Mario, Cayo
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Biografía GER
Político y militar romano. Natural de la aldea de Cereatae, próxima a Arpio, n. ca. 157 a. C.; pertenecía a una familia del orden acuestre propietaria de fincas rústicas. Quizá sea una leyenda la alusión a su primera actividad como jornalero agrícola.Carrera militar. Inició su carrera militar a las órdenes de Escipión Emiliano en el sitio de Numancia (134-133). Aunque desconocemos con qué graduación sirvió, está comprobado que se distinguió en la campaña y recibió los elogios de Escipión. Hacia el 123 a. C. era tribuno militar. Cuestor en el 121 a. C., presenció la caída de Cayo Sempronio Graco. Teniendo en cuenta que M. y su familia eran miembros de la clientela de los Metelo, no es extraño que contara con el apoyo de éstos para alcanzar el tribunado de la plebe en el 119 a. C. Su moción y las consiguientes reformas para suprimir los abusos en las votaciones para la elección de magistrados provocaron el disgusto del partido aristocrático, que fue en aumento cuando M. propuso incrementar el número de caballeros que formaban parte de los tribunales, manteniendo y superando la reforma de los Graco (v.). Un tercer conflicto se produjo al discutirse la pervivencia o reducción de las leyes frumentarias establecidas por los Graco. Con estos antecedentes, al año siguiente M. no fue edil curul y no consiguió, aunque contaba con el apoyo de los Metelo, ser pretor hasta el 115 a. C. En esta ocasión se le acusó de ilegalidad, aunque fue absuelto por un tribunal de équites. En el 114 a. C., ya propretor, recibió el gobierno de la Hispania Ulterior. Aparte de pequeñas operaciones militares, M. se interesó por las explotaciones mineras, en las que se ha querido ver el origen del topónimo mons Marianus, actual Sierra Mariana. Esta actividad proporcionó a M. unos medios económicos con los que no había contado hasta entonces. La fortuna adquirida le permitió entroncar con una familia patricia al casar, antes del 109 a. C., con Julia, tía de Julio César. M. era fundamentalmente un campesino y un soldado. Su educación había sido poco cuidada, sin duda la habitual entre sus paisanos y coetáneos, pero le privaba no sólo de la imprescindible preparación oratoria sino de experiencia jurídica. Su matrimonio con Julia no fue forzosamente de interés, pero significaba un nuevo apoyo político para su carrera.La guerra de Yugurta. En el 109 a. C. se inicia la etapa más brillante de la carrera de M. En Numidia (v.) se prolongaba desde el 112 a. C. la guerra de Yugurta que, iniciada como una lucha dinástica, se había convertido desde el III a. C. en una contienda colonial. El problema era más político que militar, puesto que la actuación de Yugurta había demostrado hasta qué punto era corruptible y venal la nobleza gobernante de Roma. Más que con batallas, el númida prolongaba las hostilidades con treguas, conversaciones y sobornos. M. acompañó como legado a Metelo en unas circunstancias un tanto difíciles. En el 110 a. C. el ejército romano, sorprendido, había capitulado ante Cirta (Constantina argelina). Tanto M. como su colega Rutilio Rufo eran veteranos de la campaña de Numancia. La elección es explicable si se tienen en cuenta las semejanzas entre las zonas de operaciones. También en este caso fue preciso reforzar la moral y la disciplina del ejército. Probablemente fue necesario ocupar en ello todo el 109 a. C. En el curso de estas actividades, M. consiguió ante los soldados prestigio, que se confirmó en la batalla de Mutul. Aquel éxito, que devolvió a las tropas la confianza en sí mismas, se confirmó tras la victoria de Zama. Pero al mismo tiempo aumentaron los roces entre M. y Metelo hasta convertirse en enemistad. En plena campaña, M. marchó a Roma para preparar su elección como cónsul (108 a. C.). Esta victoria coincidió con varios éxitos de Metelo que, si bien obtenidos en ausencia de M., aumentaron