Lucas Padilla, Eugenio
Categoria:
Biografía GER
Vida. Pintor español romántico, n. en Alcalá de Henares (Madrid) en septiembre de 1824, e hijo de Francisco Lucas y María Padilla. Entre las muchas incógnitas que rodean al periodo de formación del artista no es la menos importante la fecha en que su familia se trasladó a Madrid, ni qué papel desempeñó en la protección de Eugenio un eclesiástico, Leandro Alvarez de Torrijos, cuyo retrato firma L. P. en 1848, siendo quizá su obra más impersonal. Uno de sus biógrafos, Balsa de la Vega (v. o. c. en bibl.), deslizó la noticia de que en cierta novela de Pérez Escrich, El frac azul, se ofrecían, en clave, datos de la vida de L., pero el extremo no se ha comprobado. Sí es indudable que siguió los normales estudios en la Acad. de San Fernando, bajo la dirección de Madrazo, Camarón y Tegeo, y que fue asiduo copista en el Museo del Prado; pero las enseñanzas oficiales dejaron en L. mucha menor huella que las intuitivas de Goya (v.), cuyo eco ya se percibe en la magnífica Plaza partida, de 1848, en la colección Castillo Olivares. Dos años después, en 1850, L. recibió el encargo de decorar al temple el gran techo del Teatro Real. Cómo y por qué se dio esta ambicionada comisión a un artista joven y todavía no muy conocido es tan enigmático como otros hechos de su biografía. L. desempeñó el encargo con discreción, y es lamentable que lo pintado desapareciera en 1857. Ello le atrajo trabajos semejantes, como la decoración de techos en la casa del marqués de Salamanca en la calle de Cedaceros, y en la de Pedro Arenas en la calle de la Princesa.En 1852 hizo un viaje a París, y en 1854 concurrió, en unión de otros pintores españoles, a la Exposición Int. de dicha capital. En 1856 parece estar en óptimas relaciones con palacio, y es año en que viajó por Italia, así como en 1859 lo hizo por Marruecos. En 1860 realizó una excursión por los Picos de Europa. En 1861 se declaró revolucionario y antidinástico. Es de creer que en 1865 anduviera con Manet, al llegar a Madrid el gran impresionista, pues hay noticia de un epistolario de ambos grandes pintores. En 1868, nuevo viaje a Italia, y, en 1869, otro por el Norte de España y Sur de Francia. En fin, m. en Madrid el 11 sept. 1870.Obra. Su vida, que no llegó ni a los 50 años, fue, pese a ello, de una considerable fecundidad, que se pondrá de manifiesto cuando se proceda algún día a la tareade catalogar su producción. Tarea difícil, por cierto, ya que entonces se hallarán muchas obrillas atribuidas a Goya y que son efectivamente luquenses. Se desprenderá de aquí un interrogante al que conviene acudir cuanto antes, y que es éste: ¿fue L. un plagiario de Goya? También a toda prisa hay que responder que no. Sin duda, L. utilizó temas goyescos para recrearlos y explotarlos, pero sin el menor propósito de plagio. Lo cierto es que comprendía bien la genial previsión con que Goya se había anticipado al temario romántico, y la mayor labor de L. consistió en amplificar y multiplicar el repertorio. Sus innumerables cuadros de toradas, encierros, caballistas, capeas, novilladas, suertes taurinas, presidentes de corrida, palcos, etc., en los que croniza con desmedida abundancia la fiesta de toros, parten -según parecía casi obligatorio- del desparpajo goyesco, pero quedan lejos de pretender copiarlo.
Los procedimientos de L. son mucho más violentos, irregulares y fogosos que los de su nunca conocido maestro, respondiendo a convicciones de carácter preimpresionista y a cierto repentismo intuitivo que pocas veces se cuidó L. de domar, e hizo bien en no domarlo. Por lo demás, la no discutible veneración para con Goya nos parece menor que la sentida ante Velázquez (v.), y ante un Velázquez óptimamente comprendido. Cuadros como El cazador suponen el más recto conocimiento de los precedentes del tema en D. Diego, y tales conocimiento y comprensión impulsaron a L. a crear una sorprendente serie de temas velazqueños, con varias refacciones, alteraciones y fantasías a capricho de Las meninas, de retratos de enanos y bufones y hasta de creaciones de temas en que jamás pensara Velázquez, como, p. ej., Matrimonio de Felipe IV. Ahora bien, nadie pensaría en acusar a L. de plagiario de Velázquez por su afición a semejante mundo, e igual absolución es indispensable respecto de su goyismo. Antes bien, ha de alabarse esta especie de nacionalización del romanticismo de L. en momentos en que nadie, a decir verdad, se preocupaba demasiado (ello vendría después, en el postrer tercio del siglo) de los modos y de la factura velazqueños. Bien entendido, ésta no es sino una entre las numerosas facetas del arte de L., que apenas dejó genero sin cultivar. Retratos como los de Isabel II o del torero Montes, desnudos, paisajes (unas veces de un fantaseado orientalismo, otras de contrastable fidelidad, cual uno de Toledo), escenas revolucionarias, otras de inquisición, escenillas de género, e incontable variedad más de temas. En alguna ocasión, un hecho le seduce y lo reproduce varias veces, tal como la llegada de las aguas de la sierra a Madrid el 24 jun. 1858, acontecimiento que refleja en no menos de tres óleos. Dedúzcase, pues, que la vena ilimitada y torrencial de L. no se concreta al goyismo de segunda mano que con más que notoria injusticia se le ha atribuido. Por el contrario, era un verdadero maestro de la pintura decimonónica y un colorista fuera de serie, dueño de unos tonos cálidos y brevísimos que, no obstante, modera cuando desea. En cuanto a dinamismo, sentido del movimiento y convincente comunicación de sus apasionamientos, no hubo en su tiempo quien le superase.Sin proponérselo, creó escuela, a la que pertenecían declarándolo mejor o peor Antonio Pérez Rubio, Ángel Lizcano y Paulino de la Linde. Más imitador que discípulo fue su hijo Eugenio Lucas Villaamil, o Lucas el Mozo, del que se ignora la fecha de nacimiento, mas no la de su muerte, ocurrida en Madrid el 23 en. 1918. Artista muy diestro, pero de escasa personalidad, se dio a confundir, parece que deliberadamente, su obra con la de su padre y con la de Goya, y éste sí que originó equívocos, no siempre fáciles de deslindar. Pero su manera más propia y habitual, la que muestra en sus techos del hoy Museo Lázaro Galdiano (v.), no pasa del convencionalismo decorativo de hacia 1890. Es evidente que la posteridad de L. merecía, en todos los sentidos, mucho más de lo que los hados le otorgaron.V. t.: ROMANTICISMO V.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: R. BALSA DE LA VEGA, Eugenio Lucas, Madrid 1911; E. TORMo, Lucas, nuestro pequeño Goya, "Arte Español" 1 (1912) 150 y 220; J. LÁZARO, Les deux Lucas, París 1936; E. G. TRAPIER, Eugenio Lucas y Padilla, Nueva York 1940; J. A. GAYA NUÑO, Eugenio Lucas, Barcelona 1948; F. DE LA PRESA, El pintor Lucas Padilla y su tiempo, La Habana 1956.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.