Milenarismo HIST.
Categoria:
Historia
Llámase así la doctrina que espera un reino temporal de Cristo y sus santos sobre la tierra al fin del mundo. El nombre de milenarismo (latín: mille=mil) o kiliasmo (griego: kilios=mil) proviene de la duración de mil años atribuida a este reino intermedio entre el mundo actual y el eterno1. Origen y desarrollo en la Edad Antigua. El m. tuvo su origen en el judaísmo tardío, que fijó una duración limitada al reino mesiánico. El A. T. había anunciado un reino futuro de Yahwéh en la tierra (V. REINO DE DIOS); este reino mesiánico es -y así lo ponen especialmente de relieve las enseñanzas proféticas y sapiencialesde carácter trascendente: se espera el juicio de las naciones, la resurrección de los muertos (Dan 12,2 ss.; Sap 3,7 ss.), etc.; es, en suma, un reino de naturaleza celestial. De esta oposición entre los reinos terrenos y un reino trascendente nació en la apocalíptica judía extrabíblica la idea de un reino intermedio, es decir, de una intervención de Dios en la historia para instaurar un reino provisional que prepararía del reino celestial. De este modo, los judíos, a partir de la era cristiana, comenzaron a distinguir entre el tiempo del Mesías y el tiempo final, como aparece en el apócrifo IV Esdras 7, 26-30 y en el Apocalipsis Siríaco de Baruc (29,5; 73,1-2). La duración atribuida por los judíos a este reino del Mesías es variada: 40, 400 ó 1.000 años. Esta última cifra la da el Rabí Eliecer- ben Hircanos (ca. 90 d. C.; Strack-Billerbeck, Konimentar z. N. Testament aus Talmud und Midrasch, Munich 1954, III, 824 ss.)
Es también posible un cierto influjo del parsismo (v. MAZDEíSMO) en el origen del m. En el oráculo ele Histaspes (ca. s. I-II a. C.), mezcla de parsismo y helenismo, se aplica el esquema semanal a la duración del mundo: durante 6.000 años luchan el dios del bien y el espíritu del mal; al cabo de este tiempo, viene el dios Sol, Mitra, destruye el espíritu del mal y domina durante mil años. Esta concepción "magusea" (cfr. 1. Bidez-F. Cumont, Les Mages hellénisés, París 1938) es aceptada por el judaísmo extrabíblico (II Henoc 52,1) y puesta en relación con el m. por Ireneo (Adversus Haereses V,28: PG 7,1200)
Del judaísmo el m. pasó a algunos ambientes cristianos primitivos, que creyeron encontrar un apoyo en ese sentido en algunos textos del Apocalipsis de S. Juan. El texto clave fue Apc 20,1-6, donde se habla de un ángel que encadena al diablo en el abismo, mientras que las almas de los mártires reviven y reinan con Cristo durante mil años. Ésta es la primera resurrección (vers. 1-6). Pasados los mil años, a Satanás se le da una cierta libertad de acción, pero es vencido (vers. 11-14). Luego viene el juicio universal y la sanción definitiva (vers. 12 ss.). El pasaje es de interpretación difícil, ya que es complejo determinar qué debe entenderse por la primera resurrección. S. Agustín (De Civitate Dei XX,6: PL 41,665) la explica como resurrección por la fe; lo que no convence mucho, ya que se trata de mártires que en su vida tenían fe y por ella han muerto. La exégesis más común afirma que se trata de todo el periodo dela Iglesia, o bien se dice que el milenio comienza con el cese de las persecuciones romanas (E. Boismard, L’Apocalypse, París 1953, 81). Si se atiende a los textos paralelos del mismo Apc (1,5-6; 5,9 ss.; 7; 14,1-5; 15, 2-3) se puede completar la explicación. Comparando entre sí estos textos se nota que las almas que reinan con Cristo durante el milenio son los degollados que están al pie del altar (6,9) ante el trono de Dios (7,15; 14,3), vestidos con una túnica blanca (6,11) siendo sacerdotes de Dios (5,10; 20,6) en Sión, la ciudad amada (20,9; 14,1). En otras palabras, S. Juan quiere tranquilizar a los cristianos que se inquietan de la suerte de los mártires. Para ello enseña que ya desde ahora los mártires son bienaventurados, viven con Cristo (14,1.4; 20,4) y cantan un cántico de alabanza (14,3; 15,2) en espera del juicio final (6,11). Nada tiene de extraño que use el término de resurrección para indicar la felicidad de los mártires, ya que es propio del lenguaje semita designar una dicha completa mediante la idea de resurrección
