Noviazgo II. Aspectos Morales. REL. CRIST.
Categoria:
Religión Cristiana
El n. es una situación de tránsito en las relaciones entre un hombre y una mujer, intermedia entre la condición libre del soltero y la vinculación del casado. Cuando dos personas, hombre y mujer, luego de un cierto tiempo de conocerse, toman la decisión de andar juntos el camino de la vida, ha llegado el momento del n., que no es simplemente "el tiempo que precede al matrimonio", ni mucho menos "un matrimonio a prueba", sino la preparación para la unión indisoluble que constituye el matrimonio. Con el n. se inicia una conversación a dos y un trato profundo, con el fin de conocerse recíprocamente en cuanto a carácter, sentimientos, gustos, religiosidad, ideales de vida, medios para realizarlos, exigencias para un compromiso conyugal, etc. Puede ser también una excelente escuela de formación de la voluntad, que combata el egoísmo, frene la concupiscencia, fomente la generosidad y el respeto, estimule la reflexión y el sentido de responsabilidad. Es, pues, el tiempo de preparación al matrimonio y en él está el origen de diversas situaciones, positivas y negativas, que condicionan después la vida matrimonial. A esta situación se debe llegar con la debida preparación: "su comienzo debe estar en la educación cristiana de la juventud, que es fruto y raíz de la familia" (Pío XII, Discurso, 24 abr. 1943).Los esponsales y sus consecuencias. En sentido jurídico se llaman novios los que, mediante la celebración de los esponsales (v. MATRIMONIO VII, 2,4), o por la mutua palabra de fidelidad, se han comprometido entre sí a contraer matrimonio. El contrato esponsalicio, lo mismo que el matrimonio, debe hacerse por libre determinación, sin presión de padres, familiares u otras personas. Pero los novios, particularmente si son menores de edad, deben pedir conseja a sus padres, aunque luego tomen la decisión con libertad y plena responsabilidad personal: "no dejen de pedir para dicha elección el prudente y tan estimable consejo de sus padres, a fin de precaver, con el auxilio del conocimiento más maduro y de la experiencia que ellos tienen de las cosas humanas, toda equivocación perniciosa y para conseguir también más copiosa la bendición divina a los que guardan el cuarto mandamiento" (Pío XI, Enc. Casti connubii, 31 dic. 1930).Los esponsales canónicos (promesa bilateral, en escritura firmada por ambas partes, y por el párroco u Ordinario del lugar, o al menos por dos testigos junto con los novios) se celebran ya raramente. La Iglesia no tiene interés en ello; más bien favorece el desuso, minimizando las obligaciones jurídicas que de ellos se derivan. Sólo exige la reparación de perjuicios por incumplimiento culpable de la palabra; nunca, la celebración del matrimonio. El CC español, art. 43-44, contiene análogas disposiciones. La razón de esta reducida protección legal radica, por una parte, en la condición del matrimonio, que requiere consentimiento personal de los contrayentes; por otra, en la salvaguardia de los derechos nativos de las personas, que pide esa limitación de las obligaciones jurídicas previas ál matrimonio.En el orden moral la promesa responsable obliga, al menos por fidelidad (v.), a contraer oportunamente el matrimonio; pero también a la recíproca fidelidad de prometidos, y a evitar todo obstáculo arbitrario del futuro matrimonio, p. ej., unos nuevos esponsales (inválidos), o el vínculo conyugal (ilícito) con tercera persona. La lealtad (v.) exige también que se declaren no sólo los impedimentos, sino también las circunstancias ocultas (enfermedades, factor Rh, esterilidad, ruina económica, etc.) seriamente perjudiciales para el otro consorte o para la sociedad conyugal, los hijos, la paz y armonía del hogar (V. MATRIMONIO v, 3; VII).Características. Es aconsejable que el n. sea más bien breve que largo, sobre todo si las entrevistas son frecuentes. No se olvide que es tiempo de ensueños, que pueden acabar en dolorosas desilusiones, y presenta el peligro de debilidades morales en momentos de pasión; además no es fin en sí, sino periodo preparatorio, cuya duración está determinada por la necesidad de recíproco conocimiento. No son razonables unas relaciones iniciadas en la adolescencia (a los 16 ó 18 años), sin madurez para semejante compromiso, con peligro de perder el tiempo y de frustrar buena parte de las energías necesarias para terminar la formación profesional. N. prematuro