Neologismos LIT.
Categoria:
Literatura
Concepto. En sentido amplio, n. son los elementos nuevos o recientes en una lengua determinada, por oposición, más que a los arcaísmos, o elementos caídos en desuso, a los ya arraigados. Ello está de acuerdo con la etimología del término: del griego néos lógos, expresión nueva (y no, como ha pretendido la Academia, de néos logismós: las ideas de cálculo o razón -propias de logismós, cfr. logística silogismo, etc- no tienen por qué entrar necesariamente en el concepto de n.; aquí -ismo es, como en tantos otros términos de la misma serie o no -cfr. los que luego se citarán-, un sufijo indicador de que algo entra en la categoría de lo que la parte radical de la palabra expresa).La indicada oposición a los elementos ya arraigados, difícil quizá de ser delimitada teóricamente, parece fácil de fijar en la práctica. Un elemento lingüístico deja de ser sentido como nuevo, lo que es lo mismo que poder darlo como arraigado, cuando ya resulta fácilmente recibido en el círculo idiomático en que se desenvuelve (sea la lengua común, sea cualquiera de los lenguajes especiales o técnicos). Viceversa, puede ser considerado como n. durante todo el tiempo en que, para ser comprendido por todos los interlocutores en su ambiente, necesita ser presentado o explicado a alguno de ellos. Desde luego, obsérvese que muchas veces basta para una presentación que no impida la comprensión un sencillo destacar el n. como tal (mediante el tono, el gesto, etc.; las comillas, la cursiva, etc.), con la confianza de que la mayor atención al contexto que así se le otorga ha de permitir la debida identificación del significado del término.Pero esta definición amplia permitiría calificar de n. cualquier elemento lingüístico en que se diese la condición requerida, fuese cual fuese el estrato de la lengua en que se produjera, fuera fonético, p. ej., la pronunciación múltiple de la r precedida de consonante, en boca de cantantes, oradores o declamadores enfáticos: frría, grrave, o fonológico, p. ej., la introducción de distinciones según sean dobles o sencillos otros fonemas co-nsonánticos: gamma ~ gama, etc. Pero lo usual es que, paralelamente a lo que ocurre con los cultismos (v.), por n. se entienda sin más sobre todo el de tipo léxico, que suele ser también, con mucho, el más abundante.La razón de esta abundancia estriba en la esencia de esta parte de las lenguas que no acostumbra a ser sistemática como la fonología (V. FONÉTICA Y FONOLOGíA), la morfología (v.) y, aunque no en el mismo grado, la sintaxis (v.); los términos de un léxico no se deducen por millares unos de otros mediante unas reglas sencillas como las de la formación del plural o del femenino, ni mediante unos paradigmas no tan sencillos, pero fáciles al fin, de unos verbos modelos. Esta mucho menor sistematicidad del vocabulario hace que puedan penetrar en él cuerpos extraños con mucha mayor facilidad para disimular su extranjería, obtener una tolerancia y, finalmente, una aceptación. En cambio, un intento de penetración en el organismo de los sistemas produce, poco menos que automáticamente, una activación de las "defensas", que fácilmente relegan al recién llegado a la peyorativa condición de barbarismo (v.), que debe eliminarse. Obsérvese que, incluso entre los barbarismos léxicos, los que más difícilmente sobreviven a su condena son los que llevan la marca de su extranjerismo en prefijos o sufijos, partes relativamente sistemáticas al fin y, por descontado, mucho más que las partes radicales.Formación. Ahora bien, la mayoría de los n. de las lenguas del tronco a que pertenece el castellano se forman con elementos grecolatinos, y han sido tratados ya a propósito de los cultismos. Otra gran cantidad se acuña con bases tomadas también de otras lenguas (V. ANGLICISMOS; ARABISMOS; CATALANISMOS; GALICISMOS; GERMANISMOS; ITALIANISMOS) e incluso de determinadas porciones de la comunidad idiomática castellana, o en ósmosis con ella, cuya importancia les ha merecido aquí un lugar aparte (V. AMERICANISMOS; GITANISMOS; JERGALES, LENGUAS).Causas. Las causas que originan el n. pueden dividirse en objetivas y subjetivas. Las primeras se reducen