En suma el Apocalipsis de S. Juan no tiene sentido milenarista, sino que enseña sencillamente el carácter militante de la Iglesia peregrina y a la vez su unión con la Iglesia triunfante de los cielos. Pero, de hecho, esos textos fueron interpretados de manera milenarista por algunos, lo que favoreció la difusión de esas ideas entre los cristianos
No todos los milenaristas se imaginan el milenio de la misma manera. El m. Inás grosero fue el de Cerinto (fines del s. I), que defendía la restauración de Jerusalén con sus sacrificios mientras que los justos gozarían de todos los placeres, incluidos los más bajos (Eusebio, Historia eclesiástica, III,28: PG 20,247 ss.). Un m. mitigado es el de Papías (v.): reino terreno de Cristo con los suyos en medio de una fecundidad extraordinaria de la tierra (Eusebio, o. c., III,39: PG 20,299). De la misma opinión son S. Ireneo, que lo defiende con diversos argumentos (Adversus Haereses V,32-35: PC, 7, 1210-1221), y S. Justino (Diálogos con Tritón, 80-81: 1’G 6,664-669), según los cuales, el milenio es una vuelta a las condiciones paradisiacas. Un sentido Inuy peculiar, y ya absolutamente heterodoxo, toma con el hereje h1ontano (v.), en cl que se une a una peculiar visión cclesiológica y a la negación del carácter definitivo de la economía cristiana
En el s. III comienza a declinar el m.; Metodio de Olimpo lo espiritualiza en un intento de salvarle, reduciéndole a un periodo de reposo y no de fecundidad (Syrnpos. 9,1.5: PG 18,178.190). El m. encuentra un enemigo acérrimo en el antimontanista Cayo, que -para quitarle todo fundamento- parece incluso atribuir el Apocalipsis de S. Juan a Cerinto (Eusebio, o. c. 111,28: PG 20,274 ss.). Es, sin embargo, en Egipto donde la crítica contra el m. tiene un mayor desarrollo. Orígenes lo rechaza, e interpreta las profecías apocalípticas alegóricamente (De Principiis 2,11: PG 11,251 ss.; In Matiheum 17,35: PG 13,1595); contra él surgió el obispo Nepos, milenarista convencido, a quien rebatió Dionisio Alejandrino (Eusebio, o. c. VII,24: PC, 20,691 s.). Mientras tanto en Occidente el m. es casi exclusivo de los poetas, como Commodiano (Instruct. 44: PL 5,235) y Lactancio (De Divinis Institutionibus, VII,24: PL, 6,808)
En el s. iv Apolinar de Laodicea defiende un m. parecido al de Cerinto, pero es refutado por S. Basilio (Epist. 263,4: PG 32,979), por S. Gregorio Nacianceno (Epist. 102,37: PG 198) y S. Epifanio (Adv. Haer. III, 36 ss.: PG 42,695 ss.) y más tarde por Teodoreto (Haer
Fab. 3,6: PG 83,407). En Occidente es milenarista julio Hilarión (Libel. 18: PL 13,1105), pero S. Jerónimo y S. Agustín contribuyen con su obra a desacreditarlo definitivamente. El primero lo condena abiertamente, aunque con cierta prudencia por respeto a los Padres (In Is. 9: PL 24,350; ib. 18,627). S. Agustín confiesa haber sentido el atractivo milenarista (Serm. 259,2: PL 38,1197), pero lo rechaza resueltamente aplicando el milenio a la historia de la Iglesia, quitando así la base al m. (De Civitate Dei, XX,7: PL 41,667-668). Esta opinión se hizo general en la Iglesia, de modo que S. Tomás se refiere al m. calificándolo de herejía (Sttm. Th. 3 q77 al ad4)
V. t.: APOCALIPSIS; ESCATOLOGíA II; RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS; MUNDO II; JUDAíSMOCONSTANTINO MIELGO
BIBL.: W. BAVER, Chiliasmus, en RAC, 1073-1078; F. ALCAÑIZ, Ecclesia Patristica et millenarismus, Granada 1933 (favorable al m.); V. ERMONI, Les phases successives de 1’erreur millénariste, "Rev. des questiones historiques", 69-70 (1901) 353-388; 1. MICHL, G. ENGLAFIARDT, Chiliasmus, en LTK 11,1058-1062; J. DANIÉLOU, Théologie da Iudéo-Christianisme, Tournai 1958, 341-366; A. GELIN, Millénarisme, DB (Suppl.) V,1289-1294; 1. COMBLIN, Cristo en el Apocalipsis, Barcelona 1969, 296-306; G. BARDY, Millénarisme, en DTC 10,1760-1763; A. PIOLANTI, Millénarismo, en Enciclopedia Cattolica, VIII, Ciudad del Vaticano 1953, 1008-1011
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