Obediencia ÉTICA
Categoria:
Ética
Noción general. Toda la vida del hombre es un camino que arranca de Dios y en Dios termina: Él es nuestro Principio y nuestro Fin, Alfa y Omega de una trayectoria sin pausa, que ha de ser la realización de una Voluntad divina que nos pone en la vida para caminar hasta Dios. Esta Voluntad (v.) divina es, pues, lo que el hombre debe buscar y cumplir en todo momento para lograr su fin y su felicidad. Dios a través de su Providencia (v.) ha dispuesto todo de modo que el hombre pueda conocer con seguridad esta Voluntad, que unas veces se nos manifiesta de modo directo y en otras ocasiones "a través de causas segundas, en cuanto ejecutoras del orden divino" (S. Tomás, Sum. Th. 1 q22 a3 ad2). Dios ha querido valerse de ministros para su gobierno, ha dispuesto participar su autoridad y dar así a algunos -y de cierta manera a todos, en diverso grado y de distinto modo y ocasión- la responsabilidad de gobernar a los demás, de conducirlos, de ayudarlos en el camino para llegar al Fin.La aceptación y cumplimiento activo por parte del hombre de la Voluntad de Dios constituye la virtud de la o. en sentido amplio (cfr. S. Tomás, ib., 2-2 8104). En sentido estricto la o. se refiere al cumplimiento de, la Voluntad de Dios manifestada en el mandato de la legítima autoridad, civil o eclesiástica, dentro del ámbito que le es propio. En uno y otro caso la virtud de la o. indica una disposición estable, voluntaria y libre, de cumplir la Voluntad de Dios: "virtud que inclina la voluntad a cumplir el mandato legítimo del superior, en cuanto es manifestación de la Voluntad de Dios" (S. Tomás. ib.). Como toda virtud, exige al hombre por tanto poner sus energías en la búsqueda y recorrido del camino señalado por Dios, y de modo especial, cuando este camino le es manifestado inmediatamente por otro hombre, pero siempre en la medida en que conoce ahí el querer de Dios. Y como toda virtud también, supera con esfuerzo las dificultades internas y externas que el cumplimiento exija, hasta dar a la voluntad una facilidad y prontitud habituales para detectar y cumplir el mandato divino o humano. Dignidad e importancia. Es innegable que la o. tomada en su sentido más amplio es una virtud que comprende la postura fundamental del cristiano, y que le da una dirección y fuerza eficaces para dirigirse hacia su fin, hasta su realización plena en Dios. Descubrir con la razón y la fe lo que Dios quiere de él, y someter eficazmente su voluntad a este querer de Dios es la máxima dignidad del hombre. Pretender darle una dignidad al margen o en contraposición con el querer de Dios sería desconocer la naturaleza humana y su misma felicidad, y en último término la Bondad y Sabiduría de Dios. Las dificultades que encuentra la o. son parte del camino esforzado que el hombre debe seguir; y las aparentes contradicciones entre la voluntad humana y la divina nacen de las malas disposiciones del hombre -pecado original y pecados personales-, que le hacen poner equivocadamente su felicidad en bienes caducos, y en último término, de la rebeldía introducida en el mundo por el pecado: el orgullo de no querer someterse a Dios, aun a costa de dirigirse a su propia ruina: "Obediencia que con toda verdad puedo decir que es la virtud propia de la criatura racional que actúa bajo la potestad de Dios; y también que el primero y mayor de todos los vicios es el orgullo, que lleva al hombre a querer usar de su potestad para la ruina, y tiene el nombre de desobediencia" (S. Agustín, De Genesi al litteram, 8,6,12).Más problemático podría parecer en nuestros días explicar el sentido y la importancia de la o. en su acepción restringida y propia, es decir, la sumisión a las decisiones de otros hombres: una visión deformada de la libertad (v.), un concepto falso de personalidad (v.) y una exaltación casi irracional de la misión de la conciencia individual han hecho que en algunos ambientes se discuta el mismo concepto de autoridad y el valor y dignidad de la obediencia. Para salir del paso de estos equívocos, conviene recordar brevemente algunos conceptos que valorizan el genuino sentido de esta virtud:a) La autoridad (v.) es necesaria en la vida social del hombre. La sociedad civil es de derecho natural (cfr. León XIII, Enc. Immortale Dei, 1 nov. 1884; Ene. Sapientiae, 10 en. 1890; etc.), y la Iglesia (v.) como sociedad perfecta es voluntad expresa de su Fundador, Jesucristo. Y dentro de estas dos sociedades perfectas, la sociedad familiar es también exigencia de la naturaleza, y las demás sociedades menores pueden ser necesarias o convenientes al carácter social del hombre para poder alcanzar su fin.
