Nombre I. Filosofía y Lingüística. LIT.
Categoria:
Literatura
1. Nombre. N., del griego onoma y del latín nomen, en su sentido más primario, es toda voz o signo capaz de designar un objeto cualquiera. En una muy simple caracterización histórica, tenemos que el n. en la problemática de su tratamiento lógico ya es avanzado por Platón en su concepción más duradera como aquel "instrumento adecuado para enseñar y para hacernos discernir la esencia, de la misma manera que la lanzadera es adecuada para tejer la lana" (Cratilo, 388b). Pero este planteamiento estaba ya sobradamente problematizado, sobre todo en las especulaciones culturalistas y gramaticales de los sofistas.En efecto, supuesta la capacidad cognoscitiva del hombre, no basta con conocer, sino que, además, es necesario exteriorizar ese conocimiento, para, manifestándolo, expresarse a sí mismo en él, cumpliéndose por lo mismo la dimensión social de la esencia humana (v. CONOCIMIENTO; ENTENDIMIENTO). Las relaciones de vinculación con sus semejantes, que hacen del hombre un ser social, son posibilidades por la palabra o el lenguaje. Entonces, hay que afirmar que el n. o la palabra no es sólo un órgano mediante el cual el hombre domina la realidad, sino también lo que facilita la aparición misma de ese pensamiento, es decir, la emergencia del Yo (v.) (v. LENGUAJE; PALABRA).En la Antigüedad, con los sofistas (v.) sobre todo, se discute el carácter natural o convencional del n. Platón (v.), en el Cratilo, pretende conciliar las tesis extremas del nominalista Hermógenes (para el que el n. es "pura convención") y las del realista Cratilo (el n. es realidad estricta), llegando a posiciones un tanto eclécticas. Pero su inmensa aportación consiste en haber mostrado que el problema no era tanto gramatical como ontológico y epistemológico. El n., piensa Platón, es el medio de que disponemos para pensar la realidad (v.). Aristóteles (v.) va a seguir fundamentalmente esta línea del análisis lógico, pero sin que esto quiera decir que dejen de encontrarse en ese análisis elementos gramaticales inviscerados. A él se debe el primer examen exhaustivo de su naturaleza. En su De Interpretatione (2, 16a 19) dice: "El nombre es un sonido de voz significativo por convención, que prescinde del tiempo y cuyas partes no son significativas al tomarlas por separado". Volveremos después sobre este punto; lo que ahora interesa es poner de manifiesto el problema de fondo que se debatía. Ese problema fundamentalmente era el de la intersubjetividad, y se pretendía resolverlo o bien por la afirmación de la naturalidad del’ n. o bien por la afirmación de su convencionalidad, con lo que se afirmaba o bien la relación del signo lingüístico (v.) con la cosa designada o bien la relación de dicho signo con el estado subjetivo que se refiere a esa cosa. En todo caso, siempre hay en las dos posiciones el hecho en común de que en todo momento el signo lingüístico inmediata o mediatamente se refiere a la cosa designada.La convencionalidad del n. es doctrina de los eleatas (v. ELEA, ESCUELA DE), para los cuales los nombres sólo son "marcas ilusorias de las cosas" (Diels, 19), tesis que se apoyaba en su suposición de la esencial inexpresibilidad del ser (v.). Los sofistas, como se ha dicho, sustentan esa misma opinión, que suele llamarse nominalismo (v.), y lo hacen especialmente porque consideran una inadecuación esencial entre los n. y las cosas. Aristóteles es el primero que matiza ese concepto de convencionalidad, oponiéndose a la tesis de que el pensamiento fuera incapaz de alcanzar el conocimiento de las cosas. La consideración del n. como algo arbitrario desaparecerá hasta llegar a algunos filósofos modernos, en los que vuelve a aparecer con más virulencia.Ya Aristóteles tuvo el aciérto de apreciar un tercer término entre el n. y lo designado, siendo este tercer elemento la imagen, la idea, el elemento subjetivo de representación (v. CONCEPTO), que si, por un lado, puede llevar a la afirmación de convencionalidad en la elección del nombre, por otro, afirma la necesidad de la dimensión semántica de ese significado (v. REALISMO). El n. es voz semántica por convención, pero lo convencional del n. se extiende tan sólo a que ningún n. es significativo por naturaleza, sino sólo cuando ha llegado a ser un símbolo (Aristóteles, De Int. 2, 16-19, 26-28, etc.; v. SIMBOLISMO). Tanto el n. como el signo escrito que se refiere a él pueden variar de región a región, de país a país, pero lo que no varía nunca es la afección del alma a que se refieren, afección que es la misma para todos los hombres y en la que se constituye la imagen del objeto, también igual para todos. Entre los filósofos y teólogos de la Edad Media el n.era considerado o 1) como voz significativa; o 2) como ieda; o 3) como "flatus vocis", con lo que la cuestión del n. implicaba