Lucrecio Caro, Tito
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Biografía GER
Datos biográficos. Poeta latino. Los datos que poseemos sobre la vida de este gran poeta son muy escasos; todos ellos están sujetos a dudas o son susceptibles de interpretaciones diversas. Discordantes son las noticias sobre su nacimiento y muerte, que conocemos a través de S. Jerónimo (Chronica Eusebii, VII,1), Donato (Vita Vergilii, 6), Cicerón (Ad Quintum fratrem, 11,9,3) y por otras fuentes de menor valor como la Vita Borgiana y la Glossa Monacensis. Los límites van del 99 al 96 a. C. Para su nacimiento y del 55 al 51 para su muerte. Renunciando, pues, a la exactitud de las fechas, podemos afirmar que L. nació en la primera década del s. I a. C.Tampoco sabemos nada de su origen ni de su posición social. Probablemente era de condición bastante elevada, pues su nombre parece indicar que pertenecía a la gens Lucretia, una de las más antiguas y de las más ilustres familias romanas. Esta gens estaba dividida en varias ramas, una de las cuales, la de los Tricipitini, era patricia; por el contrario, las de los Ofellae, Galli y Triones eran plebeyas, aunque pertenecientes a la nobilitas senatorial. Pero también cabe la posibilidad de que el nombre perteneciese no a un miembro de la gens, sino al de un cliente o liberto de la misma. Sin embargo, su cognomen Carus lo encontramos en los primeros tiempos del Imperio usado solamente por personajes de elevada categoría. Viene en apoyo de esta tesis el hecho de que su poema está dedicado a un tal Gayo Memmio, probablemente el mismo G. Memmio que fue propretor en Bitinia, conocido por los versos de Catulo y la correspondencia de Cicerón, un personaje perteneciente, en todo caso, a una familia de primer rango. La actitud de L. frente a él es de una estrecha familiaridad: le habla en un tono de afectuosa igualdad (Memmiadae nostro), se permite incluso amonestarle en el caso de que Memmio quisiera apartarse de la doctrina de Epicuro (cfr. 1,42). Por otra parte, hay que reconocer que era un hombre de amplia cultura, conocedor a fondo de la literatura griega y romana; se observa en sus versos que había leído cuidadosamente a Homero (v.), conocía bien a Eurípides (v.), Tucídides (v.), Empédocles (v.), y estaba al corriente de las doctrinas de los presocráticos (v.), dejando a un lado su familiaridad con la poesía romana, en especial con Ennio (v.); todo esto hace suponer que su educación había sido amplia y que su condición social era bastante elevada, aun cuando no perteneciese a la clase dirigente.Su poema tampoco esclarece mucho su origen. Expresiones como patrii sermonis egestas no prueban necesariamente que el poeta haya nacido en la misma Roma; sin embargo, cabe suponer que L. se sentía romano y, aunque no hubiera nacido en la Urbe, una larga permanencia en ella le había infundido el orgullo de ciudadano y le había familiarizado con todos los aspectos de la vida de Roma. La tradición sólo nos aporta la trágica noticia de su suicidio. Se decía que L. fue atacado de locura intermitente a consecuencia de un filtro amoroso; en los intervalos de lucidez habría compuesto su gran poema De rerum natura.Ambientación política, social y religiosa. La vida de L. transcurre en una época profundamente trágica de la historia de Roma. Todavía están recientes los ecos de la guerra social. Siendo niño presenció los horrores de las guerras civiles de Sula y Mario; en su edad madura pudo observar los tumultos precursores de hundimiento de la República y el lento decaer de las instituciones, sin que se vislumbrara todavía qué régimen iba a sustituirlas. Toda esta desventura e inquietud las sintió L. desde lo más hondo de su ser. Ningún otro poeta ha descrito con relieve más dramático la agitación del alma en el contexto civil. Esta inquietud política y social tenía su paralelo en una igual turbación espiritual: una inquietud que se revela sobre todo en la esfera de la filosofía y la religión. La filosofía, que para los hombres del círculo de Escipión era objeto de diletantismo y curiosidad intelectual, se había hecho cada vez más necesaria. Las únicas escuelas que en este tiempo florecieron en el suelo romano fueron la estoica y la epicúrea. La