Moro, Antonio
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Biografía GER
Vida. Pintor holandés n. en Utrecht hacia 1517 y m. en Amberes en 1577. Su importancia es capital en la evolución del retrato, tanto noble como burgués. Fue discípulo de Jan van Scorel y, muy pronto, se estableció en Amberes, ciudad que desde principios del s. XVI fue adquiriendo una importancia artística cada vez mayor, y en la que entra a formar parte de la Corporación de pintores en 1647. Dos años más tarde se encuentra en Bruselas al servicio del card. Granvela, cuyo mecenazgo no le abandona nunca. Hacia 1550 comienza el largo peregrinaje por toda Europa que habría de ocupar gran parte de su agitada vida. Permanece en Roma hasta 1551, momento en que el emperador Carlos V le envía a Portugal. De allí pasa a España hasta que Granvela le hace marchar a Inglaterra para asistir a la ceremonia de la boda de María Tudor y Felipe II, en cuya ocasión pinta el espléndido retrato de la reina que se conserva en el Museo del Prado. De 1555 a 1559 trabaja en varias localidades importantes de los Países Bajos hasta que, al parecer, vuelve a España una corta temporada. A partir de entonces no deja ya nunca los Países Bajos, trabajando por igual en Utrecht y Amberes,- donde se establece definitivamente en 1560 y donde m. en 1577.Obra. La obra de M., abundante y toda ella de calidad óptima, está dedicada casi con exclusividad al retrato, género que en los Países Bajos se practicaba con magistral asiduidad desde el s. XV. En el pincel de M., el retrato noble italiano, en que Tiziano, Tintoretto, Morelto y Bronzino alcanzaron las más altas cimas, se transforma hasta convertirse, salvando la inicial sumisión a los grandes italianos, en algo sumamente personal, donde se suman los tradicionales caracteres de la pintura de los Países Bajos. Lo que el retrato italiano tiene de ejecución ágil y vibrante lo tiene M., como buen holandés educado en Flandes, de minuciosa perfección y complacencia en la factura del detalle mínimo. La suntuosa riqueza de los ropajes, joyas y adornos de todas clases que visten los personajes de M. son campo excelente para que el pintor se detenga con mentalidad de hábil decorador en su representación, al mismo tiempo que infunde a los rostros de sus retratados una inteligente y aguda penetración psicológica. Sus primeras obras (Peregrinos a TierraSanta, Museo Kunstliefde, Utrecht) revelan claramente su origen holandés y sobre todo su educación en el taller de Scorel, pero con su traslado de Utrecht a Amberes, M. pierde casi todas las influencias holandesas, para percibir con mayor fuerza el modo de hacer flamenco.El retrato de Granvela (Museo de Viena) firmado y fechado en 1549, supone en el estilo de M. la renuncia definitiva a la inspiración holandesa para centrarse en la flamenca. En el impresionante rostro del cardenal y en la factura de paños, pieles y metales, está ya casi todo lo que será definitivo y relevante en el estilo del pintor. Su estancia en Italia hasta 1551 añade a su estilo el punto que le falta para considerarlo completamente formado. Su pincel se enriquece al contacto con los maestros florentinos y venecianos, sobre todo en lo referente al color. Los tonos castaños, habituales del artista, se enriquecen con una gama cromática más viva. Como prueba de ello obsérvese el retrato de Catalina de Austria, reina de Portugal (Museo del Prado), donde lo fundamental del cuadro, el retrato de la dama, pasa a un segundo término en importancia, cobrando mayor interés para el artista el brillo de los brocados, de las sedas, las superficies labradas de las joyas y los ricos bordados en oro, dando al conjunto un valor más cromático que psicológico y puramente retratístico. Retratos de este tipo tienen sólo parangón con el de Eleonora de Toledo, de Bronzino (v.), en cuanto a riqueza colorística, y con algunos retratos venecianos contemporáneos.El retrato de María, reina de Bohemia, del Museo del Prado, dentro de una gama cromática más moderada, refleja, en la prestancia aristocrática de la retratada y en su altivo distanciamiento, la proximidad espiritual de M. y los grandes manieristas italianos del retrato. Donde se conjugan más claramente la riqueza colorística a la italiana y el minucioso hacer a la flamenca es en una de las