Minucio Félix, Marco
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Biografía GER
Apologista del s. II, autor del Octavio, "la perla de la literatura apologética", al decir de Renán. En su obra se presenta él mismo bajo el nombre de Marco (H1,5)Por S. Jerónimo y Lactancio conocemos su nombre completo. El primero escribe: "Minucio Félix, distinguido abogado de Roma, escribió un diálogo donde narra una disputa que sostuvieron un cristiano y un gentil; el diálogo se titula Octavio" (De viris illustribus, 58). Por su parte, Lactancio nos da la siguiente información: "Entre los defensores de nuestra fe que conozco, Minucio Félix ocupa un lugar muy distinguido en el foro. Su libro titulado Octavio demuestra qué campeón tan excelente de la verdad habría sido de haberse dedicado enteramente a esta cláse de estudios" (Divinae institutiones, V,1,21). Parece que era de origen africano. Pagano de educación, debió de convertirse bastante tardíamente al cristianismo
El "Octavio".’ La Apología de M. tiene la particularidad de ser la única que conocemos escrita en latín. Casi toda ella se reduce al diálogo o disputa que, en presencia de M., sostienen el pagano Cecilio y el cristiano Octavio, ambos amigos de él
El diálogo de la Apología se desarrolla en las cercanías de Roma, concretamente en Ostia. Aprovechando el periodo de los tribunales romanos, M. marcha a Ostia en plan de descanso, acompañado de su compañero y colega Octavio, venido de África. Llevan con ellos a un amigo, un tal Cecilio, pagano. La disputa arranca de un incidente que se produjo al pasar delante de la estatua de Serapis: Cecilio, siguiendo el uso pagano, saludó dicha estatua enviándole un beso con la mano. La reacción de Octavio fue viva e inesperada: "En verdad, le dice a Minucio, no es justo dejar abandonado a las aberraciones de una vulgar ignorancia a un hombre que te aprecia y permitirle en un día como este dirigir homenajes a las piedras, sabiendo que con ello te haces responsable como él de su vergonzoso error". Cecilio quedó desconcertado por el incidente, no menos que M., y, llegados al final del muelle, comienza entre ellos una discusión, que bien pronto toma forma de debate: Cecilio actúa de fiscal, Octavio asume la defensa y M. preside como árbitro en el conflicto
Abre la discusión Cecilio y lo hace formulando una declaración de agnosticismo (v.): en las cosas humanas todo es dudoso e incierto, el universo es un enigma y la verdad está más allá de nosotros; hay que hablar más de probabilidad que de certeza. Ignoramos todo lo referente a los dioses; la inteligencia del hombre es tan limitada que no puede conocer ni las cosas de arriba ni las de abajo. En realidad, la intervención de los dioses en el mundo es una quimera. No puede hablarse de una divina Providencia, ni siquiera de un Dios creador. No obstante, todo ello, la religión romana es una institución nacional, que resulta bienhechora y que debe conservarse. Obrando así, mantenemos las creencias de nuestros antepasados y somos más sensatos que los cristianos, que no tienen motivos para impugnar estas creencias, tanto más cuanto que ellos, orgullosos y engreídos, distan mucho de ser irreprensibles. Y, al llegar aquí, Cecilio se hace portavoz de todas las calumnias lanzadas por los paganos contra los cristianos: éstos son ateos, conspiradores, forman una sociedad secreta, impía y criminal. En definitiva, termina diciendo Cecilio, la duda proclamada por la Academia es lo más sensato (cc. 5-13)
Terminada la exposición de Cecilio, advierte M. a los contrincantes que no se dejen arrastrar por el sonido de las palabras e insiste en que el fin único del debate está en la búsqueda de la verdad. Octavio toma, a su vez, la palabra y procura responder al duro y violento ataque de Cecilio, rebatiendo, uno a uno, todos los puntos de sudiscurso. Comienza subrayando la contradicción que se da entre la filosofía escéptica que dice profesar y la intolerancia que se advierte en su paganismo. Pasa después a probar la existencia de un Dios único y providente. Dios, ciertamente, no puede ser visto por los ojos humanos, pues es demasiado deslumbrante para la