Moda
Categoria:
Cultura
La palabra procede del latín modus, que significa "medida", con todas sus consecuencias de union de elementos dispares, equilibrio de ritmos diversos, armonía en el ámbito lógico, matemático, estético y de las costumbres. La Real Academia española ha definido la m. como el "uso, costumbre, modo que está en boga en determinado país, con especialidad en trajes, telas, y adornos". Aunque existen también m. en el campo de la cultura, del arte, de la política, etc., aquí nos fijaremos en la acepción más común y representativa: la m. en el vestido.Fue en Francia donde se dio un serio viraje al término m., en el s. xvii, al cambiar al femenino el modo clásico. "Le mode", pasa a ser "la mode", posiblemente para contrarrestar la tendencia masculina al hieratismo, dándole con lo femenino, por el contrario, un aire de flexibilidad, de capricho, de amor a la variación. La m. desde ese momento pasa a ser una realidad esencialmente voluble, y es en esa característica, su volubilidad, donde estriba su gracia. Porque la esencia misma de la m. es su existencia, ya que es una realidad que vive fundamentalmente del valor de la novedad como novedad.Junto a este aspecto, en apariencia frívolo, de lo cambiante como valor, la m. es un hecho eminentemente expresivo de la personalidad del ser humano puesto que supone una cierta manera de expresarse el hombre en su entorno social, en su trato con los demás hombres, incluso en su forma de habérselas consigo mismo, de relacionarse con su propio ser. Anatole France, centrándose más en la m. referida al vestir, decía que, si él volviese al mundo un siglo después de su muerte, y sólo pudiese ver un libro para situarse en qué momento estaba, pediría una revista de modas. Dato significativo que refuerza la afirmación de que m. es expresión, comunicación, arte.Historia. Moda y civilización. La historia de la m. es tan antigua como la historia del traje, ya que, desde que el hombre descubrió que los vestidos podían ser una protección contra las inclemencias del tiempo, tuvo en cuenta el aspecto estético de los mismos. Se puede hablar, con propiedad, por lo menos, de cuatro . mil años de historia de la m., y empezar a investigar sobre ella a partir, p. ej., del Alto Egipto. A lo largo de estos 40 siglos veríamos desfilar ante nuestros ojos las más variadas formas de vestir en hombres y mujeres, desde los Faraones a nuestros días, pasando por Babilonia y Nínive, Atenas y Roma, Bizancio, la caballería, las cruzadas, la España imperial, Inglaterra y en el puritanismo de su Imperio, la Reforma, el Siglo de Oro francés, y los hippies del s. XX. Al hojear, en un recorrido simbólico, las páginas de esta historia universal, se llega a una serie de conclusiones notables. La priméra es que ninguna historia como la de la m. en el vestir, revela tanto las profundas pulsaciones humanas, y lo que hoy diríamos, sus motivaciones: para el hombre, casi siempre demostrar su virilidad; para la mujer, su encanto. Otro dato curioso y significativo es que en aquellos primeros siglos, la m. era más bien propia de hombres. La mujer, salvo en contadas excepciones de matriarcado y predominio, ocupaba en la vida y, por tanto, en la m., un papel muy secundario. Y por fin, se descubre que la m. ha sido siempre un medio indiscutible de diferenciación social y jerárquico. La historia de la m. empieza a orillas del Nilo con hombres que llevaban una piel de leopardo si eran sacerdotes, o una mitra blanco o roja, si se trataba del rey. Es el mismo hombre que, a lo largo de los siglos, se ha cubierto con sombrero de copa o tricornio, con plumas o con pelucas, con el fin de dar a su figura un aspecto de dignidad y nobleza, y para hacer destacar su categoría social.La m. tiene gran relación con diversas manifestaciones culturales, políticas y socio-económicas de la vida humana. En el arte, especialmente en la pintura