Mediterráneo, Mar II. Historia. HIST.
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Historia
Cuna de civilizaciones, la actividad neolítica en el M. está atestiguada en la cuenca occidental con poblaciones ribereñas e insulares que habían alcanzado una cultura urbana y practicaban un cierto grado de intercambio. Pero la verdadera génesis de civilizaciones la constituye la cuenca oriental, el mar Egeo y las costas que lo delimitan (v. EGEA, CIVILIZACIÓN). En este ámbito y desde mediados del III milenio, florece la cultura del bronce cretense (v. CRETA III), la civilización minoica (entre los s. XVII y XV a. C.) y por fin la micénica, en las ciudades de la península Helénica: Micenas (v.), Tirinto, Orcomene y Argos. Esta civilización marítima entra en conflicto con las culturas urbanas orientales en la costa de Asia Menor. Allí los fenicios (entre los s. XV y VIII) desarrollan desde sus ciudades-metrópoli, Tiro (v.) y Sidón (v.), una expansión colonizadora y comercial que alcanza las costas de África, en la cuenca occidental, a finales del s. Ix a. C. con la fundación de Cartago (v.; 814 a. C.). Así, pues, al comenzar el I milenio la cuenca oriental del M. es un torbellino de culturas entrelazadas, marítimas y continentales, en una perpetua tensión que puede quedar simbolizada, al tiempo que señala la importancia del mar como vehículo de cultura, en la epopeya griega de la Odisea.El Mare Nostrum. El impacto indoeuropeo (v.) sobre las civilizaciones marítimas alcanza su cenit en el s. VIII a. C., con la colonización griega de Sicilia. Italia meridional y la costa sur de Galia por una parte (V. GRECIA IV, 2); por otra, con el. avance de los persas (v.) desde Irán (v. IRÁN IV) que culmina con la ocupación del antiguo reino dorio de Lidia, además de Fenicia y Egipto. Se produce así el choque inevitable entre la cultura griega y la continental llamadas a interrelacionarse en un movimiento de vasos comunicantes, de influencia recíproca que alcanza su culminación en Alejandro Magno (v.). Simultáneamente, en Italia, bisagra de ambas cuencas mediterráneas, y a la que había llegado el bronce hacia el 1500 a. C. y el hierro hacia el 1000 (v. ITALIA III), la civilización etrusca (v.) inicia una etapa de expansión. El choque producido en la cuenca oriental tiene su correspondencia en la occidental, en la lucha que por la hegemonía mantienen la principal colonia fenicia, Cartago, y la equivalente griega Siracusa. La victoria siracusana de Imera (480 a. C.), contemporánea de la que los griegos obtienen en Salamina sobre los persas (v. MÉDICAS, GUERRAS), confirma, por el momento, la hegemonía dórica en el M., hegemonía que los cartagineses (v.) disputarán a lo largo de los s. v y Iv a. C.Por entonces, en la cuenca oriental, la civilización griega, mezclada con ciertos elementos orientales en la monarquía macedónica de Alejandro Magno, toma la iniciativa en respuesta a la expansión persa. El ingente Imperio construido en un decenio resultaba extraño a la tradición mediterránea, por el intento de injertar el Imperio marítimo y el continental. Su fracaso político y la atomización que durante 50 años siguió a la muerte de su fundador (323 a. C.) no significó la esterilidad total de su obra. Todo el territorio implicado en la órbita cultural de la cuenca oriental del M. sufrió una desigual helenización que motivó la característica fundamental de inestabilidad cultural y amalgamación oriental y occidental hasta la anexión romana (v. SELÉUCIDA, DINASTÍA). Por lo que respecta a la cuenca occidental, el enfrentamiento de cartagineses y siracusanos se había inclinado decididamente a favor de los primeros en el último cuarto del s. III a. C. La expansión púnica por la costa africana, las islas tirrenas y las costas orientales de Iberia garantizaba el control indiscutible del M. occidental. El puesto de Siracusa (v.) fue ocupado por la naciente potencia de Roma que acababa de asumir las colonias griegas del Sur de la Península (v. ROMA III). El choque de intereses iniciado en la lucha por el estrecho de Mesina y la isla de Sicilia se amplió pronto a toda la zona dominada por Cartago. Las denominadas Guerras púnicas (v.) se extendieron a lo largo de más de un siglo (265-146) hasta la total destrucción de Cartago y afectaron al conjunto de colonias