Meseta (región Española) GEOG.
Categoria:
Geografía
Gran región o unidad geográfica de algo más de 200.000 Kmz de extensión y 600 m. de altitud media, que ocupa el centro de la península Ibérica1. Personalidad morfológica de la Meseta. La palabra meseta hace referencia a mesa o tablero levantado sobre lo que hay alrededor. Así es morfológicamente, y en líneas generales, esta gran unidad geográfica. Se trata de una penillanura o casi llanura, que se alza en el centro de la Península como alta planicie bien destacada. Contribuye más a destacarla el hecho de que sus bordes están a su vez más levantados, son cadenas montañosas. Fuera de ellos, al N se halla, a mucha menor altitud, la rasa costera cantábrica; al NE la depresión del Ebro (v.), que en su centro sólo alcanza 200 m. de altitud; al E las llanuras costeras del Mediterráneo, y al S la depresión del Guadalquivir (v.), que en el meridiano de Córdoba apenas alcanza 100 m. y al O, ya en Portugal (v.), otras llanuras costeras inmediatas al Atlántico. Sólo por el NO, en Galicia (v.) puede encontrarse alguna continuidad morfológica
La formación geológica. El espacio que ahora ocupa esta planicie fue profundo fondo de mar hasta bien entrada la Era Primaria (v.) o Paleozoica. En esta Era tuvieron lugar dos series de empujes tangenciales o plegamientos: los caledonianos y los hercinianos. Los primerospresionaron y levantaron los finos sedimentos (arcillas y arenas) que formaban el fondo del mar y que hasta aquí habían llegado desde las tierras lejanas que ya emergían. Los segundos continuaron la presión y consiguieron levantar ya sobre las aguas del mar tales materiales rocosos hasta formar con ellos una gran cadena montañosa que desde Galicia y en dirección SE abarcaba el espacio de la actual M. Este conjunto de tierras ya emergidas ofrecía una general inclinación hacia el actual Mediterráneo
Al cesar los empujes hercinianos se produjo una distensión en el conjunto, y por las líneas de menor resistencia o fracturas consiguientes a la distensión subió el magma interior en forma de gran erupción granítica, presionando aquellos materiales, abriendo las fracturas; la presión hizo que en sus bordes se metamorfizara el granito hasta dar lugar a otra roca diferente: el gneis. Las antiguas arcillas se transformaron en pizarras como consecuencia de tantas presiones; las arenas, en cuarcitas
La posterior erosión peniaplanó el conjunto. En la Era Secundaria (v.) experimenta varios movimientos verticales y, cuando se hunde parcialmente penetra el mar por su borde más bajo, el oriental, y se depositan calizas y areniscas calcáreas. En la Era Terciaria (v.) tienen lugar los plegamientos alpinos. Encuentran el conjunto muy endurecido y se limitan a abombarlo en el centro, a flexionar el borde meridional, a plegar la cobertera secundaria de los bordes orientales y a romper por todas partes el viejo y ya arrasado macizo. El abombamiento central, roto a su vez en bloques, atraviesa la M. de E a O en forma de destacada cordillera a la que llamamos Sistema Central (v.). Divide la M. en dos mitades o submesetas. Los mismos plegamientos alpinos formaron a ambos lados de él, en el centro de una y otra submeseta, sendas depresiones que fueron rellenándose con los materiales arrancados por la erosión a los bordes, hasta llegar a colmatarse a igual altura que el basamento de la llanura o raíces del viejo macizo que afloran por el O. El conjunto recibió, con el empuje alpino, una opuesta y definitiva inclinación hacia el Atlántico
Unidades morfológicas resultantes. Como consecuencia de esta evolución geológica, a la que el glaciarismo cuaternario sólo agregó simples retoques, se producen en ambas submesetas dos zonas de caracteres distintos, una en el O y otra en el centro y E. La occidental, que comprende Extremadura (v.) al S, y la mitad de las provincias que integran el viejo reino de León (v.) al N, tienen al aire libre el basamento o zócalo del viejo macizo de la Era Primaria convertido en penillanura, esto es, en alta planicie de ligeras ondulaciones formada por pizarras, cuarcitas, granito y gneis. Es zona de suelos ácidos y, en ellos, de montes de encinas, robles y alcornoques, y, entre todos éstos, pastos; es la zona de las dehesas, en parte rotas para obtener cultivos cerealistas en largos ciclos
En el centro y E se formaron las indicadas depresiones sobre las que se acumulan los depósitos arrastrados por la erosión desde los levantados bordes circundantes. Estos depósitos son de conglomerados junto a tales bordes, y de arcillas, materiales más finos, en el centro. Pero sobre las arcillas se depositaron también calizas hasta formar una costra o caparazón que cubrió ambas depresiones. El paso de los ríos ha barrido la costra calcárea en muchos sitios. Los restos de ella forman otras más altas y pequeñas planicies, llamados páramos, de más extensión hacia el E. Entre ellos y hasta los bordes los ríos discurren por el piso de arcillas, a más bajo nivel. Esta superficie más baja, que en muchos lugares se llama campiña para distinguirla de la más elevada de los páramos, se desarrolla más corriente abajo, hacia el. contacto con el basamento occidental de la penillanura (v.)