su prestigio en Roma. Objetivo de M. era obtener el gobierno de Numidia, tanto más apreciable cuanto que las últimas victorias podían hacer considerar como próximo el final de la guerra. Pudo conseguirlo, no sin dificultades, y, tras nuevos ataques a los aristócratas, cambiar las disposiciones sobre el reclutamiento.El nuevo ejército de M. fue de voluntarios destinados a convertirse en profesionales, y compuesto por económicamente débiles. Esta medida era necesaria, pero la necesidad no excluía aspectos demagógicos. M., pródigo con sus tropas, no perdió ocasión para llevar la guerra a zonas ricas, aunque las necesidades militares no lo exigieran, y ofrecer así mayores posibilidades de botín. Ésta fue la principal razón de ataque a Capsa (Gafsa) y su saqueo. Su política de terror influyó en el desarrollo de la campaña como procónsul, en el 106 a. C. Varias ciudades se rindieron sin combate, aunque la alianza entre Numidia y Mauritania hiciera más difícil la guerra. Sila (v.), cuestor a las órdenes de M., se cubrió de gloria en la serie sin fin de combates, escaramuzas y sitios. Bocco I de Mauritania se separó de la alianza con Yugurta y lo entregó a los romanos. En este episodio brilló más la diplomacia de Sila que la habilidad militar de M.Los sucesivos consulados. Concluida la guerra, M. fue elegido cónsul por segunda vez (104 a. C.). Su triunfo sobre Numidia fue suntuoso debido al rico botín reunido. A conciencia o por imprudencia, M. chocó de nuevo con el partido aristocrático, pero la invasión de cimbrios y teutones evitó que estos roces pudieran desembocar en conflictos. En realidad, éste era un viejo problema quese remontaba ya al 133 a. C., batalla de Noreia, cuya importancia había mostrado plenamente la derrota de Arausio (Orange) el 6 oct. 105 a. C. M. entró en campaña en el otoño del 104 a. C. acompañado de un ejército reducido. Una expedición de los invasores a España permitió a M. reorganizar su ejército.M. fue reelegido cónsul para el 103 a. C. El tercer consulado era una distinción que hasta entonces nunca había alcanzado un hombre de familia modesta. Junto a M. se reunió un complejo grupo de soldados, veteranos de Numidia y jóvenes combatientes como Sertorio (v.), y también una profetisa, Marta, que representó un importante papel propagandístico gracias a sus predicciones en favor del general. Cónsul nuevamente en el 102 a. C., derrotó a los bárbaros en Aquae Sextiae (Aixen-Provence). Los teutones quedaron vencidos sin que pudieran recuperarse. En el 101 a. C. M. concluyó con la amenaza germánica derrotando a los cimbrios, no menos decisivamente, en Vercellae (Vercelli).Como militar, M. había alcanzado su máximo prestigio. La victoria de Vercelli le valió el sexto consulado (100 a. C.) y, al mismo tiempo, la oportunidad de probar sus dotes como hombre de Estado en tiempos de paz. Sus posturas eran más sentimentales que ideológicas, y carecía de la amplitud de miras de su sobrino político. Se mantuvo siempre como un campesino encumbrado a la gloria militar. Quizá su gran error fue no renunciar, en este momento, a una carrera ajena a su experiencia y a sus dotes. No fue su generosidad con los veteranos, aunque provocó críticas, motivo suficiente para que su alianza con los demagogos fuera algo más que circunstancial. Al mismo espíritu responde la ley contra la piratería del 100 a. C.Las ideas de M. durante su consulado procedían exclusivamente del grupo "popular" y, más concretamente, del sector demagógico del mismo. Su línea política consistió en aumentar los poderes de los cónsules, conceder tierras a los veteranos mediante fundaciones coloniales y organizar el conflicto personal con Metelo. Finalmente, tuvo lugar el apoyo de la candidatura de Glaucia, uno de los jefes demagogos, para el consulado. El plan no se cumplió y M. hubo de contemplar cómo el candidato triunfante era asesinado por los partidarios de Glaucia. La situación sobrepasó