y n. largo, dada la libertad característica de la sociedad actual, suelen acabar mal: o en matrimonio precipitado, o en abandono unilateral o bilateral, que perjudica sobre todo a la mujer. Esto no quiere decir que se deba evitar en la adolescencia todo trato preferente con alguna persona del otro sexo, que un día pudiera ser la prometida, sino que se han de evitar los compromisos prematuros. Es menester evitar el flirteo (flirt), pasatiempo peligroso, sin seriedad, sin perspectiva de matrimonio o con la consciente exclusión del mismo. En el flirteo propiamente tal, cada una de las partes procede egoístamente, buscando su propia satisfacción a expensas del otro. La muchacha se complace en ser cortejada, alimentando así su vanidad y su ensueño de atraer hacia sí la atención; sin darse cuenta de que se rebaja a ser juguete de temporada y tema de comentarios despectivos. El muchacho, lejos de entablar unas relaciones verdaderamente humanas, ordenadas a enlazar dos vidas en matrimonio, excluye la voluntad de compromiso con esa mujer, que le agrada a la hora de divertirse pero no a la hora de escogerla como madre para sus hijos. Son manifiestos los inconvenientes de este proceder, tanto a nivel psicosexual, porque mantiene una actitud adolescente que bloquea la madurez, como a nivel ético, porque se juega con el amor, se profana el sexo, y se perjudica la capacidad de amar humana y espiritualmente.Programa del noviazgo. Se trata ante todo de acertar en una buena elección, guiada por criterios de carácter, bondad y religiosidad, de salud y medios de vida, más que por criterios de simpatía y de atractivo físico, elementos que no se deben desatender, pero tampoco sobrevalorar: "a la preparación próxima de un buen matrimonio pertenece de una manera especial la diligencia en la elección del consorte, porque de aquí depende en gran parte la felicidad o infelicidad del futuro matrimonio, ya que un cónyuge puede ser al otro de gran ayuda para llevar la vida conyugal cristianamente, o, por el contrario, crearle serios peligros y dificultades. Para que no padezcan, pues, por toda la vida, las consecuencia de una imprudente elección, deliberen Seriamente los que deseen casarse antes de elegir la persona con la que han de convivir para siempre; y en esta deliberación tengan presentes las consecuencias que se derivan del matrimonio; en orden, en primer lugar, a la verdadera religión de Cristo, y además en orden a sí mismo, al otro cónyuge, a la futura prole y a la sociedad humana y civil, que nace del matrimonio como de su propia fuente. Imploren con fervor el auxilio divino para que elijan según la prudencia cristiana, no llevados por el ímpetu ciego y sin freno de la pasión, ni solamente por razones de lucro o por otro motivo menos noble, sino guiados por un amor recto y verdadero y por un afecto leal hacia el futuro cónyuge, buscando en el matrimonio, precisamente, aquellos fines para los cuales Dios lo ha instituido" (Ene. Casti connubii) .La preparación al matrimonio no se reduce sólo al trato mutuo, sino que incluye la formación doctrinal (entre otras cosas con lecturas apropiadas) sobre el sentido y finalidad del matrimonio (v.), las características psicológicas de los sexos, las responsabilidades de un hogar (V. PADRES, DEBERES DE LOS), los problemas económicosociales, las ocupaciones previstas para la esposa, el ejercicio digno del amor conyugal, el trato con los demás familiares de una y otra parte en una justa combinación de comunicación y autonomía; etc. Ante la irrupción de una literatura, hoy más abundante que en otros tiempos, sobre las futuras obligaciones y deberes matrimoniales, conviene seleccionar aquellas obras que ayuden a una saludable instrucción y educación religiosa sobre el matrimonio cristiano "que dista mucho de aquella exagerada educación fisiológica, por medio de la cual algunos reformadores de la vida conyugal pretenden hoy auxiliar a los esposos, hablándoles de aquellas materias fisiológicas con las cuales, sin embargo, aprenden más bien el artede pecar con refinamiento que la virtud de vivir castamente" (ib.). No debe olvidarse que esta educación es sobre todo misión de los padres: "hay que formar a los jóvenes, a tiempo y convenientemente, sobre la dignidad del amor conyugal, su función y su ejercicio, y esto preferentemente en el seno mismo de la familia" (Conc. Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 49).
