Oración Iii. Liturgia. REL. CRIST.
Categoria:
Religión Cristiana
1. Oración y Liturgia. La o. es para la vida humana espiritual como la respiración para el cuerpo; la práctica y la teoría, la historia y la teología, muestran esa necesidad ininterrumpida de orar, de buscar el diálogo y la relación personal con Dios, de quien el hombre procede y a quien, en último término, se dirige (V. I-II). Las diferentes formas y clases de o. (de alabanza y adoración, de acción de gracias, de petición o súplica, de expiación) pueden ser solamente internas, de la mente y del corazón, o ir acompañadas y expresadas por palabras y gestos; en la Liturgia cristiana se dan ambas, o. interior y exterior; además se ha de considerar que la o. exterior (vocal, se dice a veces) si no va acompañada de la interior quedaría vacía de contenido y no sería auténtica o. (v. II).La o. llena, como uno de sus elementos fundamentales, toda la Liturgia. La Liturgia (v.) es culto público y oficial a Dios de toda la Iglesia, Jesucristo cabeza y su Cuerpo místico, y al mismo tiempo es obra de -Dios que por ella santifica a los hombres; está constituida de ritos y o.: 0. acompañadas de ritos, acciones, o gestós. Ritos (v.) y gestos (v.) de los que son esenciales los instituidos por Cristo: los sacramentos (v.) que confieren la gracia (v.) para santificar al hombre y a su vida. Pero al mismo tiempo, esos ritos son en cierto modo o., plegaria a Dios. De una doble forma, pues, la Liturgia es o.: en cuanto ésta acompaña o en cuanto forma parte de los ritos. Sin embargo, hay que distinguir entre los ritos en sí y la o. propiamente dicha. En este sentido debe decirse que la o., con ser uno de sus elementos principales, no llena todas las dimensiones de la Liturgia, ya que en ésta hay además ritos y acción de Dios. La o. litúrgica tiene las propiedades y características de la Liturgia: está regulada en sus expresiones, fórmulas y gestos, por la competente jerarquía eclesiástica (V. DERECHO LITÚRGICO; RÚBRICAS; LIBROS LITÚRGICOS), y es pública, de tal modo que en ella el cristiano se une a la o. de toda la Iglesia, de Jesucristo, de la jerarquía eclesiástica y de todos los cristianos (V. t. COMUNIÓN DE LOS SANTOS; LITURGIA I, 3).Algunos autores llaman o. objetiva a la o. litúrgica, y o. subjetiva a la que cada uno hace privada y espontáneamente. Ambas expresiones, cuando se refieren a auténtica o., son relativas, porque la o. verdadera ha de ser siempre subjetiva y objetiva. La o. privada, personal y espontánea, si es sincera ha de ir al encuentro de la llamada de Dios; ha de ser, o tratar de ser, respuesta a esa llamada, que llega a cada hombre a través de la revelación divina natural (v. CREACIÓN) y sobrenatural (v. REVELACIÓN II-III); es decir, el esfuerzo o intento subjetivo de orar ha de ir al encuentro de la llamada objetiva de Dios que se da en los sucesos y realidades cotidianas ordinarias y en las vías extraordinarias de comunicación divina abiertas por la Revelación sobrenatural, especialmente los sacramentos. Igualmente, la o. litúrgica, pública y reglamentada por la Iglesia de acuerdo con los deseos y la llamada de Dios manifestados en su Revelación, ha de hacerla cada uno personal, interior y subjetiva; en la o. litúrgica, el cristiano no es elemento pasivo que sea salvado o santificado por la o. objetiva, eclesial, de todo el Cuerpo místico de Cristo; no es un sujeto anónimo; lo que constituye su o., y contribuye a su salvación, es su relación personal con Dios, lograda en el seno de la Iglesia, en la objetividad de los medios salvadores a ella confiados. Por eso, el cristiano ha de procurar hacer suya, de forma personal e interior, la o. litúrgica, y ha de procurar cultivar un espíritu continuo de o., que le lleve a mejor aprovechar la o. litúrgica (cfr. Pío XII, enc. Mediator Dei, n° 8-12). Un autor de sólida espiritualidad, que se ha hecho clásico, lo