Marta Cristina de Borbón
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Biografía GER
Esposa de Fernando VII en 1829-33, y reina regente. C; gobernadora, como entonces se la designó- de España entre 1833 y 1840. Bajo su regencia se afirmó definitivamente el régimen liberal español.N. en Palermo el 27 abr. 1806, hija de Francisco I de Borbón-Nápoles y de Isabel de Borbón-España, hermana de Fernando VII. M. C. era, por tanto, sobrina del que había de ser su esposo. En la corte de Nápoles adquirió una aceptable cultura, y muy escasa formación política, pues no se esperaba que pudiera asumir un día la responsabilidad de un trono. Con todo, el ambiente que rodeaba el palacio de Francisco I -sobresaltado primero por la intervención napoleónica, y luego por la revolución liberal de 1820-21- fue francamente absolutista, y las escasas ideas políticas adquiridas por M. C. se centraban en torno a la necesidad de una fuerte autoridad real, y al peligro de las ideas liberales. Todas las versiones que nos presentan a una M. C. imbuida de liberalismo o defensora de las libertades constitucionales parten de una base falsa.Reina consorte de España. En 1829 enviudó por tercera vez su tío, el rey español Fernando VII (v.). Contra los que le aconsejaban no volver a contraer matrimonio, pues su salud era ya precaria, y la herencia se consideraba asegurada en la persona de su hermano el infante D. Carlos María Isidro de Borbón (v.), Fernando decidió casarse por cuarta vez, en la esperanza de obtener al fin descendencia directa. La princesa elegida fue M. C., que gozaba fama de discreción y belleza. La boda se celebróel 9 dic. 1829, y no tuvo en principio carácter político expreso; sin embargo, los partidarios del infante D. Carlos, que ya empezaban por entonces a llamarse carlinos o carlistas (v. CARLISMO), vieron con disgusto la decisión real, que podía privar de la corona al infante, máxima esperanza entonces del partido realista en España; y por rechazo los elementos liberales recibieron con júbilo a la nueva reina: no, es preciso repetirlo, por sus ideas, sino porque, de dar hijos al monarca, desheredaría a D. Carlos y abocaría al país a una regencia cuya debilidad sería fácil aprovechar para lograr un cambio político.A principios de 1830 se supo que M. C. esperaba descendencia. Ya fuese por razón de Estado o por consejos recibidos, ya simplemente por motivos personales, Fernando VII dictó la Pragmática Sanción (v.), por la que se derogaba la Ley Sálica (v.) y se volvía a la antigua legislación de las Partidas, que confería prioridad en la sucesión a la hija del rey sobre el hermano del mismo. De este modo, la descendencia de M. C. heredaría la corona, aun en el caso de tratarse de una hembra. Los carlistas protestaron como arbitraria aquella modificación de las leyes fundamentales, y la cuestión, puramente dinástica y familiar en principio, se politizó inmediatamente.La esperada criatura nació el 30 oct. 1830, y resultó ser hembra. Reinaría en España con el nombre de Isabel II (v.). Año y medio más tarde, el 30 en. 1832, M. C. dio a luz otra niña, Luisa Fernanda, que había de ser la última hija del matrimonio. A comienzos del otoño de aquel mismo año, Fernando VII se sintió gravemente enfermo, y quedó planteada en toda su algidez la cuestión sucesoria (para un planteamiento detallado de la crisis, v. PRAGMÁTICA SANCIÓN). Los carlistas tenían entonces una incuestionable fuerza en el país, y para evitar una guerra civil se pensó derogar la Pragmática; pero entonces los elementos liberales se ofrecieron a M. C., dispuestos a apoyar a su hija la princesa Isabel (sucesos de La Granja, octubre de 1832). Así fue como se formalizó la alianza, más circunstancial que espontánea, entre M. C. y el partido liberal. Este contaba ya con un argumento de legitimidad: el testamento de Fernando VII y los derechos de la princesa Isabel; en tanto que la reina madre encontraba al fin un grupo influyente dispuesto a defenderla, a ella y a su hija, contra las pretensiones de D. Carlos.Durante el año que duró la enfermedad del rey, M. C., como "gobernadora", no pudo sino permitir o favorecer el encumbramiento de los elementos liberalizantes a los puestos clave de la política y la administración. El cambio de régimen se operó en gran parte, si no en teoría sí en la práctica, en vida aún de Fernando VII. El monarca m. el 30 sept. 1833, dejando la regencia en manos de M. C., en tanto durase la minoría de Isabel II, que contaba entonces tres años de edad. El 28 die. 1833, a los tres meses de enviudar, casó M. C. en segundas nupcias con el guardia de Corps Fernando Muñoz, al que habría de dar siete hijos. El matrimonio, aunque canónicamente legítimo, se mantuvo en secreto ante la ley civil, pues hubiera exigido la abdicación de la regenta. Siendo ya reina Isabel II, Muñoz fue reconocido oficialmente como esposo de la reina madre, y obtuvo el ducado de Riansares.La reina gobernadora. La regencia de M. C. señala una de las etapas más azarosas de la historia de la España contemporánea. Por un lado, los carlistas, disconformes con la solución dinástica y con el sesgo político del régimen, se