México (país) V. Historia de la Iglesia. HIST.
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Historia de la Iglesia
1. Evangelización. El mercedario P. Olmedo puede ser considerado como el primer apóstol de Nueva España. Acompañó a Cortés en la conquista y m. en 1524. El 13 ag. 1523 llegaron, procedentes de Flandes, los primeros franciscanos: eran los sacerdotes belgas Juan Dekkers, Juan de Amberes yel lego Pedro de Gante. Los dos primeros acompañaron a Cortés en su malograda expedición a Honduras (octubre 1524). El lego Pedro residió en M. el resto de su vida llegando a ser figura destacada en la historia eclesiástica y civil de Nueva España. La evangelización ordenada y metódica comenzó con la llegada de los "doce" (18 jun. 1524) dirigidos por fray Martín de Valencia. Pronto serían centenares. Poco después llegaron las otras órdenes y, para facilitar la labor evangelizadora, se dividieron el territorio tomando la ciudad de M. como centro: los agustinos se situaron al NO y al S; los dominicos, al SE; y los franciscanos al N y NE, llegando también al Yucatán. Cuando arribaron los jesuitas les fue encomendada la zona del extremo nordeste del M. actual.La Orden franciscana, a principios del s. XVIIxvii, estaba organizada en cinco provincias: Ciudad de M., Mérida, Valladolid (hoy Morelia), Guadalajara y Zacatecas. Dato importante fue la creación de Colegios apostólicos para la formación de sus misioneros. Dieron a la Iglesia 19 obispos -fray Juan de Zumárraga (v.) entre ellosy una serie de escritores que nos legaron crónicas e historias sobre la época precortesiana, la evangelización, descubrimientos y conquista: Motolinia, Sahagún, Mendieta, Vetancur, Beaumont, Diego de Landa, y otros muchos, son nombres que han pasado a la historiografía indiana por derecho propio.Los dominicos llegaron a M. en julio de 1526. Eran ocho, pero sólo tres pudieron sobrevivir. Uno de ellos fue fray Domingo de Betanzos, fundador de la provincia dominicana en M. Su expansión abarca dos polos de importancia desigual: valle de M. y región mixtecozapoteca. Los progresos fueron también notables, constituyendo cuatro provincias: Santiago de M. (1536), San Vicente de Chiapas y Guatemala (1551), San Hipólito de Oaxaca (1595) y Puebla (1656). Dieron a la Iglesia novohispana 19 obispos. Algunos tan famosos como el P. Las Casas (v.). Ocuparon cargos importantes en la Universidad y en el Tribunal de la Inquisición y contaron con dos excelentes historiadores: fray Agustín Dávila Padilla y fray Antonio Remesal.En 1534 llegaron los agustinos, cuya expansión se orientó en tres direcciones sucesivas: Estado de Guerrero, Huasteca y la región de Tolula. Sus fundaciones se sucedieron con ritmo bastante regular. Aún quedan en pie algunos de sus magníficos monasterios: Acolmán, Actopán, Ixmiguilpan, etc. En 1545 la misión agustina de M., sometida hasta entonces a Castilla, se erigió en autónoma, bajo la advocación del Dulce Nombre de Jesús. Dieron a la Iglesia novohispana ocho prelados, entre ellos el arzobispo-virrey fray Payo Enríquez (167081), teólogos tan importantes como fray Alonso de la Veracruz, y cronistas tan notables como Juan de Grijalva, Esteban García, Diego de Basalenque, Juan González de la Fuente y Matías Escobar.Las tres órdenes fueron en constante aumento, de tal manera que, a principios del s. xviii, había en M. 351 monasterios con 2.396 sacerdotes; 1.218 franciscanos, 527 dominicos y 651 agustinos. Bautizaron millones de indios. El clero secular, en un principio, hizo muy poco. Sólo algunos pasaron a M., y casi en su totalidad trabajaron en las catedrales o curias diocesanas.Los jesuitas llegaron en 1572. Dos siglos trabajaron en M. y fundaron 25 colegios, 11 seminarios, seis casas para sacerdotes y extendieron sus misiones por todo el NO del