b) Toda sociedad (v.) requiere necesariamente un orden y una autoridad, que conduzca a sus miembros al bien común que le es propio. Autoridad que en último término procede siempre de Dios, mediata o inmediatamente: "No hay potestad que no provenga de Dios, y Dios es el que ha establecido las que hay en el mundo" (Rom 13,1). Naturalmente, la misión y competencia de las personas que ostentan esta autoridad está determinada por el fin de la sociedad en cuestión; tienen, pues, una competencia y unos límites, en su razón de ser y en su ejercicio, que también en último término le han sido impuestos por Dios.c) Con estos principios, la ley (v.) o el precepto no son arbitrariedad de un hombre, sino plasmación y facilitación del camino para el logro del bien común, que cada individuo debe buscar en su empeño por identificarse con la Voluntad de Dios. Es obvio, por tanto, que, tratándose de leyes o mandatos sustancialmente justos -aun con los defectos propios de toda obra humana-, la o.no significa rebajarse o someterse a otro hombre, sino que "tiene por compañeras la honra y la dignidad, porque no es esclavitud o servidumbre de hombre a hombre, sino sumisión a la voluntad de Dios, que reina por medio de los hombres" (León XIII, Enc. Immortale Dei). De ahí que S. Pablo exija esa virtud a todos los fieles con estas palabras. "Toda persona esté sujeta a las potestades superiores... Por lo cual quien desobedece a las potestades, a la ordenación o voluntad de Dios desobedece, de consiguiente los que tal hacen, ellos mismos se acarrean la condenación" (Rom 13,1-2).dJ Por otra parte, no es lícito apelar a la conciencia (v.) personal para desvirtuar la o. debida al legítimo superior, dentro del ámbito respectivo. Si es cierto que cada hombre debe actuar según su propia conciencia, no es menos cierto que esta conciencia no es autónoma, sino que debe formarse de acuerdo con las normas objetivas, entre las que se encuentra la ley humana, como prolongación y determinación de la ley divina -natural o sobrenatural-, en los diversos campos de la vida social del hombre. Si hay contraste entre la o. debida y el dictamen de la conciencia, será porque el superior se extralimita en sus mandatos (contrariando a la ley divina) -y entonces "es necesario obedecer a Dios, antes que a los hombres" (Act 5,29)-, o porque el hombre, ofuscado por el pecado, quiere constituirse en norma para sí mismo, al margen de la Voluntad de Dios: "La obediencia que se da a los Superiores se da a Dios mismo. Por eso, todo cuanto el hombre nos mande de parte de Dios es preciso ejecutarlo con tanta sumisión como si Dios mismo lo hubiera mandado. Porque, ¿qué importa que Dios nos manifieste su voluntad por sí mismo o por sus ministros, ya sean ángeles, ya hombres?" (S. Bernardo, De praecepto et dispensatione, 9,22).Vistas así las cosas, la o. alcanza toda la dignidad e importancia que el hombre quiera darle. Se trata de poner a disposición de la vida moral las energías más altas del hombre; su entendimiento y su voluntad. Y esto superando no sólo las dificultades que puede implicar en sí mismo el mandato divino o humano, sino venciendo y entregando a esta misión de modo permanente su más alta potencia: entrega que es plenamente racional, como plenamente racional es el mandato divino, y como debe serlo -para que obligue en conciencia- el mandato de la legítima autoridad. Y entrega que debe ser libre, ya que enteramente libre ha de ser la respuesta humana al llamamiento divino.Más aún, para un cristiano, el ejemplo de Cristo ensalza esta virtud de modo particular: "Pues a la manera que por la desobediencia de un solo hombre fueron muchos constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo serán muchos constituidos justos" (Rom 5,19); es así como "Jesucristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y realizó la redención con su obediencia" (Conc. Vaticano II, Const. Lumen gentium, 3). Toda la vida de Cristo se reduce a una obediencia plena a la Voluntad de Dios Padre: "Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado" (lo 4,34), y en esta obediencia -que se le presenta ante la inminencia de la Pasión con exigencias duras (cfr. Lc 22,40-45)- llega hasta la muerte: "Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz" (Philp 2,8). Luego para el cristiano, que busca la identificación con la Voluntad de Dios, la entrega -inteligente y racional, y además iluminada por la fe- a sus mandatos resulta el holocausto más pleno del hombre en el servicio de Dios. De modo que, en este caso, la obediencia es comoel reverso de la caridad: "El que dice que conoce a Dios y no guarda sus mandamientos es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda sus mandamientos, en ése verdaderamente la caridad de Dios es perfecta, y por esto conocemos que estamos en él, esto es, en Jesucristo. Quien dice que mora en él, debe seguir el mismo camino que él siguió" (1 lo 2,4-6). La necesidad de la o. -por encima de toda consideración humanaradica en que forma parte del misterio de la Redención, es parte capital de la economía de nuestra salvación. "La obediencia es de más valor que los sacrificios" (1 Reg 15,22), en cuanto que, "inmolando la propia voluntad" (S. Gregorio, Moralia, lib. 35, cap. 14), con la nueva libertad que nos ha ganado Cristo (cfr. Gal 4,31), es manifestación de amistad con Dios, amistad que "produce un mismo querer y no querer" (Salustio, Catil. c. 20; cfr. S. Tomás, .Sum. Th. 2-2 gl04, a3).