y la escultura, ha quedado plasmada la historia de la m. Hay épocas en las que los pintores buscan favorecer tanto los trajes como las personas. Basta recordar la calidad de los tejidos pintados por los artistas del Renacimiento italiano; la forma de tratar los vestidos en Rubens y Ticiano, en los pintores de corte españoles, o en los retratistas ingleses. Los escultores de todos los tiempos desde el genio anónimo que consiguió la Victoria de Samotracia, a Miguel Ángel con su Pietá han dado a los pliegues, las túnicas y los mantos de sus obras, la misma importancia que a los rostros.La evolución social está también marcada por la huella de la m. De un modo o de otro, los trajes que se llevan están influidos por la tradición y por los acontecimientos de cada época. Bajo la guillotina de la Revolución francesa, no cayeron solamente las cabezas de los nobles, sino las pelucas que les adornaban. A partir de aquel momento quedaron abolidas por ser el símbolo de un tiempo barrido por la historia. Con sólo dos siglos de diferencia, en la segunda mitad del s. XX, hemos visto la aparición de otra prenda de signo opuesto: entre la gente joven de cualquier condición de vida, se ha impuesto el pantalón vaquero -que nació como traje de trabajo resistente, sufrido y asequible de precio-, y se ha convertido en el símbolo de una actitud frente a la vida. Lo que encierre esa m. de mimetismo y de uniformidad, queda compensado en toda una generación, por la fuerza de adhesión a una ideología. Todo está en la misma línea, y nos lleva a idéntica conclusión: la ropa que lleva el hombre tiene un sentido, revela una actitud interior.La m. tiene también puntos de contacto con la política. A lo largo de varios siglos -nos centramos ahora en la historia de Europa y en la Edad Moderna- se observa que un país ha ejercido una influencia sobre los países vecinos en cuanto a la m. de vestir se refiere, paralela a un predominio político y económico. Bastan tres o cuatro ejemplos: la contribución máxima de Italia a la m. tiene lugar en el Renacimiento, cuando Florencia y Venecia son los ejes del comercio del Mediterráneo con Oriente. Poco después, a principios del s. XV, el ducado de Borgoña se sitúa en cabeza de la m. de Europa. Es la misma época en la que Gante, Brujas e Ipres son las bases comerciales fuertes del ducado. La industria de la lana está en su apogeo en Flandes, y, en Ipres, se celebra un Salón del Vestido de enorme fama. Con la derrota de Nancy, Borgoña pierde la supremacía política y con ella automáticamentela de la m. En el s. XVI España ocupa su puesto a la cabeza de Europa, y es España la que entonces dicta la m. El color dominante -dicen las crónicas- es el negro, al que rinden homenaje los gobernantes y súbditos de un Imperio en el que no se pone el sol.A partir del s. XVII, con el de la decadencia de España, la balanza del poder se inclina hacia Francia. Con su Siglo de Oro, París se hace con la antorcha de la m., que ya no pasará a otras manos. Los reyes franceses, desde Luis XIV a Napoleón III, acogieron con gran interés todo lo relacionado con la m. Como dato curioso, el Gobierno francés sigue protegiendo a la Alta Costura como un vehículo de prestigio internacional.En el otro lado del Canal, Inglaterra inicia la competencia política, y, por supuesto en la m. Pero si en política el Imperio Británico le hace sombra al francés, en la m. no corre la misma suerte. Londres lleva las riendas por otra dirección. París siempre ha sido fantasía e imaginación. Londres lo práctico y deportivo. Londres, tradicionalmente ha vestido a los gentlemen. París a las mujeres más elegantes del mundo.Las páginas de la historia de la m. nos hablan por fin de la economía de los distintos países. Esta historia va unida a las rutas de la seda, del algodón, del encaje, del tricot, de las fibras químicas. Es la historia textil anterior al maquinismo; una