fundamentalmente a das. La primera de éstas radica fuera de la lengua misma: se trata de alteraciones en lo que suele llamarse materia del contenido, es decir, de aquella realidad que se trata de representar y expresar mediante el signo lingüístico (v.). Así, p. ej., una de las causas que hicieron posible el empleo neologístico de haiga como sustantivo fue efectivamente un cambio en el tipo de los automóviles y una existencia abundante de nuevos ricos que podían adquirirlos.La segunda, en cambio, es de índole intrínsecamente lingüística: radica justamente en el inventario de los signos mismos, y puede presentarse, a su vez, negativa y positivamente. Una ambigüedad léxica, p. ej., representa un factor negativo para la buena comunicación de los hablantes. Es natural, entonces, que se tienda a remediar el inconveniente mediante el empleo de un nuevo término. Así, en el ejemplo propuesto, mientras auto y coche resultaban ambiguos respecto al tipo o modelo, el n. resolvía directamente la cuestión.Por otro lado, la presencia de un determinado juego de formas léxicas en una porción de un vocabulario puede representar una invitación positiva a completar las piezas no existentes en otra parte análoga. Así, la existencia de bondadoso ha podido influir eficazmente en la aparición de novedoso, que resulta estar con él en una relación morfológica y semántica (ya que no del todo en lo fonético), proporcional a la que media entre bondad y novedad. Esta posibilidad de llenar vacíos de vocabulario con formas nuevas, bien "proporcionadas", constituye uno de los caudales más fecundos y aprovechados de n.: piénsese, p. ej., en la gran cantidad de nuevas palabras empezadas por re- que el hablante castellano se siente en libertad de introducir cuando le parece conveniente, sin ninguna necesidad de cerciorarse previamente de su condición de admitidas o de reprobadas (p. ej., reactivar, redescomponer).Otras causas de n., las subjetivas, radican en el propio hablante, que recurre a la creación de un término nuevo por motivos ciertamente variados, pero que pueden agruparse fundamentalmente también en dos: la tendencia a la expresividad y el purismo. Por la primera, el hablante crea (y sus interlocutores permiten que arraiguen) elementos nuevos, bien sea por eufemismo (así, los nuevos sentidos de que se están cargando servicio, tocador y lavabo, una vez el antiguo eufemismo de esta serie tan sujeta a renovación, retrete, ha pasado ya a ser "de mal gusto"); bien por ironía (así, de nuevo en el ya citado ejemplo de haiga, la intención de censurar la incultura de los recién enriquecidos es bien patente); bien, simplemente, por afán de novedad, en ambientes sociales muy condicionados también en otros aspectos por la moda (de lo cual puede ser conspicuo ejemplo cualquiera de los tan oportunamente registrados en el llamado "lenguaje de la calle de Serrano" de Madrid: p. ej., cilindrín por cigarro).Por el segundo, finalmente, el hablante tiende a la creación justamente para evitar la intromisión de un barbarismo (así, baloncesto, nacido para desterrar a basket ball, y que lo ha logrado). Pero en éste, como en otros muchos casos, el n. purista lo es sólo hasta cierto punto, pues lo que ha hecho es calcar en castellano la misma expresión extranjera. En este sentido, es justamente el calco lingüístico uno de los más activos creadores de n. con material propio, tan importante como el que, entre las causas objetivas, se ha señalado también antes en último lugar.V. t.:BARBARISMOS;ESTILÍSTICA;ESTRUCTURALISMOIV; GRAMÁTICA; SEMÁNTICA.S. MARINER BIGORRA.
BIBL.: W. BEINHALIER, El español coloquial, Madrid 1963J. COROMINAs, Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, Madrid 1954-57; E. FERNÁNDEZ GALIANo, Algunas reflexiones sobre el lenguaje biológico, Madrid 1948; CH. E. KANY, American-Spanish Syntax, Chicago 1945; R. LAPESA, Historia de la lengua española, 3 ed. Madrid 1955; E. LORENZO, El español de hoy, lengua en ebullición, Madrid 1966; R. MENÉNDEZ PIDAL, Gramática histórica española, 6 ed. Madrid 1941; E. TERRADAS, Neologismos, arcaísmos y sinónimos en plática de ingenieros, Madrid 1946.
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