expresa en forma breve con estas palabras: "Tu oración debe ser litúrgica. -Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del Misal, en lugar de oraciones privadas o particulares" (J. Escrivá de Balaguer, Camino, n° 86).La tradición multisecular de la Iglesia ha ido acuñando una gran riqueza de doctrina y de profunda piedad en las o. litúrgicas. En ellas se cuida hasta el lenguaje y modo de decir, para que sea digno de su excelsa función, y exprese adecuadamente la fe, la doctrina revelada y la conveniente respuesta humana a la misma (V. LENGUA LITÚRGICA). Incluso se ha cuidado que todas las o. litúrgicas, especialmente las del celebrante, u o. sacerdotales, posean un bello ritmo de composición, llamado cursus (v.). Se halla éste de ordinario expresado en dos niveles: en la distribución general de los diversos miembros de la o., de tal manera que éstos resulten proporcionados entre sí y expresen simultáneamente un pensamiento completo; y en la distribución armoniosa de las sílabas en las cadencias para obtener un efecto agradable al oído.2. Formas y clases de oración litúrgica. La o. litúrgica, que arranca de la enseñanza y práctica del mismo Jesucristo (p. ej., V. PADRE NUESTRO; EUCARISTÍA I; CENA DEL SEÑOR; etc.) y se ha ido formando a través de la rica y secular experiencia de la Iglesia, ha alcanzado así rasgos de belleza y valor inigualables. Su valor viene. garantizado por la enseñanza y autoridad de Jesucristo y de su Iglesia, cuyos pastores han tenido siempre cuidado de velar por la pureza y dignidad de la o. pública y oficial, como una de las misiones a ellos confiada (v. JERARQUÍA ECLESIÁSTICA). Es así la o. litúrgica grata a Dios; y según sea su antigüedad y permanencia, es reflejo de la fe permanente de la Iglesia (lex orarsdi, lex credendi); pueden aplicarse a ella, de modo especial, las conocidas palabras de S. Pablo: "el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; mas el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables, y el que escudriña los corazones conoce cuál es el deseo del Espíritu, porque intercede por los santos (los cristianos) según Dios" (Rom 8,26-27).Las muestras de la riqueza y valor de la o. litúrgica, tomada muchas veces de la S. E. y contenida en los libros litúrgicos (v.), son innumerables; desde los mismos salmos (v.), frecuentes en el Oficio divino (v.), donde se encuentran fervientes alabanzas y súplicas con acciones de gracias, hasta las diversas o. particulares, a veces en forma de himnos (v.) de subido valor lírico, como el Te Deum (v.). En forma coral o de canto, aunque también pueden recitarse, además de los himnos litúrgicos, se manifiestan las aclamaciones (v.), como amén (v.) y aleluya (v.), las antífonas (v.), responsorios (v.) y secuencias (v.); también los salmos pueden cantarse (v. SALMODIA), así como las letanías (v.) y doxologías (v.). Junto con los himnos hay que mencionar los motetes (v.). El canto en general es una forma apropiada de o. litúrgica, hecha en común con los demás cristianos, que puede hacer la o. más intensa (v. CANTO III; CORO II); aunque ha de acompañarse con otras o. rezadas y con otras dichas por cada uno en silencio, llegando así en su conjunto a formar la extraordinaria riqueza y variedad de la o. litúrgica, que puede dividirse en dos clases fundamentales:1) La que constituye el llamado Oficio divino, contenida en la Liturgia de las horas, que con estricta obligación han de rezar todos los sacerdotes y los religiosos a los que alcance esa obligación, y a la que también están invitados los demás fieles en la medida de sus posibilidades. En una o. reglamentada y compuesta por la Iglesia, para dar a Dios una alabanza y petición públicas continuas; continuidad que se intenta lograr a través de las diversas horas que constituyen el Oficio, y que se ha vivido siempre en la Iglesia, desde sus comienzos. Para esta O., V. OFICIO DIVINO.
