Luis XVI de Francia
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Biografía GER
Hijo del Delfín Luis y de su esposa María Josefa de Sajonia, n. en Versalles el 23 ag. 1754, y sucedió a su abuelo Luis XV a la edad de 20 años (1774). Honesto, escrupuloso, bien intencionado, con deseo de acierto y amante de lo mejor para su pueblo, el nuevo rey carecía de gusto por el poder y de grandes dotes de gobierno, y había heredado sobre todo la timidez y la indecisión de su abuelo, causantes de los dos defectos más acusados en el nuevo reinado: su dependencia de opiniones ajenas y contrapuestas y la falta de energía para sostener la posición inicialmente adoptada. Por todo ello, el reinado de L. se caracteriza por la ausencia de una política definida y permanente. El contenido político es el que impone alternativamente la personalidad de sus ministros dirigentes, oscilando de uno a otro polo, de la política autoritaria y reformista tipo despotismo ilustrado (v.), que se inspira en los ideales de Luis XIV, a la política blanda y complaciente con la reacción señorial que había predominado en el reinado de Luis XV. La primera es obra de aristócratas ilustrados como Turgot y Lamoignon (el único ministro burgués de Luis XVI fue el banquero ginebrino Necker) y se acusa en los comienzos (177-576) y en las postrimerías del reinado (1787-88). La segunda se impone en el periodo central del mismo, época de preocupaciones diplomáticas y militares por la guerra contra Inglaterra, y está dirigida o inspirada por los círculos aristocráticos y cortesanos, por la influencia directa de las tías del rey, Mesdames royales Adelaida, Victoria y Sofía, o por la nobleza palatina que influye sobre la reina, la archiduquesa austriaca María Antonieta (v.), como son las familias Polignac, Vandreuil, Périgord, etc.Loss del reinado. El reinado de L. comienza con una grave claudicación de la autoridad monárquica: el restablecimiento de los Parlamentos, tribunales aristocráticos de la nobleza de toga, propietaria de oficios de justicia, que habían asumido funciones políticas al oponerse a los edictos del rey o de sus ministros, bloqueando por este medio de control legislativo cualquier posible medida reformista, y que por ello los había suprimido el canciller Maupeou en tiempos de Luis XV (v.). El viejo cortesano Marepas, convertido en primer ministro oficioso del joven monarca -por designación de su tía Adelaida, según se dice-, al mismo tiempo que daba entrada en el gabinete a Turgot y Malesherbes para complacer a la opinión ilustrada, decidió el restablecimiento de los Parlamentos (noviembre 1774) para complacer a la aristocracia de la toga y la espada. "Yo había hecho ganar al rey un proceso que duraba ya tres siglos; si él quiere perderlo ahora, es muy dueño", comentaba amargamente el viejo ex canciller Maupeou en su retiro normando. Palabras proféticas: L. llegaría a lamentar esta medida innecesaria, que establecía frente al poder del rey otro poder orgulloso y hostil, con pretensiones de representar la voluntad de la nación frente al trono, y que para oponerse a las inaplazables medidas de reforma fiscal no vacilaría en movilizar contra el trono una revolución de la aristocracia -la prerrevolución francesa, según la denominan los más modernos historiadores- que haría inevitable el estallido de la gran Revolución.En compensación de este error, otros ministros ensayan un plan de reformas moderadas y necesarias. El fisiócrata Turgot, la notabilidad del gabinete, intenta la sustitución del viejo colbertismo por una política liberal en economía para estimular las nacientes fuerzas del individualismo burgués: libre comercio interior y libre circulación de cereales, abolición de la tasa, supresión de la corvea real o prestación obligatoria de trabajo de los campesinos, abolición de los gremios o corporaciones industriales. Su colaborador, el canciller Malesherbes, reformó la justicia con la supresión de la censura y la abolición del tormento como prueba judicial. El conde de Saint-Germain mejoró la disciplina y calidad del ejército, abriendo a la pequeña nobleza el camino hacia los altos cargos de la oficialidad y del generalato, mediante la creación de las academias militares (de allí saldría Napoleón). Pero estas fugaces reformas se suspendieron por 10 años, con la salida del ministerio (mayo 1766) de Turgot y Malesherbes, a consecuencia de las resistencias