Monogenismo y Poligenismo I. Biología. BIOL.
Categoria:
Biología
Se denomina monogenismo a la doctrina antropológica que defiende que todos los individuos de la especie humana descienden de una única pareja inicial. La postura opuesta, es decir, la suposición de que existieron más de un primer hombre y una primera mujer se conoce con el nombre de poligenismo. La unidad del género humano afirmada por el m. es unidad de especie y unidad de origen, en el sentido de que toda la especie humana procede de una sola pareja de protoparentes; para el p. existiría unidad de especie (todos igualmente hombres), mas no unidad de origen.Es poco lo que la Biología puede decir sobre la posibilidad del m. o del p. Antes de la aceptación generalizada por parte de los biólogos de la teoría evolucionista, es evidente que toda indagación a este respecto, dentro del dominio de las Ciencias Naturales, carecía de interés. Pero incluso después de dicha aceptación los esfuerzos de los investigadores en el campo del origen evolutivo de las diversas especies se centraron más bien en el establecimiento de líneas filogenéticas y en el estudio de los posibles mecanismos de evolución (v.). El que una determinada especie actual (en el caso de especies con reproducción sexual) proceda de una única pareja o de varias es algo que sólo se trata tangencialmente en los estudios evolutivos. Realmente, el decidir entre m. y p. sólo tiene auténtico interés en el caso de la especie humana por las implicaciones filosóficas y teológicas que tal decisión supone. Iste es el motivo por el que los términos m. y p. fueron inicialmente acuñados no por biólogos sino por antropólogos.El presente análisis sobre la posibilidad del m. o del p. se iniciará con unas breves consideraciones sobre el origen evolutivo de las especies animales, antes de incidir sobre los rasgos peculiares que se plantean en torno a la aparición del hombre.La especiación en los animales. Remitiendo para una discusión más detenida en los mecanismos generales de la especiación a la voz ESPECIE, resumamos brevemente los modos de especiación en los animales. Una primera posibilidad es la especiación instantánea, entendida como la aparición subitánea de individuos de caracteres diferentes a la especie parental, es decir, que constituyen ya una especie que se propagaría a partir de ellos. La especiación instantánea, defendida por muchos biólogos de principios de siglo, no parece probable, como caso general, dados los mecanismos de la evolución aceptados en la actualidad. Sin embargo, algunos (Goldschmidt, Petrunkevitch, Willis, etc.) han mantenido recientemente dicha posibilidad, sobre todo en el caso de organismos poliploides (v. CROMOSOMA); y en general, se admite la posibilidad de que muchas especies vegetales y algunas de animales invertebrados hayan surgido de este modo. Esa posibilidad parece, no obstante, estar totalmente descartada en el caso de animales superiores.La otra posibilidad a considerar es la especiación gradual, según la cual es sólo poco a poco, y por acumulación progresiva de diferencias a lo largo de generaciones, como la nueva especie se forma. Este tipo de especiación es necesariamente un fenómeno de poblaciones, tanto en su modalidad filética como en la múltiple (v. ESPECIE). La mayor parte de los autores está de acuerdo en que el mecanismo más probable en los animales superiores es el de especiación múltiple con separación geográfica de las poblaciones divergentes (especiación geográfica). Según apreciaciones basadas en el cálculo de probabilidades, el biólogo tendería en principio a afirmar que, al menos entre los animales superiores, es difícil que una especie se inicie con una única pareja, ya que es difícil que la acumulación de rasgos diferenciadores que conducen al aislamiento reproductivo -y por consecuencia a la definición de una nueva especie- surjan exclusivamente en una única pareja; no está, sin embargo, en condiciones de excluir en absoluto esa posibilidad. Por lo que se refiere a la propagación de una especie a partir de un grupo original reducido, supuesto ya constituido como diferente de la especie que lo precede, hay ejemplos claros que muestran la posibilidad de ese hecho. Entre otros casos recogidos por Mayr (o. c. bibl.) citemos el de la introducción de un reducido número de abejas en Tasmania que dio origen a la colonización de la