2) La o. que acompaña o forma parte constitutiva de los ritos, especialmente los sacramentos; de ésta es de la que vamos a tratar aquí. Considerada la Liturgia como un diálogo entre Dios y su pueblo, la Iglesia (cfr. Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, 7,33,84), la o. es la respuesta del pueblo de Dios, que, como hemos dicho, puede ser también en forma de canto.En la Liturgia se oye ante todo la voz de Dios que habla por su Palabra, en las lecturas de la S. E. y en los ritos sacramentales instituidos por Él. Dios se hace presente en la Liturgia, en primer. lugar, por su acción que santifica por medio de los sacramentos; sobre todo en el Santo sacrificio de la Misa, en el que no solamente se hace presente la acción de Dios, sino Jesucristo mismo, "tanto en la persona del ministro -ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que se ofreció a sí mismo entonces en la cruz (Conc. de Trento, sesión XXII, c. 2)- como, sobre todo, bajo las especies eucarísticas... Está presente en su palabra, ya que es Él mismo quien habla cuando se leen las S. E. Por último, cuando la Iglesia reza y canta, se encuentra también presente el mismo que prometió: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos (Mt 18,20)" (Sacr. Conc, 7). A esa voz y esa acción de Dios responden los fieles con la o. Pueden distinguirse la o. del pueblo y la o. del celebrante, aunque tanto el celebrante como los fieles participen de ambas, según las ocasiones. Suele llamarse o. del pueblo a la que corresponde más propiamente a los fieles en cuanto tales; y o. del celebrante a la que corresponde al sacerdote en cuanto actúa en representación de la misma persona de Cristo Cabeza.3. Las oraciones del celebrante. Como representante de Cristo, que actúa no sólo en nombre sino en la persona misma de Jesucristo cabeza, el sacerdote celebrante eleva a Dios o. especiales. En ellas manifiesta la mediación que el sacerdocio del obispo (v.) y del presbítero (v.) ejerce in persona Christi entre Dios y su pueblo. En Oriente las o. sacerdotales se dicen de ordinario en voz baja, y sólo se alza la voz o se canta para la efkonesis o conclusión, para que el pueblo pueda responder. En Occidente se hacen en voz baja o en voz alta, aunque el final sea siempre en voz alta o cantado para que todos puedan responder con el amén (v.), significando que han seguido o escuchado la súplica del celebrante y que se unen a ella. "Las oraciones por las que el pueblo se ordena inmediatamente a Dios las dicen sólo los sacerdotes, que son mediadores entre Dios y el pueblo: de éstas, son pronunciadas públicamente las que se refieren a todo el pueblo, en cuyo nombre las expone a Dios solamente el sacerdote, como las oraciones y acciones de gracias; son pronunciadas privadamente otras que competen únicamente al oficio del sacerdote, como las consagracias y oraciones de este estilo, que aquél hace en favor del pueblo, pero no orando en nombre del pueblo" (S. Tomás, In IV Sententiarum, d. 8, exp. text.). Casi siempre están expresadas en común, en plural, indicando, así, que se hacen bien en nombre y lugar de Jesucristo y de los fieles, bien en favor de todos los fieles. De ordinario, la o. se dirige a Dios Padre, según la norma tradicional (recogida ya en el Conc. III de Cartago, año 397, can. 23), y siempre se pone a Cristo como mediador, mencionando también con frecuencia al Espíritu Santo, unido a ambos o impulsor de la o. Sin embargo, algunos ritos antiguos, como el hispano (v.), dirigieron a Cristo las o. para salir al paso del peligro arriano; muchas de esas fórmulas se han conservado en el repertorio romano.a) Las oraciones eucarísticas. Son las más importantes de las o. sacerdotales. Es la o. de acción de gracias que se dirige en nombre o a favor de toda la Iglesia en los grandes momentos de la celebración litúrgica. Los motivos de esta acción de gracias son ordinariamente los beneficios de Dios a lo largo de toda la Historia de la Salvación. Forma parte de todos los ritos consecratorios o constitutivos (v. BENDICIÓN in). El ritual romano presenta innumerables formas de o. eucarísticas, como en la consagración de los Obispos; en las ordenaciones, al consagrar el Crisma, al bendecir el agua bautismal, etc. Pero la o. eucarística por excelencia es la de la Santa Misa, sacrificio incruento de Cristo, en la que por la consagración sacramental