primera se reveló en Roma como un estímulo para la acción, especialmente en sentido republicano y tradicional; en cambio, el epicureísmo actuaba, más bien, como una doctrina de crítica contra lo tradicional y de inhibición ante el Estado. L. eligió esta última, y en esta elección ha de verse una actitud de retraimiento ante la sociedad. La doctrina de Epicuro (v.) le proporcionaba una justificación de su repugnancia hacia la sociedad en que había vivido, y no sólo en el orden moral, sino en el metafísico. Pero Epicuro incluso le facilitaba algo más que el deseo de dar un sentido a su soledad; le inducía a interesarse por la salus communis. La idea de misión late en todos los versos del poeta; su convicción de poseer la verdad es absoluta. Su celo "misional" se concentra en el empeño de librar la mente de los hombres de los terrores supersticiosos y, concretamente, del terror a la intervención de los dioses y a los males de ultratumba. El tema se encuentra ya con amplitud en las obras de Epicuro, pero en L. cobra una violencia inusitada, explicable por su propia personalidad y por la situación espiritual de su tiempo.El aspecto religioso del s. I a. C. está en un momento de transición: por un lado, se acentúa la descomposición de la religión tradicional; por otro, se advierte ya el nacimiento de una nueva religiosidad. La apariencia de los viejos cultos se mantiene intacta, pero los ritos estaban desprovistos de todo contenido y únicamente se mantenían por razones políticas. La pérdida de las viejas creencias traía aparejada la propagación de nuevas corrientes, principalmente de cultos orientales, así como la adhesión a disciplinas ocultistas como la superstición y la magia.Génesis, edición y estructura del "De rerum natura". En este marco político, social y religioso nació el poema de L. Su título, De rerum natura, sigue la tradición de la poesía filosófica de Parménides (v.) y de Empédocles y al mismo tiempo reproduce el de la obra capital de Epicuro Peri physeos, aunque el título era común a la tradición científica anterior a Epicuro. Pero L. sabe infundir a su obra una estructura artística. Probablemente la composición del poema tuvo lugar en los últimos años de la vida del autor; parece que L. empezó a componerlo el año de la formación del primer triunvirato (60 a. C.), en un momento nefasto para la patria (patria¡ tempore iniquo), que exigía de hombres como Memmio una intervención enérgica en la empresa de la salvación común.El fin que el poeta se propone es la exposición de la doctrina física de Epicuro, pero no entendida fríamente como fin en sí misma y como sólido esquema de un sistema interpretativo de los fenómenos del universo, sino como auténtica interpretación poética de aquella doctrina, contemplada en el armonioso y fatal componerse y disolverse de las cosas y en la posición del individuo como parte de un todo destinado a perecer sin aniquilamiento. Su obra no es sólo un poema científico, sino una conquista de la fe y de la salvación del alma. L. se nos aparece como un digno espíritu romano para quien el saber, más que una doctrina abstracta, es un instrumento de vida y elevación moral.El poema, como atestigua S. Jerónimo, fue publicado en edición póstuma por Cicerón (v.), el cual, en vida del poeta, estaba al corriente de su composición. En una carta de Cicerón a su hermano Quinto (11,9) escrita en febrero del 54, aquél deja ver la propia simpatía por los libros de L. Si nada nos autoriza a negar que su editor fuese Cicerón, no es incontestable, en cambio, la afirmación (también de Jerónimo) de que el orador enmendó el texto del poeta.El De rerum natura está dividido en seis libros, con seis introducciones y seis finales; es en estos proemios y epílogos donde más vigorosamente se manifiesta la poesía de L. El libro I se abre con un himno a Venus, la fuerza creadora de la naturaleza, poder que todo lo rige tanto en el mundo exterior como en la intimidad del corazón humano, y con una plegaria a la diosa, madre de los Enéadas (Aeneadum genetrix). Esta invocación a Venus encabezando un poema destinado a negar la intervención de los dioses en las cosas humanas es un hecho sorprendente. Pero este complejo y grandioso himno hay que asociarlo a