vista; pero existe, como existe el sol, en el que tampoco podemos fijar los ojos. Supone no tener juicio, niz sentido, ni siquiera ojos, considerar el orden de todo el universo, no como el producto de una inteligencia divina, sino como un conglomerado de elementos y átomos reunidos al azar. El espectáculo del universo, con su armonía, pregona la existencia de este Dios; la creencia popular se inclina a admitirla; los poetas y los filósofos la afirman; los cristianos así lo creen. Contra la existencia de este Dios, creador y providente, repugna el politeísmo romano, que es absurdo incluso desde un punto de vista racional y que es, sin duda, un invento de los demonios. La religión pagana mezcla fantásticamente mitos y misterios repugnantes inmorales. No hay por qué extrañarse de que, ante tal cuadro, los cristianos no se dejen cautivar por tales fábulas extrañas ni se vean arrastrados por una tradición tan descarriada y tan ignorante. Las creencias cristianas son mucho más acordes a la razón humana. En cuanto a las calumnias lanzadas contra los cristianos no pueden menos que sonrojar a los que las inventan y propalan. El comportamiento de los cristianos es su mejor apología. Y concluye Octavio: si todo ello es así, debe desaparecer la superstición, hay que extinguir la impiedad, debe cultivarse la verdadera religión (cc. 14-38)
El diálogo termina con la confesión de Cecilio declarándose vencido y convencido. Las dificultades de menor alcance, que todavía quedan por esclarecer, quedan aplazadas para otra ocasión. Y la Apología concluye con estas palabras: "Seguimos luego nuestro camino, contentos y felices: Cecilio por haber hallado la fe, Octavio por haber ganado una victoria y yo por la fe del uno y la victoria del otro" (c. 40)
Juicio crítico. La Apología de M. es una obra de primer orden, si no por su originalidad, sí al menos por la perfección con que expone y desarrolla su pensamiento, siguiendo los cánones del más puro método clásico, por la pureza de su estilo y por la armonía de su lenguaje
Es verdad que, contemplada con rigor dogmático y escriturístico, la Apología da sensación de contener excesivas lagunas. Por una parte, el Cristianismo (v.) es presentado de un modo que semeja reducirse a una alta filosofía; por otra parte, la presencia de la Escritura brilla en ella totalmente por su ausencia. Tal vez esto pueda explicarse de algún modo pensando que lo que M. pretende con ella es llegar al mundo culto de los paganos para provocar en ellos un sentimiento de interés por el cristianismo. A los ojos de estos paganos cultos la Escritura no tiene ningún valor probatorio y, para convencerles, toma sus propias armas, apelando a la filosofía que, explicada adecuadamente, acabará por declararse impotente para dar sentido, por sí sola, a la vida del hombre. Sobre ella se eleva el Cristianismo, superior por su belleza moral, por su sinceridad y por su universalidad. La filosofía cristiana de M. se convierte así en una auténtica propedéutica a la fe
V. t.: APOLOGÉTICA IIS. AZNAR TELLO
BIBL.: Fuentes: Edición crítica: C. HALM, en CSEL 2,1-71; Traducción española: S. DE DOMINGO, El Octavio de Minucio Félix, en Col. Excelsa 11, Madrid 1946; D. Ruiz BUENO, Padres Apologistas griegos, BAC, Madrid 1954. Estudios: E. AMANN, MinutiusMINO, REGIÓN DEL - MIÑO, RIOFelix, en DTC X,1793-1798 H. LECLERQ, Minutius Felix, en DAL XI,1388-1412; A. D’ALEs, Le plus ancien écrit chrétien en langue latine, "$tudes" 104 (1905) 454-479; G. BERTOLDI, M. Minucio Felice e il suo Dialogo Ottavio, Roma 1906; C. M. BUIZER, Quid Minutius Felix in conscribendo dialogo Octavio sibi proposuerit (Disertación doctoral), Amsterdam 1915; H. 1. BAYLIS, Minutius Felix and his Place among the Early Fathers of the Latín Church, Londres 1928; G. H. RENDALL, Minutius Felix, "The Church Quarterly Review", 128 (1938) 128-133; L. ALFONSI, Appunti sull’Ottavio di Minucio Felice, "Scuola Cattolica" (1942) 70-73; M. PELLEGRINO, Studi su 1’antica Apologetica, Roma 1947, 152 ss:; G. DEL TON, Minutius Felix, Octavius et Caecilius Ostiae litus petunt, "Latinitas" 1 (1953) 117-123
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