de ambas potencias en toda la cuenca mediterránea. La eliminación de la potencia fenicia determinaba el comienzo de un M. romano occidental, que se ampliaría al M. oriental, incluso antes de la aparición del Imperio.La destrucción de la unidad romana. En cinco siglos, las oleadas germánicas primero, la expansión musulmana y la recuperación cristiana después, así como la invasión turca, dejaron reducido el M. romano a un campo de luchas nacionales. La invasión bárbara se inicia en la cuenca oriental, vinculada entonces a Constantinopla (v. BIZANCIO I), el polo de civilización romano oriental desgajado de la unidad romana en el Bajo Imperio; progresivamente, la oleada germánica se desliza hacia Occidente, fundiéndose con los restos de la romanidad y soñando a veces, como en el caso de Teodorico (v.), en reconstruir la unidad perdida. Fracasada toda tentativa, perdura la escisión, mientras en Arabia (v. ARABIA II) se inicia un poderoso movimiento aglutinador de pueblos, con carácter de expansión explosiva, que protagonizan los futuros dominadores del M. La fulgurante conquista islámica, que en algo más de un siglo llega a los pies de Constantinopla por Oriente y a los Pirineos por Occidente, hace del M. un lago interior árabe. Frenados en su expansión, el control de la costa mediterránea y de la mayoría de las islas determinaba un dominio prácticamente exhaustivo y, simultáneamente, el florecimiento de una cultura superior a la de los reinos cristianos, esforzados éstos en reajustar su civilización e incluso su propiaexistencia. Únicamente Constantinopla podía ofrecer algún parangón respecto de la civilización musulmana. Occidente encontró poco a poco un nuevo camino de unificación tímida y romanizada todavía, en la obra de Carlomagno (v.); y, con seguridad y agresividad, a partir de los s. XI y XII, cuando la afirmación del cristianismo rompió el cerco islámico y se aventuró en el M. en la compleja aventura de las Cruzadas (v.). Con ellas, la cuenca oriental recobraba una vida inusitada e iniciaba la progresiva gestación de una segunda simbiosis (recelosa a veces y otras entusiasta) entre la cultura cristiano-occidental y la islámico-oriental. Agentes especialmente activos de esta efervescencia fueron los mercaderes, fundamentalmente venecianos y genoveses, que monopolizaron el tráfico desde el mar Negro a Chipre y Egipto en un triángulo marítimo cuyos vértices podían ser Constantinopla y Trebisonda al NE, Alejandría al S, y Génova y Venecia al NO, con enclaves intermedios insulares en Chios, Chipre o Malta. El enorme desequilibrio económico entre la cuenca oriental y la occidental del M. fue compensándose lentamente e incluso invirtiéndose, gracias sobre todo a la actividad aragonesa y a la red de intercambios y distribución textil y agrícola, muy especialmente por la compleja red canalizadora del trigo africano y siciliano.Tal situación sufrió un golpe grave con la expansión turca. Heredera de la potencia islámica, la nueva oleada militar empujó en primer lugar al Imperio bizantino hasta consumar la toma de Constantinopla en 1453. Los terminales del comercio veneciano-genovés en el mar Negro y Siria fueron desarraigados, y las rutas comerciales del M. oriental sufrieron un retroceso progresivo, terminando por abandonar prácticamente la zona y traspasarse al M. occidental, donde aprovecharon la decadencia del comercio aragonés para establecer, especialmente por parte genovesa, una hegemonía que no sería duradera por cuanto en el s. xvi los turcos (v.) se enseñoreaban de la costa norte de África e interrumpían intermitentemente el tráfico cristiano, amenazando por segunda vez con convertir el M. en un mar interior musulmán. Sólo Venecia mantenía tímidas rutas comerciales con Alejandría a costa de un derroche de diplomacia y de poder marítimo.El Mediterráneo moderno. Realizada entre tanto la unificación nacional de las modernas monarquías occidentales, la rivalidad franco-española se proyectó sobre el M. por la posesión del reino de Nápoles y sus islas, resolviéndose a comienzos del s. xvi a favor de España, que reafirmaba así la tradición aragonesa y quedaba comprometida en la defensa de la cuenca occidental primero y de todo el M. después, cuando Carlos V, como Emperador de Occidente, asumía la defensa de la cristiandad