El paso entre los páramos y la campiña se hace mediante violentas cuestas, rotas transversalmente por la erosión en barrancos o cárcavas. Algún retazo de páramo, en forma de artesa volcada, que se llama cerro testigo, y que destaca bien su coronamiento calcáreo sobre las arcillas, rompe la continuidad de la campiña, sobre todo en las proximidades de los páramos. Al contraste morfológico se une también el de aprovechamientos y el de los consiguientes distintos colores: de más intensa explotación agrícola, y más verde, la campiña, que intensifica su verdor junto a los ríos; más pobre, a veces sólo cubierta de pobres plantas silvestres arbustivas, la superficie alta de los cerros y los páramos
Dentro de esta general distribución de formas y terrenos que presentan ambas submesetas en fajas paralelas según se va de O a E, hay también que distinguir algunos contrastes. Las formas -basamento de la penillanura al aire libre en el O, campiña y parámos en el centro y Ese repiten, en efecto, a uno y otro lado del Sistema Central divisorio. Pero la submeseta septentrional está 100 m. más elevada que la meridional, y en aquélla se reduce mucho el basamento de rocas silíceas -granito, cuarzos y pizarras- que, en cambio, abarcan casi toda Extremadura en la meridional. La submeseta septentrional forma una sola cuenca hidrográfica, la del Duero (v.); la meridional no sólo está atravesada en parte por el Júcar (v.), que lleva sus aguas al Mediterráneo; el resto está dividida en dos cuencas, las del Tajo (v.) y la del Guadiana (v.), por los montes de Toledo (v.), alineación montañosa que parte en dos y rompe así la continuidad de las señaladas formaciones de la M
Estos montes de Toledo son también restos del viejo macizo, destacados por las rupturas que provocaron los plegamientos alpinos. Aunque de mucha menor altitud que el Sistema Central, del que son paralelos, contribuye más a destacarlos la fosa del río Tajo entre ambas alineaciones. Finalmente, hay que señalar también otra diferencia entre una y otra submeseta: la septentrional tiene bordes más elevados y está más cerrada al O por el macizo Galaico; la meridional se resuelve en su borde meridional con la flexión de Sierra Morena (v.), poco destacada, y no hay ninguna cadena montañosa que la cierra hacia el O
2. Clima. Los levantados bordes aíslan la M. de la influencia marina, resultando en general un clima continental, con los inviernos más fríos de la Península, si exceptuamos las zonas montañosas. Claro es que las indicadas diferencias entre la submeseta septentrional y la meridional establecen también otras en sentido climático. Esta dureza invernal es muy uniforme en la submeseta septentrional; en la meridional se da también hacia el E, pero no en el O, más próximo y abierto al Atlántico, y como también la inferior latitud de ésta influye, el ángulo sudoeste, Extremadura, ofrece mucho más benignos o suaves inviernos. La media del mes más frío, que es enero, se limita a 2,7° en la submeseta septentrional, y es de seis en la meridional. Es entonces, en invierno, cuando se registran sobre la M. la máxima presión, que es de 1.023 milibares. Toda ella queda entonces dominada por el anticiclón continental o se convierte en puente de altas presiones entre el continente y la alta de las Azores (v. ANTICICLONES Y CICLONES). El tiempo dominante invernal es de cielos despejados o con nieblas matinales; en el centro del día luce el Sol y resultan tibias temperaturas, pero baja mucho durante la noche
La misma continentalidad produce ardientes veranos. El anticiclón de las Azores, siguiendo la vertical del Sol, se desplaza entonces a altas latitudes, hasta llegar a situarse frente a la Península y cierra el paso a las borrascas de este mar que, sin él, llegarían hasta acá. La media de agosto alcanza 20° en la submeseta septentrional, y 25,6 en la meridional. La oscilación térmica entre el mes más frío y el más cálido llega, pues, a 20° en la M
