Nacionalismo I. Derecho Politico. POLÍTICA
Categoria:
Política
Con la expresión n. formada con la palabra nacional y el sufijo tónico ismo, se designa la doctrina, secta, sistema o ideología que considera a la nación como fuente primaria y criterio básico de adhesiones, de juicios de valor, del Derecho y de actividades políticas.El alcance de la expresión guarda estrecha relación o dependencia con las ideas de nación (v.) y nacionalidad (v.), a las que se subordina. Se conecta con expresiones afines, como son las de patriotismo (v.) e imperialismo (v.), distinguiéndose de ellas por la peculiaridad significativa de los sustantivos patria (v.) e imperio (v.) de los que se forman; y principalmente con la de pueblo (v.), que es una de las notas esenciales originarias de la idea de nación. La expresión n. acoge significados tan variados, opuestos y ambivalentes que se ha convertido de hecho en, término ambiguo y de muy difícil definición esencial.Concepto y significados. El n., en su significado más amplio, expresa la vinculación ideológica y afectiva al grupo humano de una colectividad unida por lazos de homogeneidad cultural, la conciencia defensiva de la unidad de costumbres, instituciones, lengua, religión y de afinidades electivas o congénitas y los proyectos de vida en común, es decir, de lo que, en términos generales, se entiende como nacionalidad distintiva. En su significado más estricto, el n. encuentra en la nacionalidad la razón política, moral y militar del comportamiento interior y exterior. El n. es una noción sociológica y permanece siempre fiel a las exigencias derivadas del grupo étnico que fundamenta la idea y el desenvolvimiento de la nación. No es esencial la unidad política para que aparezca el n., incluso exacerbado, como sucede, p. ej., en el n. judío; sin embargo, es precisamente la unidad geopolítica y su reforzamiento lo que constituye su rasgo dominante. En la ambigüedad del término n. se encuentran elementos ideológicos en suspensión. Recaséns Siches engloba en los términos transpersonalismo y antihumanismo a todos los movimientos nacionalistas desde la época griega hasta Rosemberg, a los que estigmatiza apoyándose en la negación que profesan del hombre como ser moral con dignidad.Un subconsciente nacionalista alienta ya en el significado que los romanos otorgaron al término nación: raza de hombres que han nacido en la tierra que habitan, algo en que nacemos, como subraya Ortega; a diferencia de pueblo: colectividad organizada en un territorio bajo una actividad política y jurídica. Con todo, el n., en su sentido moderno, arranca de Maquiavelo (v.), considerado como el primer teórico del n. político. La confusión y las equivocidades con que son empleados los términos nación y Estado han permitido que el n. sea una expresión de difícil tratamiento, resultando frecuente encontrar n. en colectividades cuya nacionalidad era por lo menos cuestionable. En opinión de Toynbee, el n. ha sido el criterio historiográfico que ha regido en los s. XIX y XX, con menosprecio de las sociedades vivas y del universo humano.Periodos. El n. ha pasado por varios periodos hasta encontrar en el s. XX su apogeo y posteriormente su desintegración. En un primer periodo, de formación, se inicia al disolverse la unidad medieval, encarnando los príncipes la nacionalidad y no sólo su soberanía. Luis XIV pudo decir "el Estado soy yo", subsumiendo a la nación en el Estado. El n. alienta en este primer periodo con ideas varias del mundo protestante y de la sacralización cristiana del Poder.El segundo periodo está centrado en la Revolución francesa y en Napoleón, y corre hasta la I Guerra mundial. El Romanticismo (v.) es un ingrediente esencial del sentimiento nacionalista, y los pactos internacionales afianzan y a veces exacerban el n., hasta el punto de que en ellos se trata de configurar políticamente a las naciones, y es esta configuración por razones militares, económicas o políticas, la que origina la concepción moderna del n. Para comprender el n. de este periodo hay que tener siempre presente la identificación operada por Rousseau entre nación y pueblo, que serviría de pauta para la evolución del n. y para su exasperación. Se democratiza el n. y se idealiza al pueblo que encarna a la nación, produciéndose una pasión psicológica de tremendas consecuencias. El pueblo se afianza como sujeto en el que se encarnan los derechos nacionales, y estos derechos humanos son más fuertes y originarios que los derechos políticos, que son considerados como emanación popular. El crecimiento demográfico y el sistema económico liberal, que en un principio parecían asegurar un internacionalismo saludable, engendran nuevas formas de poderío nacionalista en algunos países y de deflación política y económica en otros, dando ocasión a un n. bifronte, el planetario de Alemania, Inglaterra y Francia, y el satélite de otros muchos, con las superpotencias de Estados Unidos y Rusia. El laissez-faire desemboca en una discriminación peligrosa de n. encontrados y la libertad incondicionada del s. XIX