historia que nos describe pasos de importancia capital para la historia del vestir, y para la economía del mundo. En el s. XIV se inventa la aguja de acero. Hasta esa fecha no existían trajes cortados ni cosidos. La única posibilidad eran las túnicas sujetas con broches y cinturones. El s. XV aporta la máquina de tricotar y con ella la malla, que hace posibles las medias. En el s. XIX se descubren los tejidos impermeables. Y en el XX, con el hallazgo de las fibras sintéticas y artificiales se inunda el mercado con trajes inarrugables y fáciles de lavar. Es quizá la gran revolución dentro de la m.La moda femenina. En el s. XIX, a partir del lanzamiento de la primera casa de Alta Costura, Worth, la m. queda definitivamente fijada como algo referente al vestido femenino. Se abre también en este momento, lo que se ha llamado el Siglo de Oro de la elegancia: de 1868 (Worth) a 1968 (Balenciaga).Charles Frederic Worth, inglés de nacimiento, llega a París con 20 años, sin conocer el idioma y con 117 francos en el bolsillo. Empieza a trabajar en la costura y, quince años más tarde, su mujer le facilita una entrevista con la duquesa de Metternich, una de las mujeres más elegantes de Europa en aquella época. La Duquesa, entusiasmada con el modisto, le pone en contacto con la emperatriz Eugenia de Montijo. Este detalle le convierte en "el rey sin corona" de la m. parisina. Poco después entre su clientela se cuentan nueve reinas. Como detalle revelador de su trabajo, Worth realiza a la Emperatriz, para la inauguración del Canal de Suez, 150 modelos exclusivos. El éxito que alcanza, le lleva a organizar los primeros desfiles de modelos. Es en su casa donde pasan las primeras maniquíes vivientes, ya que hasta ese momento los vestidos se presentaban sobre muñecos. Los desfiles se repiten en las distintas cortes europeas: Viena, San Petersburgo, Madrid.Worth abre un camino que siguen durante cien años tantos modistas geniales: Poiret, Doucet, Patou, Jaques Fath, Balmain, Givenchy, Madame Grés, Lanvin, Elsa Schiaparelli, Nina Ricci, Yves Saint Laurent, Courréges Ungaro y otros muchos que desde París han dictado la m. al mundo entero.Hay, sin embargo, entre ese conjunto de figuras algunos nombres que vale la pena destacar por su aportación definitiva en este terreno.Cocó Chanel. Es quizá una de las modistas que han dejado una huella más definitiva en la evolución de la m. Empieza en 1914 como sombrerera, y abre su casa de Alta Costura en París en 1919. Se da a conocer muy pronto por una intuición genial que le hará mundialmente famosa: comprende que en el s. XX la verdadera elegancia sólo se puede conseguir con sencillez y libertad de movimientos. Hasta ese momento la moda encorsetaba a la mujer, y la vestía de forma complicada. Ella lanza su propio estilo -faldas souples, blusas, trajes de chaqueta-, que se ha consagrado en el mundo como el estilo Chanel. Una forma de vestir hecha de simplicidad, armonía, descomplicación. El secreto de su triunfo estriba en que, al crear sus modelos, piensa en la mujer normal. Ella misma era su mejor maniquí y su máxima aspiración fue siempre realizar su belleza. Era la única artista de la alta costura francesa que al diseñar una colección pensaba más en quien iba a llevarla -la mujer- que en su propio éxito. Por eso fue genial. Por eso su muerte en los primeros meses de 1971 causó gran impacto. Son elocuentes las declaraciones de otros grandes de la costura francesa, con los que ella no solía estar de acuerdo: "El estilo Chanel no puede desaparecer. Desgraciadamente era la única". "Chanel es un monumento inmortal. Era fabulosa. Nunca dejó de crear maravillosos modelos de un gusto delicado". "Su influencia permanecerá en todas partes mientras se conciba la moda femenina". "Chanel fue la modista más influyente del s. XX". Homenaje merecido. Porque Cocó Chanel tuvo una idea clara de la mujer y