la gloria de la nueva doctrina de Epicuro, que ha liberado a los hombres de los horrores de la muerte y de los dioses. Más que introducir simplemente el libro I, parece que este proemio ha sido concebido como introducción a toda la obra. Un himno a la ciencia abre el libro II y con un himno a Epicuro, siempre renovado, comienzan los libros III, IV y V. El VI empieza con un himno a la propia poesía.No menos poéticos y grandiosos son los epílogos: la infinidad del universo en el libro I; en el II, la infinidad del mundo, su resurgimiento y disolución. Dramas profundos, no de la naturaleza, sino de la humanidad coronan los restantes libros: la vanidad de la muerte, el III; la trabajosa pasión del amor, el IV; el origen de la civilización, el V, y la peste de Atenas, tal como fue descrita por Tucídides, en el VI.Los seis libros se reparten simétricamente en grupos de dos. El I y el II desarrollan los principios fundamentales del atomismo (v.). El tema del III y del IV es la psicología epicúrea. El V y el VI tratan de nuestro mundo y sus fenómenos naturales. En el libro I se formulan los dos axiomas que sirven de punto de arranque al relato: "nada nace de la nada" (nullan rem e nilo gigni divinitus umquam, 1,150), "nada retorna a la nada". Se expone en él toda la teoría de los átomos (indestructibles y eternos) como los verdaderos primordia rerum o corpora prima, así como la teoría del vacío. Se pasa a demostrar en el libro II cómo todo nace de los movimientos y combinaciones de los átomos. La ley física de la gravedad somete a los átomos a un incesante movimiento en el vacío: movimiento que con una ligera inclinación (clinamen) les permite combinarse y formar nuevos cuerpos; en este punto Epicuro, seguido por L., se opone ciertamente a Demócrito y, en rigor, a todos los filósofos de la Antigüedad; culmina el libro con la prueba de que la formación del cosmos no requiere ninguna acción divina (opera sine diuom).En el libro III examina el poeta la naturaleza del alma, distinguiendo dos componentes: el animus (intelecto, elemento pensante) y el anima (puro principio vital). Ambos están inseparablemente unidos y compuestos de elementos materiales; son, por tanto, mortales, lo mismo que el cuerpo. L. acumula aquí más de 20 pruebas contra la inmortalidad del alma. El libro IV desarrolla la doctrina de las sensaciones y las percepciones: las sensaciones nacen de los simulacra emitidos por el cuerpo; la sensación en sí misma es infalible aunque dé lugar también a ilusiones y ensueños.En el libro V, L., al considerar el origen de nuestro mundo (la tierra y los cuerpos celestes que la circundan) y de los seres vivientes, se ocupa especialmente del hombre, la lengua, la religión y el desarrollo de la civilización humana. El mundo es perecedero, la tierra y los cuerpos celestes que la rodean no son animados y, por consiguiente, no están guiados en sus movimientos por una mente divina, sino por la naturaleza. Los dioses tienen cuerpos tenues e intangibles y sus moradas son de las mismas características; por eso están situados fuera de nuestro mundo, en los intermundia. El VI y último libro viene a ser una especie de suplemento y coronamiento de la obra. Se ocupa de la explicación de los diversos fenómenos atmosféricos. Termina brillantemente la obra con la plástica descripción de la peste de Atenas, acaso en intencionado contraste con el principio.Se supone que la obra terminaba con el libro VI, pues, según el proemio del libro I, su idea era desarrollar la cosmología de Epicuro y ésta ha quedado cumplida. Lo que parece realmente más inseguro es si el orden de los libros corresponde al que nos ha llegado. El orden en que los temas se suceden no es el más natural: los libros III y IV, en efecto, interrumpen en cierto modo la teoría cosmológica, mientras que los libros V y VI están por su contenido más próximos al I y II.Análisis del contenido ideológico. L., un espíritu culto y refinado, recoge la inspiración y los movimientos poéticos de varios poetas y escritores griegos y latinos (Hemero, Sófocles, v., Eurípides, Empédocles, Hipócrates, v., Tucídides, Ennio, Pacuvio), pero todo lo transforma con su mágico toque poético. El análisis del poema de L. muestra que éste