país: Sinaloa (1591), Tepehuanes (1596), Pimeria (1687), Baja California (1697). Tuvieron misioneros famosos: Tapia, Kino (v.), Salvatierra. De ellos recibieron su educación los criollos, vivero de vocaciones sacerdotales, que se iban haciendo cargo de las parroquias, aunque no sin grandes perturbaciones.Junto con el Evangelio los misioneros llevaron la cultura occidental: abrieron escuelas, aprendieron las lenguas indígenas, hicieron catecismos para nativos, fundaron colegios -Tlalteololco, S. Pablo, S. Ildefonsopara la alta educación de los indígenas; después completaban en España sus estudios universitarios, hasta que, gracias a la gestión del virrey Mendoza, se fundó la Univ. de M.2. Organización eclesiástica primitiva. La primera diócesis fue erigida por Clemente VI el 11 oct. 1525. Carlos 1 designó a Tlaxcala como sede. El primer obispo fue el dominico fray Julián Garcés, que ocupó su puesto en 1527. En octubre de 1539 la sede fue trasladada a Puebla de los Ángeles. En 1530 se fundó la diócesis de M., siendo primer obispo el franciscano fray Juan de Zumárraga (v. MÉxico, estado y ciudad, iii). Muy pronto el territorio novohispano se va cuajando de diócesis, de tal manera que al final de la época española la organización diocesana era así: En torno a M., archidiócesis desde 1546, fueron creándose las sufragáneas siguientes: Carolense-Tlaxcala (1519), Comayagua (1531), Nicaragua (1531), Guatemala (1534, elevada a rango metropolitano en 1743), Antequera (1535), Michoacán (1536), Chiapas (1539), Compostela-Guadalajara (1548), Yucatán (1561), Verapaz (1561, suprimida en 1603), Manila (1579, elevada a metropolitana en 1595, Guadiana-Durango (1620), Linares (1777) y Sonora (1779).3. La Iglesia mexicana en los s. XVII y XVIII. Así, pues, el desarrollo eclesiástico durante el s. XVI fue grande y rápido, sobre todo en las zonas más colonizadas. Quedaban núcleos sin misionar, principalmente en las zonas periféricas, que fueron atendidas en los s. XVII y XVIII. Fue en estos siglos cuando el cristianismo alcanzó su mayor esplendor: se levantaron la mayor parte de las catedrales, en un barroco desbordante, con grandes influencias indígenas. Su arquitectura grandiosa, su imaginería de alta expresividad, su orfebrería, reflejan una fuerte conciencia religiosa (v. VIII).En esta época, la actividad de las misiones se intensifica: los jesuitas en Chihuahua, Sinaloa y Sonora tenían 10 misiones, que en el s. XVIII aumentaron hacia California. Al ser expulsados fueron sustituidos por los franciscanos, entre los que descolló fray Junípero Serra (v.), los cuales dirigen su labor a Nuevo M., Texas, llegando hasta Florida. Nuevas órdenes llegaron a Nueva España: mercedarios y carmelitas. Se puede afirmar que hacia mediados del s. xvii el núcleo central del país era cristiano y que la mayoría de los indígenas en el s. xviii habían abrazado el catolicismo. Abundaban las iglesias, monasterios, seminarios, cabildos catedralicios, colegios, hospitales e instituciones de caridad. Aparecieron grandes representantes de la cultura: sor Juana Inés de la Cruz (v.), el docto sacerdote Carlos de Sigüenza y Góngora (v. VI, 2), etc. El catolicismo sufrió las consecuencias de los episodios ocurridos en España durante el s. XVII la guerra de Sucesión (v.), el gobierno regalista de los ministros de Carlos III (v.), la expulsión de los jesuitas (v.), los movimientos anticatólicos de la Ilustración (v.). La fe se debilitaba, las misiones venían a menos. La Revolución francesa (v.) y la independencia de los EE. UU. turbaban la paz social. A finales del s. XVIII las vocaciones disminuyeron, declinaban los monasterios y aun la misma autoridad de la Iglesia estaba minada.4. Problemas de la independencia (1821-57). Con la independencia, la Iglesia tuvo que enfrentarse a