Mongolia III. Historia de la Iglesia. HIST.
Categoria:
Historia de la Iglesia
Hay que distinguir entre la labor evangelizadora de la Iglesia en el territorio de la actual M., es decir, lo que propiamente podría llamarse Historia de la Iglesia en M., de los intentos de conversión del pueblo mongol, no tanto en su territorio actual como en las zonas de su amplio imperio medieval, de más fácil acceso por los occidentales. De este segundo aspecto tenemos numerosos datos.A principios del s. XIII se presentaron ante las puertas de Europa las tropas del famoso Gengis-Khan. A su muerte, el Imperio quedaba dividido en cuatro reinos o Khantos, confiados a cada uno de sus hijos: M., que era el principal con capital en Khambaliq o Pekín, Turquestán, Persia, y Kiptziak, éste ya en Europa, y más conocido para nuestros historiadores con el nombre de Horda de Oro (v.). Todos ellos se distinguían por una gran tolerancia religiosa en sus relaciones con los distintos pueblos conquistados.Se pensó, pues, en la posibilidad de convertir al cristianismo a aquel pueblo que era sincretista en religión y además se mostraba benévolo con los demás. Tal fue el origen de las legaciones que se enviaron a los Khanes mongoles. Hasta 1245 parece que no hubo intención alguna de estas legaciones. Los turcos habían hecho difundir por Europa la idea de que los mongoles (v.) eran un pueblo feroz, que más que hombres parecían demonios. De ahí que desde 1222 hasta 1243 en toda Europa cobrase fuerza un cierto terror ante las invasiones mongólicas.Pasada la oleada de temor, se pensó en un acercamiento por medio de legaciones pontificias y reales, y luego de verdaderas misiones en los cuatro reinos mongoles. Como medida previa, se prepararon cuatro legaciones: dos al Gran Khan de Karakorum (Mongolia) y otras dos al príncipe de Kiptziak, la Horda de Oro. Cada legación tendría una doble finalidad: una propiamente diplomática, y la otra religiosa o espiritual. El primer legado al Gran Khan debería ocuparse ante todo de un fin político, el de la unión de Oriente y Occidente para combatir al musulmán. Fue designado como legado el franciscano Pian di Carpine. De hecho llegó hasta la misma Karakorum, y pudo asistir a la coronación del nuevo emperador Kuyuk en 1246, pero no obtuvo éxito en su misión. El segundo legado, con misión meramente religiosa, fue un tal Lorenzo de Portugal, aunque parece que no llegó a cumplirla. Las legaciones ante el príncipe de Kiptziak. Se encomendaron a los dominicos. El primer legado en el orden político fue Anselmo, o Anselino según otros, de Lombardía, que se dirigió a su destino por Tierra Santa, y en cuyo viaje pudo entrevistarse con los príncipes mongoles de Persia y Turquestán. Esta legación tuvo menos éxito que la anterior, porque el legado Anselino se portó con menos prudencia que Pian di Carpine en Karakorum. Como segundo legado parece haber sido designado el también dominico Andrés de Longjumeau, quien más adelante haría otros viajes a los pueblos tártaros. Parece que en esta primera misión pontificia apenas pudo hacer otra cosa que conocer la tierra y las costumbres propias del pueblo mongol. Nada más se conoce de esta legación.Tales fueron las proyectadas legaciones pontificias. Ahora iban a comenzar las legaciones reales por parte de Luis IX de Francia. Las llevarían a cabo sin resultado el mismo Andrés de Longjumeau y dos compañeros más, Guillermo y Juan de Carcassona. Pero lo que no obtuvieron los legados reales, lo consiguió el franciscano Guillermo de Rubruck, quien de 1252 a 1255 estuvo en la corte del príncipe Sartak, que le envió a su padre el célebre Batú, quien a su vez le envió a la corte del Gran Khan Mangu, en la misma Karakorum. Rubruck era un gran observador y pudo dejarnos una interesante relación de su viaje a la corte del Gran Khan. Es cierto que no llevaba comisión alguna oficial, pero pudo recoger interesantes noticias, que habían de contribuir grandemente a las futuras misiones. Había llegado el tiempo de abandonar el método de las legaciones para dejar paso a las verdaderas misiones apostólicas. Podía hacerse tanto mejor cuanto que el gran Imperio mongol había quedado ya definitivamente repartido en los cuatro reinos dichos, y había perdido mucho de su primitiva arrogancia. Como consecuencia de la nueva política religiosa, se establecieron cuatro misiones: la de Persia, encomendada a los dominicos, que floreció durante casi un siglo, pero cayó al fin en poder de los mahometanos; la de Kiptziak, encargada a los franciscanos, que se extendía al N de los mares Negro y Caspio, entre Hungría y los Urales, y fue la más floreciente de todas la de Turquestán, que tuvo poca importancia; y la de Kathay, donde se hizo famoso Montecorvino (v.).En la actual M. se reanudaron los intentos evangelizadores en el s. xvili por jesuitas, lazaristas y sacerdotes chinos de la misión franciscana, quienes realizaron su labor casi exclusivamente entre la población de origen chino refugiada en M. Desde 1864 se encargaron de la región los misioneros de la Sociedad belga del Inmaculado Corazón de María de Scheut quienes se dirigieron también a la población propiamente mongola. Pero toda esta labor, que cuajó en el establecimiento de varios vicariatos apostólicos se realizó casi exclusivamente en la M. Interior, es decir, en el territorio de M. incorporado después a China. En la M. Exterior (el actual país independiente de M.), se estableció jurídicamente desde 1922 la misión de Urga, pero habiendo caído ese territorio bajo la esfera de influencia soviética, los misioneros no pudieron entrar en el país. Así, pues, en la actualidad subsiste jurídicamente la misión de Urga, pero su existencia no pasa de nominal.A. SANTOS HERNÁNDEZ.
BIBL.: A. VAN DEN WYNGAERT, Sinica Franciscana, I, Legationes et Missiones, 59-90; E. DUPEYRAT, Dame Pauvreté chez les mongols, París 1939; P. PELLIOT, Les Mongols et la papauté, "Rev. de I’Orient chretienil, 3-4 (1922-24); G. SORANZO, 11 papato, 1’Europa cristiana ed i Tartari, Milán 1930; J. LEYSSEN, The Cross over China’s wall, Pekín 1941.
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