Cada uno tiene que prepararse, además, para sus responsabilidades particulares. La novia debe instruirse sobre las funciones de la maternidad (v.), alumbramiento, cuidado del recién nacido, etc. Ambos deben preocuparse de todos los problemas económicos que lleva consigo la formación de una familia y especialmente el novio en lo que atañe a su trabajo profesional, que normalmente será la base económica de sostenimiento de la familia.La castidad en el noviazgo. El n. constituye una ocasión para ahondar en el afecto y en el conocimiento mutuo, y debe estar inspirado en el espíritu de entrega, de respeto y de delicadeza y no en el afán de posesión o de placer: "dijiste, no es bueno que el hombre esté solo: hagámosle una ayuda semejante a él. Ahora, pues, Señor, no llevado de la pasión sexual, sino del amor de tu ley, recibo esta mi hermana por mujer" (Tob 8,6-7). En concreto, la castidad (v.) en el n. tiene en general las mismas características que la de los demás célibes. Lo único que cambia, en su situación de novios, son los motivos para ciertas conversaciones más personales y algunas demostraciones de afecto que, cuando no constituyen peligro de pecado, están justificadas en ellos por su condición particular. Pero han de mantener con el mayor cuidado la rectitud de intención; han de tratar de protegerse recíprocamente en la honestidad, sin ser el uno para el otro una provocación para el pecado, teniendo presente que un n. limpio será la mejor garantía de felicidad en el matrimonio.La conversación entre novios, por fuerza bastante íntima, sobre la concepción de la vida, los planes y posibilidades de realizarla, el criterio sobre la constitución del hogar, etc., alimenta el afecto recíproco e impulsa a sus manifestaciones connaturales. Nada se opone al afecto espiritual que brota de los valores específicamente humanos; ni tampoco al afecto puramente sensible que, a través de los sentidos en general, provoca la simpatía hacia la persona en su totalidad corpóreo-espiritual, mientras los sentimiento y reacciones se mantengan dentro del afecto sensible y tierno entre personas que se quieren y buscan castamente. Pero al afecto sensible puede unirse el sexual. Y a la actuación sexual no se le puede conceder ninguna parte directamente, aunque en la actualidad haya una tendencia, si no a justificar del todo y por principio, sí a excusar de culpa en particulares circunstancias el don recíproco completo de los novios antecedentemente a la celebración del matrimonio.Sin descender a la casuística, nada impide que los novios tengan aquellas manifestaciones de afecto y cariño que se consideran correctas en una sociedad cristiana: las usuales entre amigos y parientes, sin gestos pasionales; nunca deshonestas en sí mismas, ni adulteradas por una perversa intención; siempre practicadas con prudente cautela, en constante vigilancia y autocontrol ante el peligro de apasionamiento erótico, que jamás se puede buscar. Estas medidas de prudencia, vividas de común acuerdo, no disminuirán, sino que aumentarán el genuino amor y la complacencia que debe haber entre novios por las cualidades, aun exteriores y físicas; aumentará sobre todo el verdadero afecto, haciendo más admirable y más estimada a la persona que sabe ser dueña de sí y fiel al orden moral, preparando indirectamente la armonía conyugal e inmunizándola contra la irrupción de los celos. Tratándose de juzgar la responsabilidad moral de las sensaciones eróticas que puedan padecer los novios en su trato mutuo, han de distinguir entre la participación activa y de provocación o franca aceptación, de la actitud de sensación pasiva con resistencia y displicencia de la voluntad. Una y otra se juzgan según los principios de la llamada lujuria (v.) indirecta. Supuesto que la confianza recíproca ha de ir en aumento con el trato prolongado, es buena medida de prudencia limitar lo más posible las manifestaciones de amor sensible, aunque en sí mismas no estén prohibidas e incluso en ocasiones puedan ser útiles si las inspira la estima de la persona. En todo caso no pueden prodigarse mucho; y nunca conviene practicarlas en momentos de pasión, o prolongadamente, o en forma que despierte la concupiscencia a nivel animal, y no el afecto humano a nivel del espíritu. (Sobre la ilicitud de las llamadas "relaciones prematrimoniales" v. FORNICACIÓN). El novio debe hacerse cargo de la índole y de la diferente apetencia y reacción que ordinariamente distingue el ímpetu pasional del varón y el apetito difuso y menos sexual que sensual de la mujer (v. AMOR II).Uno y otro han de completar y robustecer en el n. la virtud de la castidad, pues la castidad matrimonial no se improvisa. Será imposible a los novios que no han sabido educar y mantener la preinatrimonial. Por eso habló el Conc. Vaticano II "a los novios y a los casados a que alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un casto amor" (Const. Gaudium et spes, 49,1), para que tengan una idea exacta y noble de la castidad, de suerte que, educados en ella, puedan, en edad conveniente, pasar de un honesto n. al matrimonio santificado por el sacramento.V. t.: AMOR II; MATRIMONIO V, 3 y VII.M. ZALBA ERRO.
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