muchos y graves problemas: se cerraron los seminarios, de Europa no llegaban refuerzos y los obispos eran desterrados. El nuevo Estado se apropió los derechos y obligaciones del Patronato. Todo se iba agravando: los obispos de M. y Oaxaca se volvieron a España; otros murieron. La disminución del clero progresaba espectacularmente: hacia 1831 se había reducido en un 50% y en mayor proporción los religiosos. Más de la mitad de los beneficios catedralicios estaban vacantes. En 1830 el canónigo Pablo Vázquez, enviado a Roma en 1822, recibió instrucciones para negociar sobre nombramientos de obispos. Pío VIII (v.), por respeto al rey de España, sólo nombró vicarios apostólicos con carácter episcopal; pero Gregorio XVI (v.) nombró ocho obispos, renovando así la jerarquía mexicana.A pesar de la persecución, al menos jurídica, del presidente provisional Valentín Gómez Farias, los nuevos obispos restauraron sus diócesis, introdujeron nuevas órdenes religiosas, abrieron los seminarios, notándose pronto un aumento sustancial del clero. El Papa reconoció la independencia y, en 1836, recibió en calidad de ministro plenipotenciario a Manuel Díez Bonilla. Pío IX (v.) nombró al primer delegado apostólico, Luigi Clementi, al cual, después de ciertas dificultades, le fue permitido el ejercicio de su misión apostólica. La guerra con los Estados Unidos privó a M. de grandes extensiones -Texas, Nuevo M., Nueva California, parte del Estado de Coahuila- por el tratado del 2 feb. 1848 (v. III s 7). Esto agravó aún más la situación. En 1853, Antonio López de Santa Anna (v.) encabezaba una Re= pública centralista. La Iglesia gozó de libertad; restableció la Compañía de Jesús y restauró el culto católico; pero esta benéfica coyuntura duró poco. En 1854, los radicales se levantaron en armas. Santa Anna fue desterrado y el Congreso de los radicales aprobó leyes antieclesiásticas conocidas con el nombre de los ministros que las dieron ser: Ley Juárez, que suprimía los privilegios eclesiásticos; Ley Iglesias, que prohibía el pago de los servicios parroquiales; Ley Lerdo expropiando los terrenos de las corporaciones. La finalidad de estas leyes era clara: empobrecer al clero y destruir su fuerza y reputación.5. La guerra de la Reforma. Gobierno de Juárez (185776). La Iglesia se negó a respetar la Constitución de 1857 que incorporaba tales leyes. Surgió así la llamada guerra de la Reforma entre el partido liberal (chinacos) y el conservador (mochos). Éstos se oponían al desorden y a las campañas contra la Iglesia; aquéllos querían implantar una política copiada, en líneas generales, de los liberales radicales franceses. Los liberales, victoriosos, hicieron frente a las tropas expedicionarias de Napoleón III (v.) que pretendía instaurar, bajo su protección, una monarquía constitucional con el archiduque Maximiliano de Habsburgo como Emperador (v. MAXIMILIANO JOSÉ DE AUSTRIA). Muchos obispos y gran parte de los mexicanos lo recibieron como una posible solución para la nación, que amenazaba con desintegrarse o ser absorbida por el coloso del Norte. Hubo, en efecto, un corto espacio de paz que la Iglesia aprovechó: creó algunas diócesis nuevas y erigió dos provincias eclesiásticas: Guadalajara y Michoacán; esto, a pesar de que la política del católico Maximiliano era una mezcla de liberalismo francés y josefinismo (v.) austriaco que, en ciertos aspectos, suponían una continuación de la persecución liberal.Juárez (v.) restableció la República, expulsó obispos, cerró iglesias y monasterios, persiguió a los religiosos, suprimió la instrucción religiosa en las escuelas estatales. Con el sucesor, Sebastián Lerdo de Tejada, no mejoraron las cosas: en 1874, se proclamó la separación de la Iglesia y el Estado; se implantó la total libertad de cultos, el matrimonio se redujo