de su feminidad a la que nunca traicionó. Como desafío frente a lo que nada tiene que ver con la m., había declarado antes de morir: "La moda tiene que hacer sonreír y no reír. Tiene que ser racional. La moda tiene que ser gracia y no imbecilidad".Chanel es un nombre definitivo, además, porque tuvo de la m. una idea democrática, revolucionaria en su época: decía que si no llega a extenderse a la mayoría, una m. no ha triunfado. En cierto modo es la precursora del "pret-á-porter".Christian Dior. Nace en Granville en 1905. Empieza con Robert Piguet y Lucien Lelong, con quienes trabaja unos años, hasta que se instala por su cuenta. Su gran éxito que le coloca entre los inmortales de la Costura es su colección de primavera el año 1947, que lanza con el título de "New look". Otro golpe de genio, consecuencia de haber sabido traducir en una línea la aspiración de la mujer. En su libro Soy modista explica la razón de su triunfo: "Tenemos tras de nosotros -dice- un pasado de guerras, de uniformes militares, de mujeres en los frentes, con los grandes hombros pertrechados como soldados. Yo he diseñado mujeres que parecen flores, con hombros ligeramente caídos, talles delgados como rosales y faldas que se despliegan como los pétalos de las flores".Su éxito imponente demostró que había dado en el clavo captando la necesidad y el espíritu de su tiempo. La fama de Dior se mantiene en la cumbre la década de los 50, lanzando líneas que cada temporada dan que hablar: la línea H en 1954, la Y en 1955. Dior muere en Niza de un ataque de corazón en 1957. Yves St. Laurent y Marc Bohan han mantenido su nombre y el prestigio de esta casa.Cristóbal Balenciaga. Nace en Guetaria y muere en Valencia, aunque Francia ha considerado como suyo a este gran creador de m. En 1937 abre su casa deAlta Costura en París, y la cierra en 1968, poniendo punto final, con este hecho, al siglo cumbre de la elegancia. Sus trajes tuvieron el sello inconfundible de una elegancia severa, de un clasicismo incomparable. Sus colores, también tipificados y extremos, fueron el negro y los claros brillantes para noche. Fue el modista que con la tela hizo arquitectura.También a su muerte sus mejores amigos, los modistas franceses, demostraron un profundo respeto y una gran admiración hacia este maestro: "Yo que he tenido el gran privilegio de conocer a Balenciaga he sabido desde siempre que era el más grande modista. Ha sido el que más he admirado entre todos y el mejor de mis amigos. No sólo fue un modista genial sino que también fue un hombre auténtico, humano y sincero como jamás he conocido", dijo Givenchy. "Trabajé seis años con él y admiro todo de él. Balenciaga me ayudó a conocer y comprender mi trabajo, pero también el sentido de la vida. El rigor de la disciplina, el silencio. Le debo todo. Estar a su lado, verle trabajar era una continua enseñanza. Dominaba todos los problemas de una colección con una exigencia profunda y una simplicidad enorme", comentó Ungaro. "Lo que me encantaba de Balenciaga era su elegancia sobria, el negro ultranegro, de sus colecciones, su locura ultraclásica, y como contrapeso la aparición de un traje de una pureza juvenil, sus famosos sastres, o sus suntuosos vestidos de noche, tan a lo `Goya’", declaró Patou.Evolución de la moda. Cambio radical del s. XIX al XX. Si la m. es un reflejo de la sociedad y del tiempo en que vivimos, si el creador de m. es un intermediario para que el espíritu de cada época encuentre su expresión, es natural el cambio que la m. ha sufrido entre el s. XIX y el XX, parejo al de la civilización.El siglo de la Alta Costura funcionó con el siguiente esquema: un genio a la cabeza de una casa famosa, que, con un buen equipo de mano de obra especializada, plasmada en modelos únicos sus ideas. Todo en aquel sistema era exclusivo: tejido, color, armonía, elegancia y clientela. La Alta Costura tiene su público en un