ante los turcos. La política imperial de conquista, aunque logró triunfos moderados en la costa norteafricana (Túnez y La Goleta), no pudo resolver definitivamente el problema, que legaba a su heredero Felipe II. La presión turca en la cuenca oriental y el endurecimiento de su posición ante genoveses y venecianos impulsó a la Señoría, a la República genovesa y al Papado a estrechar una alianza antiturca con España para limpiar definitivamente el M. Asumida la cabeza de la Santa Lig=, por Felipe II en la persona de Juan de Austria y después de complejas negociaciones para establecer un programa de acción conjunta y un reparto de cargas y derechos que contentasen a todos, en 1571 se logró un espectacular triunfo en Lepanto (v.) cuya eficacia no estuvo a la altura de la acción militar. Los diferentes objetivos de los integrantes de la Liga entraron casi inmediatamente en conflicto y se perdió la oportunidad de completar la victoria alcanzada. A pesar de todo, Lepanto establecía un status de equilibro que permitía a los venecianos un respiro en la posesión de sus factorías orientales (Negroponto, Chipre, Candía, etc.).La situación del M., como polo de la cultura occidental y eje del desarrollo civilizador a lo largo de cuatro milenios, cambia al finalizar el s. XVI. Por una parte, las nuevas rutas oceánicas portuguesas de las especias, rodeando África y desembocando directamente en el océano Indico y el golfo Pérsico, supusieron un golpe irreparable para el comercio mediterráneo con Oriente. Por otra, los descubrimientos españoles en el Atlántico, la incorporación de América y el peso del Imperio colonial que se había gestado allí a lo largo del siglo desplazó las rutas económicas europeas (V. DESCUBRIMIENTOS GEOGRÁFICOS). Por último, la progresiva decadencia de los grandes Imperios con lastre medieval, como el español y el turco, dejó paso en el s. XVII a nuevas potencias más reducidas pero también más homogéneas e intensamente racionalizadas. Con ellas, el interés de Europa se desplazaba irremisiblemente hacia el canal de la Mancha, el mar del Norte y el Báltico. Y ello tanto en el orden político (con las sucesivas hegemonías de Holanda, Francia, Inglaterra, Suecia y posteriormente Prusia y Rusia) como en el económico (Amberes, Amsterdam y Liverpool, en vez de Venecia, Génova y Barcelona).De este modo, cuando la modernidad ha alcanzado realmente su madurez, el M. queda relegado a una cuenca secundaria, en la que grandes potencias no mediterráneas disputan ciertas bazas políticas y consideran dicho mar como un campo de operaciones digno de tenerse en cuenta pero en ningún caso esencial para la lucha dramática por la hegemonía de Europa que se desarrolla a lo largo de los s. XVIII y XIX. Este nuevo M., mediatizado, cuya importancia pasa de generador de civilizaciones a camino estratégico de dominio, se inicia realmente con la aparición,después del tratado de Utrecht (v.; 1713-15), del dominio inglés sobre Gibraltar y Menorca, luego Malta, resortes de una presión constante sobre las viejas potencias mediterráneas y avanzadas respecto al "gran enfermo" turco, quien a su vez veía amenazada su hegemonía de la cuenca oriental por la punta meridional, a causa de la expansión de la nueva Rusia, que se deslizaba hacia el mar Negro y pretendía el control de los estrechos del Bósforo, y a causa también de las ambiciones austriacas sobre el Adriático.La acentuación de la rivalidad colonial anglo-francesa, que estalló en las guerras coloniales del s. XVIII y se proyectó hasta el periodo napoleónico, puso de relieve el nuevo papel del M. como instrumento de poder estratégico. Después del breve paréntesis del dominio francés, en el momento de máxima expansión del Imperio napoleónico, Inglaterra recupera el control del M., una vez eliminado Napoleón. A lo largo del s. XIX, la política mediterránea inglesa sostiene dos tendencias: frenar a Francia en la, cuenca occidental y a Rusia en la oriental, convirtiéndose para ello en un firme sostenedor de la debilitada Turquía e incluso de Austria (que por sus posesiones en Italia podía ejercer un cierto contrapeso de Francia con tal de que se la controlase). El ejemplo más palpable de esta situación lo constituyó la guerra de Crimea (v.; 1853-56), que en definitiva no fue más que la decidida acción