a un mero contrato civil, se prohibió que las instituciones religiosas adquirieran propiedades o dinero; la ley no podía reconocer las órdenes monásticas ni permitir que se establecieran. Desterró a las hermanas de la Caridad, jesuitas, pasionistas y paulitas. Así la Iglesia fue perdiendo casi todos sus edificios; las bibliotecas fueron incautadas o destruidas. Al mismo tiempo, el país se iba depauperando, minado por el retraso cultural y la pobreza.6. Porfirio Díaz (v.; 1876-1911). Su época significó una etapa de paz. La Iglesia pudo restablecerse y emprender una activa campaña de expansión. Se multiplicaron las instituciones católicas y las escuelas, volvieron los obispos desterrados, se abrieron los seminarios, aumentaron las provincias eclesiásticas, se crearon nuevos obispados; se reorganizaron los institutos religiosos, y llegaron nuevas órdenes: maristas, salesianos, cordimarianos, redentoristas, hermanos de las escuelas cristianas; se crearon en M. congregaciones religiosas: josefitas, misioneros del Espíritu Santo, guadalupanos, siervos del Sagrado Corazón, siervos del Divino Pastor. Aunados los esfuerzos, subió notablemente el nivel cultural y la vida cristiana. No es extraño que del clero de entonces salieran figuras de valor: Labastida y Dávalos, arzobispo de M., los sucesores Alarcón y Mora del Río, el arzobispo de Puebla mons. Ibarra. Católicos notables por sus escritos fueron García Icazbalceta, Victoriano Agüeros y el agresivo periodista Sánchez Santos.Pero ni aun en esta etapa fue todo positivo. El secularismo había dejado su huella en la vida cívicosocial. Se permitió el positivismo antirreligioso en la enseñanza, que iba ganando a intelectuales, profesores y estudiantes. La justicia social brillaba por su ausencia, y los trabajadores y el pueblo rural quedaban en la miseria. No se permitía invocar el nombre de Dios en ningún acto oficial.7. La Constitución de Querétaro de 1917. En 1911 perdió el poder Porfirio Díaz. El partido católico nacional era fuerte, lo bastante para obtener mayoría en elecciones libres. En 1915, subió al poder Venustiano Carranza (v.), que inició una campaña anticatólica que culminó con la Constitución de Querétaro promulgada el 5 feb. 1917; obra de una minoría revolucionaria en un país fundamentalmente católico, reguló y sigue regulando jurídicamente la vida de la Iglesia. No reconoce su personalidad jurídica (art. 130), ordena que la enseñanza primaria sea laica y prohibe a la Iglesia y a los eclesiásticos fundar o dirigir escuelas primarias (art. 3); niega a la Iglesia y a las congregaciones religiosas el derecho de poseer, adquirir y administrar directa o indirectamente bienes inmuebles; y todos los edificios que dependan de la Iglesia son embargados por el Estado (art. 27 y 130). Se ataca el celibato y los votos religiosos, y se prohiben las órdenes monásticas (art. 5 y 24); los sacerdotes son privados de los derechos políticos (art. 55, 59, 82 y 130) e incluso del ejercicio de ciudadanía (art. 130, 3, 27, 59). Todo partido confesional está prohibido y es potestativo de los Estados limitar el número de sacerdotes. Se suprimió la prensa católica (art. 90 y 130).Desde entonces la Iglesia se encuentra en estado de persecución jurídica. La sangre ha corrido cada vez que un presidente ha querido aplicar la Constitución a la letra. El propio Carranza se asombró de tanta violencia y quiso modificar la Constitución; pero Álvaro de Obregón (1920-24) expulsó al delegado apostólico y persiguió a la Iglesia. Con Plutarco Elías Calles (v.; 192428) se recrudeció la persecución y hubo un conato de cisma que no dejó de ser cómico. Los obispos respondieron con el entredicho, que pronto levantaría Pío XI para no perjudicar a los católicos. La persecución fue sangrienta, larga y dura. Los mártires