Neoclasicismo II B. Literatura Española. LIT.
Categoria:
Literatura
Generalidades. En España todos los fenómenos generales del n. (v. II, A) se dan en grado inferior. En principio, el verdadero s. XVIII no coincide cronológicamente con el Siglo de las Luces en el resto de Europa, y hasta el segundo tercio de 1700 no puede decirse que haya desaparecido, de modo oficial y de muerte lenta y agónica, el s. XVII. La mención de nombres tales como Bances Cándamo (1662-1709), Zamora (v.) o Cañiz-ares (1676-1750), en teatro, o de Lobo (16791750) en poesía, entre otros, no basta para llenar un vacío totalmente inoperante. Las causas hay que buscarlas en la tendencia a imponer una cultura determinada desde el poder, propia de la monarquía borbónica, que ahoga cualquier tipo de oposición, a cualquier nivel, de la mejor manera: condenándola al silencio y a la oscuridad.Y no se alude ahora a esa doble vertiente neoclásico-prerromántica de raíz respectiva en Francia e Inglaterra, propia del s. XVIII, que también se da, como se expondrá más adelante, sino a dos Ilustraciones, de signo opuesto, que coexisten, una con el apoyo oficial y otra con el olvido de los mismos organismos. Dos nombres creo que bastarán para ejemplificar este aserto: Feijoo (v.) y G. Mayáns (v.), el divulgador y el investigador serio y científico, el superficial y el profundo.Cuando en un ambiente tan degradado literariamente como el español posbarroco, un hombre como Feijoo se dispone a hacer llegar con pluma ágil y amena toda una serie de conocimientos al lector, nadie, ni el propio Mayáns, tiene la menor objeción que ponerle. El artículo periodístico de divulgación es útil en tanto en cuanto pone al alcance de una masa no especialista ideas y datos que lo condensado y abstruso del texto para el especialista vuelve inasimilable. Ambos lenguajes, el periodístico y el científico, cumplen su papel y se complementan mutuamente. No importa que el primero cometa alguna que otra imperfección informativa (alteración de datos, citas equivocadas, etc.), siempre que lo básico del mensaje llegue al lector. Posiblemente, no sea siquiera razonable pedir rigor científico a un texto vulgarizador. Feijoo cae dentro de lo que cabe llamar "periodismo científico". Las erratas de interpretación y el falseamiento de muchas de sus proposiciones teóricas eran ya evidentes para los lectores cultos de su época. Citas recogidas muy indirectamente, afirmaciones tajantes sobre la base de un comentario "oído" de referencia, alusiones a textos a partir de reseñas de otros escritores, no muy rigurosos tampoco a la hora de citar, lo que hace doble y triplemente errónea la intervención de Feijoo, todo esto abunda de manera casi escandalosa en su Theatro crítico y en sus Cartas eruditas. Sin embargo, aceptando su manifiesta voluntad de no ser más que un vulgarizador, el hecho no posee mayor importancia. Algo distinto es que, apoyándose en un prestigio adquirido, pretenda sentar cátedra de conocimientos desde su retiro de Oviedo. No se trataba ya de presentarse ante el lector como "puente" sino como "manantial". Mayáns y otros surgen entonces y atacan al benedictino, pero la influencia de Feijoo en los altos estamentos hace que las críticas queden en el más estricto nivel casi privado. Esto no impide que en el resto de la Europa coetánea Mayáns se conozca y se cite con respeto y el religioso asturiano apenas si deje constancia de su_ existencia (cfr. A. Mestre, o. c. en bibl.).Lo cierto es que la pretensión de profundizar en los diversos campos artísticos y científicos propuesta por Mayáns, frente a la acumulación superficial, pero amplia en conocimientos, de Feijoo, no prospera y lo afrancesado(lo francés es principal fuente de inspiración para el benedictino) se instaura como cultura oficial, a la que se opone, no la encabezada por Mayáns, como hubiera sido lógico, sino la de los "tradicionalistas" en el sentido peyorativo del término. Porque Mayáns no surge como un hecho aislado, sino de una tradición, que Mestre hace arrancar de los años finales del s. XVII (Martí y otros). Pero esa tradición poco o nada tiene que ver con el culteranismo decadente del primer