ofrecidas a su política y de la división interna de los ministros en materia de política exterior. La década siguiente (1776-86), dominada sobre todo por la preocupación de la guerra contra Inglaterra (1778-83), significó la interrupción de reformas interiores y parece presidida por el signo de la reacción señorial. A partir del último año indicado, esta política tranquila y de corto vuelo no pudo ya sostenerse, ante la gravedad de la crisis financiera que hizo inaplazable la necesaria reforma fiscal.La guerra contra Inglaterra. El hecho más importante de esta fase central del reinado fue la larga guerra colonial y marítima contra Inglaterra. L. pareció inicialmente dispuesto a una política pacifista, alejada de peligrosas aventuras exteriores que no consentía el estado de las finanzas. Pese a su matrimonio con María Antonieta, L. no se sometió a la influencia austriaca, todopoderosa en tiempos de Choiseul, y que deseaba arrastrar a Francia a peligrosas aventuras en Europa oriental (repartos de Polonia) y Alemania (guerra de Sucesión bávara). La insurrección de las Trece Colonias contra Inglaterra, que proporcionaba a Francia la oportunidad de desquitarse de la desafortunada paz de 1763, vino a sacarle de este aislamiento. Contra el deseo de Turgot, que necesitaba la paz para el saneamiento de las finanzas, el ministro de Asuntos Extranjeros Vergennes impuso su política de acción. El envío oficioso de subsidios económicos y del cuerpo de voluntarios de M.-J. La Fayette (v.; 1776) se convirtió en un formal reconocimiento y alianza con los insurgentes norteamericanos (1778), al mismo tiempo que Vergennes arrastraba a España a la alianza por mediación del conde de Aranda (v.), embajador en París. En los cinco años de la guerra, el ejército y la escuadra, preparados por Choiseul para este desquite, demostraron su eficacia ofensiva en el mar y en los diversos frentes (América del Norte, India, Antillas). Los españoles reconquistaron Menorca, lograron diversos triunfos en Luisiana y Florida, pero se mostraron más débiles en el mar (derrota del cabo San Vicente) y fracasaron en el sitio de Gibraltar, lo mismo que en el intento francoespañol de invasión de las Islas Británicas. La paz de Versalles (septiembre 1783) fue la más afortunada que alcanzaron en el siglo los aliados del Pacto de Familia (v.); Inglaterra hubo de devolver a Francia el Senegal, las islas de San Pedro y Miquelón y las de Santa Lucía y Tobago en las Antillas, y a España Florida y Menorca.La crisis hacendística. Para costear esta guerra, el banquero Necker, convertido en cerebro gris del ministerio, no pudo hacer otra cosa que aumentar pavorosamente la Deuda pública, a base de impuestos concertados al 8% y al 10%. Para sostener la confianza pública publicó por primera vez (1781) los presupuestos estatales -presupuestos amañados, con un superávit teórico de 10 millones de libras, siendo la realidad un déficit anual de 70 millones-, lo que le valió su destitución, por haber divulgado los gastos de la casa real y de las pensiones a cortesanos. Su sucesor Calonne siguió momentáneamente la misma política de empréstitos, hundiéndose más y más en el abismo de la Deuda (cuyos intereses llegaron a absorber el 50% de los ingresos estatales) y acentuando el déficit presupuestario (que llegó a los 126 millones, esto es el 20% del presupuesto global), hasta perder la confianza del capital privado y situarse al borde de la bancarrota.De este modo, el peso de la Deuda estatal arrastrada desde las grandes guerras del s. XVIII obligó a la monarquía, en Francia como en otras partes, a profundas reformas de estructura. El mismo Calonne comprendió (1786) que, desde el punto de vista técnico, la única solución era una reforma tributaria basada en la igualdad fiscal y en la supresión de los privilegios que eximían del impuesto a los sectores económicamente más poderosos y hacía posible la paradoja de un Estado arruinado en una Francia rica que estaba alcanzando el máximo de su bienestar material. La reforma fiscal intentada por Calonne era la misma que habían proyectado, ya en tiempos de Luis XV, los ministros fisiócratas Machault, Silhouette y Bertin, y que había encontrado la oposición de los Parlamentos. Primer paso para esta reforma fiscal de Calonne, asesorado por el fisiócrata Dupont de Nemours, amigo y colaborador de Turgot, que un nuevo impuesto supletorio destinado a detener la