En situaciones intermedias, primavera y otoño dominan en la M. bajas presiones. El anticiclón de las Azores está entonces en su posición normal, más meridional, y no impide que las borrascas que se originan en el frente polar, sobre el Atlántico, lleguen hasta la M. Son las dos épocas de lluvias que tiene. Unas y otras, más las tormentosas de verano y las varias nevadas de invierno, arrojan un total de 410 mm. al año en la submeseta septentrional, y de 430 en la meridional. Repartidas en las dos estaciones intermedias, se conserva bien la humedad en el suelo durante el invierno a favor de la helada costra del suelo, pero resulta un verano extremadamente seco, pues, a la escasez de lluvias se unen entonces las altas temperaturas y la fuerte evaporación. Estas condiciones climáticas, derivadas de la general situación de la Península y de la posición interior y cerrada de la M., condicionan los demás elementos físicos de la geografía de ésta y ponen serias limitaciones a la humanización de su paisaje
3. Hidrografía. Como consecuencia de la general inclinación hacia el O que imprimieron a la M. los plegamientos alpinos, la mayor parte de ésta vierte hacia el Atlántico. Las paralelas alineaciones montañosas, que la limitan al N y S y las que la atraviesan de E a O, orientan la escorrentía general con un solo colector, el Duero, en la submeseta septentrional, y con dos, Tajo y Guadiana, en la meridional. Esta submeseta vierte también en su parte oriental hacia el Mediterráneo a través del Júcar. Los dos primeros colectores generales pierden torrencialidad al abandonar su cabecera, en la cordillera Ibérica (v. IBÉRICO, SISTEMA), y atraviesan con suave perfil longitudinal las planicies terciarias; el Guadiana lo hace en todo su curso. Duero y Tajo tienen régimen pluvionival; el del Guadiana es más claramente pluvial porque los bordes montañosos de su cuenca, los montes de Toledo y Sierra Morena, son poco destacados y no reciben nieves, y él mismo nace a poca altitud. Por las mismas razones, resulta más caudaloso el Duero: 165 m3/seg. y 3,91 por Kmz son sus caudales absoluto y relativo, respectivamente, en Toro. Los del Tajo en Alcántara, ante la frontera, se limitan a 124 y 2,5; y los del Guadiana en Puente de Palmas, a 78,8 y 1,6. En general, aumentan los de los tres según reciben nuevos afluentes y se acercan al Atlántico, es decir, a la zona de más pluviosidad
Los tres son irregulares, con fuertes crecidas en otoño y, sobre todo, en primavera, cuando las borrascas atlánticas indicadas funden la nieve en las cabeceras; y con fuertes estiajes al final del verano, que en el Guadiana están amortiguados por las calizas sobre las que en buena parte discurre. Al llegar ala frontera invierten su perfil, encajándose en el zócalo de la penillanura; los cortes que allí forma el Duero alcanzan más de 400 m. de profundidad. Los encajamientos son más frecuentes en el Tajo, y a ello debe su nombre; esta circunstancia, unida a la general irregularidad indicada, hace que el aprovechamiento de todos y de sus afluentes no resulte fácil. 4. Vegetación. Como consecuencia de la descrita adversa climatología que pesa sobre la M., resulta en ella una vegetación de escasa densidad y pobre porte o apariencia. La intervención humana ha sido, en general, negativa, y la reconstrucción del bosque, esto es, de las especies más corpulentas y rentables, se hace difícil. Sólo en los bordes levantados del NO, N y E y en el abombamiento central, donde la altitud modifica las generales condiciones de aridez, se encuentran masas boscosas importantes, e incluso reliquias de bosque boreal entre ellas, testigos de un pasado climático, en la Era Cuaternaria, más propicio. Hayas, castaños y robles (Quercus robur), con sotobosque de Cistus lauri/olius, helechos y brezos (Erica cinerea) forman en las vertientes montañosas del NE, NO y N la transición a la flora boreal atlántica
