Marta Cristina de Habsburgo-lorena
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Biografía GER
Reina consorte de España (1879-85) y regente en nombre de su hijo Alfonso XIII (1885-1902). Hija de los archiduques Carlos Fernando y María Isabel de Austria, nació en Groos-Seelowitz (Moravia), hoy Zidlochovice, el 21 jun. 1858. Recibió una excelente formación humanista y religiosa, que fue decisiva en su vida y en su papel histórico. Austera, sencilla en sus costumbres, aunque dotada de una especial dignidad, convenció por completo a Augusto Conte, representante español en Viena, y comisionado por el rey Alfonso XII (v.) (viudo entonces de su primera mujer, Mercedes de Orleáns) para que le buscase en aquella corte una nueva esposa. Las recomendaciones de Conte, bien informado, desde luego, bastaron para decidir la boda, que se celebró con toda solemnidad el 29 nov. 1879, en la basílica madrileña de Atocha.La llegada de M. C. a la corte de España quedó un poco ensombrecida por el recuerdo de la reina fallecida el año anterior. Extranjera, un tanto rígida y carente de gracia, no pudo reemplazar enteramente a D’ Mercedes ni en el corazón del monarca ni en el sentir popular. M. C., inteligente y amable, eso sí, tuvo que ir conquistando aquellos afectos poco a poco. Su participación en el reinado de Alfonso XII fue de suma discreción, y no consta que influyera de ningún modo en la marcha política. Poco aficionada a las fiestas palaciegas, contrastaba en esto con los gustos de su esposo. Le había dado dos hijas, María de las Mercedes y María Teresa, y esperaba un tercer hijo, cuando m. Alfonso XII, el 26 nov. 1885. Su comportamiento durante la enfermedad del rey fue de una abnegación ejemplar, hasta el punto de que puede decirse que fue en aquel último momento cuando consiguió ganárselo.Comienzos de la regencia. Gobierno de Sagasta. La entrada de M. C. en la historia de España se registra verdaderamente ahora, cuando se inicia una azarosa y difícil regencia, que la reina viuda sabría llevar con un tacto fuera de lo común. Por fortuna, los políticos supieron unificar sus criterios ante los problemas creados por la muerte de Alfonso XII. No parece que llegara a estipularse eJ llamado pacto de El Pardo, entre conservadores y liberales, pero sí es evidente que los jefes de ambos partidos, Cánovas (v.) y Sagasta (v.), llegaron a un acuerdo, expreso o tácito, para la aceptación de un turno pacífico en el poder, y para relegar cualquier cuestión sobre la sucesión a la corona, hasta el momento en que naciese el esperado tercer hijo de M. C. La inmediata dimisión de Cánovas, con la consiguiente subida al poder de los liberales de Sagasta, aunque muy criticada por algunos elementos conservadores, pudo ser una obra maestra de la política. Cuando menos, dejaba al partido menos monárquico -el liberal- como guardián de una situación de regencia. La inteligencia y delicadeza de C. ganaron desde el primer momento a Sagasta, hasta el punto de que se convirtió desde entonces en su principal valedor.El 17 mayo 1886 nacía Alfonso XIII, rey -caso único en la historia- desde el mismo instante de su venida al mundo. La cuestión sucesoria estaba resuelta, y la regencia se deslizó desde entonces con mucha más suavidad. La casi totalidad de las fuerzas políticas estaban con la "situación", y deseaban, por consiguiente, que no se malograse aquella criatura, cuya salud pasó, durante los primeros años, por momentos de peligro.Sagasta gobernó por espacio de cinco años (1885-90), sin graves contratiempos, aunque la solidez del régimen se resquebrajó un tanto a causa de las reformas políticas introducidas y la disidencia de determinados grupos. Los liberales iniciaron una política de apertura democrática, con la implantación del sufragio universal, el establecimiento del jurado y la nueva ley de asociaciones, medidas que encontraron la oposición -aunque no tan fuerte como hubiera podido esperarse- de los conservadores. M. C., por su parte, no opuso a las reformas la menor resistencia. Siguió en todo momento su programa de ajustarse en todo a la Constitución y a la legalidad, dejando que los políticos decidieran por su cuenta sobre los destinos del país; ello le atrajo las simpatías hasta de los sectores más liberales. Junto a su condescendencia, M. C. supo mostrar una gravedad especial, que nunca le hizo aparecer como marchando a remolque de las circunstancias. La Exposición Universal, celebrada en Barcelona en 1888, fue el símbolo de la prosperidad de la España de la Restauración, y señaló los frutos de un orden constructivo, que la prematura muerte del rey no había llegado a quebrar. El prestigio internacional y el nivel económico de España alcanzaron por entonces su máxima cota, dentro del último cuarto del siglo. Sin embargo, a partir de entonces se hizo visible el de una crisis económica, que fue un factor no despreciable para la subsiguiente crisis política.Cánovas en el poder. En 1890 caían los liberales y regresaba Cánovas al poder. El turnismo, esbozado ya durante el reinado de Alfonso XII, seguía operándose sin entorpecimientos durante la regencia. A pesar de las escisiones que de cuando en cuando cuarteaban los reductos liberal y conservador -polos del régimen-, fue posible mantener el deseado sistema de dualidad; la maquinaria política parecía funcionar con soltura, a pesar de las llamadas "impurezas de la realidad" (caciquismo, amaño de las actas electorales), y no se atisbaba el peligro