Nabateos
Categoria:
Cultura
Los n. forman un antiguo pueblo que se desarrolló especialmente al sur y al este de Palestina. La capital, Petra, estaba situada a 80 Km. al sureste del mar Muerto (v.). Su época de mayor esplendor abarca del s. IV a. C. al s. I d. C. El casco urbano de Petra se repartía entre las dos riberas del río Wadi Músd, en un valle rodeado de grandes rocas. Ciudad almacén de las mercancías que procedentes de Arabia, India y del mar Rojo, eran trasladadas en largas caravanas por las rutas comerciales de entonces. La posesión de las principales plazas por donde esas rutas pasaban era una de las notas propias de los nabateos.La mayoría de los autores identifican a los n. con la tribu de Nébáyót. Por eso se les relaciona con Israel (v.) de quien aquél era hijo (cfr. Gen 25,13; 28,9; 36,3; 1 Par 1,29). Pertenecían al grupo de los arameos contra quienes combatió Tiglatpileser III (745-727). Asurbanipal (v.) también luchó contra ellos hacia el 640 a. C. Unidos a la gente de Qedár resistieron mandados por el jefe árabe Uabé, hijo del anciano Házá’il. En este tiempo eran eminentemente nómadas y la ley vigente entre ellos les prohibía sembrar trigo, plantar árboles o construir casas. Así mantenían el espíritu trashumante que les era propio.Hacia el 312 a. C., Antígono, soberano de Siria y Fenicia, emprendió una campaña contra los n., que se refugiaron en Petra. Allí gozaron de bastante independencia, sobre todo en la época de mayor debilidad de los seléucidas (v.). La ciudad comercial más importante estaba en Hegra, hoy Medáh’-insálih, lugar en que se cruzan las rutas del golfo Pérsico por Hái’l y Teima, del Yemen por Yatrib, del mar Rojo por Leuke Kome en la desembocadura del Wádi el Harud.Hacia el 170 a. C. los reyes n. entran en la historia bíblica. Aretas I persiguió a Jasón forzando su huida a Egipto (2 Mach 5,8). Pompeyo (v.) intentó, inútilmente, anexionar a la provincia de Siria el territorio de los n.; sólo consiguió Filadelfia y algunas ciudades de la Decápolis. Por este tiempo se rompió la antigua amistad con los judíos, y así los n. que ayudaron en más de una ocasión a los macabeos (1 Mach 5,25; 9,35; v.), se vieron atacados por Alejandro Janneo, rey y pontífice delos judíos, que les arrebató algunas ciudades. Aretas II se puso del lado de Gaza (v.) en su discordia con aquéllos. Gracias a la ayuda de los n. pudo resistir esta ciudad el ataque de sus enemigos. La tierra de Moab (v.) estaba colonizada, en cierto modo, por los nabateos. Alejandro Janneo consiguió someterla a tributo, sin que el rey nabateo Obodas I pudiese impedirlo. Por su parte los romanos continuaron sus incursiones por el territorio nabateo. Más tarde Alejandro Janneo fue derrotado cerca de Garada en la Gaulanítide gracias al dominio de esas rutas comerciales que el rey Obodas I aún poseía. Su sucesor Aretas III gobernó en Damasco hacia el 85 a. C. Esta injerencia de los n. era mal vista por Pompeyo; pero ellos se mantenían seguros gracias al control y dominio de las rutas del este. El general romano envió contra la capital de los n. a Scarus que llegó hasta Petra, pero sólo consiguió 300 talentos que el rey nabateo pagó gustosamente con tal de verse libre de la poco grata presencia romana. Más tarde (55 a. C.), Gabinus intentó obtener algún botín de los n. antes de volverse a Roma, pero lo más que consiguió fue la liberación de los partos exiliados. El rey Malicos (60-30) tuvo que pagar al legado romano Ventidius una fuerte suma en concepto de contribución. Este mismo rey n. entró, en lucha con el hijo del idumeo Antípatro que tanto favor gozaba en la corte judía de los asmoneos (v.). Las primeras refriegas con el que sería más tarde Herodes el Grande (v.) tienen lugar al norte del río Yarmuk en Diáspolis y Canata. Después de una primera victoria judía, Herodes es batido por los n., pero pronto tomó la revancha junto a Filadelfia, donde aquéllos sufrieron una fuerte derrota.Con Aretas IV (9 a. C. - 40 d. C.) el reino alcanza su máximo esplendor. Inicialmente estaba enemistado con los romanos, entre otras razones por haber subido al trono sin autorización del emperador Augusto (v.). Pero luego supo atraerse el favor de Roma poniendo a