Moderna, Edad IV. Literatura. LIT.
Categoria:
Literatura
Desde su asimilación de la lírica provenzal (v.), unida a su no desaparecido clasicismo (v.), Italia había ido gestando (coetáneamente al desarrollo medieval de las grandes literaturas románicas), el concepto y las formas que generarían la literatura moderna en Europa. Cuando Petrarca (v.), en los albores del s. XIV, abre la puerta del Renacimiento (v.) europeo, aún, en Castilla, el arcipreste de Hita (v.) vive con el mester de clerecía (v.) su fabuloso medievalismo. O cuando, en el s. XVitaliano, la fusión de un humanismo filosófico y una renovación poética cristalizan en el mundo luminoso de un Poliziano (v.), España aprende aún la lección que comenzada a finales del s. XIV en las letras catalanas, se condensó en la corte de Alfonso V y, prolongada a los Reyes Católicos y Cisneros, había culminado (estamos entrando en la E. M.) en la creación de la Univ. de Alcalá (1508), la edición de la Biblia Políglota (1517; v. BIBLIA VI, 9) o la Gramática (1492) de Nebrija (v.).Del Renacimiento al barroco. Sin embargo, Francia aún esperará el mecenazgo de Francisco I para crear el Collége de Frunce (1529), síntoma de una iniciación, no de una cima evolutiva. De tal manera que Guillaume Budé (1467-1540) es más un comienzo que una culminación, frente a sus tres grandes coetáneos, cumbres del humanismo europeo: Tomás Moro (v.), Luis Vives (v.) y Erasmo de Rotterdam (v.), destinado este último a remover ideológicamente las raíces del cristianismo en Europa. Y la distinta cronología de esa aclimatación humanista (V. HUMANISMO) -XIV italiano; XV español; XVI francés y, sólo incipientemente, inglés- marcará como consecuencia la distinta cronología de su trasmutación literaria.Así, a un escritor de opulento renacentismo sensorial, pero en la línea descendente del clímax petrarquista, como Sannazaro (v.), corresponde un poeta español, deasimilación renacentista, Garcilaso (v.), frente a los atisbos formalistas del francés Clément Marot (v.) y el estallido vivencial de Rabelais (v.), o la mediocridad de los ingleses Wyatt y Surrey, en los que la poesía italianizante es aún moda superficial y no concepto generador de vida, arte y literatura. Mientras, Alemania, salvo esporádicos brotes humanísticos, sigue su concierto de Meistersingers, hasta el pleno barroco europeo (v. MEISTERGESANG).Dentro de este distinto proceso evolutivo, los escritores europeos parecen marchar unidos hacia un ideal estético común, de origen italiano y clasicista. Ahora bien, este europeísmo cultural lleva también en su seno el germen de poderosos nacionalismos, que determinarán la defensa de las lenguas nacionales, como sintomático fenómeno del periodo. La llamada questione della lingua toma en Italia un cariz petrarquista con Pietro Bembo (v.) o cortesano con Castiglione (v.). Pero, de manera análoga, Juan de Valdés (v.) y fray Luis de León (v.) en España, o Du Bellay en Francia, exaltan un uso lingüístico que aspiran a convertir en norma. Hasta Lutero (v.), si bien movido por determinantes aliterarios (en su repudio del latín como vehículo de la Iglesia de Roma), aboga y lucha por el alemán.En consecuencia, en Europa comienza a tenerse conciencia de unas literaturas nacionales, como reflejo acaso de un sentir y unas preocupaciones políticas que, aunando el canon clasicista a un problemático presente, inspirarían la obra de Nicolás Maquiavelo (v.). O que determinaría el paso, años después, de la poesía épica caballeresca (que Ariosto, v., consagra al iniciarse el siglo) a las patrióticas realizaciones de La Araucana (1569), Os Lusiadas (1572) o La Franciade (1572), en etapa previa al ecumenismo contrarreformista del poema heroico de Torquato Tasso (v.; 1575) (V. ERCILLA; CAMOENS; RONSARD).De la autonomía lingüística y el asincronismo de los movimientos, se deriva un complejo panorama. España, que cierra su periodo humanístico y posmedieval con La Celestina (v.), se abre tempranamente al Renacimiento (v.), desde el italianismo clasicista de Garcilaso al intimismo premístico de fray Luis de León o al neopetrarquismo de Herrera (v.). Se nacionaliza con Montemayor la novela pastoril, que se proyecta a Honoré d’Urfé y Sidney (v.), paralelamente a la difusión europea de Diego de San Pedro (novela sentimental) o el Amadís (v.) (novela de caballería), como tres géneros novelescos, aclimatados en España y que ésta vuelve a situar en el contexto europeo.Pero sacudida por resortes espirituales y religiosos profundos e incorporando a su nacionalista Renacimiento básicos elementos medievales, aparece en España una rica literatura espiritual y mística que, de mano de Santa Teresa (v.), deja de nuevo su impronta en Europa, a la vez que alcanza la cima poética de la lírica de S. Juan de la Cruz (v.). O con resortes estructurales del lejano Lucanor (v. JUAN MANUEL), crea con el Lazarillo (v.) la novela realista moderna. Tras los pasos de este pícaro, cronológicamente renacentista, surge al declinar el siglo Guzmán de Alfarache (v. ALEMÁN, MATEO), contrarreformista y en vías de angustia existencial; pero ya en un momento en que junto a nuevas estructuras sociales se forjan nuevos cuños literarios.Tal vez el relativo retraso de Francia, en este movimiento evolutivo, sea