bancarrota, o subvención territorial que pagarían todos los propietarios en proporción a su riqueza y sin excepción de la propiedad nobiliaria ni eclesiástica. Era una pequeña revolución jurídica, que atentaba contra los privilegios legales de los altos estamentos del reino, y Calonne fue derrotado. Luis XVI cedió a las protestas de los privilegiados y Calonne huyó a Inglaterra (abril 1787) al perder la protección del rey; fue el primer emigrado; tras él sus vencedores no tardarían en recorrer el mismo camino.La revuelta de los privilegiados. Su sucesor, Loménie de Brienne, arzobispo de Sens, aristócrata ilustrado, insistió en el mismo proyecto sin arredrarse, al mismo tiempo que implantaba un rígido plan de economías en la casa real, en las pensiones aristocráticas, en la administración y en los gastos militares. Su compañero en el ministerio, el ilustrado canciller Lamoignon, realizaba simultáneamente otras reformas legales de sentido moderno: la devolución de derechos civiles, que habían perdido desde Luis XIV, a los protestantes; la creación de Asambleas provinciales para participar en la administración territorial sin distinción de órdenes ni estamentos, la publicación regular del presupuesto, etc. Pero estas reformas, y en particular el proyecto de subvención territorial, chocaron con la oposición del Parlamento de París, que se negó a registrar los edictos del Gobierno (julio 1787), invocando las antiguas leyes del reino, los privilegios legales de los diferentes órdenes o estamentos, y la necesaria aprobación de los nuevos impuestos por la nación reunida. El Parlamento exigió abiertamente la convocatoria de los Estados Generales, que no se reunían desde 1614, para "poner al rey en tutela" y fijar "un freno al despotismo", y desplegó una campaña de libelos políticos para atraer en su favor la opinión pública contra el ministerio.L. desterró a Troyes al Parlamento de París (agosto 1787), pero la inmediata solidaridad de los otros Parlamentos provinciales de Francia le obligó muy pronto a ceder, a levantarle el destierro (septiembre 1787) y a prometer la reunión de los Estados Generales para 1792. Poco después, L. intentó un último gesto de energía, ordenando en persona al Parlamento de París el registro de los edictos fiscales (sesión real de 19 nov. 1787, ante la Corte de duques y pares), pero no fue obedecido. El Parlamento difundió una vez más por la imprenta sus rémontrances contra el absolutismo, en las que la aristocracia parlamentaria proclamaba la revolución, al formular la división de poderes y atribuirse a sí misma el poder legislativo como supuesta representante de la nación: "El derecho de ejecutar las leyes no es el de hacerlas... Si la voluntad de un solo hombre pudiera reemplazar a la voluntad pública, el Estado caería bajo la garra del despotismo". Era, en una palabra, la doctrina proclamada antes por Montesquieu (v.), un destacado parlamentario. "De esa forma -comentaba el propio L.- la monarquía no sería más que una aristocracia de magistrados".No quedaba al rey otro camino que volver a la política de Maupeou, suprimiendo los Parlamentos. No atreviéndose a tanto, se limitó a suprimir sus funciones políticas, retirándoles el derecho de registrar los edictos del rey, y a privarlos de la mayor parte de su competencia judicial, creando otros 47 tribunales designados por el rey. Este golpe de Estado del canciller Lamoignon (8 mayo 1788) desencadenó en toda Francia la fronda parlamentaria (junio-julio 1787), apoyada por motines populares en diversas ciudades. La nobleza parlamentaria, manejando la opinión, había logrado arrastrar al pueblo contra el rey en defensa de sus intereses. Para impedir esta falsa alianza, Brienne replicó anticipando la convocatoria de los Estados Generales para mayo de 1789, e invitando al pueblo a opinar sobre la forma de su constitución. Era una clara invitación al Tercer Estado a participar en número que pudiera contrapesar la fuerza de los privilegiados, por la que la realeza parecía buscar idéntica alianza con el pueblo contra la aristocracia. Pero L. no sostuvo esta audaz política, cedió una vez más, y permitió la sustitución de los ministros reformistas, Brienne y Lamoignon (agosto 1788). Era la última oportunidad perdida de conducir la revolución.Los Estados generales. La Revolución. Durante la fase aguda de la fronda parlamentaria o prerrevolución francesa (verano 1788) se