el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo (v. MISA; ANÁFORA). Además de la consagración, junto a la acción de gracias se incluye la anámnesis (v.) o recuerdo de los beneficios recibidos, y la epíclesis (v.) o invocación al Espíritu Santo.El esquema general de las o. eucarísticas comienza por una invocación a Dios Padre, expresada en una acción de gracias por todos los beneficios divinos, enumerados ampliamente, y en especial aquellos que están más en relación con la celebración concreta. Se introduce luego a Jesucristo como mediador, y muchas veces, si el contenido del rito lo exige, se desarrolla un tema cristológico. A veces se habla también del Espíritu Santo. Y siempre se acaba con una doxología (v.), o. de alabanza y glorificación a la Santísima Trinidad. Este esquema tiene con frecuencia un comienzo en forma de prefacio o diálogo inicial del sacerdote con el pueblo.b) Las "oraciones". Son aquellas que el celebrante pronuncia generalmente al final de un rito, después de hacer la invitación a los fieles bajo la fórmula "oremos". La principal de estas o. es la colecta. En la Misa están además la o. sobre las ofrendas y la o. después de la comunión.La colecta es la o. que pronuncia el celebrante después que ha orado el pueblo mismo, ya en silencio, ya con una letanía (v.) diaconal. El nombre de collecta o collectio viene del sentido mismo de esta o., que tiene por objeto reunir en una misma súplica todas las intenciones y peticiones individuales, ya formuladas por cada uno en silencio, ya manifestadas en la o. universal o común de los fieles. La colecta romana es la conclusión sacerdotal del rito de comienzo. No tiene el mismo sentido de colecta que en las otras liturgias; p. ej., en el rito milanés o ambrosiano (v.) se la considera como o. super populum.La oración sobre las ofrendas está ordenada a presentar u ofrecer al Señor los dones que han de ser consagrados a continuación en la anáfora o canon de la Misa (v.) (donde ya se ofrece al mismo Cristo, en quien se han convertido). Dicha o. es llamada a veces secreta (p. ej., en el Misal de S. Pío V), término de origen incierto, que aparece ya en el Sacramentario gelasiano; seguramente proviene del rito galicano (v.), donde se decía en voz baja, como ha solido hacerse en el romano. Puede ser también traducción latina de la palabra griega mysteria (K. Gamber, Secreta, "Ephemerides Liturg?, 1969, 485487). La oración después de la Comunión (poscomunión) es una acción de gracias que hace siempre alusión al misterio del día y a la comunión recibida.Estilísticamente estas o., al menos en el rito romano, tienen unas características inconfundibles. Generalmente todas van dirigidas al Padre por mediación de Jesucristo; ya desde el principio éste fue el modo de o. más generalizada entre los cristianos, según el texto de la 1 Petr 4,11, y las expresiones de S. Clemente Romano (I Corintios, 61), de Tertuliano (Adv. Marcionem, IV,9), etc. Parece, sin embargo, que en el s. III hubo una corriente de piedad popular inclinada a dirigirse directamente a Cristo. La prueba de ello puede ser el hecho de que Pablo de Samosata (v.) en su iglesia suprimió todos los himnos compuestos en honor a Cristo, con el pretexto de que eran excesivamente modernos (Eusebio de Cesarea, Historia Ecclesiastica, VII,30; cfr. J. A. Jungmann, Die Stellung Christi im liturgische Gebet, Münster W. 1925).Su esquema de composición puede reducirse a dos fórmulas principales: un tipo simple se reduce a expresar llanamente el objeto sustancial de la plegaria. De ordinario se comienza con un verbo o con un sustantivo que designa directamente la gracia solicitada: p. ej., exaudi, augeatur, concede, o gratiam, preces, Ecclesiam, etc. Un segundo tipo más corriente comienza con una invocación a Dios que suele estar bastante desarrollada con ciertos atributos divinos, en conformidad con la gracia que se va a pedir.c) Las fórmulas indicativas. Entre las o. sacerdotales existen las llamadas indicativas en las que el sacerdote no se dirige a Dios directamente, sino más bien expresa una acción o un hecho sobre un objeto o persona; p. ej., la fórmula bautismal de Antioquía en el s. IV: "Es bautizado NN. en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (cfr. A. Wenger, Saint lean Chrisostome, huit catéchéses baptismales, París 1957, 96-97). La bendición del agua lleva también fórmulas indicativas: "Unde benedico te, creatura aquae...".d) Las oraciones privadas. En ciertos momentos de las celebraciones litúrgicas el sacerdote recita o. en privado, no propiamente sacerdotales, pues no se dicen en favor ni en nombre del pueblo, sino en favor del propio celebrante. En Oriente se presentan a veces en forma de diálogo entre los concelebrantes o entre los celebrantes y los diáconos. Como se ha indicado, a veces también se dicen en silencio o. sacerdotales, como las eucarísticas, que no se dicen propiamente en nombre del pueblo, sino a favor suyo.e) Se pueden contar entre las o. sacerdotales las que se emplean en las bendiciones (v.) y los exorcismos (v.). 