primer momento: la aristocracia. La cultura también es para elites, que se reúnen en salones literarios, con los artistas de mayor fama. Es, por otra parte, la época de las Dictaduras; la m. se dicta desde París imponiéndose casi con obligatoriedad de ley.La era del maquinismo y la revolución industrial, empiezan por su parte a dar un tinte absolutamente opuesto a la sociedad, aportando una nueva escala de valores. Es un enfoque diferente de la vida que afecta, por supuesto, a la fabricación de vestidos y a la forma de vestir que, inmediatamente, repercute en las formas sociales.Son varios los factores que dan lugar al cambio radical en la m. Con la revolución industrial, llega la fabricación en serie. Pronto se habla del imperio del dólar, que orienta la brújula del mercado hacia Estados Unidos, con lo que ese giro entraña de nuevos gustos, de una concepción de la vida mucho más práctica y dinámica. Todo en una hora histórica, en la que la mujer empieza a jugar un papel diferente en la vida profesional.La sociedad de consumo da los primeros pasos. Su sistema de producción en serie y de creación de necesidades encuentra un gran aliado en el mundo esencialmente cambiante de la m. La consecuencia es que la m. del vestir como las máquinas recién inventadas, empieza a correr, inundando los mercados de continuas novedades. Un buen montaje publicitario y, el despliegue de los medios de opinión, captan el interés de los compradores. Se agotan las armas para colocar el exceso de producción. Esto abarata el producto y le da un matiz opuesto a lo que siempre fue: la m., como la sociedad en general, se masifica; ya no es de elites, se ha hecho también democrática. Los "últimos modelos" de París, del dominio exclusivo de las cabezas coronadas o de las grandes fortunas hasta hace pocos años, como las neveras o el coche utilitario, son asequibles a la mayoría.La década de los 70: La moda actual. Corren aires de que la Alta Costura se viene abajo. Que el "pret-á-porter", más de acuerdo con la época, la anula. Que la m. se hace en la calle. Que los jóvenes piden otra cosa. ¿Qué hay de verdad en todo ello? ¿Qué ocurre realmente? Vamos a analizar este cambio, contrastando algunas características de la m. como elemento humano en una y otra época. Luego veremos qué ocurre en el terreno comercial.1) Antes, la m. tenía un sello de madurez y de elegancia. Ahora es una m. joven. M. para todas las edades, atrevida, "contestataria", menos formal.2) Antes se exigía la calidad, como uno de los elementos más valiosos de los trajes que formaban incluso parte de las herencias. Los terciopelos y brocados, las incrustaciones de piedras preciosas de los vestidos, venían detalladas en los testamentos. Ahora ha cambiado la esencia de la calidad. Lo que se busca no es que dure de una a otra generación, sino que las telas no se arruguen, que ocupen poco espacio, que quepan en las maletas, que sean muy "ponibles".3) Antes, al vestirse, se pensaba en la armonía, en la belleza, y el encanto. Ahora, en muchos casos, hay quien busca lo extravagante, lo estrafalario, lo que llama la atención. La m., en algunas ocasiones, se ha compenetrado con la corriente artística en la que ha predominado el "feísmo".4) Antes todo en la m. giraba en torno a los modelos exclusivos. Era una artesanía de lujo. Ahora se ha impuesto la fabricación en serie y se busca llamar la atención por otros caminos.5) Antes las m. tenían cierto poso. Duraban una temporada larga, y podían mantenerse por tres o cuatro años. Hoy la m. no sólo es voluble sino que se ha convertido en efímera. Cada línea dura pocos meses. Se acortan las temporadas, y la mujer que pretende ir en vanguardia de las nuevas líneas, acaba al borde de la neurastenia y de la ruina.6) Antes dominaba una línea clara. Se podía definir una tendencia característica cada año. Ahora la m. es un carnaval indefinible, que lleva