Sobre los suelos calizos del borde oriental se ha corregido en buena parte la vieja tendencia de deforestación y hay masas boscosas de Pinus clusiana, sabinas (Juniperus thurifera) y quejigos (Quercus lusitanica). En el borde montañoso meridional y en las alineaciones interiores, de suelos ácidos, dominan las encinas (Quercus ilex) los enebros (Juniperus communis) algunos robles (Quercus tozza) y entre todos ellos diversas plantas arbustivas, como retamas (Retama spherocarpa), jaras (Cistus ladaniferus), lentiscos (Pistania lentiscus), torbisco (Dapne gnidium) tomillo, romero, cantueso y algún acebuche u olivo silvestre en las propicias solanas. Las mismas formaciones continúan desde estas montañas hacia el basamento occidental de la penillanura, aunque con predominio siempre de las encinas. En el Sistema Central, sobre todo en su borde septentrional, y por intervención humana, este típico monte mediterráneo, alto y bajo, cede paso a bosques de pinos madereros (Pinus silvestris) y resineros (Pinus pinaster). En las planicies centrales se ha introducido el pino piñonero (Pinus pinea), que en las provincias de Segovia y Valladolid forman bosquecillos y alternan también con el resinero. Las plantas xerófilas arbustivas ocupan las altas superficies de los páramos, y en las riberas y valles, a favor de la mayor humedad, se alinean, escoltando arroyos y ríos, los sotos de álamos, fresnos y olmos
5. Poblarniento. Antes de la llegada de los romanos, en la Edad Antigua, la M. se había poblado con alguna intensidad. En la cuenca del Duero, los vacceos (v.) se dedicaban a la explotación agrícola en régimen colectivista. En su extremo occidental habían levantado dos núcleos de relativa importancia donde ahora se hallan las ciudades de Zamora y Salamanca. Al E de ellos, los arévacos tenían también un núcleo importante, Numancia (v.). Los vetones (v.), al O de aquéllos, explotaban el pastizal también en régimen colectivista, que implica cierta organización política
La ocupación romana multiplicó las posibilidades económicas y estableció una superior organización administrativa. A favor de una y otra surgieron auténticas ciudades, algunas de las cuales permanecen todavía como tales, y las construcciones de entonces siguen dándolas carácter. Tal es el caso de Segovia. Una densa red de calzadas, que aprovechaban los pasos naturales, relacionaban las dos submesetas entre sí y con las regiones exteriores. La de la Plata atravesaba todas las provincias actuales del O de la M., desde Emerita Augusta, la actual Mérida, hasta Asturica o Astorga. Desde los puntos extremos y desde los principales intermedios partían otras hacia el E. La que seguía el curso del Duero y la que lo hacía por el Henares y el jalón terminaban en Zaragoza, fuera de la M. Estas redes de comunicación, el citado acueducto de Segovia, los puentes de Alcántara, Salamanca, Zamora y otros, y los edificios públicos que se levantaron en Mérida, todo en fin hace suponer que la M. debía tener entonces abundante población. Las guerras entre cristianos y musulmanes en la Edad Media dejaron la M. despoblada o casi despoblada. Cuando la Reconquista (v.) alcanza al Duero se repuebla con pequeños y próximos núcleos la submeseta septentrional; la repoblación (v.) posterior de la meridional se hizo con núcleos mayores y más distantes, diferenciación que todavía pesa en el reparto de la actual población
La población. Aumentó hasta el s. XVI. A este incremento sucede una etapa de descenso que llega hasta el s. XIX. A partir de entonces vuelve a aumentar, y ya de manera acelerada hasta ahora. Pero en el último aumento hay que señalar un cambio fundamental a partir de 1950. Las cifras generales de población de toda la M. continúan subiendo a partir de esa última fecha, es decir, en el censo de 1960 y en los recuentos padronales de 1965. ncro suben por el aumento grande que experimenta Madrid y también en parte Valladolid y alguna otra capital, cuyos cinturones industriales y la concentración de servicios, sobre todo en la primera, provocan una gigantesca inmigración. Entre 1951 y 1960 sólo aumentan su población, por esas causas, las provincias de Madrid y Valladolid, más la de Badajoz, en la que repercuten entonces los regadíos del plan de colonización. Las demás pierden población en ese último periodo intercensal, aunque aumenta la de sus respectivas capitales y la de los escasos núcleos industriales. Es decir, sigue el aumento hasta 1960, pero debido a la fuerte inmigración que registran unas cuantas localidades, principalmente Madrid
