Meunier, Constantin
Categoria:
Biografía GER
Escultor y pintor belga, n. en Merbeck-les-Bruxelles el 12 abr. 1831, m. en Bruselas el 4 ab. 1905. Huérfano de padre, la madre mantenía una pensión que agrupaba a varios artistas, los que animaron al muchacho, a la sazón de débil constitución, a seguir estos estudios. Así lo hizo M., dedicándose primeramente a la escultura, que pronta abandona por la pintura, una pintura de tonos sombríos tan escasamente interesante como la mayor parte de la que se estaba haciendo en Bruselas y, sobre todo, en Gante. Mientras tanto, va observando cada vez más de cerca a sus modelos, obreros, mineros, campesinos, etc., los que, en realidad, merecen mejor ser esculpidos que pintados.En viaje que efectúa en 1878 al norte del país, concretamente a las instalaciones industriales de Seraing, le va convenciendo de ello, y, sin embargo, es en España donde se produce la conversión: viajando en 1882 por una carretera de Guipúzcoa, en unión de Darío de Regoyos, M. quedó maravillado de la solemne robustez de un boyero vasco que avanzaba conduciendo su carreta de bueyes. M. aseguró mil veces a Regoyos que haría una estatua de ese boyero, pero la verdad es que se ignora si la hizo. Ese viaje a España, comisionado por el gobierno belga, tenía por objeto copiar en la catedral de Sevilla el Descendimiento, de Pedro de Campaña, y pintar dos cuadros costumbristas, La procesión del Viernes Santo y la Fábrica de tabacos. Son muy curiosas las notas dejadas por Regoyos sobre las reacciones de M. en España. El hecho es que a la vuelta a su país, bien que sin abandonar por completo los pinceles, la observación de los mineros del Borinage le reafirma en la idea ya acariciada en una carretera guipuzcoana. Con lo que estamos en 1885, ya con 54 años de edad. Pero M. no se arredró ante’ esta circunstancia más bien negativa; ese mismo año modela y expone en Amberes su Cabeza de pudelador. De 1886 data El martillador, y de 1889 La explosión de grisú, admirable y patético grupo que viene a ser como una traslación de alguna Piedad cristiana al mundo de los explotados. Esta obra dio lugar a un clamoreo general de aprobación y -como el tema y la intención no podían dejar de hacerlo- suscitó también apasionadas discusiones. En 1890 concluye El abrevadero, excelentemente situado en la Plaza Ambiorix, de Bruselas. Aquí, M. hace algo semejante a lo logrado en La explosión de grisú: un hombre semidesnudo, campesino u obrero, montado sobre un caballo de labor, deja que éste sacie su sed en el abrevadero. Con lo cual, la inteligencia y colaboración entre hombre y caballo, que había prestado tanta nobleza a las estatuas ecuestres de césares, reyes y generales, continúa la misma historia más con la notable diferencia de que el jinete no es más que un obrero anónimo.Volvamos unos años atrás, a 1886, para consignar que éste es el año en que M. se establece en Lovaina, al ser nombrado profesor de escultura de su Academia. Sólo en 1900 pasará a vivir definitivamente en Bruselas. Y desde 1893, ha estado soñando en su gran Monumento al Trabajo, que ha de constar de cuatro grandes bajorrelieves con escenas alusivas, respectivamente, a la Industria, la Siega, el Puerto y la Mina. Todo ello iría presidido por una gran figura de Maternidad. El monumento no llegó a ser realidad, pero sí se conservan los relieves dichos, modelados con una pujanza, una sobriedad de gesto, una como glorificación de la eficacia absolutamente admirables. Igualmente quedó inconcluso el monumento a Emilio Zola, que había soñado realizar Maillol (v.) y que el propio M., al admitir el encargo, aseguró le parecía más lógico que el autor fuera un francés. Cuando por fin se alzó este monumento, eran obras de M. el Herrero que simboliza al trabajo y la figura de la Fecundidad, no otra que la Maternidad del irreaUzado monumento anterior.En verdad, cuando M. fallece en 1905, ha dejado una obra sólida y apretada, de suficiente importancia numérica, pero casi insignificante en un hombre de 74 años de edad; pero si recordamos que esa obra de escultor sólo cubre sus cuatro últimos lustros, el cálculo ha de establecerse pensando en 38 ó 40 años, la mitad de los vividos por el gran belga. Y tanto da una cuenta como otra, porque el nombre de M. sobra para prestigiar la plástica de su país durante el s. xix, mucho antes de ser relevado por James Ensor (v.). Naturalmente, fueron varios los escultores belgas -de su generación y posteriores- influidos por nuestro artista. Desde luego, Van der Stappen, Devillez y Pierre Braecke. Por algún tiempo, de estos y otros talleres no salían sino figuras de mineros, cargadores y obreros industriales. Sin embargo, si el tema podía crear escuela, no así la dignidad heroica atribuida por M. a sus prototipos, ciertamente seleccionados, pero en ningún modo favorecidos. Su Descargador, del Museo de Amberes, es un impasible mecanismo muscular, y se advierte que su trabajo es también un tanto mecánico. Y aquí es donde procede citar una puntualización de Werner Hofmann, cronista de la escultura novecentista. Millet y Courbet se han anticipado a M. en cuanto a protagonizar sus obras con trabajadores. Millet (v.), teniendo el trabajo como actividad bendecida por Dios; Courbet (v.), dándole un giro y un motivo de protesta social. Pero M. "amplía elcontenido simbólico del tema... sus obreros sienten el orgullo de iniciar una nueva forma de humanidad. Los trabajadores de Meunier son las figuras heroicas de la era técnica, y expresan el sentimiento que muchos filósofos de mediados de siglo quisieron elevar a tesis: la convicción de que el trabajador es el padre de la humanidad (A. Ruge)". (W. Hofmann, La escultura del siglo XX, Barcelona 1960.)De aquí que la obra de M. haya constituido el mejor prólogo que pudiera soñar el realismo socialista, aunque no sea cuestión probada la adhesión del artista bruselés a ningún propósito revolucionario de su tiempo, y aunque hoy sea más admirado por la precisión y justeza de su repertorio humano que por esa un tanto neutra glorificación del trabajo. En fin, sería improcedente tratar de interpretar la obra de M. a la luz de focos mentales que ni él ni sus contemporáneos pudieron prever. Lo que nos importa es su condición de escultor, de escultor tardío, de escultor poderoso, de escultor de realismos mitigados y sustantivos, de escultor que renunció a un gran caudal. de posibilidades por desacordes con su tema.I. A. GAYA NUÑO
BIBL.: C. LEMONNIER, Constantin Meunier, París 1904; A. FONTAINE, Constantin Meunier, París 1923; M. DEVIGNE, Les grands beiges. Constantin Meunier, Bruselas 1919; L. CRISTOPHE, Meunier, Amberes 1947
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.