isla por este insecto. Lo mismo ocurrió con muchas aves e incluso con algunos mamíferos, como el conejo y el opossum. En estos casos, a pesar del necesario cruzamiento interno, las especies han sobrevivido hasta nuestros días. Elton señaló también, en 1930, muchos ejemplos de este tipo, pero quizá el caso más notable sea el de los hamsters dorados (Mesocricetus aureus), ya que los millones de individuos de esta especie que existen en la actualidad se suponen descendientes de una única hembra preñada por un cruce artificialmente provocado.Especiación y origen del hombre. Cuando se trata en términos biológicos del origen del hombre es necesario, para no incurrir en simplificaciones del problema, tener en cuenta un hecho fundamental: lo que esencialmente diferencia al hombre de los simios superiores es su racionalidad. La inteligencia está, sin duda, íntimamente unida a caracteres biológicos, pero no viene exclusivamente determinada por estos caracteres. Así, p. ej., la capacidad craneal del hombre (1.200-1.600 cm3) es tres veces superior a la del chimpancé o la del gorila (325-650 cm3), pero no hay pruebas para asegurar que la adquisición de tal capacidad permita, sin más, la aparición de operaciones psíquicas superiores. Dicho de otra manera, la inteligencia del hombre está indudablemente relacionada con su desarrollo biológico (del que la elevada capacidad craneal es una muestra) pero no es éste su único condicionante. De hecho, como ha apuntado Bresch, en el hombre se puede hablar de una evolución cultural como de algo netamente separado de su propia evolución biológica.Del anterior razonamiento se desprende que, en el contexto de la evolución biológica, habría que decir que apareció la especie humana cuando una pareja de individuos, o bien una población, adquirió la capacidad de razonar. En el primer caso se podría hablar de m. y en el segundo de p. Ahora bien, ¿cómo se puede determinar, por los restos encontrados, que ha aparecido el hombre? Es aquí donde tiene toda su importancia metodológica la que hemos dicho sobre el carácter accidental de los rasgos biológicos propios de lo humano. Ciertamente el hombre presenta otros rasgos biológicos característicos además de la capacidad craneal ya mencionada. En primer lugar, y en relación con la locomoción bípeda del hombre, se dan modificaciones en su esqueleto que lo diferencian del de otros animales superiores. Estas diferencias no sólo tienen lugar en las extremidades posteriores, sino que también implican la adaptación del cráneo a una posición erecta del cuerpo y la desaparición de apéndices caudales.En segundo lugar, el hombre es capaz de comunicarse mediante un lenguaje verbal lo que biológicamente está relacionado, de acuerdo con Kipp, con la posición baja de la laringe, la separación del hioides y el cartílago laríngeo, la disposición ovalada de la dentadura y la ausencia de diastemas en ella (intersticios entre los molares y caninos) y la forma especial de la bóveda del paladar. Pero la presencia de esos rasgos que parece necesaria para que se pueda hablar de un hombre, no nos garantiza que efectivamente lo sea.Por estos motivos, entre otros, los investigadores que han consagrado sus esfuerzos al estudio del origen del hombre han encontrado serias dificultades a la hora de precisar si un resto fósil puede clasificarse o no como perteneciente a la especie humana, y muchas veces la clasificación se ha realizado con notable ligereza. Muchos de estos fósiles presentan características que indican un grado de evolución superior al de los’ simios y que pueden representar un estado evolutivo intermedio que haya conducido al hombre a partir del último organismo ancestral común a éste y a los simios actuales. La investigación de restos fósiles de estos organismos (homínidos) constituye un eslabón importante en la cadena de estudios sobre el origen del hombre. Pero la dificultad fundamental sigue siendo la misma: lo que realmente caracteriza al hombre es su inteligencia, y la inteligencia no fosiliza. Es cierto que en muchos casos se han encontrado pruebas del uso de instrumentos por parte de los homínidos, pero el uso de instrumentos no especializados no es privativo de la especie humana, ya que, como advierten Bartholomew y Bibsell, "el uso de piedras y palos es muy común, no sólo entre los chimpancés y babuinos, sino también entre otros