Desde 1950 es mucho más acusado el éxodo rural, que afecta sobre todo a los núcleos que siempre fueron más pequeños y exclusivamente agrarios, que son los de las zonas montañosas, y, en general, los de la submeseta septentrional. En esta mitad de la M. había 1.116 despoblados ya a mediados del s. XVIII y muchos estaban así desde el final de la Edad Media. Esto quiere decir que en esta zona existe ya desde entonces una tendencia a disminuir núcleos. La tendencia se acusa más en los últimos tiempos, en los que muchos se han quedado reducidos a simples aldeas o incluso a alquerías en beneficio de las capitales provinciates, de los núcleos de alguna actividad industrial y, más aún, de zonas y localidades exteriores a la M. que ofrecen más ocupación y actividad industrial y de servicios. Las generales cifras del censo de 1960, superiores a las del censo inmediato anterior para el conjunto de las provincias de la M., encubren, pues, una realidad compleja, dominada por emigración en 14 de las 17 provincias
Reparto actual de la población. Estas 17 provincias reunían en 1960 casi 9 millones de hab., lo que representa el 29% de la total población española. Pero la extensión de ellas es casi la mitad de la nacional. La densidad es, pues, menor que la media del país: se limita a 39 hab/Kmz. Esos 9 millones de hab. se distribuyen por todo el ámbito de la M. de manera muy desigual. Madrid sólo reúne la cuarta parte. Gracias principalmente a esta gran concentración, la densidad de la submeseta meridional es de 47 hab/Kmz, mientras la septentrional se limita a 30. La misma concentración madrileña hace que su provincia resulte una de las de mayor densidad de España: 325 hab/Kmz en la misma fecha censal. La densidad de las restantes provincias es muy inferior. Pasan de 37 las de Valladolid, León y Badajoz; algo más de ?0 tienen las de Toledo y Salamanca, y un poco menos las de Ciudad Real, Ávila, Palencia, Zamora y Segovia; 26 las de Cáceres y Burgos; 24 la de Albacete, mientras las de Cuenca, Guadalajara y Soria se limitan, respectivamente, a 18, 15 y 14. Si excluimos las capitales provinciales, se aprecia mejor que las menores densidades coinciden, en general, con las zonas de los páramos, es decir, las más orientales de ambas submesetas y aquellas donde el zócalo de la penillanura aparece a la superficie en mayor extensión
Los núcleos de población. La población se halla en general concentrada. En la submeseta sur hay 51 núcleos que en 1960 pasaban de 10.000 hab., mientras en la norte sólo son 17. De los meridionales, 22 tienen más de 20.000 hab. Entre éstos se encuentran las ocho capitales provinciales. En cambio, en la submeseta norte sólo pasan de esta cifra diez entidades, de las que ocho son capitales provinciales
Madrid reúne el 87% de la población de toda la provincia y Valladolid el 42%. Las demás capitales no pesan tanto en el conjunto de la población provincial. Se limitan a reunir los servicios administrativos propios de su carácter de centros provinciales, centralizan comunicaciones en la provincia respectiva y tienen, casi siempre, la principal actividad comercial de ella. Pero se industrializan lentamente, y todavía es el conjunto de monumentos históricos y artísticos de pasadas épocas, a lo que en algunas se unen alcázar y murallas, lo que les imprime más personalidad o carácter. Paralizado o casi paralizado su desarrollo al terminar el s. xvi, y no reemprendido de manera clara hasta el actual, ese conjunto monumental queda así muy destacado en todas ellas. Es al margen o alrededor donde se ensancha y adapta con trazados lineales la red viaria y se alzan los modernos edificios de viviendas plurifamiliares, que en general no rompen todavía el carácter de ciudad museo que da a cada una el monumental conjunto
Algunos de los centros comarcales, como Ponferrada, Béjar o Puertollano, se han industrializado, incluso más en algunos casos que la capital respectiva. Lo normal, sin embargo, es que las ferias de vieja tradición (Medina del Campo, Talavera de la Reina); la cabecera de obispado que asumen algunos, como Astorga, Ciudad Rodrigo o Plasencia; la relativa concentración que todos tienen de servicios respecto a los núcleos circundantes, son los hechos que mantienen su relativa importancia y los sitúa así, en cuanto a, ésta, entre las capitales y los pueblos. Estos últimos son los que más dominan, y su casi exclusivo carácter agrícola, que se refleja bien en las construcciones, resulta la nota más característica de la M