había visto el esbozo de aproximación del trono a las fuerzas del Tercer Estado. Por el contrario, desde la dimisión de Brienne y Lamoignon se acusó el repliegue de L. y la creciente alianza del trono y la aristocracia, ante las alarmantes exigencias del partido burgués, que una vez otorgada la doble representación en la futura asamblea, exigía la deliberación en común y el voto por cabeza. Llamado de nuevo para suceder a Brienne, el ministro Necker sería el encargado de liquidar la política reformista, anulando la obra legislativa del gobierno anterior. Reacción peligrosa en puertas de la reunión de los Estados Generales, y en un momento de inquietud agravada por momentáneas dificultades económicas. En efecto, la Francia que a comienzos del reinado había disfrutado un bienestar económico jamás igualado, experimentaba ahora una de las características crisis cíclicas de la Europa moderna: crisis telúrica de carácter periódico -mala cosecha de cereales, superproducción de vino-, cuyos efectos se acusaban más por el incipiente paro industrial, reflejo éste del tratado anglofrancés de comercio de 1786 (el tratado "liberal" Vergennes-Pitt, que abrió el mercado inglés a los productos agrícolas de Francia, pero perjudicó a la industria francesa frente a la competencia de los productos manufacturados ingleses). Los acontecimientos que siguen pertenecen ya a la historia de la gran conmoción revolucionaria que derribó en Francia la monarquía y el Antiguo Régimen (V. REVOLUCIÓN FRANCESA).Una auténtica guerra de ceremonial en las primeras sesiones de los Estados Generales (mayo-junio 1789) mostró el distanciamiento entre el trono y el Tercer Estado. Cuando éste se declaró en Asamblea Nacional (17 jun. 1789), la nobleza y el clero abdicaron todas sus viejas pretensiones de república aristocrática y corrieron a refugiarse bajo la protección del rey, comprometiendo a L. contra la burguesía, como se vio en el forcejeo de los días inmediatos (20 a 27 jun. 1789) entre el monarca y la Asamblea. Ante la resistencia de la Asamblea, que proclamó ya entonces el principio constitucional de la soberanía de la nación por encima de la del propio rey, L. intentó disolverla por medio de las tropas del duque de Broglie. El rumor de este intento provocó el levantamiento burgués de la capital (14 jul. 1789), que hizo posible la transferencia del poder político a la Asamblea y la proclamación legal de la monarquía constitucional (v. FRANCIA v). A partir de este momento, L. inició los contactos secretos con las cortes de Madrid y Viena, buscando la ayuda extranjera para su reposición absoluta, y con el mismo propósito planeó el desgraciado intento de la huida de Varennes (20 jun. 1791), causante de la momentánea deposición del monarca y del encierro de la familia real en las Tullerías. La intervención extranjera para liberar a L. y las amenazas del manifiesto de Brunswick para intimidar a la Constituyente (1 ag. 1792) provocaron la conmoción revolucionaria del 10 de agosto y la proclamación de la República, la derrota del partido girondino (v. GIRONDINOS) y de los sectores moderados y la dirección de la Convención revolucionaria por el partido extremista exaltado que acaudillaba Robespierre (v.).La intransigencia jacobina (v. JACOBINOS) deseaba confirmar la revolución por un hecho consumado e irreversible, designio que inspiró a la Convención el juicio del monarca, en el que L. compareció condenado de antemano por traición como culpable de la intervención extranjera. Aunque L. negó la supuesta traición y su abogado Séze se amparó en el carácter irresponsable e inviolable del monarca constitucional, la Convención decidió su culpabilidad (16 en. 1793) por escasa mayoría de los 721 diputados presentes (387 votaron su muerte, 334 en contra). L. fue guillotinado el día 21 en la plaza de la Revolución, con cuyo crimen político esta última se impedía a sí misma dar marcha atrás. Con L. murió el Antiguo Régimen.A. EIRAS ROEL.
BIBL.: P. SAGNAc, La fin de l’Ancien Régime, París 1952; F. FUNCK-BRENTANO, El Antiguo Régimen, Barcelona 1953; E. LAVISSE, Histoire de France, t. IX, París 1910; l. EGRET, La PréRévolution Franpaise (1787-1788), París 1962; G. LENOTRE, La huida de Luis XVI, El drama de Varennes, Barcelona 1935; E. FAURE, La disgrace de Turgot, París 1961; l. GODECHOT, Les Révolutions (1770-1799), París 1963.
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