4. La oración del pueblo. Reviste frecuentemente características de alabanza y de acción de gracias. Pero sobre todo en una súplica intensa, según el mandato de S. Pablo (Philp 4,6; 1 Tim 2,1-2) y la práctica constante de la Iglesia desde sus orígenes. San Justino decía hablando de las reuniones: "luego nos levantamos todos juntos y hacemos oraciones"; "hacemos oraciones comunes intensas por nosotros mismos... y por todos los demás que se hallan por todas partes..." (I Apologia, 67,5; 65,1-2).Una forma de o. de todos los fieles reunidos en un acto litúrgico es la oración en silencio. Después de algunas lecturas, o en otros momentos determinados, pueden guardarse unos momentos de silencio, considerado desde la Antigüedad como ocasión de alabanza y o. a Dios, por eso se habla de "silencio sagrado", destinado a la petición personal o a la meditación de lo que se leído o de lo que se ha rezado en alta voz (cfr. Sacrosanctum Concilium, 30; I. Checchetti, Tibi silentium laus, en Miscellanea Mohlberg, II, Roma 1949, 521-570).La forma más sencilla de o. de los fieles es la letanía (v.). Es la o. preferida por el pueblo en las procesiones (v.) y rogativas (v.), en las grandes acciones consecratorias: órdenes (v.), dedicación, consagración de vírgenes, vigilia pascual (v. SEMANA SANTA; PASCUA II). Otra de las fórmulas que han ocupado siempre un lugar primordial es el Padrenuestro (v.).Otra forma de o. del pueblo es la oración universal o de los fieles. Los primeros vestigios de esta o. se encuentran en el texto arriba citado de S. Pablo; S. Justino parece hacer referencia a ella en el texto también citado. La o. "después de la homilía" es en los s. Iii y Iv un concepto corriente en Egipto (cfr. Eucologio de Serapión, n. 2). Posteriormente se encuentra después de las lecciones en todos los ritos de Oriente. En Occidente la testimonia S. Hipólito. A ella se refiere probablemente S. Cipriano cuando habla de la communis oratio (De Dom. Orat., 8; CSEL 3,271). S. Agustín acaba un gran número de sus sermones con la fórmula litúrgica conversi ad Dominum, es decir, que a la predicación seguía también aquí una o. común. El Obispo mismo invitaba a la o. y la rezaba, respondiendo los fieles. Más tarde el encargado de dirigirla, en casi todos los ritos, era el diácono (v.); no solamente se encargó desde finales del s. Iv de las exhortaciones a la o. sino que indicaba también las intenciones, que luego se integraban en una verdadera letanía y a la que los fieles respondían con el "Kyrie eleison" u otra aclamación (v.); el celebrante sólo intervenía al final, pronunciando la o. con que se cerraba este acto (cfr. J. A. Jungmann, Missarum sollemnia, Madrid 1963, 530).I. FERNÁNDEZ DE LA CUESTA. V. t.: OFICIO DIVINO;LENGUA LITÚRGICA.J. FERNÁNDEZ DE LA CUESTA ; JORGE IPAS.
BIBL.: A. G. MARTIMORT, El diálogo entre Dios y su pueblo, en La Iglesia en Oración, 2 ed. Barcelona 1967, 146 ss.; M. RIGHETTI, Historia de la Liturgia, I, Madrid 1955, 228 ss.; J. A. JUNGMANN, Las leyes de la Liturgia, San Sebastián 1960, 105-136; íD, El sacrificio de la Misa, Madrid 1963, 416 ss., 529 ss.; C. RAUCH, La Priére du peuple, "La Maison-Dieu", 20 (1949) 127-132; B. BOTTE, La Priére du célébrant, ib. 133-141; B. CAPELLE, Collecta, "Revue Bénédictine" 42 (1930) 197-204; P. BRUYLANTS, Les oraisons du Missel romain, Texte et histoire, Lovaina 1952; DI CAPUA, Il "cursus" e le clausole metriche da osservarsi nella riforma e nella composizione degli "Oreinus" e delle prose liturgiche, "La Scuola Cattolica" (1912,2) 544 ss.; L. BOUYER, Eucaristía, teología y espiritualidad de la oración eucarística, Barcelona 1969; C. VAGAGGIM, El sentido teológico de la Liturgia, Madrid 1965 (cfr. índice).
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