6. Aspectos regionales. Dentro de este esquema general hay que señalar algunas diferencias comarcales. Las hay, en primer lugar, entre la submeseta septentrional y la meridional, pues aquélla, como se ha indicado, tiene inviernos más fríos y heladas más persistentes que limitan la vegetación y la explotación agrícola. En este sentido, podríamos decir que la carencia casi absoluta del olivo y la menor superficie de viñedo son las notas diferenciales más destacadas. Pero a esto se suma también el mayor desarrollo que en la meridional ofrece el basamento de rocas silíceas occidentales que, en consecuencia, dan a ésta mayor extensión en cuanto a las dehesas o explotaciones de árboles mediterráneos y pastos que se dedican a ganado porcino y ovino principalmente. Y, junto a uno y otro aspecto, el también indicado de las formas de poblamiento, con muchos y muy próximos pequeños núcleos en la submeseta septentrional y, en cambio, mayores y más distanciados, que también sobresalen al presentar muyblanqueadas las fachadas como defensa frente al calor, en la meridional
Por otra parte hay que señalar las diferencias que tambien establecen en el paisaje las tres distintas composiciones geológicas y morfológicas que hemos destacado y que de O a E son, en ambas mitades de la M., la zona de penillanuras, donde el basamento de rocas paleozoicas aflora a la superficie por todas partes y da lugar a suelos poco profundos y muy ácidos; la campiña o zona más central, de suelos arcillosos o de depósitos fluviales, que es la de más intensa explotación agrícola; y, finalmente, la más oriental de los páramos calizos, más árida, con pobre vegetación de plantas arbustivas entre las que campan los rebaños lanares y con pobres cultivos cerealistas, que requieren por lo menos un año de barbecho por cada cultivo
Estas diferencias en tres fajas irregulares, que se suceden de O a E, se dan en ambas submesetas, dentro de las diferenciaciones más generales establecidas entre la septentrional y la meridional. Pero a la vez hay que hacer notar de nuevo que ambas submesetas tienen sus bordes levantados, y la meridional está cruzada por los montes de Toledo. Desde estos bordes hacia el centro de cada cuenca se aprecian también otras diferencias paisajísticas secundarias. Resultan así una serie de comarcas o unidades geográficas menores. En las penillanuras occidentales se halla al N la hoya o fosa del Bierzo, pieza del viejo macizo paleozoico arrasado que después hundieron con sus rupturas los plegamientos alpinos. Es transición entre la M. y Galicia, con clima más húmedo que el general de aquélla y temperaturas más suaves, a favor de las cuales se cultiva en apreciable extensión el viñedo; sus prados naturales, más jugosos y permanentes que en el resto de la M., alimentan ganado vacuno, y rompen su verdor, sobre todo en el borde montañoso septentrional las explotaciones carboníferas. Ponferrada es el centro más importante, hasta donde llegan los menudos de carbón del Norte que en esa localidad se aprovechan mediante centrales eléctricas. Al S, en la provincia de Zamora, se halla la comarca de Sanabria. Sus pequeñas fincas cercadas y destinadas a patatas, alubias y hortalizas; sus prados naturales siempre verdes; sus montes de castaños, robles y helechos; los heniles junto a las casas de piedra o en los prados, son todos caracteres que la dan más aspecto gallego que meseteño. Junto con la otra comarca leonesa forma lo que se ha llamado el Noroeste húmedo de la M
La zona de penillanuras continúa hacia el S con los valles de Tera, Tábara y Aliste, y con la Tierra de Sayago. Aquéllos están orientados de NO a SE, y en todos contrasta el paisaje de los bordes montañosos, forestal y ganadero, con el fondo de los valles, roto por las pequeñas fincas cercadas o "cortinas" de remolacha, patatas y alubias. Al S, hasta el río Tormes, sobre un gran batolito o erupción de granito, está la Tierra de Sayago, de pervivencias colectivistas en la explotación de sus montes de encinas y en sus abiertas tierras cerealistas. Y, ya en la provincia de Salamanca, traspuesto el curso del Tormes, el Campo Charro, con sus típicas dehesas de toros, ovejas y cerdos, en régimen de gran explotación. El Campo termina al O en la ribera del Duero, donde este río se encaja mucho y da lugar así, abajo, a un microclima que se aprovecha con cultivos de vid, olivo y almendros. Cierran el Campo al S las sierras de Gata, Peña de Francia y Béjar, en las que de nuevo las encinas ceden lugar a robles y castaños, y en cuyos valles vuelve a encontrarse vid y olivo