anglo-occidental para evitar que Rusia arrollase a los turcos y pusiera los pies en el M. oriental.Aunque la independencia griega y la unidad italiana confirieron matices de renovación nacionalista al ámbito político del M., el cambio más importante provenía del impacto económico e imperialista que supuso, en 1869, la apertura del canal de Suez (v.). Esta puerta hacia Extremo Oriente hacía adquirir al M. una renovada vit: ;;dad, en el centro de casi todas las rutas comerciales, y un aumento impresionante de su valor estratégico como camino hacia las colonias de aquellas potencias que, precisamente, ejercían su hegemonía sobre él. La ebullición político-económica de dichas potencias alcanzó su máximo en el último cuarto del siglo, amenazando varias veces con estallar en torno a los puntos de fricción situados en ambas cuencas mediterráneas: la cuestión balcánica en la oriental, y la norteafricana (resonancia de un problema colonial mucho más vasto y que afectaba a todo el continente africano) en la occidental. Pero cualquiera que fuese la situación, Inglaterra mantenía su control en todo el M., muy especialmente tras la incorporación a su dominio de Chipre y Egipto. Culmina así la característica etapa de "camino del Imperio" que se había abierto para el M. con el hundimiento de la tradicionales potencias mediterráneas, a comienzos del s. XVII.El Mediterráneo del s. X7,:. A partir de la I Guerra mundial (v.), surgida en definitiva de antecedentes coloniales e imperialistas, surge un nuevo tipo de problemática en el M.: los nacionalismos de los países ribereños y, como consecuencia, la clausura definitiva de la hegemonía anglo-francesa, sustituida primero por la norteamericana y, en la actualidad, por la creciente presencia soviética. El proceso de independencias nacionales del mundo musulmán se inicia en 1922 con la de Egipto (entonces nominal), confirmada en 1936. Marruecos, cuyos primeros intentos se remontan al primer cuarto de siglo, alcanza su independencia en 1957; Libia, en 1922-31; Siria, en 1926; Túnez, en 1956; y Argelia, en 1962. Junto a este despertar nacionalista, y catalizador de las nuevas potencias, el M. ha visto aparecer un nuevo Estado sobre el que se centra actualmente la política mundial, el de Israel. Sus orígenes se remontan a la Declaracion Balfour (1917), pero su independencia real data de 1947. Con él se inicia la actual singladura del M. como nudo de conflictos y campo de acción de la diplomacia de las grandes potencias. Rodeado de los nuevos Estados arabófonos, surgidos en muchos casos de los esfuerzos de la diplomacia inglesa en la II Guerra mundial (v.) y pensado en un principio como trampolín de una permanencia inglesa en el Medio Oriente (lo que en definitiva no era más que el intento de mantener su hegemonía sobre el M.), el Estado de Israel constituye un enclave occidental en un mundo oriental y con ello, de alguna manera, continúa el ancestral enfrentamiento de culturas típico del M.La penetración norteamericana en el M. arranca de la II Guerra mundial (v.), acelerada por la guerra civil griega (1947-49), la nacionalización egipcia del canal de Suez (1956), la reorganización militar de la nueva Turquía auspiciada por los EE. UU. y la participación en el pacto de Bagdad (1955), cuya consecuencia inmediata fue la incorporación del M. a la estrategia de la OTAN y la presencia permanente de la VI Flota norteamericana. Pero la hegemonía de los EE. UU. encuentra un contrapeso a partir de la derrota de la coalición árabe contra Israel (1967). La alianza de Egipto con la Unión Soviética implicaba una apertura del M. oriental a la flota soviética. Quedaba así el M., al igual que en los s. xvill y xlx, como un campo de acción secundario para las grandes hegemonías no mediterráneas, apartado, por tanto, de lo que ha sido su trayectoria tradicional, de germen de culturas y camino de interacción de civilizaciones.V. t.: PIRATERÍA IC. ALVAREZ SANTALÓ
BIBL.: F. BRAUDEL, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, México 1964; R. GAY DE MONTELLÁ, Valoración hispánica en el Mediterráneo, Madrid 1952; C. IBÁÑEZ DE IBERO, Política mediterránea de España 1704-1951, Madrid 1952; CH. DUFOURcQ, L’expansió catalana en el Mediterraniu, Barcelona 1967.
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