Milagro I. Introducción General.
Categoria:
Varios
1. Definición y concepto. La palabra m. es la traducción de la latina miraculum, la cual deriva del verbo mirari (=admirarse); etimológicamente, pues, se refiere a algo que produce admiración. En sentido amplio, m. es un hecho difícil e insólito, que supera la esperanza y la capacidad de quien lo observa; en sentido estricto, m. es "aquello que ha sido hecho por Dios fuera del orden de toda la naturaleza creada" (S. Tomás). En uno y otro sentido, existe un doble elemento común: la causa escapa al control de los testigos, y el hecho aparece como contrario a lo que debiera resultar. Por eso, el m. siempre lleva consigo el ser un suceso que encontramos en el horizonte de nuestra experiencia humana y que no puede ser explicado esencialmente partiendo de las leyes propias de ese ámbito de experiencia, razón por la cual es atribuido a la Divinidad. De ahí que el m., como obra divina, entre de lleno en el campo de la religión. Según la psicología religiosa, la esfera del m. no es un fenómeno marginal o sospechoso ni, con mayor razón, una deformación del sentido de lo divino. Lejos de ser accesoria al mundo religioso, es un momento auténtico y esencial del mismo. En el presente trabajo, trataremos de forma particular las religiones no cristianas, y por eso se toma el m. lógicamente en su sentido más amplio2. Conciencia humana del milagro. Al tomar el m. en sentido amplio, ya se deja entrever que es algo muy complejo. Los hombres han sido siempre aficionados a lo maravilloso. No es, pues, extraño que se hable de m. en casi todas las religiones. Pero, dado que el m. es una excepción de la ley natural, la conciencia del m. dependerá del conocimiento que se tenga de la naturaleza y sus límites. Por eso la actitud ante el m. varía lógicamente de acuerdo con el desarrollo cultural de cada pueblo. Al primitivo se le escapa la noción de lo imposible; no distingue entre lo que es natural y lo que no lo es. Si no fuera porque es de esencia del m. su carácter de excepción, diríamos que el primitivo vive dentro del m.; para él, los m. son algo cotidiano, ya que todo suceso contiene elementos mágicos. Por eso, el primitivo no tiene deseos de acentuar el carácter milagroso de un acontecimiento; si lo hace, ya no es del todo primitivo, puesto que tiene lugar en él la crítica
Más adelante, ciertos objetos, sucesos y personas destacan, por así decirlo, de la totalidad del mundo. Es entonces cuando aparece el m. como excepción; ciertas experiencias salen de lo corriente y se llaman m., es decir, hechos especiales de la Divinidad. Pero, a esas alturas, el hombre no tenía ni noción exacta ni palabras específicas para expresar el concepto de naturaleza o de su excepción. El límite entre lo natural y lo que constituye una excepción no fue objeto, ni podía serlo, de una afirmación particular de aquellas gentes. Por eso, la línea divisoria entre lo que es considerado como m. y lo que no lo es aparece muy poco firme en la antigüedad. Es cierto que incluso para nosotros presenta a veces dificultades el determinar si un particular acontecimiento es verdaderamente un m., debido a que la ciencia no llega jamás a conocer exhaustivamente todas las posibilidades de la naturaleza; pero, al menos, ésta nos es mucho mejor conocida que en otros tiempos; y también podemos saber lo que la naturaleza no puede hacer, y sólo puede hacerlo Dios, p. ej., crear de la nada. No debe extrañar, por tanto, el hecho de que los antiguos puedan encontrar m. en cualquier acontecimiento, donde menos lo esperaría un moderno. Todo esto equivale a decir que, para los antiguos, la noción del m. entraña una visión precientífica, o más bien paracientífica, del fenómeno físico. De ahí la enorme variedad que respecto al m. se encuentra en las diversas religiones
Sería, sin embargo, erróneo concluir de ahí que la conciencia del m. depende de la ignorancia científica, como hizo el racionalismo que acabó así negando la realidad del milagro. Cuanto acabamos de decir afecta a la amplitud que se conceda a la intervención milagrosa de Dios, y a la determinación de los m. en concreto, pero no al m. en sí. No es la ignorancia lo que lleva a los pueblos primitivos a pensar en el m., sino al contrario, su conciencia de la realidad de Dios y de la realidad de su acción, lo que lógicamente les lleva a concluir que todo cuanto sucede manifiesta de algún modo el poder de Dios. De ahí pasan luego -y aquí influye su ignorancia científica- a considerar m. cualquier hecho que se sale de lo ordinario