En otras voces de la Enciclopedia se estudian la o. debida a la autoridad civil (v. AUTORIDAD; LEY; SOCIEDAD), la que se exige en la familia (v. HIJOS, DEBERES DE LOS; FAMILIA), la O. sacerdotal (v. SACERDOCIO V), así como los problemas concretos que la o. de los religiosos lleva consigo (V. VOTO RELIGIOSO; CONSEJOS EVANGÉLIcos). Aquí se consideran las manifestaciones de la o. a la Voluntad de Dios en las circunstancias ordinarias de la vida, y la o. debida a la autoridad eclesiástica.Obediencia y Voluntad de Dios en la vida ordinaria. Como ya se ha dicho ampliamente, "la vida no tiene otro sentido que el de obedecer a la Voluntad de Dios" (J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Homilía El triunfo de Cristo en la humildad, Madrid 1973, no 21). Es éste el profundo significado que la luz de la fe descubre en la existencia humana: "La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia, y no sólo a una parte. Las relaciones con Dios son necesariamente relaciones de entrega, y asumen un sentido de totalidad. La actitud del hombre de fe es mirar la vida, con todas sus dimensiones, desde una perspectiva nueva: la que nos da Dios" (¡K, n° 46).Es necesario para ello que la persona busqué no su propio egoísmo o unos bienes que -aunque presenten la ilusión de una felicidad pasajera y atrayente- no le dan lo que ansía. El cristiano mira a la vida eterna, aun cuando se afana justamente en la construcción de la ciudad terrena: su camino es, pues, camino de fe y de amor.Penetrada de esta fe, la vida cristiana está apoyada firmemente en el sentido de la filiación divina (v.): Dios es Padre, que nos ha dado a su Hijo y con Él todas las cosas (cfr. Rom 8,23). Hay una Providencia divina que alcanza todos los momentos de nuestra vida y cada uno de ellos es llamada irrepetible de Dios a responder con libertad, aceptando lo que nos envía o permite, cumpliendo lo que nos manda: "Lo que verdaderamente hace desgraciada a una persona -y aun a una sociedad enteraes esa búsqueda ansiosa de bienestar, el intento incondicionado de eliminar todo lo que contraría. La vida presenta mil facetas, situaciones diversísimas, ásperas unas, fáciles quizá en apariencia otras. Cada una de ellas comporta su propia gracia, es una llamada original de Dios: una ocasión inédita de trabajar, de dar el’ testimonio divino de la caridad" (J. Escrivá de Balaguer, Conversaciones, 9 ed. Madrid 1973 n° 97).Así entendida la vida, la o. a la Voluntad de Dios la realiza el cristiano en los avatares de su aventura diaria y corriente: acepta las limitaciones de su carácter y de sus cualidades personales a la vez que pone los medios para superarse y mejorar; lleva con alegría las pequeñas dificultades, inconvenientes y obligaciones que toda vida familiar y las relaciones sociales llevan consigo; cumple con empeño y perfección los deberes que la vida profesional le impone; con obediencia acepta sin resentimientos la situación profesional, social, etc., que Dios ha querido para él, a la vez que se esfuerza seriamente y pone todo medio noble a su alcance para superarse y destacar en el servicio a la familia y a la sociedad. En pocas palabras, con su o. amorosa y activa a la Voluntad de Dios, santifica todas las situaciones -familiares, ambientales, sociales, de época- en que vive, en un afán de conducirlas a Dios cada una según su propia naturaleza: "Cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios" (ib., n° 114). Y con esta o., ayudado por la gracia divina, aun en las