no trata directamente y de modo sistemático los problemas morales, que tanta importancia tenían en la obra de Epicuro. En este maestro, como en todos los hedonistas, el pesimismo estaba implícito, porque el placer requiere una superación continua del dolor; mas este pesimismo se afirma imperiosamente en L. y se convierte, por así decirlo, en el motivo inspirador de su visión de la vida. El aspecto más original de L. reside, pues, en este pensamiento doloroso y en el páthos intenso que inspira su polémica contra la superstición y la mezquina religión, concebida como fuente de terrores y males. Pero esta lucha contra la religión vulgar queda para siempre caracterizada, de forma inconfundible, por su auténtico espíritu romano, austero y religioso. Profunda es la sensibilidad del poeta ante la vida y ante la belleza del mundo; hondamente vivida su riqueza poética al describirla. No es menos grande e incisivo L. en la pintura de escenas humanas, como el sacrificio de Ifigenia (1,84 ss.) o la procesión de Cíbele (11,235 ss.).Muchos críticos han deplorado la elección del tema en la obra de L. Según Mommsen, "jamás poeta alguno malbarató arte y vida en más ingrata materia". Pero esta afirmación es corriente al formularla sobre la llamada poesía científica; sin embargo, L. sabe impregnar su obra de un altísimo valor poético, es capaz de infundir emoción en la más refractaria de las materias. Las ideas abstractas reciben valor plástico gracias a su capacidad formuladora de imágenes y símbolos. L. es, por otro lado, uno de los más encendidos cantores de la naturaleza. La naturaleza se le aparece como un poder viviente, presente hasta en los más insignificantes fenómenos; es en esta personificación donde el poeta alcanza las más notables de sus realizaciones.La lengua, el estilo y el verso. La lengua de L. posee un innegable aire arcaico; pero su arcaísmo es más un hecho de estilo que de lengua. Lo que le diferencia de sus contemporáneos no es tanto su fonética y morfología como su mismo vocabulario: es aquí donde se ve una mayor intención arcaizante y la directa influencia de Ennio. Le gustan al poeta las palabras compuestas, las perífrasis, las formas antiguas; pero si su latín es poco tamizado, en modo alguno es impuro; utiliza con gran desenvoltura los adjetivos compuestos, muchos de ellos de su propia invención, tratando de evitar, en lo posible, la simple transcripción de las palabras griegas.El verso de L. presenta las mismas características que su lengua; es un medio de expresión, no un fin en sí mismo. Trata, por tanto, de conciliar la perfección material del verso con la claridad de la exposición; pero, en caso de conflicto, es el verso el que ha de sacrificarse a la idea. Así es fácil señalar numerosas licencias en sus versos. El hexámetro de L. se encuentra a mitad de camino entre el de Ennio y el de Virgilio (v.). Es mucho menos refinado que el de Catulo (v.), pero el fenómeno puede explicarse teniendo en cuenta que la poesía lucreciana tiene intención didáctica, mientras que Catulo usa el hexámetro en composiciones épico-líricas.Influjo de Lucrecio. El reconocimiento y la influencia que L. despertó en los escritores posteriores es innegable. Horacio y Virgilio lo consideraron como un maestro del arte y de la doctrina. Virgilio ve en él un espíritu privilegiado que sabe liberarse del terror de los dioses y penetrar en el más íntimo misterio de la naturaleza. Ovidio le llama "sublime". Tácito dedica un recuerdo a los lectores que le preferían a Virgilio. Manilio trata de imitarlo, con poca fortuna. Los escritores cristianos le combatían ásperamente por su doctrina, pero interiormente admiraron su arte y se afanaron por seguir sus huellas. En la época moderna sólo el filósofo Lessing, influido sin duda por Aristóteles, quien no admite el poema didáctico, ha menospreciado su grandeza poética. Pero el grupo de poetas de Weimar, presidido por Goethe, le admiró profundamente. En medio de este reconocimiento universal, sólo asoma una y otra vez el pesar o la sospecha de que L., uno de los talentos más válidos de toda la poesía latina, se equivocara al escoger su tema.V. t.: EPICÚREOS.P. FLORES SANTAMARÍA.
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