tercio del s. XVIII, de que son herederos los tradicionalistas. Una obra señala, con Feijoo, el punto de arranque del siglo literario como tal: la Poética de Luzán (v.), publicada por primera vez en 1737 y en Zaragoza. Bajo la influencia de Boileau (v.) y sobre todo de Muratori (1672-1750), el teórico aragonés expone un código del "buen hacer" artístico, y sus principios informarán la producción más importante de los cien años siguientes; la propia teoría expuesta por Martínez de la Rosa (v.) en su Arte poética es deudora en su casi totalidad del pensamiento de Luzán.Pero la teoría no puede nunca anteceder a la creación. Ello no obsta para que la teoría a su vez revierta sobre el creador y tenga acción directa sobre su labor. Pero nunca es viable que tal relación se codifique e inmutabilice. La obra de arte sería, entonces, un ejemplo práctico y, por tanto, algo secundario. Éste fue el gran error dieciochesco: querer reducirlo todo a lo racional. La "poética" en ese caso no ayuda sino que entorpece la labor creativa. Es ahí donde cabría señalar una de las principales motivaciones de lo endeble del s. XVIII español a nivel de pura creación. Porque si de algo puede tacharse a los escritores neoclásicas no es precisamente de falta de formación o clarividencia de los problemas estéticos a resolver, sino de torpeza en su resolución. Prácticamente lo único salvable de la centuria son aquellas obras cuya estructura última corresponde más a la estética prerromántica que a la neoclásica.Prerromanticismo. Hay que resaltar, además, un hecho importante, no sólo por razón de su significación intrínseca, sino por el poco o nulo interés con que ha sido tratado por la crítica hasta el momento: la existencia de un movimiento prerromántico autónomo. La idea del poder retroactivo de las grandes épocas artísticas no es nueva. El Renacimiento "inventó" una clasicismo grecolatino que sirviera de antecesor digno de su realidad y el romanticismo hizo otro tanto en relación con la Edad Media y la literatura popular. Las etapas intermedias se trasformaban en bloque unitario donde todo tenía idéntica e indiscriminada cabida. Pues bien, del mismo modo que los renacentistas son los primeros culpables del desconocimiento del mundo medieval al presentarlo como una "unidad" (y de transición), los románticos separan el Siglo de Oro del s. XIX por otro gran y arbitrario "cajón de sastre" que es el s. XVIII. Así es como todos los escritores del s. XVIII son adheridos al n. en mayor o menor grado. La evidencia de unas características afines, que luego culminarían con los románticos, da pie a que se hable de prerromanticismo, pero como simple reunión de atisbos aislados sin mayor trascendencia. Pero esta apreciación es errónea. Se deja de lado el hecho de que esos atisbos son demasiado numerosos como para no significar algo.El prerromanticismo es posible retrotraerlo al reinado de Fernando VI, donde, paralelamente al n., convive a menudo en los mismos escritores, para quienes ambas formas representan un intento por desembarazarse del decadentismo gongorino propio de la época de Felipe V. Que el n. sea más importante entonces y el prerromanticismo necesite esperar al reinado de Carlos IV para superarlo no quiere decir más que una cosa: el influjo francés está más próximo que el de Inglaterra y el de esta última (donde el prerromanticismo se origina) llega a España, a su través, ya muy avanzado el siglo.Hay autores, como Cadalso (v.), cuya principal producción (Cartas marruecas y Noches lúgubres) no tiene más puntos en común que el hecho de estar firmadas por un único e idéntico autor. Y se plantea la cuestión, pues, de cómo clasificarle: neoclásico, prerromántico, o de transición. Resultaría más conveniente, pues, intentar clasificar las Cartas, por una parte, y las Noches, por otra; en su autor se darían ambas tendencias a la vez.En 1970 apareció una Antología de la poesía prerromántica española, preparada y prologada por Guillermo Carnero. El libro se iniciaba con un texto de Feijoo y terminaba con Manuel de Cabanyes (1808-33). Entre ambos, muchos nombres poco ortodoxos: Torres y Villarroel (v.), García de la Huerta (v.), Jovellanos (v.), Cadalso, Forner (v.), entre otros menos llamativos a este respecto, como Meléndez (v.), Alvarez de Cienfuegos (1764-1809) o Lista (1775-1848). Si dejamos al margen su simplificación (salió como libro para público no especialista y, por tanto, en un tofio no teórico ni erudito), la Antología conllevaba un enorme interés por cuanto implícitamente venía a demostrar que el n. en España, al menos en poesía, se apoyaba en nombres cuyos textos más representativos no pertenecían a su estética. Se podría afirmar lo mismo en el campo del teatro. La Raquel de García de la Huerta, El sí de las niñas, de L. Fernández de Moratín (v.), los sainetes de Ramón de la Cruz (v.) tienen esquemas neoclásicos e introducen elementos prerrománticos. Por opuesta razón, N. Fernández de Moratín (v.) o Iriarte (v.), como dramaturgos, se podrían considerar como algo desfasado y de poca calidad. No ocurre así con la erudición, la historia y la crítica neoclásica en España. Si para la creación el exceso de razón es un defecto, no lo es en el campo científico, donde el panorama español aparece como muy fecundo en nombres, producción y calidad.Figuras del neoclasicismo español. Además de ¡as personalidades ya citadas, hay que mencionar a L. Hervás y Panduro (v.), al P. Andrés (1740-1817) y al abate Lampillas (1731-1810). Se traza a continuación una breve reseña de algunos eruditos de importancia en el n. español.Juan Antonio Mayáns (v.).Esteban Arteaga (1747-99). Es el más insigne esteticista español del s. XVIII. Entra en el noviciado de la Compañía de Jesús en Madrid en 1763 y abandona la Orden en 1769, cuatro años antes de que fuera suprimida por Clemente XIV. No consta que se ordenase sacerdote, pero siempre se llamó abate. Abandona España después del decreto de Carlos III y se establece en Italia. Completa estudios en la Facultad de Artes de la Univ. de Bolonia (1773-78). Protegido por el marqués Albergati-Capacelli, rompe su amistad abandonando Bolonia y estableciendo su residencia en Venecia, donde trata al criollo caraqueño Francisco de Miranda. Pasa después a Roma, donde es protegido por el embajador español Azara. Acompañando al embajador, se traslada a París, donde muere inesperadamente. Sus obras más importantes: Rivoluzioni del teatro musicale italiano, una verdadera historia de la ópera italiana, e Investigaciones filosóficas sobre la belleza ideal, considerada como objeto de todas las artes de imitación (1789). Como los jesuitas exiliados, toma posición clara en las polémicas literariasy son famosas sus diferencias con el abate mantuano Severio Bettinelli.Juan Francisco Masdeu, de familia catalana al servicio de Carlos III durante su reinado en Nápoles y Sicilia, nace en Palermo en 1744. Ingresa en la Compañía de les ús y recibe, aunque indirectamente, el influjo de la Univ. de Cervera, donde los jesuitas ejercían un digno magisterio. Exiliado en Italia a partir de 1767, las primeras publicaciones de Masdeu tienen lugar en el campo literario al editar una traducción italiana de poesías españolas del Siglo de Oro. En 1775 se halla estudiando Derecho en Bolonia. Más tarde pasa a Módena, pero reside principalmente en Roma, donde encontraba mejores materiales para sus estudios históricos. Pese a ser autor de otras obras, Masdeu es famoso por su Historia crítica de España y de la cultura española. Empieza la publicación en italiano, pero sus críticas a los historiadores y la cultura italianos le impide la difusión esperada. La traducción española alcanza 20 volúmenes. Masdeu muere en Valencia en 1817.V. t.: ROMANTICISMO III.JENARO TALÉNS.
BIBL.: G. CARNERO, Antología de la poesía prerromántica española, Barcelona 1970; W. FLOKIERSKI, Entre le classicisme et le romantisme, París 1925; A. HAUSER, Historia social de la literatura y el arte, Madrid 1964; F. LÁZARO CARRETER, Las ideas lingüísticas en España durante el siglo XVIII, Madrid 1949; A. MESTRE, Historia, fueros y actitudes políticas, Valencia 1971; J. SARRAILH, La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, México 1957; J. VICENS VIVES, Historia Moderna, Barcelona 1966.
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