situaciones más difíciles y dolorosas (enfermedad, incomprensiones, pérdida de personas queridas, etc.), que a primera vista podrían parecer injusticias divinas, el cristiano se rinde a la Voluntad de Dios, inescrutable y no siempre comprensible por la limitada inteligencia humana, con la certeza absoluta que nos da la fe: "Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios" (Rom 8,28).Naturalmente, este camino de o. e identificación con la Voluntad de Dios requiere un esfuerzo diario, constante en lo pequeño. Sólo cuando la fe penetra poco a poco las pequeñas exigencias divinas -viéndolas como tales- y la voluntad es dócil a rendirse a ellas -superando el orgullo y la comodidad-, cumpliéndolas fielmente, se logra la verdadera virtud: la voluntad se hace dócil a las insinuaciones de Dios, que la fe le ha descubierto con perspicacia.Obediencia y autoridad eclesiástica. La legítima autoridad eclesiástica (v. JERARQUÍA ECLESIÁSTICA) tiene, recibida de Cristo, la misión de conservar y transmitir íntegro el depósito de la fe (v. FE III, A), la verdad revelada, que es doctrina y vida para los cristianos. Todo lo que se refiere de algún modo a la fe (v.) y a las costumbres (V. MORAL), la interpretación de la Sagrada Escritura (v. BIBLIA), y la interpretación de la ley natural (porque su cumplimiento es también necesario para la salvación), es competencia exclusiva del Magisterio (v.) de la Iglesia.Todos los cristianos deben, pues, obedecer fielmente (con una obediencia de fe) y aceptar plenamente las definiciones y declaraciones del Magisterio infalible del Papa (v.), es decir, cuando habla ex cathedra, y de los Concilios (v.) Ecuménicos, así como el Magisterio ordinario (constante y universal) de los obispos en comunión con el Papa. Igualmente han de prestar adhesión y obediencia a las Encíclicas (v.) y demás actos del Sumo Pontífice, aunque no constituyan actos del Magisterio infalible (cfr. Pío XII, Ene. Humani Generis, 12 ag. 1950).Sería erróneo pensar que el cristiano singular pueda formarse el criterio en esas materias (fe y costumbres, interpretación de la S. E., de la ley natural; condenación de doctrinas erróneas) al margen del Magisterio, como si la fe y la moral dependieran de un estado o condición subjetiva, o como si bastara un vago y genérico sentido de adhesión a la Iglesia, sin conformarse a todas y cada una de sus enseñanzas. Todos los fieles, y de modo especial los que tienen como misión enseñar a los demás, necesitan en este campo una o. humilde y activa, que busque seriamente la verdad, a través de un estudio constante de la doctrina de la Iglesia tal como ella misma nos lo propone.En el extremo opuesto, sin embargo, sería igualmente ingenuo dejarse llevar por ambientes, modas o interpretaciones de algunas personas (aunque se llamen teólogos). El cristiano debe saber que la doctrina de la Iglesia nopuede cambiar, que la fe y la moral es lo que se ha creído y vivido "en todas partes, siempre y por todos" (S. Vicente de Lerins). Por tanto, toda interpretación que no estuviera de acuerdo con el Magisterio uniforme, constante y homogéneo de la Iglesia, es inadmisible, aun en la hipótesis de que procediera de alguna autoridad eclesiástica, que en ese caso no estaría siendo transmisora de la Voluntad de Dios. La fe y aun el sentido común -cuando hay deseos de obedecer- detectan esos intentos de "acomodar a los tiempos" y de "hacer fáciles" las exigencias de la fe y de la vida cristiana, que no son exclusivos de nuestra época.