al desconcierto, y a algunas mujeres al psiquiatra.7) Antes, con algunas excepciones, la m. respetaba la dignidad de la mujer. Ahora, en un cierto sector de la m., dirigido por ideologías de signo materialista y ateo, se tiende a olvidar, e incluso a desterrar los verdaderos valores del hombre. Son corrientes de pensamiento que parten de una concepción despersonalizada del ser humano, por la que el hombre acaba convertido en animal o degradado en cosa.En este aspecto hay una víctima a la que se hace daño si se deja engañar: la mujer. Con una falsa idea de la libertad, hablándola de emancipación y de ruptura de tabúes, se la manipula y se le hace abdicar de sus mejores logros y valores como persona. Hay que convencerse y convencerla que la m. sólo es posible en un ser que funciona con la razón, capaz de elegir lo que quiere llevar, como reflejo de su personalidad. Para ello no puede ignotar, que no nos vestimos sólo "por estar a la última moda". Son otras las razones fundamentales: defendernos de la naturaleza, es decir, en función del ambiente, dejar claro quien somos, y defender nuestra intimidad. Este último punto se llama sentido del pudor, que es, en definitiva, una forma de libertad. Pudor (v.) que significa que el cuerpo es mío, que yo tengo un dominio sobre él. Sentido del pudor y defensa de la propia intimidad que distingue a un ser humano de los animales, que son la pura exteriorización, sin capacidad de misterio, ni la posibilidad, exclusivamente humana, de una entrega selectiva de la propia intimidad (v. MODESTIA).Comercialización de la moda. Cuando Christian Dior intuye a mitad del s. xx que la Alta Costura no puede sostenerse con los cánones antiguos, crea el Imperio Dior: toda una gama de subproductos de los trajes, que se venden amparados por el prestigio de su nombre. Son loss de lo que ocurre veinte años más tarde: los grandes modistas, mantienen dos colecciones cada temporada, en plan orientador de la m. Pero, para subsistir económicamente al ritmo de la vida actual, han creado todos su línea boutique y "pret-á-porter" asequible al gran público, y con una rama de perfumería y accesorios variadísimos. De este modo se han convertido, por una parte en grandes empresas, por otra, en laboratorios de ideas, uniendo de forma perfecta la creación y el aspecto comercial.Pierre Cardin, quizá el modista más representativo de los años 70, ha declarado: "No soy modista. Soy una industria. La moda es para mí la razón de vivir y la posibilidad cada vez más limitada de crear. Hay que adaptar cada idea a miles de hombres y de mujeres". Solución: crear subproductos, que abarcan todo tipo de detalles relacionados con el vestir -cinturones, pañuelos, medias o zapatos, perfumería, e incluso una serie de objetos muy poco relacionados con la razón de su existencia, es decir, con la m.; mantas de coche, chocolates o relojes. Los modistas ofrecen su -nombre a esa industria que tiene asegurado el éxito, apoyada por el prestigio y el buen gusto.Los estilistas. Son quizá las piezas clave de lo que ocurre en la m. de los años 70, y quienes explican que la m. se está haciendo de abajo arriba, es decir, que nazca en la calle. El estilista descubre el gusto que domina entre la gente, en cada momento, y lo que, de acuerdo con el ambiente, puede tener éxito cada temporada. Su labor es más de intuición, de estudio de mercado, que de creación. Es en definitiva quien prepara para la venta un producto, que al ser aceptado, recibe el nombre de m.Esta nueva forma de concebir la m. encierra serios problemas, junto a logros indudables. Se ha conseguido, p. ej., una forma de vestir mucho más natural, y se han abierto al gran público las puertas del buen gusto y la posibilidad de vestirse de forma atractiva y moderna. Sin embargo, el proceso es peligroso, porque de una necesidad personal, vestirse, que incluye una problemática humana y social (convivencia, clima, defensa de la intimidad, etc ...) se ha hecho un montaje económico de enormes proporciones. En Francia, en 1970, el capítulo vestimenta ha supuesto un 12% del total de gastos. Comparativamente, la vivienda ha sido un 15% y los transportes un 11%. En Estados Unidos, las últimas estadísticas han indicado que al año se gasta en vestir 800.000 millones de pesetas.Frente a estas cifras, quienes dominan económicamente la m., tienen una meta: vender. Y, lo que se vende en todos los terrenos -literatura, espectáculos, costumbreses en muchos casos, lo fácil y lo erótico, que ha irrumpido en la sociedad actual. Estas corrientes ideológicas, que se han infiltrado en la m. utilizan a los grandes montajes financieros como vehículos, para lograr sus fines: destruir los valores morales y espirituales de las personas, especialmente de la mujer y, como consecuencia, de la familia y la sociedad.La situación es confusa, pero vale la pena aclararla, volviendo a los estilistas. Cuando ellos hacen un estudio de mercado, para colocar su producto, se encuentran con una jerarquía de valores trastocada, que se refleja, en más de un caso, en una sociedad -su clientela- en la que la anarquía ha roto las compuertas y ha arrasado temas importantes como el buen gusto, el sentido común, el sentido del pudor y de la moral. Los estilistas intuyen el estilo de m. que va a tener éxito en ese ambiente, y lanzan una línea enormemente comercial. Línea que el gran público acepta sin ningún reparo "porque se lleva", "porque es actual", "porque todo el mundo lo acepta". En ese punto, la m. se impone sin reservas, aunque en muchos casos, para quien lo va a usar, suponga un contrasentido notable con su forma de pensar y para la mujer (principal víctima de este episodio) una marcha atrás en el camina que ha emprendido para emanciparse y ejercer plenamente sus derechos como ser humano libre, ya que la m. le hace caer en una tremenda exclavitud. El seguir a ciegas sus dictados supone una absoluta falta de libertad, que acaba convirtiéndola en simple objeto en manos de quienes pretenden manipularla para lograr sus fines.J. B. Torelló, ha llegado al fondo de la cuestión diciendo que "como la moda de nuestro tiempo se ha convertido en objeto de consumo, modistas y diseñadores logran tiranizar a la sociedad entera, la cual, diestramente manipulada, ya no baila al son de la inspiración personal, sino de la música contagiosa de los seductores secretos más arrivistas. La erotización de la m., como la de casi todos los productos de consumo de nuestra época, muestra a las claras que la dimensión sexual de la sociedad contemporánea está desorientada y enfermiza, y esto quizá se deba a que la moda en el ámbito de lo espiritual, aparezca más degenerada y emponzoñada que en ningún otro caso" (o. c. en bibl. 122-123).Conclusiones. 1) Si la m. es reflejo de la vida y de las costumbres, hay que tomar conciencia de lo que ocurre en cada época para no caer en la trampa de colaborar con una situación de caos. Se trata de oponer una resistencia inteligente, a lo que no esté de acuerdo con la personalidad de cada uno.2) El gran secreto de la elegancia estriba en saber encontrar dentro de lo actual, lo que mejor se adapta a nuestro modo de ser y de pensar, a las propias circunstancias y a nuestro papel en la vida.3) Una persona bien vestida, refleja siempre una personalidad equilibrada y auténtica, porque en el campo de la m., como en todos, el mejor síntoma de personalidad y madurez, es el ser consecuente con las propias ideas.V. t.: USOS SOCIALES; MUJER.COVADONGA O’SHEA.
BIBL.: G. MARANÓN, Vida e Historia, Madrid 1937; A. DE FIGUEROA, Modos y modas de cien años, Madrid 1966; L. KYBALOVÁ, O. MERBENOVÁ, M. LAMAROVÁ, Encyc1opedie illustrée de la Mode, Praga 1970; 1. B. TORELLÓ, Psicología abierta, Madrid 1972.
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