro galante se hace una figura ejemplar de caballería" (G. Díaz Plaja, Introducción al estudio del romanticismo español, Madrid 1942, 221-222). Menéndez y Pelayo subraya que esos moros van a ser los del Romancero general, los de las comedias de Lope de Vega y sus discípulos, los de toda la literatura granadina anterior al poema de Zorrilla, donde la fantasía oriental toma otro rumbo (Orígenes de la novela, 1,386 ss.). Esta literatura hispanomorisca llegó a tener una cierta influencia en Europa, p. ej., sobre Chateaubriand y Longfellow.La época romántica en España volvió a servirse de este tema morisco, que se contrapuso aquí al frío clasicismo francés. En España, el Oriente literario no sobrepasó de hecho al Islam; Asia propiamente dicha, China, la India, no fueron evocadas de una manera efectiva en la literatura romántica española. España conservó el concepto del moro del Renacimiento que va a ser un "arquetipo del romanticismo, porque es un arquetipo de caballerosidad" (G. Díaz Plaja). Además, el Oriente literario español fue menos exótico y más verdadero que los de Alemania y Francia, porque los románticos españoles lo encontraron en su propio país, en su literatura medieval, que evocaba los siglos de dominación musulmana.Este orientalismo romántico español se encuentra en la obra de Juan Cortada (1805-68), que utilizó además el pseudónimo de Aben Abulensa, y cuyas novelas románticas imitan el orientalismo de los románticos franceses; en las Orientales de Gregorio Romero Larrañaga (181572); en los romances de la Oriental y en el orientalismo de Escenas Sirias de María Josefa Massanés; en las Orientales de Cecilio Navarro, versado en libros sagrados y que utiliza temas moriscos en la obra anteriormente citada; en Solimán y Zaida (1849) de Ribot y Fontseré; en las Poesías caballerescas y orientales del P. Arolas, publicadas en Valencia en 1840. Este Oriente lejano y tópico se hace sentir fuertemente en Zorrilla (v.), con sus tipos literarios -el sultán enamorado de su cautivade La sultana favorita, y, sobre todo, en su Granada. libro en el que trabajó durante su estancia en París; el Oriente literario se encuentra también en el gran romántico y lírico Espronceda (v.), quien, a lo largo de su corta vida, apasionada e impetuosamente romántica, evocó en su obra este Oriente sonoro y sin soporte real. Como contraposición, debemos destacar los interesantes estudios aparecidos en "El Europeo", de Barcelona, que fue de 1823 a 1824 el acontecimiento literario más importante en la España del S. XIX; esta revista literaria vulgarizó temas orientales que a veces fueron artículos de investigación sobre la literatura oriental y trabajos originales sobre el Oriente.A partir del S. XX, el modernismo literario español dejé de ocuparse de este Oriente fantástico, y los trabajos que se publicaron sobre Asia fueron estudios de especialistas o de viajeros que intentaron dar un aspecto verÍDico, vivido y serio, del Oriente.7. El orientalismo en la filosofía y literatura posrománticas. Arte oriental. Asia influyó también sobre la filosofía del S. XIX; Ballanche, Leroux, J. Reynaud y los sansimonianos intentaron descubrir en el Oriente un renacimiento humanitario y social matizado de deísmo, y, sobre todo, de panteísmo. En el S. XlX, todos los occidentales apasionados por la síntesis buscaron en el pensamiento asiático las claves de una nueva explicación universal de la historia y de las religiones, pero chocaron contra la realidad científica que comenzó a ser descubierta por los o. profesionales. La hechicería, la aventura, lo fantástico, en una palabra, el elemento emocional, desaparecieron ante el elemento positivo en los tres centros del orientalismo occidental: Inglaterra, Alemania y Francia. Se esfumó la época de los grandes escritores románticos entusiasmados por Asia. Las escuelas literarias que siguieron buscaron en el Oriente tan sólo el color local y lo fantástico como técnica literaria: Teófilo Gautier (v.) y Flaubert (v.) se ciñeron al Cercano Oriente. Los parnasianos y los simbolistas, como, p. ej., Leconte de Lisle, hallaron en Asia sus imágenes poéticas, sus colores, sus símbolos, todo esto no fue otra cosa que los decorados lejanos del teatro literario; Mallarmé (v.) y Rimbaud (v.) encontraron allí un clima poético sin visos de erudición o renacer filosófico, igual que los intentaron los románticos a principios de siglo. El Oriente se convirtió entonces en una senda de evasión, en una técnica poética utilizada por los escritores con oficio.Este mismo fenómeno se encuentra en la escultura y en la pintura: hay un Oriente común a la plástica y a la literatura, pero, en general, el orientalismo pictórico se detiene en el Norte de África, Egipto y el Cercano Oriente. El viaje estético por Oriente oscila entre Palestina y Egipto, pero no llega más lejos de lo que era el Oriente musulmán. El Oriente propiamente dicho, el de China y la India, fue conocido solamente por los viajeros y los especialistas, y su estética permaneció mucho tiempo sin desvelar en las obras que guardan los museos europeos. La pintura y la escultura hindúes fueron conocidas muy lentamente por los artistas occidentales; Rodin, y después Will Rothenstein, Walter Crane, Augustus John y Epstein supieron apreciar su calidad, pero, en efecto, tuvieron poca influencia sobre el arte occidental a causa de su dificultad de comprensión. Algo muy distinto ocurrió, en cambio, con China, y, sobre todo, con Japón, cuyas "curiosidades" estuvieron siempre muy en boga en Europa; su cerámica y sus lacas, grabadas o pintadas, fueron copiadas e imitadas en Occidente.Las decoraciones al estilo chino y japonés invadieron los palacios y las mansiones de Alemania, Francia, Inglaterra y España (p. ej., Aranjuez); cofres y bargueños chinos o japoneses, grabados, pinturas, biombos, etc., alcanzaron un gran éxito, si bien sus escenas se traducían al gusto occidental. Inglaterra copió el jardín chino, puesto de moda por Kent, Halfpenny y Chambers, y Europa siguió ese movimiento de "vuelta a la Naturaleza"; ciertos autores han pensado que las formas animadas del arte chino de los T’sin inspiraron las líneas sinuosas del estilo rocalla; es cierto que las aportaciones asiáticas han contribuido a acentuar estas tendencias y que el gusto por lo chino ha producido sus obras más sorprendentes en los países más aficionados al estilo rococó: Europa central, Italia y España. El arte japonés tuvo una influencia muy particular sobre ciertos medios artísticos y literarios europeos; muchos artistas de comienzos del S. XX renovaron su inspiración al entrar en contacto con el grabado y la pintura del Japón. Fue así como se introdujo el orientalismo en los modos de pensamiento occidentales, sin que muchas veces se tenga plena conciencia de ello. Si bien la influencia artística y musical es escasa, la filosófica sigue siendo activa y fecunda en forma de intercambios culturales, muy intensos después de la II Guerra mundial.J. ROGER RIVIÉRE.
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