la causa de su peculiar desarrollo. Los primeros contactos petrarquistas son ya las plenas realizaciones de la école lyonnaise, haciendo coincidir el periodo de aclimatación con el de nacionalización, hasta fundirse en la dogmática y apresurada postura de la Pléyade (v.; Ronsard tiene 12 años cuando muere Garcilaso en tierras francesas). Hay que quemar etapas en el aprendizaje del Renacimiento, al igual que el padre de Montaigne (v.) sustituyó el francés por el latín en la educación del futuro autor de los Essais. Pero con el apasionamiento de conversos, cuando hacia 1580 ó 1590, en Italia, España e Inglaterra se deriva hacia formas manieristas (v. MANIERISMO II) o hacia pensamientos barrocos, escritores franceses se atrincheran en un clasicismo (v.) opuesto al s. xvii europeo, que cristaliza en la segunda mitad de la centuria y que harán triunfar en Europa a comienzos del xviii con el nombre de neoclasicismo (v.).Primero, serán los grandes teóricos del racionalismo (v.), con Descartes (v.) inaugurando escuela. Después Boileau (v.) impondrá su norma, vigente en casi cien años. Y si bien en el racionalismo naufragará la lírica francesa del s. xvii (sólo reaparecerá con grandeza en el romántico Chénier, v.), de entre’ un bloque de didactismo surge el mundo psicológico de Mme. de La Fayette (v.) y un espléndido teatro: Corneille (v.), Mohére (v.) y Racine (v.), racionalizando, en ocasiones, y transformando en arquetipos los vitalistas personajes de la comedia española anterior.Porque paralelamente a esa espléndida metodización, en España e Inglaterra (frente a un manierismo italiano de poca resonancia), se supo construir una literatura barroca de proyección intemporal: Cervantes (v.) y Shakespeare (v.) colocan, respectivamente, los más fuertes pilares de la novela y el drama modernos.En ambas literaturas, el barroco (v.) es mucho más que un problema de formas. Góngora (v.) o Milton (v.), tan dispares, puede parecer que se evaden de la problemática existencial de su momento. Pero para los poetas metafísicos (v.) ingleses, o para Lope de Vega (v.) o Quevedo (v.), la poesía es expresión liberadora de lo humano individual. Y Shakespeare, Lope, Tirso de Molina (v.) o Calderón (v.), invisten a sus personajes de todo un sentir humano, testimonial y atemporal a la vez, hasta crear, no arquetipos sociales, sino los nuevos grandes mitos de la literatura occidental: Hamlet, Otelo, Macbeth, don Juan (v.), Fuenteovejuna, o Segismundo, se alinean con Ayax, Edipo o Fedra, en interminable generación mítica intemporal. Tal vez, sólo Fausto (no tardaría en llegar) esperaba su turno en el concierto. Y junto a ellos, Don Quijote (v.) y Sancho iniciaban en su recorrido el de la novela moderna en el mundo (como años después los gracianescos Andrenio y Critilo iniciaban su marcha hacia el s. xvin europeo y el xix filosófico alemán; v. GRACIÁN).Hacia el romanticismo. Pero en el vaivén de las ideologías, el ejemplo francés se alza sobre los últimos y ya degradados ecos de las realizaciones barrocas. Los españoles pierden su papel directriz europeo, como años antes lo perdieron políticamente en Westfalia. En el s. XVIII, anodino y mediocre, se camina sin vuelo hacia el romanticismo (v.). Tampoco en Italia, la cuna del clasicismo, se es muy feliz literariamente dentro de la Enciclopedia y la Ilustración (v.). Goldoni (v.) o Parini (v.), como L. Fernández de Moratín (v.) o Jovellanos (v.) no brillan en un contexto universal. Frente a ellos, en Inglaterra, en la huella cervantina, se colocan las bases, con Defoe (v.), Richardson (v.), Fielding (v.) y Sterne (v.), de la narrativa inglesa moderna que, tras el prerromántico fin de siglo de Jane Austen (v.), contribuye a generar la gran novelística del s. xix inglés y europeo. (Incluso la sátira, como en Swift, v., se refugia en lo narrativo).Y, sin embargo, en este vaivén, una nueva sensibilidad va surgiendo en Europa. Frente al racionalismo de un Voltaire (v.), el sentimentalismo roussoniano. La moda anacreóntica se torna cada vez más lacrimógena. Se vuelve a las brumas célticas con el falso Ossian y al idilio con Gessner. Los sepulcros irrumpen como tema poético, en la popularización de Young. Paralelamente a las letras, el libre jardín inglés sustituye al geométrico Versalles. Y cuando Rousseau (v.) quiere escribir una novela doctrinal convierte a su Héloise en una explosión pasional, y su filosofía de la naturaleza se eleva a símbolo romántico en manos de su discípulo Bernardin de Saint-Pierre (v.).Es el gran momento alemán. La tensión neoclasicismoromanticismo aboca a un Sturm und Drang que es teoría y práctica en los nombres de Lessing (v.) y Schiller (v.). Y aunque Goethe (v.) quiere retroceder para ordenar el mundo en sistemas de razón, el joven Werther pasea su suicidio por una Europa nueva, una Europa en donde el estallido romántico de la Revolución francesa quería sepultar las normas y los preceptos del mundo anterior.V. t.:LosartículosrespectivosdeLiteraturaencada país.M. P. PALOMO VÁZQUEZ.
BIBL.: M. DE RIQUER y 1. M. VALVERDE, Historia de la Literatura Universal, II (Del Renacimiento al Romanticismo), Barcelona 1958; v. las obras de Historia de Literatura, universales y por países.
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