las posibilidades de M., que decidió armar al pueblo para defender la Constitución. Saturnino y Glaucia fueron sometidos a juicio y asesinados en un motín de jóvenes aristócratas. La legitimidad de este asesinato fue durante mucho tiempo tema de ejercicios de retórica, pero dañó gravemente el prestigio de M. Pese a ello, M. intentó ser censor en el 99 a. C. pero, ante las circunstancias, retiró su candidatura. La lucha entre aristócratas y populares se agudizaba, y M. tomó la sabia decisión de trasladarse por una temporada a las provincias romanas de Oriente. Estando allí fue elegido augur (98 a. C.). De nuevo en Roma, informó al Senado sobre la administración romana en Asia (97 a. C.).Enemistad con Sila. Su enemistad con Sila, a quien consideraba un enemigo personal y una sombra para su gloria, fue en aumento. Entre el 95 y el 89 a. C. la política del Senado acrecentó su oposición al aspecto más generoso de la legislación de M.: la concesión de la ciudadanía romana a veteranos itálicos. Varios procesos por malversación de fondos motivaron graves ataques contra los amigos de M. El mismo carácter tuvo la desautorización a los rectores latinos en el ejercicio de la enseñanza. La guerra social calmó esta persecución, con la cual el partido aristocrático intentaba vengarse de los ataques de M. La actuación de éste fue especialmente de consejero en las operaciones, aunque evitara que la batalla de Carsoli fuera una derrota completa. Aunque legado, tras la muerte de Rutilio, actuó como general en jefe de una parte de las tropas. Razones de edad indujeron a relevarle (89 a. C), lo cual no obstaculizó que intentara dirigir las operaciones en Asia contra Mitrídates (v.). Al parecer, había previsto años antes el peligro que éste representaba.Un grave tumulto, provocado por Sulpicio Rufo, tuvo la virtud de poner de acuerdo a Sila y M. El primero marchó a Asia, y el segundo quedó dueño de Roma. En Capua, Sila decidió atacar Roma, en plena anarquía a causa de los partidarios de M., y expulsó a éste de la ciudad. Con él huyeron sus seguidores. Se embarcó cerca de Ostia. En Minturno, fue detenido, liberado y, tras varias aventuras, marchó a África. Sila partió a Asia (87 a. C.) y dejó el gobierno al cónsul Cinna, que creía fiel, y al cónsul aristócrata Octavio. Apenas se halló solo, Cinna intentó renovar la legislación de Sulpicio Rufo y entró en conflicto con Octavio. En Campania reclutó un ejército y llamó a M. Apoyado por nuevos voluntarios y tropas africanas, M. desembarcó en Etruria y emprendió el camino de Roma. La campaña, tras tomar Ostia y someter Roma a un breve sitio, no fue difícil. Sin víveres y atacada por la peste la guarnición de Roma, las operaciones se trasladaron a las ciudades del Lacio. Allí se decidió la resistencia de Roma. Llamados por el Senado, M. y Cinna entraron en la ciudad. La represión fue terrible; el furor de M. contra sus enemigos, sorprendente. Los esclavos y los africanos de las tropas de M. se distinguieron por sus excesos y sólo, entre los jefes, Sertorio (v.) exigió e impuso la moderación.M. fue proclamado cónsul por séptima vez (86 a. C.), pero aquejado de achaques que las últimas operaciones militares debieron de agravar, a principios del mismo año murió en Roma. El nuevo gobierno popular quedaba asegurado aparentemente, puesto que Sila no regresó hasta el 83 a. C. En realidad, los acontecimientos fueron muy distintos. De M., gran militar, puede concluirse que le faltaron dotes políticas. El grave error de su actuación no fue tanto el contenido de las leyes como su falta de diplomacia en hacerlas aceptables; su partidismo le hizo víctima de los excesos de los suyos. Sin duda no pudo librarse de una política de partido, pero tampoco supo dejar de ser gobernado por ésta.ALBERTO BALIL
BIBL.: 1. VAN OOTEGHEM, Caius Marius, Bruselas 1964; R SYME, The Rommn Revolution, Oxford 1939
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