La legítima autoridad eclesiástica impone además a los fieles preceptos en lo que se refiere al régimen y disciplina de la vida de la Iglesia, destinados siempre (este fin es el que legitima el mandato) a la salvación de los hombres (cfr. Conc. Vaticano I, Const. Pastor aeternus); impone normas a todos los cristianos sobre la recepción de los Sacramentos (v.), asistencia a la Misa (v. FIESTA IV), leyes sobre el ayuno (v.), disciplina sobre determinadas publicaciones (V. LECTURA II-III), etc. Es obvia la necesidad del derecho (v.) en toda sociedad, y, por tanto, en la Iglesia. Y el cristiano tiene obligación de obedecer a estos preceptos ("si me amáis, observad mis mandamientos": lo 14,15), en los que ve camino expreso señalado por Cristo a través de su Iglesia. No es lícito apelar a cierta "espontaneidad en las relaciones con Dios", o a un amor que "supera" los preceptos, etc., que, a juicio de algunos, debería ser la vida cristiana: la salvación ’y la santidad del cristiano es ciertamente individual, su respuesta a Dios, espontánea y libre, llena de amor; pero todo esto se realiza -por Voluntad expresa de Cristodentro del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, Cuerpo que es visible y, por tanto, organizado. Si todos los fieles deben o. a los preceptos de la legítima autoridad, los sacerdotes la deben de modo particular al propio obispo, en lo que se refiere al ejercicio de su ministerio.Ciertamente, esta disciplina eclesiástica deja una esfera de autonomía personal, que pertenece al derecho natural, dentro de la fe y de las costumbres. Por tanto, todos los fieles, laicos o clérigos, son libres (sin que ninguna autoridad pueda obligarles) para: a) seguir o no determinadas prácticas de piedad, aparte de las obligadas por el derecho común; b) formar parte o no de las asociaciones de fieles legítimamente constituidas; c) agruparse en obras de piedad y apostolado, que estén de acuerdo con la doctrina y los fines de la Iglesia; d) tener o no dirección espiritual y elegir su propio director de conciencia; etc.Y si queda esta esfera personal en la vida ascética y apostólica de todos los fieles, a f ortiori queda al margen de la o. la esfera de la actividad temporal de los fieles. En este terreno, el Magisterio da principios generales que deben ser seguidos para construir la ciudad terrena de acuerdo con la ley de Cristo, o condena doctrinas que no respetan la concepción cristiana del hombre y de la sociedad (cfr., p. ej., la condena del comunismo, en la Ene. Divini Redemptoris, 19 mar. 1937, de Pío XI). Pero dentro de los principios de la fe y de la moral, los fieles tienen derecho, y obligación, de formarse su criterio personal autónomo y responsable (v. LAICOS; MUNDO IV). No puede olvidarse que "a los laicos, que trabajan inmersos en todas las circunstancias y estructuras propias de la vida secular, corresponde de forma específica la tarea, inmediata y directa, de ordenar esas realidades temporales a la luz de los principios doctrinales enunciados por el Magisterio; pero actuando, al mismo tiempo, con la necesaria autonomía personal frente a las decisiones concretas que hayan de tomar en su vida social, familiar, política, cultural, etc. (...). Ese necesario ámbito de autonomía que el laico católico precisa para no quedar capitidisminuido frente a los demás laicos, y para poder realizar con eficacia su peculiar tarea apostólica en medio de las realidades temporales, debe ser siempre cuidadosamente respetado por todos los que en la Iglesia ejercen el sacerdocio ministerial. De no ser así -si se tratase de instrumentalizar al laico para fines que rebasan los propios del ministerio jerárquico- se incurriría en un anacrónico y lamentable clericalismo. Se limitarían enormemente las posibilidades apostólicas del laicado -condenándolo a perpetua inmadurez-, pero sobre todo se pondría en peligro -hoy, especialmente- el mismo concepto de autoridad y de unidad en la Iglesia" (J. Escrivá de Balaguer, Conversaciones, nn. 11 y 12).Los sacerdotes, en este punto, son igualmente libres para formar sus propias opiniones, pero su condición sacerdotal (v. SACERDOCIO) les obliga a dedicarse de lleno al servicio de las almas -ministerio de la palabra y de los sacramentos-, por lo que no es misión suya dedicarse a esas tareas temporales. Y si para cumplir bien su misión propia -dirigida a todos los fieles- podría ser obstáculo la simple manifestación de sus predilecciones sociales o políticas, grave pecado sería que adulteraran su misión, transformándola -con su palabra o con su actuación- en misión humana, política o social, de partido o de grupo meramente humano.V. t.: VOLUNTAD DE DIOS.I. J. DE CELAYA URRUTIA.
BIBL.: CONO. VATICANO I, Const. Pastor Aeternus; fD, Const. Dei Filius; LEÓN XIII, Ene. Immortale Dei, 1 nov. 1884; íD, Ene. Libertas, 25 jul. 1888; íD, Ene. Sapientiae, 19 en. 1890; Pío xlt, Ene. Humanae generis, 12 ag. 1950; CONO. VATICANO II, Const. Dei Verbum; fD, Const. Lumen gentium; S. Tomás, Suma Teológica, 2-2 gg104-105; E. GUERRERO, Obediencia cristiana, Madrid 1942; R. MAUCURANT, La obediencia, Bilbao 1947; VARIOS, "La Ciencia Tomista", 83 (1956) 217-422 (n° monográfico) A. ADAM, La virtud de la libertad, San Sebastián 1961; G. THILS, Santidad cristiana, 4 ed. Salamanca 1965, 356-364; J. MAUSBACH, A. ERMECKE, Teología moral católica, II, Pamplona 1971, 449 ss.; M. LABOURDETTE, La vertu d’obéissance selon St. Thomas, "Rev. Thomiste" 57 (1957) 626-656.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.