lanzaron a la lucha abierta, y promovieron una guerra civil (v. CARLISTAS, GUERRAs) de siete años de duración, pródiga en acontecimientos y fuente continua de sobresaltos y dificultades para el régimen de M. C. y sus políticos. Por otra parte, la debilidad social del liberalismo (v.) en España, y la división de los propios liberales entre sí, depararon a la regencia una situación de continua inestabilidad. La "gobernadora", poco formada políticamente, e inconstante en su línea de actuación, no pudo constituirse en árbitro o en moderadora de la situación, sino que, por el contrario, marchó a remolque de los acontecimientos, sin otra idea fija que la de asegurar a su hija en el trono.La línea que siguió la evolución política durante la regencia (1833-40) puede sintetizarse, en términos generales, en una evolución hacia el extremo liberalismo (1833-36), y en un retorno a las formas moderadas (183639), cortado bruscamente por la revolución progresista de 1840, que obligó al exilio de M. C. El primer gobierno, presidido por Cea Bermúdez, trató todavía de encontrar una fórmula de avenencia entre realistas y liberales, que evitase una guerra civil, pero sin conseguir sus propósitos. El alzamiento carlista obligó al régimen, teóricamente presidido por M. C., a acentuar sus tendencias liberales. La obra más importante de aquel ministerio fueron las reformas administrativas de Javier de Burgos, entre las que destaca la división de España en 49 provincias, estructura que, sin otra novedad importante que la partición en dos de las Canarias, aún hoy perdura. Desbordado políticamente Cea Bermúdez, M. C. hubo de poner el gobierno en manos de un liberal famoso, pero ya entonces muy moderado, Francisco Martínez de la Rosa (v.). Obra suya fue el Estatuto Real de 1834, carta otorgada que restablecía las Cortes en forma de dos estamentos -el de próceres y el de procuradores- sobre principios de representatividad francamente restringidos. Sin embargo, la frondosidad de las actividades parlamentarias señaló desde el primer momento uno de los rasgos más característicos del régimen liberal español.Las continuas protestas y desórdenes, como la matanza de frailes en 1834, promovidos por los extremistas quedeseaban una mayor apertura constitucional; y la alarmante marcha de la guerra civil, en la que el general carlista Zumalacárregui (v.) obtenía continuas victorias, obligaron a dimitir al débil y contemporizador Martínez de la Rosa. Le sucedió en el poder un liberal más definido, el conde de Toreno, que para contentar al progresismo acudió a un recurso muy socorrido en la España contemporánea: las medidas anticlericales. Una serie de conventos fueron clausurados, y la Compañía de Jesús fue expulsada del país (1835). Pero Toreno se vio incapaz de frenar los crecientes desmanes, que sobre todo en Barcelona adquirieron caracteres trágicos, y su gobierno no duró más que unos meses, para llegar al fin a manos de un político radicalmente progresista, Juan Álvarez Mendizábal (v.). Con él culmina el giro político a la izquierda, iniciado desde el comienzo mismo de la regencia.La situación del país era por entonces desastrosa, merced a la guerra civil, las luchas políticas, el abandono de la administración, la bancarrota de la Hacienda y la penuria económica en general, motivada por la depresión, la pérdida de los mercados americanos y la falta de metal acuñable. En tales condiciones llegó Mendizábal, famoso banquero y negociante, recibido por los progresistas como el salvador de España. Obra suya fue la desamortización (v.), legislada por una serie de decretos en 1835 y 1836, en virtud de los cuales el Estado se incautaba y vendía en pública subasta la mayor parte de los bienes eclesiásticos; pasaban también al mejor postor, o se repartían, los "propios" de los municipios; y se desvinculaban, aunque sin obligación de vender, las posesiones señoriales. Con la desamortización perseguía Mendizábal desempeñar la Hacienda, levantar una quinta de 100.000 hombres que acabase con la guerra civil, y crear una nueva clase de propiedades adictos al régimen. Tales objetivos sólo fueron logrados en parte; pero la desamortización supone de todas formas la consagración de una estructura socioeconómica -propiedad en manos de una burguesía aristocratizante, proletarización del pequeño campesino-, que sienta las bases sobre que se alza el liberalismo histórico español.Sin embargo, la nueva clase propietaria, conservadora por ideas o por intereses, más apoyó al partido moderado que al progresista. Pronto regresaron los moderados (v.) al poder, y un intento de Mendizábal por recuperarlo mediante la conspiración -sargentada de La Granja, agosto 1836- más contribuyó a desprestigiarle que a otra cosa. La Constitución de 1837 recoge ya los principios del doctrinarismo que van a ser el catecismo político y el arma dialéctica del partido moderado. Si hasta entonces eran los progresistas (v.) los "liberales" por excelencia, sin que cupiera al moderantismo otro papel que el de freno, hacia 1837 los papeles se invierten. La escuela doctrinaria, que defiende el "gobierno de la capacidad", esto es, el