El progreso en las ciencias y en el conocimiento de la naturaleza no niega la visión de fondo señalada, sino que la depura distinguiendo entre diversos modos de la acción de Dios: el actuar divino conservando al mundo en el ser y dándole la capacidad de actuar, es decir, creando, conservando y gobernando las causas segundas para que cada una actúe según su naturaleza; y el actuar divino trascendiendo las leyes que ha impuesto a la naturaleza que ha creado, manifestando así su señorío sobre todo lo creado y dando a conocer de un modo especialmente llamativo su presencia. Es de esa forma como, en el contexto de la omnipresencia activa de Dios, surge el concepto depurado de milagro. Baste lo dicho para situar el sentido que tiene la conciencia humana del m.; terminemos la introducción trazando una breve panorámica de las tradiciones o leyendas sobre m. en las religiones no cristianas, en las que ese dato básico se mezcla con fantasías históricas, deformaciones diversas del politeísmo, la magia, etc
3. Milagros atribuidos a los dioses. Para el antiguo, la naturaleza o el mundo no es exclusivamente "natural", sino que presenta un misterio, donde se descubre la presencia de lo divino. Por eso, resulta bien comprensible que esté convencido de encontrar a sus dioses actuando con frecuencia en su mundo y en su vida
Poco más o menos, todas las religiones repiten maravillas obradas por los dioses, m. que abundan especialmente en los lugares sagrados, junto a las tumbas, fuentes o grutas. Los musulmanes afirman, p. ej., que la fuente de La Meca habría sido debida al arcángel Gabriel, para saciar la sed de Agar e Ismael, quienes arrojaron al diablo del lugar y lo santificaron. En el estanque sagrado de Amritsar, junto al templo de la secta guerrera de los sikhs del Pendjab (India), se narra la curación milagrosa de un hombre lisiado
La religión de la antigua Grecia (v.) es la que más narraciones ofrece sobre intervenciones milagrosas de los dioses, a los cuales se les consideraba, por lo menos, como muy superiores a los hombres, por lo que podían hacer muchas cosas que resultaban imposibles a éstos
Durante la época anterior a Alejandro Magno, las referencias a apariciones directas de dioses es rara, pero, sin embargo, es la que ha prevalecido en las leyendas sobre la fundación de los santuarios más antiguos: se celebraban fiestas conmemorativas de tales apariciones aún en los s. III y iI a. C., como las de Artemisa. En los poemas homéricos, si bien los dioses se aparecen tal cual en pocas ocasiones (Palas Atenea a Aquiles), con frecuencia se acercan a los mortales tomando forma humana y adoptando los rasgos de personas conocidas
Especial mención merecen las narraciones sobre curaciones en los santuarios de Esculapio, dios de la medicina, los cuales abundaban en distintos lugares. Dentro del recinto sagrado había dormitorios para los peregrinos enfermos que esperaban la curación. Ahí tenía lugar la llamada incubación, rito por el que el paciente, tras ciertas prácticas de rigor, entraba en un descanso de espera sagrada, que le disponía para recibir las comunicaciones del dios. Éste se decía que aparecía durante el sueño, y le explicaba cómo curaría. Quienes se encontraban sanos a la mañana siguiente, habían recibido la visita del dios, y si no, habrían recibido indicaciones sobre cómo curar. Si bien tales métodos adquirieron en la Grecia histórica su mayor desarrollo, no son desconocidas de algunos pueblos salvajes y bárbaros
También era corriente la creencia en avisos acerca del futuro, que provenían, en forma de sueños (v.), de los dioses. Cuando tales sueños reveladores no se presentaban espontáneamente, se procuraba lograrlos mediante prácticas apropiadas. Pero incluso en plena vigilia, se ofrecían al hombre indicios sobre el futuro y revelaciones divinas para dirigirlo y confortarlo en los momentos difíciles de la vida, o bien para hacerle desistir de un proyecto no conforme con su destino. Así, se creían ver señales claras de la voluntad divina en los fenómenos atmosféricos, como eclipses, relámpagos, truenos, etc. A veces, se consideran señales divinas la aparición inesperada de seres vivientes en la tierra o en el aire, principalmente pájaros, que daban la impresión de ser mensajeros del dios. Esto es corriente en muchos pueblos antiguos y primitivos. Cuando los pigmeos (v.) bambuties salen a la caza, si en el camino les sorprende algún fenómeno, lo consideran como advertencia de Kalisia, al que se atribuye todo auxilio