obras maestras de M. y uno de los más bellos retratos de la Historia de la pintura: el de María Tudor, reina de Inglaterra y mujer de Felipe II, cuadro firmado en 1554. M. se halla en el culmen de sus facultades y de su estilo, que ha evolucionado cuanto podía hacerlo; está plenamente formado. M. representa a la reina, sentada en un sillón de terciopelo rojo bordado en oro, con la rosa de los Tudor en la mano derecha y clavando los ojos, con inteligente y penetrante mirada, en los de quien la contempla. La reina viste, con sobriedad, un vestido de terciopelo morado, abierto por delante mostrando una saya de rico brocado rameado en tonos grises, tan rico en dibujo y color como el respaldo bordado en oro del sillón. Sobre el fondo oscuro del vestido destacan las lujosas joyas, en moderada cantidad, pero suficientes para que el artista muestre una vez más su dominio del pincel en tareas minuciosas, casi de orfebre, a que M. se entrega con tanta frecuencia.En el retrato de Guillermo de Nassau, del Museo de Kassel, ocurre un fenómeno parecido al de Catalina de Austria antes citado. Si el rostro del duque no resultara tan impresionante y atractivo, el personaje quedaría inmerso en su armadura sin que apenas contara para nada en el conjunto. Es la armadura, reluciente y pulida, las incrustaciones de bandas de oro con finos grutescos, lo que verdaderamente ha interesado al pintor. Esta técnica de supervaloración de lo accesorio, tan característica de la pintura flamenca desde sus orígenes, perdura en M., sobre todo en sus retratos nobles. En unas ocasiones serán joyas, otras brillantes armaduras y lujosos brocados y, a veces, incluso el simple y prodigioso brillo de un raso negro ejecutado con técnica de virtuoso será el marco ideal con que el artista rodee a sus retratados. Son claros ejemplos el retrato de Margarita de Parma (Museo de Berlín), el del duque de Alba del Museo de Bruselas, y el de sir Thomas Gresham del Museo de Amberes, donde el brillo del grueso raso de la vestimenta tiene tanta importancia como el personaje mismo. Sólo con el inimitable hálito de realidad y profundidad psicológica que M. sabe infundir al rostro de sus personajes podría contrarrestar este exuberante interés por el contorno personal de sus retratados.Sin embargo, en el retrato burgués, género que cultiva también con singular acierto, el artista parece retroceder un poco en busca de soluciones más tradicionales, de aire más genuinamente holandés y que resultaban más del gusto de la clientela altoburguesa. El retrato de la mujer de fan Le Cocq de la Galería de Kassel ilustra bien el hecho, como también el de la Dama desconocida de la Acad. de Venecia, donde la vulgaridad del modelo resulta casi aristocrática por obra y arte de M., pintor de príncipes. El Retrato de su esposa del Museo del Prado cae dentro de este sector burgués de la obra de M. En la producción del artista holandés se encuentran pocos casos en que haya hecho incursiones a otros géneros pictóricos. Es el retrato lo que domina a la perfección y las raras veces que se enfrenta con temas religiosos no alcanza nunca la meta conseguida en aquél.Tres únicas pinturas religiosas se encuentran entre las de M.: un Cristo resucitado en una colección particular de Nimega, donde es patente la inspiración veneciana; un Calvario, de enormes proporciones, en el Museo de la Santa Cruz de Toledo; y un S. Sebastián en el Museo de Munich, tanto más interesante cuanto más se relaciona con la faceta retratística de M. De este último ejemplar existe otra versión en la Galería de Arte de Sheffield. Un pintor de la talla de M. no podía pasar sin ejercer poderosa influencia en otros artistas. En Flandes, Pieter Purbus y Cornelis Ketel, y en Alemania Christofer Amberger, saben aunar el estilo arcaico de Holbein con el moderno hacer de M.; en Italia, Pieter Candid y el parmesano Mazzola suavizan su influjo con el pictoricismo a la italiana, mientras que en España quien mejor recoge la sabia y fructífera semilla del pintor de Utrecht es Sánchez Coello (v.).A. E. PÉREZ SÁNCHEZ , J. OLLERO BUTLER.
BIBL.: H. HYMANS, Antonio Moro, son oeucre et son temps, Bruselas 1910; G. MARLIER, Anthonis Mor, en Mémoires de 1’Académie Royale de Bell;ique, Bruselas 1934.
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