principio según el cual deben gobernar los más capaces, da su tono definitivo al liberalismo español, con su sufragio censitario y su "élite" de "ciudadanos activos", únicos a quienes compete la responsabilidad de las funciones políticas.Era lógico que la "gobernadora" se aliase con el partido moderado, grupo de orden, respetuoso con la institución real y centro de ideas y de actitudes conservadoras. Tal alianza, que pareció por un momento constituir la mejor fuerza de M. C., fue también causa de su perdición. Los moderados, sobre todo teniendo en cuenta la endémica inestabilidad del país, no podían permanecer indefinidamente en el poder; y el día en que fuesen derribados, la caída de la regente no sería más que la consecuencia lógica. La Constitución de 1837, "progresista en la forma, moderada en el fondo", como tantas veces se ha dicho de ella, pareció por un momento constituir bandera de coalición entre los dos partidos. Pero de hecho, los moderados usufructuaron el poder durante el último trienio de la regencia, en tanto que los progresistas fueron convirtiéndose en una inquieta fuerza de oposición, no ya contra los moderados solos, sino contra el propio sistema que encarnaba M. C.Al colapso de la regencia contribuyó, paradójicamente, la victoria en la guerra civil. M. C., aceptada por los liberales como símbolo de legitimidad, resultaba innecesaria una vez expulsado de España D. Carlos. El general Espartero (v.), artífice del triunfo militar -y de la misma paz, pues fue quien, con plenos poderes, ajustó el convenio de Vergara-, se puso al frente de los descontentos progresistas, y se convirtió en el más temible enemigo de la "gobernadora". El motivo de la revolución que estalló a fines del verano de 1840 fue la centralizadora Ley de Ayuntamientos, hecha aprobar por el gobierno moderado de Pérez de Castro. Los primeros motines estallaron en Barcelona, donde se encontraba entonces M. C., que hubo de huir a Valencia. Allí, ante el cariz que tomaba la revuelta y las amenazas de Espartero, que manejaba hábilmente la baza del secreto matrimonio de la regente, ésta hubo de renunciar a su puesto (12 oct. 1840), y embarcar con destino a Francia.La reina madre. Tres años y medio permaneció M. C. en el país vecino, donde la protegió el rey Luis Felipe, en tanto transcurría en España la regencia de Espartero. Desde París alentó las conspiraciones que los moderados tramaban contra el general, y que a punto estuvieron de lograr su objetivo en el asalto a Palacio el 7 oct. 1841. Finalmente, una coalición de moderados y progresistas descontentos derribó a Espartero en el verano de 1843; pero los vencedores no quisieron exponerse a nuevas luchas con motivo de la regencia, y prefirieron adelantar la declaración de mayoría de edad de la reina Isabel II, pese a que ésta no contaba más que 13 años. M. C. pudo regresar a Madrid poco después, ya como reina madre. Alojada en el Palacio de las Rejas, no permaneció, sin embargo, ajena a la política, e influyó muchas veces en el ánimo de su hija. Tomó parte decisiva en la complicada cuestión de las bodas reales, que culminó en octubre de 1846 con el matrimonio de Isabel II con el infante Francisco de Asís; y el de la hermana de la reina, Luisa Fernanda, con el duque de Montpensier; hecho que dio lugar a nuevos problemas políticos e internacionales que malquistaron a la "ex gobernadora" todavía más con los progresistas y le ganaron la enemiga de los ingleses.No es de extrañar que en los periodos en que se operaba un giro a la izquierda, M. C. fuese obligada de nuevo a abandonar el país; tal fue lo que ocurrió, p. ej., en 1847, cuando subió al poder el partido puritano. Tampoco fueron cordiales las relaciones de la reina madre con el hombre fuerte del partido moderado, el general Narváez (v.). Favoreció, en cambio, al gabinete civil de Bravo Murillo (v.), y se dijo que fueron hechura suya los de Roncali y Lersundi, en 1852-53. El creciente influjo de M. C. en la marcha de la política y su línea de actuación ultraconservadora le llevaron al exilio definitivo en cuanto estalló la revolución de 1854, cuyo primer acto consistió, justamente, en el incendio del Palacio de Las Rejas. M. C. se refugió en Portugal (28 ag. 1854), de donde pasó a Francia. Fijó finalmente su residencia en Sainte-Adresse, cerca de El Havre, donde m., ya viuda, el 22 ag. 1872. Mujer no bien dotada parala política, aunque aficionada a ella, quizá por contacto, su importancia histórica radica no en su obra, sino en haber sido el símbolo -cuyos principios no compartíade un sistema, y en haber presidido nominalmente los años decisivos en la configuración histórica del s. XIX español.J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL.: MARQUÉS DE VILLAURRUTIA, La Reina Gobernadora, doña María Cristina de Borbón, Madrid 1925; F. SUÁREZ, Los sucesos de La Granja, Madrid 1952; L. DIEZ DEL CORRAL, El liberalismo doctrinario, Madrid 1956; C. CAMBRONERO, La Reina Gobernadora, "La España Moderna", Madrid 1914; A. MARTÍNEZ OLMEDILLA, Anecdotario histórico. La cuarta esposa de Fernando VII, Madrid 1957
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