4. Milagros atribuidos a personas. Otras veces, los m. son atribuidos a ciertas personas. Los griegos veneraban a los héroes (v.), personajes a los que creían intermedios entre los hombres y los dioses, los cuales habrían realizado m., conservando tras su muerte cierto poder divino. En algunos pueblos antiguos, se consideraba que los fenómenos naturales obedecían a determinados principios, pero que podían ser reproducidos por ciertos hombres misteriosos, dotados de una fuerza llamada mana; son magos (V. MAGIA) o hechiceros, cuyas obras son calificadas como m. En otros pueblos, el orden de la naturaleza es considerado más elástico, y entonces los m. son realizados sin escrúpulos por los hechiceros, mediante. el uso de talismanes, ídolos, reliquias, etc. La historia cita buen número de personajes que conquistaron celebridad en esto; pero su actuación tuvo frecuentemente una relación muy externa con la religión. Operan sus maravillas más bien como una exhibición y hasta como alardes de fuerza, sin que se las haga depender en modo alguno del valor moral o religioso del taumaturgo. La figura más llamativa al respecto es la de Apolonio de Tiana. Tácito y Suetonio, por su parte, afirman que Vespasiano curaba a los ciegos y cojos
Sin embargo, el mayor número de m. es atribuido a personalidades religiosas de primer orden: místicos, fundadores y reformadores. Pero cabe notar que tales personajes, en general, no pretendieron hacer m. en vida; es más, se oponen a ellos. Buda (v.) los prohibió diciendo: "ordeno a mis discípulos que no obren milagros". En cuanto a Mahoma (v.), decía: "los milagros están en manos de Dios; yo sólo estoy encargado de la predicación". Han sido los discípulos de tales personajes los que les han atribuido m. con facilidad. Algunos ejemplos son elocuentes. La vida de Buda se distinguió, según sus discípulos, por una larga serie de m.: en su concepción, en su nacimiento, en las tentaciones, en sus últimos días. El más célebre discípulo de Buda en China, Fo-thou-tching, fue famoso por los prodigios que hacía, acudiendo las gentes para contemplarlos y escuchar su predicación. A la muerte del reformador indio Nanek, sus discípulos le atribuyeron el poder de obrar m. A Zoroastro (v.) también le fueron atribuidos m. por sus secuaces, en el deseo de acrecentar su fama y aumentar prosélitos. En cuanto a Mahoma, su nacimiento habría sido señalado por un m., el trastorno de la naturaleza; en torno a su juventud, existen muchos relatos maravillosos; luego, gozará de apariciones y de poder taumatúrgico; hasta se hablará de su ascensión a los cielos, combinada con un viaje nocturno desde La Meca a Jerusalén
5. Valoración. Como se ve, abundan los relatos o tradiciones de m. Es muy difícil, por no decir imposible, determinar el valor histórico de tales relatos. Unas veces, se trata, en realidad, de ilusionismo, superstición y magia, fenómenos corrientes en los pueblos de cultura inferior y de la antigüedad pagana, donde se confunde la magia con la religión. Otras veces, la fuente de dichos relatos es una fábula, leyenda, relato mitológico o simples ampliaciones poéticas de hechos que tienen algo fuera de lo corriente. Cuando las relatos están más cerca de lo real, lo prodigioso se esfuma de tal manera que no se puede hablar de milagro. Es sintomático, p. ej., que los mismos musulmanes cultos nieguen todos los falsos m. atribuidos a Mahoma por el fanatismo o la ignorancia. En cuanto a los relatos de curaciones, no hay un solo caso que no sea susceptible de explicación natural
La teología católica muestra que la semejanza entre los "milagros paganos" y los cristianos es sólo externa. De ordinario existe entre ellos la diferencia que media entre el juego de imaginación y lo real. No obstante, se admite que en el paganismo trabaja la gracia de Dios, existiendo "cristianos de deseo", y nada se opone a que Dios pueda querer manifestárseles, de algún modo para guiarlos ’y hacerse conocer más claramente de ellos. Por lo mismo, nada impide que Dios pueda, en circunstancias excepcionales, ofrecerles de manera visible, en un hecho milagroso, una señal de su presencia y designios saludables. Teológicamente, pues, caben los m. en el paganismo; pero es muy problemático saber cuándo se da ahí realmente un m
Señalemos finalmente que los relatos de m. en el paganismo tienen, casi siempre, un cierto valor positivo, ya que, en medio de los límites que presentan, y de las deformaciones con que están mezclados, tienen una significación religiosa: recuerdan, aun con deficiencias, la acción de Dios e interpelan al hombre a ser consciente de la presencia divina y a abrirse a lo que está "más allá" de su experiencia, a lo divino
V. Í.: MAGIA; SUEÑOS; ADIVINACIÓN; HÉROES MITOLÓGICOS: TEOFANíA MILAGRO IIGARCÍA TRAPIELLO
BIBL.: D. A. SPESZ, Occultismo e miracolo, Turín 1933; C. LÉVY-BRUHL, Le Surnaturel et la Nature dans la mentalité primitive, París 1931; L. MONDEN, El milagro, signo de salud, Barcelona 1963, 119-152, 227-263; G. VAN DER LEEuw, Fenomenología de la Religión, México-Buenos Aires 1964, 538-545; E. MANGENOT, Les miracles d’Esculape, "Revue du clergé frangais", XCI (1917) 289-303,424-444,495-505; J. LHERMITTE, Le probléme des miracles, París 1956; O. WEINREICH, Antike Heilungswunder, Giesen 1909; F. HERLICH, Antike Wunderkuren, Berlín 1911
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.