les exaspera hasta el belicismo.El tercer periodo discurre desde 1918 hasta la II Guerra mundial. Es la época de la formación de n. tipificados, en los que se exasperan las ambiciones imperialistas basándolas en panteísmos estatales, en syperioridades étnicas o en ahogos demográficos. El principio de la National self-determination no impide la subyugación de otros pueblos, sino que lo justifica. La fenomenología de este periodo no puede ser entendida si no se presta atención preferente a la sociología económica y a la historia política. El advenimiento de las masas es tan tremendo que el vocablo pueblo se monopoliza para designarlas. Es la época de la socialización del n. o de la nacionalización del socialismo, jacobino en Francia, lasalliano en Alemania y jingoísta en Gran Bretaña. Entre los factores que contribuyen a la estructuración política y mental del n. figura la multiplicación de las naciones que bucean en sus razones seminales la justificación de su soberanía, y exigen un internacionalismo económico para reforzar la autonomía industrial, entrando en juego la colonización económica de las grandes potencias y la exacerbación política del n. en las subdesarrolladas. El absolutismo nacionalista, al degenerar en expansionismo imperialista, permite la absorción de las naciones vencidas, sin que valgan los derechos elementales. El Tribunal de Nuremberg de 1945, aunque eximió de responsabilidad al Gobierno y al pueblo alemán, condenó a muerte al n., y bien puede decirse que el 16 oct. 1946, en que se ejecutaron las sentencias, pasaban a la historia las formas en que se habían expresado hasta entonces los n. El n. de las nuevas naciones que se sientan en la ONU y el mismo de China no presentan originalidad alguna ni ofrecen aspectos conceptuales, aunque supongan una reiteración obsesiva. La única novedad se aprecia si acaso en el n. de algunos países comunistas como Albania, Yugoslavia y, más recientemente, Checoslovaquia.En Hispanoamérica. En los países hispanoamericanos el proceso histórico guarda semejanza, aunque las fechas son otras. A un periodo de colonización sigue lo que Leopoldo Zea llamará la búsqueda de la originalidad, no contra España y Europa, sino ante ellas. Este afán explicable y legítimo es el que lleva a las repúblicas de habla y civilización españolas a buscar afanosa y convulsivamente desde sí mismas como nación, sin descuidar su indigenismo, un n, ideológico ante Europa y económico frente a Estados Unidos. El proceso nacionalista de Iberoamérica presenta unas características peculiares de resultados imprevisibles a la hora de su explosión.La filosofía y las ideologías. Los n. europeos esconden en su nacimiento y formación una vena literaria, religiosa, filosófica, y no sólo, ni preferentemente siquiera, política. Rousseau (m. 1778), Herder (m. 1803), Fichte (m. 1814), Hegel (m. 1831), Vico (m. 1744), Renan (m. 1892), Romagnosi (m. 1835), Dostoievski (m. 1881), son unos nombres entre ciento que no se pueden olvidar. Hegel (v.), entre todos, es el que suministra material ideológico para la trasfiguración del n. hasta el extremo de absolutizar el espíritu del pueblo, sin consentir otras determinaciones, ni siquiera las etimológicas, en la formación nacional. A Hegel (Filosofía de la Historia, Buenos Aires 1946, 1,49-50) pertenecen estas frases verdaderamente impresionantes: "Los pueblos son existencias por sí, y como tales tienen una existencia natural. Son naciones y, por tanto, su principio es un principio natural. Y como los principios son distintos, también los pueblos son naturalmente distintos. Cada uno tiene su propio principio, al cual tiende como a su fin... Este espíritu del pueblo es un espíritu determinado, en todo concreto, que debe ser conocido en su determinación... La religión, la ciencia, las artes, los destinos y acontecimientos constituyen su desenvolvimiento. Todo esto y no la naturaleza física del pueblo (como la derivación de la palabra natio de nasci podría sugerir) da al pueblo su carácter... El espíritu tiene por fuerza que realizar esto y lo realizará". Los Discursos a la nación alemana de Fichte (v.) en 1808 pueden ser considerados como auténticos manifiestos filosófico-políticos para salvar el espíritu alemán frente al militarismo napoleónico. La economía y el derecho tienen en C. Nies (m. 1898) y en J. Bluntschli (m. 1881) sus respectivos teóricos del n. y en la Escuela histórica de Savigny la plasmación histórico-jurídica.M. Duverger, que ha estudiado la fenomenología del n. con detenimiento, acompasa su evolución al ritmo de las ideologías (v.). En esta concepción el n. vendría a ser como el arma de que se valen las ideologías para ejercer el poder. Ésta sería la razón que explicara los cambios de manos (monarquía, izquierdas, derechas, conservadores, radicales, comunismo) por los que ha atravesado el n. en las distintas naciones y en una misma nación, y que ha permitido a J. Messner hablar del n. como problemático en sí mismo.Polisemia de sus formas. Al n. se le sufijan distintos sustantivos o adjetivos, tomados