Modigliani, Amedeo
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Biografía GER
Vida. Pintor y escultor italiano, n. en Liorna el 12 jul. 1884, m. en París el 25 en. 1920. Judío por partida doble, era hijo de Flaminio Modigliani, comerciante en carbones y leñas, primero próspero, luego arruinado, y de Eugenia Garsin, descendiente de judíos españoles cuyo primitivo apellido era Espinosa o Spinoza, y hasta se ha creído que parientes del ilustre Baruch Spinoza. Datos ciertos de este origen español son el uso en la familia Garsin hasta tiempos no lejanos del idioma ladino y la constancia de que el bisabuelo de M. aún se hacía llamar José, y no Joseph, en la Marsella donde vivía. Ha parecido conveniente comenzar esta biografía estableciendo el origen sefardí del artista, según los datos proporcionados por su hija, porque aún se advierten en M. otros ecos españoles. Las noticias inmediatas son, a la vez, tristes y monótonas. M., que cursa el bachillerato en el Instituto de Liorna, cae enfermo de pleuresía a los 11 años, de tifoidea complicada con proceso pulmonar a los 14, y de brote tuberculoso a los 17. Pese a su mala salud, concluye sus estudios secundarios y los de pintura, seguidos sucesivamente en las escuelas de Bellas Artes de Liorna (1898), Florencia (1902) y Venecia (1903); en realidad, este aprendizaje poligeográfico no le hará sino bien, convirtiéndole en total pintor italiano.Pero como no era a la sazón ninguna ciudad italiana la que discernía honores máximos, y sí París, allí aterriza Amedeo -Dedo para los suyos- a comienzos de 1906, acogido en sus primeros pasos por el pintor mexicano Ortiz de Zárate. Se instala de momento en una casa del maquis de Montmartre, y luego en la Place Clément, pero dando a su madre la dirección del que había de ser célebre Bateau-Lavoir de Picasso, Van Dongen y Juan Gris. Asiste a las clases de la Acad. Colarossi, trabaja, supera sus dudas, en 1907 se afilia a los Independientes, y, al año siguiente, presenta en dicho salón su cuadroLa judía, todavía no expresivo de su estilo definitivo, pero ya obra importante. Y en el mismo año traba amistad con su primer mecenas: el Dr. Alexandre. En 1909 conoce a Brancusi (v.), y seguramente por su influjo, concede preferencia en su labor a la escultura, y trabaja en este arte en Carrara. Continúa tallando y esculpiendo en 1911, pero, se ignora por qué razón, en el mismo tiempo se inclina decisivamente a la pintura; el segundo retrato del Dr. Alexandre de ese año pertenece ya de lleno al estilo modiglianesco destinado a ser prototípico y característico, esto es, el del verticalismo acusadísimo, el de la proporción de dos tercios del modelo y el de la estilización lineal de las facciones.Hay escasa noticia de su actividad durante 1912-13, parece que deja transcurrir el verano de éste en su ciudad natal. Los datos siguientes se refieren a sus relaciones con una mujer muy seductora, La Quica, posiblemente de origen español, y que debió iniciarle en el uso y abuso de la cocaína, y con la poetisa inglesa Beatrice Hastings. Por lo demás, M. ha cambiado su antiguo alojamiento por otra en la Place Emile Goudeau, 13. Tras algunas contradicciones estilísticas, diríamos que es en 1916 cuando se afirma plenamente en su estilo personal, y el retrato de Max lacob, de dicho año, es pieza importante del aserto. En 1917 conoce a la pintora Jeanne Hébuterne, católica, que será su esposa no sin gran repugnancia por parte de la familia de ésta. En 1918 hace M. una exposición en la Galería Berta Weil. En ese año y en el siguiente, pasa una temporada en Niza con la familia Survage. En 1919 cambia su domicilio a la rue de la Grande Chaumiére y tiene una hija de Jeanne Hébuterne. Poco más hay que narrar, y sumamente infortunado, como es su fin. Un día, Kisling y Ortiz de Zárate le encuentran en cama, grave de tuberculosis, de pésima alimentación, de alcohol y de drogas. A su lado, Jeanne Hébuterne, embarazada de nueve meses. Por toda la estancia, botellas de vino vacías y latas de sardinas abiertas. Precipitadamente, conducen al enfermo al Hospital de la Caridad, y no tarda en morir. Al día siguiente, 26 en. 1920, Jeanne se suicida, arrojándose desde un quinto piso. "Enterradle como a un príncipe", telegrafió su hermano desde Roma. Y con razón, porque era uno de los príncipes del arte de nuestro siglo.Obra. En primer lugar, el espectador que sólo Conozca sus pinturas mediante reproducciones, por excelentes que sean, y no de visu, de ningún modo puede cerciorarse de la calidad de superficie y pasta de color de la obra modiglianiana. Hay que admirarla, sentir la voluptuosidad, la riqueza, el aterciopelado de esos óleos que tanta relación guardan con los de los venecianos del s. XVI, y tan sólo sin ese elemental requisito puede parecer el opus de Amedeo reiterado o falto de interés: Es cierto que, excepción hecha de los preciosos desnudos femeninos -extraordinario el de ca. 1917, en la colección Mattioli, de Milán- casi todos sus cuadros son retratos frontales, unipersonales, rarísima vez con más de una figura -pero, dentro de esa rareza, Marido y mujer, de 1915, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York- estilizadísimos, puede ser que a veces difícilmente identificables con los personajes que les dan título. Max Jacob, Paul Guillaume, Chaim Sutine, Juan Gris, Leopold Survage, etc., rezan los títulos, y por cierto que ante todos ellos ha usado de la máxima libertad compositiva imaginable; pero se olvida que cada uno de tales retratos, supuestos o ciertos, es siempre un amorosísimo estudio de una personalidad humana, y todos ellos, la recreación de un mundo que no podía presentarse de otro modo ante su maravilloso deseo de perfección propia.En determinado sentir, se repite el caso de las aberraciones estilísticas de Domenico Greco, por ningún caso más recusables en M. Su color, su prodigioso sentido de la línea, su ternura siempre presente, acaso un pesimismo típicamente hebreo, colaboran en la seducción de estas figuras admirables que hace tiempo alcanzaron la consagración y aceptación universales. Será normal preguntar si sus esculturas merecen la misma estimativa; pero incluso en el momento en que M. pareció optar por este modo definitivo de expresión, resultan ser otra cosa: la estilización vertical que, ayudada por la suntuosa paleta, se hace tan grata en la pintura, adolece en el bulto de una cierta dureza arqueológica, dórica, preática, ciertamente mediterránea, mas un tanto lejana para el perfecto admirador del gran pintor que fue M.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: Importa recomendar, en primer lugar, el libro de su hija J. MODIGLIANI, Modigliani sans légende, París 1961. Las monografías son muchas: importante, la de C. Roy, Modigliani, Ginebra, 1958. Es muy abundante la bibl. menuda. Biografías en español: F. RusSOLI, Modigliani, Barcelona 1964; C. PAVOLINI, Modigliani, México 1966.
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