de una ruptura a corto plazo.Mayores motivos de alarma, aunque todavía incipientes, planteaba la cuestión social. Los políticos de la Restauración habían permitido el desarrollo de la economía del país en manos de las clases burguesas o terratenientes, pero habían arrinconado el problema del proletariado, que crecía a impulsos de la industrialización. Cánovas tuvo que soportar, desde 1890, los primeros embates del problema que asomaba por entonces a la superficie. Hubo huelgas en Cataluña, Málaga y otros puntos. El partido socialista, nacido al amparo de la nueva ley de asociaciones concedida por Sagasta, comenzaba a levantar cabeza, bajo la dirección de Pablo Iglesias (v.); al mismo tiempo, se atisbaban los primeros brotes de violencia atizados por el anarquismo (v.).Cánovas hizo frente al problema con medidas de autoridad y orden -como las tomadas por Martínez Campos (v.) en Cataluña-, y con algunos atisbos de legislación social -proyectos de ley sobre condiciones del trabajo, 1891 y 1892-, que no fueron suficientes.En 1892 se celebró el centenario del descubrimiento de América. La feliz coincidencia de que un historiador, Cánovas, estuviese entonces al frente de los destinos de España, permitió dar un paso de decisiva importancia. La celebración, que reunió a gran cantidad de políticos, diplomáticos y humanistas del mundo hispánico, no sólo dio impulso a una nueva disciplina, el "americanismo" (v.), sino que inició un acercamiento entre los pueblos de la estirpe, que ya no habría de interrumpirse.Nuevo gobierno Sagasta. La escisión de Silvela, a fines de 1892, provocó la caída de los conservadores, y el regreso al poder de Sagasta, que logró la total cohesión de la izquierda, al conseguir integrar en el partido a los posibilistas. El mismo Castelar (v.), símbolo del republicanismo, aparecía ya plenamente reconciliado con el régimen de la Restauración. En cambio, el problema social se mostraba cada vez más arduo. La mano blanda de Sagasta no parecía dar mejores resultados que la dura de Cánovas, en tanto seguía echándose de menos una auténtica política de reformas sociales que restase al mundo proletario motivos de resentimiento y de protesta.Hubo saqueos en Don Benito y revueltas en Albalat. Pero pronto se hizo la bomba el arma predilecta del terrorismo anarquista. Primero fue la arrojada contra el general Martínez Campos -hombre fuerte y símbolo del régimen- durante una parada militar; luego, los dos artefactos que estallaron en el teatro del Liceo de Barcelona (14 muertos); más tarde, el sacrílego atentado contra la custodia de la procesión de Corpus, en la también barcelonesa calle de Cambios Nuevos, y que igualmente provocó numerosas víctimas. Los atentados eran esporádicos, separados entre sí por espacio de meses, tal vez años. Pero ya la prensa comenzaba a referirse con alarma a la cuestión social.Cuba: el Desastre. El último gran problema planteado a la regencia fue el de Cuba. En 1895, después de varias intentonas fallidas, estalló el definitivo movimiento independentista de la isla (grito de Baire), servido por hombres de prestigio, como Máximo Gómez (v.), José Martí (v.) o Antonio Maceo (v.), y apoyado por la influencia creciente de los Estados Unidos. También en Filipinas, con el intelectual Rizal (v.), y el activista Aguinaldo (v.), se iniciaban los intentos autonomistas. Cánovas, de nuevo en el poder desde 1895, hubo de afrontar la grave cuestión (v. CUBA, GUERRA DE). La táctica de Martínez Campos, enviado de nuevo a la isla antillana, pecó, a juicio de sus críticos, de dos errores: pretender compaginar las operaciones militares con las gestiones diplomáticas, y dar a la guerra un sentido excesivamente convencional, cuando no tenía que enfrentarse con ejércitos regulares, sino con partidas de guerrilleros, los mambises. Su sucesor, Weyler, buscó una táctica nueva, dividiendo el territorio cubano en compartimentos estancos a base de trochas o líneas fortificadas, e internando a la población civil en campos de concentración, para mejor poder "limpiar" el terreno. Dureza giie permitió ciertos progresos militares, si bien con lentitud, y a costa de la creciente protesta norteamericana.El asesinato de Cánovas por un anarquista, el 8 ag. 1897, vino a cortar la política firme. Sagasta, pese a dar marcha atrás y aumentar las concesiones a los cubanos, no pudo evitar la ruptura con los Estados Unidos, ni la guerra que estalló a comienzos de abril de 1898, y que dio un sentido nuevo y catastrófico al conflicto antillano. El desastre de Santiago de Cuba condujo a la paz de París y a la pérdida de los últimos vestigios del secular Imperio español. M. C., que se había opuesto en todo momento a la guerra -fue la más clara intervención en 1 política activa de toda su vida-, hubo de soportar sin culpa el golpe tremendo del Desastre, que dejó malparado al régimen de la Restauración. El 17 mayo 1902 terminaba la regencia al alcanzar Alfonso XIII la mayoría de edad. M. C. vivió, con una discreción que no borró sus simpatías, hasta el 8 feb. 1929, en que falleció de muerte repentina. Fue aquella discreción, junto con su delicadeza y su sentido de responsabilidad, la mejor de sus virtudes históricas.J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL.: CONDE DE ROMANONES, Doña María Cristina de Habsburgo-Lorena, Madrid 1944; M. FERNÁNDEZ ALMAGRO, Historia política de la España Contemporánea, Madrid 1956 y 1959
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