La zona central de la submeseta septentrional empieza al N con la vertiente de la cordillera Cantábrica (v.), transición húmeda también hacia la región costera. Termina en una serie de altas planicies de más de 1.000 m. de altitud, frías y despobladas, y el Páramo leonés que ha sustituido su tradicional cultivo de vides por los más variados que proporciona el regadío derivado del pantano de Barrios de Luna. El centro de la zona lo forma la Tierra de Campos, amplia planicie arcillosa, de vieja tradición cerealista. Junto al Duero, el cereal cede lugar al viñedo en la tierra del vino vallisoletana o Tierra de Medina, que se prolonga hacia el O por la provincia de Zamora en la comarca de Toro y en la propiamente llamada Tierra del Vino. Desde estas comarcas próximas al Duero hasta el Sistema Central vuelve otra vez a encontrarse el monocultivo cerealista en la Armuña y en la Tierra de Peñaranda, ambas de la provincia de Salamanca, y este aprovechamiento cerealista pierde espacio en favor de los pinares por la tierra de Arévalo para terminar al E, ya en la provincia de Segovia, por dejar a éstos, que son de especie resinera, la nota más característica
En el Sistema Central, tienen más destacada personalidad los valles del Alagón, Corneja, Amblés y Lozoya. El primero es una fosa transversal por la que el río lleva aguas de la submeseta norte hacia el Tajo; los otros, longitudinales, son también fosas o piezas hundidas en el conjunto por las fracturas alpinas. Predominan prados y pequeñas piezas de hortalizas entre las masas forestales de las laderas. Traspuesta la cordillera, se aprecia en seguida la superior temperatura invernal en La Vera de Gredos y el Valle del Tiétar, ambos en la Alta Extremadura, con frutales diversos, tabaco y algodón. Más al S, por la misma penillanura extremeña, terminan en la fosa del Tajo. La altiplanicie cacereño-truj¡llana alterna los cereales con las dehesas de encinas destinadas a alimento de cerdos y ovejas. Ya en la provincia de Badajoz, el pantano de Cíjara ha trasformado el viejo paisaje de dehesas con los regadíos del Plan Badajoz. La zona occidental vuelve a repetir su paisaje montaraz al otro lado de la Tierra de Barros y La Serena, en las estribaciones de Sierra Morena
En la parte central y oriental, la submeseta sur presenta mucha más uniformidad hasta formar la más extensa comarca española: La Mancha (v.). Cereal, y en segundo término vid y olivo, son sus aprovechamientos, entre los grandes y distanciados pueblos de blancas fachadas. La transición entre las penillanuras extremeñas y La Mancha se realiza por el campo de Calatrava. Al N, entre los montes de Toledo y el Tajo, se halla La Jara, y más al E, La Mancha termina en el principio de los páramos de Guadalajara, que constituyen la Alcarria. La general uniformidad morfológica de la M. se resuelve, pues, en distintas piezas comarcales, incluso dentro de cada una de las tres composiciones litológicas y tanto para una como para la otra submeseta
V. t.: MESETA (Geología)A. CABO ALONSO
BIBL.: M. DE TERÁN ÁLVAREZ, Geografía de España y Portugal, Barcelona 1958; H. LAUTENSACH, Geografía de España y Portugal, Barcelona 1967; M. DE TERÁN ALVAREZ y L. SOLÉ SABARís, Geografía regional de España, Barcelona 1968; J. GARCÍA FERNÁNDEZ, Aspectos del paisaje agrario de Castilla la Vieja, Valladolid 1963; íD, Los sistemas de cultivo de Castilla la Vieja, en Aportación española al XX Congreso Internacional de Geografia, Madrid 1964, 139-150; !D, Campos abiertos y campos cerrados en Castilla la Vieja, en Homenaje al Excmo. Sr. D. Amando Melón, Zaragoza 1966, 117-131; L. GARCÍA OTEYZA, Estudio sobre el tamaño de la propiedad y de la explotación en la Cuenca del Duero, Madrid 1963; Y. BATICLE, L’élevage ovin en Extremadure, "Rey. Géographique des Pyrénées et du Sud-Ouest"
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