animales... como las nutrias y uno de los pinzones de las islas Galápagos, que de modo rutinario usan piedras y palos para procurarse alimento" (G. A. Bartholomew y J. B. Birdsell, Ecology asid the protohominids, "American Anthropology" 55, 1953, 481-498).Es, pues, necesario proceder con cautela antes de afirmar que un resto fósil pertenece realmente a la especie humana y éste es el motivo por el que los restos conocidos de los que efectivamente se puede hacer tal afirmación son demasiado modernos para que sirvan de punto de apoyo a estudios sobre el origen del hombre.Todos los datos expuestos justifican la afirmación realizada más arriba: es poco lo que la Biología puede aportar a la decisión entre m. y p. Es cierto que los estudios de homínidos fósiles parecen indicar que su aparición tuvo lugar a través de un mecanismo de especiación geográfica, mecanismo más probable -como se ha comentado- en el caso de animales superiores. Pero deben puntualizarse dos extremos. Por una parte, la filogenia de los homínidos no está establecida de modo terminante. Dicho de otro modo, no se sabe con exactitud cuándo, cómo y dónde se separó la línea de los homínidos de la línea de antropoides que dio origen a los póngidos (monos antropoides) actuales. Los descubrimientos de nuevos restos fósiles se suceden con tal rapidez, que las teorías emitidas al respecto quedan anticuadas a poco de su aparición. En segundo lugar, no tiene fundamento biológico la suposición de que los homínidos hayan sufrido un proceso de "hominización", es decir, de adquisición gradual de la capacidad de razonar, ya que, como se apuntó antes, esta capacidad, aunque relacionada con caracteres biológicos, no depende exclusivamente de éstos. Por tanto, hablar de especiación geográfica de los homínidos no constituye ninguna prueba a favor del p. del hombre sino tan sólo, valga la expresión, del de los homínidos.En otras palabras, ningún dato biológico se opone a que la capacidad de razonar tuviera un origen instantáneo. El hombre podría ser, biológicamente hablando, consecuencia de un proceso evolutivo gradual y continuo al que, en un determinado momento, se asoció bruscamente la capacidad de razonar, dando origen a una discontinuidad evolutiva en un orden distinto del biológico. No puede, pues, aducirse desde el punto de vista biológico ninguna prueba a favor del m., pero hay que hacer constar que sí puede admitirse su posibilidad. El único problema biológico que plantea la admisión del m. sería el de la propagación de la especie humana y la total colonización de la Tierra a partir de una única pareja. Pero ya anteriormente se han expuesto algunos casos en los que poblaciones fundadoras pequeñas -a veces incluso una única pareja- han tenido éxito en la propagación de una especie. Por otra parte, el estudio de las migraciones humanas pone de manifiesto la posibilidad de una extraordinaria expansión de un reducido número de individuos. Sin analizar a fondo el proceso de dichas migraciones, puede apuntarse que una migración extensa no se contrapone a la biología humana, dada la adaptabilidad del hombre a las más diversas condiciones ecológicas. Es más, la existencia de grandes migraciones no es sólo un hecho desde el punto de vista histórico, paleontológico o antropológico, sino que también la Biología molecular y la Genética se han ocupado de ellas, mediante el estudio, fundamentalmente, de la distribución geográfica de numerosas mutaciones (v.). La obra de Schultze que se cita al final recoge datos precisos a este respecto.En resumen, m. y p. se presentan, desde el punto de vista de la ciencia, como dos hipótesis que la ciencia misma no está en condiciones de despejar, afirmando la una y descartando la otra. Y esta situación parece debida no a un estado determinado del desarrollo de la ciencia, sino a sus mismos límites metodológicos; se trata, por tanto, de algo destinado a permanecer.V. t.: ESPECIE; EVOLUCIÓN; FÓSILES VI.L. FRANCO VERA.
BIBL.: E. MAYR, Especies animales y evolución, Barcelona 1968; C. S. ELTON, Animal Ecology and Evolution, Oxford 1930; F. A. KIPP, Die Entstehung der menschlichen Lautbildungfáhigkeit als Evolutiansproblem, "Experientia", 11, 89-94, Basilea 1960; C. BRESCH, Genética clásica y molecular, Madrid 1966; R. SCHULTLE, Molecular Biology of Human Proteins, Londres 1966.
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