abundaron. El Papa protestó en la enc. Iniquis afflictisque (1926). En 1929, se llegó a un leve entendimiento con el presidente interino que la Iglesia mexicana aprovechó para su reorganización: se abrieron las iglesias y se reanudó el culto. Pero pronto volvería la persecución, concretamente en 1931 con motivo del IV centenario de Guadalupe y, sobre todo, con la llegada al poder de Lázaro Cárdenas (v.; 1934), que ordenó que en todas las escuelas se enseñara marxismo, socialismo, ateísmo y educación sexual; pero se tuvieron que moderar estas órdenes, que chocaban violentamente con los sentimientos religiosos del pueblo. En 1937, Pío XI dirigió una carta apostólica a M. en la que pedía a los católicos que se organizasen pacíficamente y promovieran la Acción Católica. Este espíritu moderado de la Santa Sede fue suavizando las tensiones.Una de las consecuencias más graves e inmediatas de toda esta situación fue una alarmante escasez de clero. El episcopado, ayudado por Estados Unidos, fundó en Nuevo M. el Seminario Pontificio de Santa María de Guadalupe (1937) que, bajo la dirección de los jesuitas, ha formado muchos y buenos sacerdotes.8. Organización eclesiástica actual. El presidente Ávila Camacho (1940-46) puso fin a la persecución de la Iglesia. Las leyes no han cambiado, pero se interpretan benignamente. La Iglesia ha aprovechado la paz para una reorganización. La organización eclesiástica actual es la siguiente: Antequera (metropolitana desde el 23 jun. 1891) con las sufragáneas San Cristóbal de las Casas, Tapachula, Tehuantepec, Tuxtla Gutiérrez y la prelatura de Mixe; Chihuahua (22 nov. 1958) con Ciudad Juárez y la prelatura de Madera; Durango (23 jun. 1891) con Culiacán, Mazatlán, Torreón y la prelatura de El Salto; Guadalajara (19 mar. 1863) con Aguascalientes, Autlán, Colima, Tepic, Zacatecas y la prelatura de Jesús María; Hermosillo (4 sept. 1959) con Ciudad Obregón, Mexicali y Tijuana; Jalapa (29 jun. 1951) con Papantla, San Andrés Tuxtla, Tuxpan y Vera Cruz; México (11 feb. 1546) con Acapulco, Chilapa, Cuernavaca, Texcoco, Tlalnepentla, Toluca, Tula y Tulancingo; Monterrey (28 jun. 1898) con Ciudad Valles, Ciudad Victoria, Linares, Matamoros, Saltillo, San Luis Potosí y Tampico; Morelia (19 mar. 1863) con Apatzingán, Ciudad Altamirano, León, Querétaro, Tacambaro y Zamora; Puebla de los Ángeles (11 ag. 1903) con Huajuapán de León, Huejutla, Tehuacán y Tlaxcala; Yucatán (11 nov. 1906) con Campeche, Tabasco y la prelatura de Chetumal. Hay además un vicariato apostólico en Tarahumara y una prefectura apostólica en La Paz (Baja California). Todas estas archidiócesis tienen artículo propio en esta Enciclopedia, alfabetizadas por su nombre excepto Antequera (v. OAXACA II) y Jalapa (v. VERACRUZ III); en esos artículos se dan los datos estadísticos de ellas y de sus diócesis sufragáneas.P. CASTAÑEDA DELGADO
BIBL.: F. BANEGAS SALVÁN, Historia de México, México 1952; J. BRAVO UGARTE, Historia de México, México 1941-44; T. OBREGóN EsQuIVEL, Apuntes para la historia del Derecho en México, México 1946-48; M. CUEVAS, Historia de la Iglesia en México, 5 vol., Tlalpán 1928; J. RAMÍREZ CABAÑAS, Las relaciones entre México y el Vaticano, México 1928 (tendencioso); P. LETURIA, Relaciones entre la Santa Sede e Hispanoamérica, 3 vol., Roma 1960; A. CHÁVEz, The Mission ol New México, 1776, México 1956; M. G. PÉREZ MARCHAUD, Dos etapas ideológicas del siglo XVIII en México a través de los papeles de la Inquisición, México 1945; C. BOSCH GARCíA, Problemas diplomáticos del México independiente, México 1947; V. CASTAÑEDA, México en los primeros años de la independencia, "Bol, de la R. A. de la Historia" 120 (1947) 439 ss.; J. DELGADO, España y México en el siglo XIX: 1. 1820-30, Madrid 1950
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