la de los "universales" (v.) y las confusiones aparecieron especialmente por la dificultad de distinguir de nuevo plenamente entre los aspectos lógicos y gramaticales del n., especialmente por parte de los nominalistas (v. NOMINALISMO II). Sin embargo, la tesis fundamental tiende a seguir considerando el signo lingüístico, en cuanto tal signo, como algo "no natural". El tema fue ampliamente estudiado por los gramáticos especulativos medievales (V. GRAMÁTICA ESPECULATIVA MEDIEVAL). En una posición extremista, el nominalismo de Ockham (v.) considera al n. como un "signo estatuido por convenio, para significar la pluralidad de las cosas", distinguiéndose del signo puramente natural, que es el concepto, subjetivo (Summa Lógica, I,4).En muchos filósofos modernos se pierden precisiones en torno al n., pero sigue encontrándose un cierto eco de aristotelismo, de la consideración del n. en relación con la cosa pero a través del concepto idea. Hobbes (v.) insistirá en la arbitrariedad del n., y cree que es "una nota mediante la cual se puede atraer al alma un pensamiento similar a otro pensamiento pasado" (De Corpore, 2,4), con lo que podrá definir: "nomina signa sunt non rerum sed cogitationum vel conceptuum". Descartes (v.) vio, como más tarde Stuart Mill (v.), los inconvenientes que se derivaban de una doctrina.que olvida que el n. es un signo y que no tiene significación más que por las ideas que representa y por las cosas que éstas significan. En las Respuestas a las III Objeciones afirmará: "¿Quién duda que un francés y un alemán no puedan tener los mismos pensamientos y los mismos razonamientos en torno a las mismas cosas, aunque, sin embargo, conciban palabras diferentes? Si este filósofo (Hobbes) admite que algo es significado por medio de las palabras, ¿por qué no quiere que nuestros discursos, sean antes la cosa significada que la palabra misma?". Locke (v.) tomaría este punto, afirmando que el n. es el signo externo mediante el cual traducimos al exterior nuestros pensamientos sobre las cosas y así el n. es señal de una idea. La falta de precisión se observa en que se pone al n. más en relación con el pensamiento o la idea, descuidando su relación con la cosa (v. IDEALISMO; RACIONALISMO). En la filosofía actual la cuestión del n. ha vuelto a cobrar actualidad con las especulaciones de los neopositivistas (v.) lógicos y, muy especialmente, de Wittgenstein, Frege, Russell, etc., que extreman el carácter convencional del n., como en un nuevo nominalismo.2. Nombre y verbo. N. y verbo son los elementos esenciales en que se resuelve toda enunciación o juicio (v.), jugando los papeles de elemento estable (el n.) y de elemento de unión o de referencia al orden existencial del elemento estable (el verbo). El n. es término que significa de manera intemporal, no porque el tiempo esté excluido de las cosas por él significadas, sino porque el tiempo está excluido de la manera de significar que el n. tiene, ya que supone cierta estabilidad en lo nombrado, por apoyarse precisamente en su esencia (v.). El verbo sí significa temporalmente, por cuanto hace entrar la esencia nombrada en la existencia (v.), en el orden existencial (real, ideal o posible). Esta afirmación se opone a las pretensiones de la escuela de Bergson (v.) que afirma que la inteligencia no puede captar lo existencial de la realidad.Sin esta dialéctica n. verbo no se puede comprender la naturaleza del significar, como tampoco puede comprenderse la naturaleza del n. si no se repara en que se apoya en una convención perfectamente legítima. Lo "natural"es que el hombre use símbolos y la convención se refiere simplemente a la elección de la voz. En este punto, pese a las confusiones con el término (v.), la Lógica tradicional tiene grandes aciertos de precisión. Porque el n., en el sistema, es signo de signo, en cuanto que inmediatamente designa al concepto mental, el cual, a su vez, significa la cosa misma, en cuanto que ya aprehendida por un sujeto. El n., entonces, no es un puro signo, como puede serlo el concepto ya "concepto", pues su misión primera es la de evocar la imagen sensible correspondiente. Y su fin último consiste en actualizar la idea correspondiente en el individuo que escucha.
El n., pues, designa el concepto, aunque "más principalmente" la cosa, directamente mentada por el concepto mental. Y éste es el sentido de la célebre definición de S. Tomás: "Voces significant intellectus concepciones inmediate et eis mediantibus res; nomina non significant res nisi mediante intellectus" (In De Interpretatione, lect. 2, n. 5, qIX). El verbo, en cambio, se refiere al tiempo y modo de ser de la cosa.V. t.: JUICIO;CONCEPTO;SIGNO;SIGNO LINGÜÍSTICO;TÉRMINO; PALABRA; ORACIÓN GRAMATICAL; SEMÁNTICA; REALISMO.J. L. DE LA MATA IMPUESTO.
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