generalmente de la idea primordial que les sirve de base o de la intención que subyace en ellos, como sucede con el nacionalsocialismo (v.) o nacionalismo socialista, en el nacionalcomunismo o comunismo nacional, o en el nacionalsindicalismo o sindicalismo nacional, aunque en este último el n. lo sea sólo de nombre, válido sólo como sinónimo de tradición o patria, hasta el extremo de que su fundador, José Antonio Primo de Rivera (v.), pudo escribir que "el ser nacionalistas es una pura sandez". Otras variantes terminológicas del n. son las de n. profético, denominación aplicable al que se inspira directamente en Hegel y en Nietzsche; n. irredento, el que se proclama en países con territorios o grupos humanos separados de la patria; n. separatista, el que se fomenta en regiones con grupos étnicos, lingüísticos o culturales distintivos; n. rentré o hacia dentro, en el que veía Ortega y Gasset (v.) el nuevo peligro para una verdadera solución internacional. Especial mención merece el n. de los pueblos subdesarrollados, en los que el n. brota al unísono con el proceso de descolonización. Los supuestos en que se basa el n. africano, p. ej., no encajan en las imágenes de los n. europeos. Este desencaje de imágenes fue observado por Tocqueville con referencia a las grandes potencias, como son Rusia y los Estados Unidos.Valoración actual. Para quienes la nación es una realidad sustantiva primigenia, el n. es concebido como una preocupación siempre objetiva y, por tanto, artificiosa, por muy elemental y mesurado que sea el sentimiento nacionalista. El n., ha escrito Ortega, es el que ha convertido a la nacionalidad y a la conciencia nacional en algo no auténtico, y señala, en diálogo polémico con Toynbee (v.), que como todos los -ismos ha sido catastrófico. El n., ha escrito F. Valsecchi, no es una degeneración de la nacionalidad; es, si acaso, su consecuencia límite, es la consecuencia lógica de la interpretación dogmática de la nacionalidad. Rosmini considera al n. como legítimo, siempre que se le fomente como subsidiario de la sociedad universal en contraste con Mazzini, que defiende el n. como fundamento del orden internacional.El n. actúa como fuerza centrípeta cuando opera sobre el exterior, y como autocracia reactiva en el interior, favoreciendo las discriminaciones políticas dentro de la nación y provocando los conflictos internacionales diplomáticos y bélicos. Las dos últimas Guerras mundiales fueron posibles por la fuerza centrípeta del n., y la agresividad o el recelo de las naciones que han obtenido la independencia en los últimos diez años se explican por la enorme carga nacionalista que opera sobre ellas, en un intento de imitación de las potencias colonizadoras. En opinión de B. Magnino, el n. como, sentimiento extremado disminuye la percepción de la realidad histórica en el ámbito político y económico, resultando impotente para traducir en hechos reales los derechos ideales. En el ámbito moral destruye la sensibilidad hacia los valores universales, llegando a confundir la nación con lo sagrado. Cuando estas confusiones se salvan, el n. es aceptable. Para H. Kahn, el n. y, más concretamente, el n. político, constituye la más activa entre las fuerzas destructoras de Europa, si bien en estas apreciaciones se tiene muy en cuenta un determinado tipo de n., como fueron el nazi alemán y el fascista italiano. La valoración y apreciación crítica del n. está siempre colgando de la idea que se tenga de lo que es y de lo que representa la nación, a la que habrá que recurrir para interpretar con justeza en cada pensador el alcance de sus juicios sobre el n.V. t.: NACIÓN; NACIONALIDAD.A. MUÑOZ ALONSO.
BIBL.: H. KOHN, Historia del nacionalismo, México 1949; C. J. H. HAYES, The Historical Evolution of Nationalism, Nueva York 1948; M. VAUSSARD, Enquéte sur le nationalisme, París s. f.; E. H. CARR, Nationalisme... et aprés?, en Nations ou Fédéralisme (en colaboración), París 1946, 1-86; L. STuRzo, Nationalism and Internationalism, Nueva York 1946; M. DUVERGER, ¿Adónde van los nacionalismos?, en Las ideologías y sus aplicaciones en el siglo XX (en colaboración), Madrid 1962, 229-255; F. MORÁN, El nuevo reino (Sentido de la política en África negra), Madrid 1967 (en las p. 22-50: Sentido del nacionalismo africano); J. ORTEGA Y GASSET, Una interpretación de la Historia universal, en Obras completas, IX, Madrid 1965, 11-244; C. LoCAS, Nationalisme et droit, Neuchátel 1954; Idea europea e concetto di nazione, áHumanitas", XI, Brescia 1956, 897-1044 (referéndum entre 35 pensadores); A. P. WHITAKER, y D. C. JORRAN, Nationalism in contemporary Latín America, Nueva York 1966; F. L. HuILLIER y P. BENAERTS, Nationalité et nationalisme, 2 ed. París 1968 (es una obra importante y muy actual para el estudio de la formación del n. y sus condicionamientos sociológicos e históricos en 1860-78). Amplia bibl. sobre el n. en Iberoamérica en "Anuario de Sociología de los pueblos ibéricos", Madrid 1967, I, 85-108, v. t. Bibl. en NACIÓN y NACIONALIDAD.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.