disposición de Varus un buen contingente de hombres contra una sedición de los judíos. La enemistad con el país vecino aumentó cuando Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, repudió a la hija del rey Aretas IV, uniéndose con Herodías la mujer de su hermano. Este fue el verdadero motivo de la guerra, aunque se justificara con cuestiones fronterizas. Tiberio se puso de parte de los judíos y ordenó que, vivo o muerto, Aretas fuese llevado a Roma, pero muerto el Emperador, Vitelio, legado de Siria, no consiguió apresar al monarca que permaneció en Petra, sin olvidar sus dominios del norte en la región damascena. En tiempo de Calígula (37-41) estuvo representado en Damasco por un etnarca que veló por los intereses del pueblo. En este periodo ocurrieron los hechos a que se refiere S. Pablo en 2 Cor 11,32.Los sucesores de Aretas IV perdieron el control de Damasco en tiempos del emperador Nerón (v.), aunque siguieron dominando en Admedeva, la primera estación en la ruta de Damasco a Palmira. Rabbel II (71-106) fue el último rey nabateo. La unificación que se había realizado alrededor de este reino por la incorporación del último territorio herodiano del norte de Yarmuk, debería proseguir normalmente con la anexión de la Arabia nabatea al Imperio romano.En tiempos del emperador Trajano (v.), el legado de Siria ocupó el país (105 d. C.), dominando a Bosra y Petra. Al año siguiente el territorio n. quedó convertido en provincia romana administrada por un legado con la III Legión Cirenaica a su mando. El centro político se situó en Bosra, que pasó a llamarse Colonia Nova Trajana. No obstante, Petra seguiría conservando su prestigio y en más de una ocasión sería la residencia del legado romano. En su bella necrópolis fue enterrado Sextus Florentinus.Los n. conservaron la peculiaridad de su dialecto por mucho tiempo, aunque poco a poco se fueron arabizando hasta el punto de que los romanos los identificaban con los árabes. Así Estrabón (XVI,4,18) habla de Petracomo la ciudad de los árabes llamados nabateos. El aumento de población y el cambio de circunstancias históricas fueron convirtiendo a los n. de nómadas en pacíficos agricultores, que se agruparon en pueblos y ciudades. Existían numerosas vías de comunicación que los ponían en contacto entre sí, mientras que una red de fortalezas y torres de guardia les protegían de posibles correrías enemigas. Las recientes excavaciones arqueológicas han mostrado hasta qué punto gozaban de una gran organización. No se limitaron a defenderse, sino que también cultivaron con éxito diversas industrias y artes, especialmente la artesanía del cuero, vidrio y cerámica. Su estilo muy original, permite al arqueólogo distinguirlo con facilidad. Bajo la influencia helenística cultivaron también la escultura y la arquitectura.Trasformado el reino n. en región fronteriza habitada por destacamentos militares de procedencia y origen diverso, fue disminuyendo paulatinamente su civilización. El territorio n. se dividió entre la gente del sur reagrupada alrededor de Petra, y las del norte, que lo hicieron junto a Palmira. El comercio se concentró en el antiguo oasis de Tadmor, para dirigirse al oeste por las rutas de Damasco, Bosra y Emese, fuertemente guarnecidas por las tropas romanas. Palmira creció en importancia cuando los emperadores romanos la tomaron como base para sus ataques contra los partos. Pero en el a. 273 sus habitantes pagaron duramente una tentativa de independencia y de dominio sobre las provincias de Oriente, lo que constituyó un paso más en el proceso de disolución en que el pueblo n. había entrado desde la muerte de Aretas IV.A. GARCÍA-MORENO.
BIBL.: F. M. ABEL, Géographie de la Palestine, París 1967; L. H. GROLEMBERG, Atlas van de Bijbel, Amsterdam 1954; W. F. ALBRIGHT, L’archeologia in Palestina, Florencia 1961; L.-H. VINCENT, Les Nabateens, aRevue Biblique", 7 (1898), 567-588; A. KRAMMERER, Petra et la Nabaténe, París 1929; J. T. MILIK, Nouvelles inscriptions nabatéenes, "Rev. Syria", 35 (1958) 227-251; R. SAGNAc, Le dieu nabatien de La’ban et son temple, aRevue Biblique", 46 (1937), 401-416; J. CANTINEAU, Le Nabatéen, París 1930-32.
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