Lepanto, Batalla de HIST.
Categoria:
Historia
Tuvo lugar a la entrada del golfo de este nombre, al N del Peloponeso, en el O de Grecia, el 7 oct. 1571 entre las escuadras cristiana y turca.Antecedentes. El creciente poderío turco en el Mediterráneo suscitó en Occidente la idea de una alianza cristiana que pusiese fin a aquella hegemonía. La subida de Pío V al trono pontificio fue decisiva, pues se convirtió en el alma del viejo proyecto de Pío II. Tras varios años de esfuerzos, al fin, el 25 mayo 1571, quedaba constituida la Liga Santa, en la que entraron España, el Papa y Venecia. En resumidas cuentas, estas potencias se comprometían a aportar durante tres años una escuadra de 200 galeras y 100 barcos redondos con una dotación de 54.500 soldados, la cual se podría emplear tanto en Levante, como en Argel, Túnez o Trípoli. El lugar de reunión de la escuadra aliada era Mesina, y allí la encontró totalmente desorganizada Juan de Austria (v.) a su llegada con la flota española. La presencia del generalísimo cambió por completo la situación; la preparación de las galeras que mandaba, la simpatía que supo despertar en Colonna y Veniero, capitanes pontificio y veneciano respectivamente, y sus acertadas medidas, p. ej., mezclar soldados de las diversas nacionalidades en cada envío para darles mayor cohesión, tornaron aquella alarmante discordia en una armada homogénea y auténtica.Los efectivos cristianos reunidos en Mesina comprendían: a) seis galeones pesados venecianos, armado cada uno con 44 cañones; b) 208 galeras: 106 venecianas, 90 españolas y 12 pontificias; y c) 100 fragatas y naves de transporte, todas españolas o fletadas por España. Componían la tripulación 50.000 remeros y marineros, y 3l.000 soldados de infantería, de ellos 19.000 españoles, 8.000 venecianos, 2.000 pontificios y 2.000 voluntarios de diversos países. Disipados los últimos nubarrones de la discordia hispano-veneciana, al fin, el 16 de septiembre, zarpaba la flota de Mesina en dirección a Corfú. Las noticias llegadas a esta localidad informaban que los turcos se encontraban en el golfo de L. y añadían cifras que hacían disminuir sus esperados efectivos. Animados por ello y temiendo las tormentas de otoño, los jefes cristianos decidieron el ataque.La batalla. Las dos escuadras se avistaron a la entrada del golfo de L. con las primeras luces del 7 de octubre. Los turcos, aunque agotados por las numerosas incursiones realizadas durante el verano en las costas mediterráneas, también habían decidido lanzarse al combate para cumplir las órdenes de Constantinopla y a causa de las erróneas informaciones sobre los efectivos aliados, y emprendieron en consecuencia rápidamente el camino de salida, en medio del cual se encontraban aquéllos. De este modo se fueron aproximando ambas formaciones en orden de combate. En la cristiana, el veneciano Barbarigo, con 64 galeras, quedaba muy próximo a la costa etolia, para evitar ser envuelto por el enemigo; Juan de Austria mandaba el centro, formado por 63 galeras, con Marco Antonio Colonna y Veniero a ambos lados y Requesens detrás; Juan Andrea Doria defendía el ala derecha con 60 naves; la retaguardia, compuesta de 35 navíos, la mandaba el marqués de Santa Cruz, con instrucciones de prestar ayuda al frente más comprometido. En el lado turco, la formación es de media luna: Mohamed Siroco con 55 galeras se oponía a Barbarigo; Alí Pasha, su almirante, y Pertev, su lugarteniente, con 96, al grupo de D. Juan; Alush Alí, con 73, se situó en alta mar frente a Andrea Doria. Otro escuadrón de reserva quedaba a retaguardia. Aún tuvo tiempo el generalísimo español de adoptar dos nuevas medidas mientras se aproximaban al enemigo: retirar los altos tinglados de madera de las proas de sus galeras y cortar los espolones de.éstas; la facilidad para el abordaje, la amplitud de campo para los arcabuceros y la mayor capacidad de maniobra, demostrarían poco más tarde lo acertado de estas disposiciones.El combate comenzó a mediodía con el sol en su punto más alto. El viento, hasta entonces favorecedor de los turcos, se volvió ahora contra ellos, con lo que la facilidad de movimiento pasó al lado cristiano. Sin embargo, los primeros en atacar fueron sus enemigos, en un intento de evitar el embotellamiento preparado por D. Juan. A los iniciales movimientos otomanos, los galeones venecianos enviaron la mortífera carga de sus 264 cañones que lograron partir su línea de combate. Así divididos, los cuerpos de la armada turca se lanzaron sobre sus oponentes cristianos. El virrey de Alejandría sobre la formación de Barbarigo; Alush Alí contra Doria y Alí Pasha, con el grueso de la armada, sobre el centro de D. Juan. La superioridad de los infieles se dejó sentir inmediatamente, hasta el extremo de que en todos los frentes aventajaban a los cristianos. Barbarigo se veía rodeado y a poco caía herido en un ojo; Doria, obligado a extenderse peligrosamente hacia su derecha, daba lugar a una espantosa matanza en la galera capitana de Malta, que cayó en manos de Alush; el propio D. Juan se veía abordado por la capitana enemiga y obligado a luchar en su propia nave, mientras Santa Cruz se multiplicaba en ayuda de unos y otros, incapaz de prestar el apoyo necesario.Sin embargo, al poco tiempo la reacción cristiana fue imponiéndose, ayudada por el ardor combativo de los remeros de ambas flotas, puesto que todos eran cristianos (los de la armada turca, sublevados contra sus propias tripulaciones). Los venecianos de la izquierda lograron no sólo rechazar al enemigo, sino pasar al abordaje de la nave de Siroco, quien poco después caía acribillado, mientras Barbarigo agonizaba a consecuencia de sus heridas. En el centro, los defensores de la Real pasaban asimismo al asalto de la Sultana y, aunque fueron rechazados en sus dos primeros intentos, aprovechando el desfallecimiento enemigo por la caída de su jefe, lograron arrollarlo. A pesar de que resonaron ya los gritos victoriosos de los cristianos ante la muerte del almirante turco, el combate aún no había terminado. El último encuentro se decidía en el ala de Doria. Auxiliado éste por Santa Cruz, pieza importantísima del triunfo por el apoyo prestado con sus naves de retaguardia al punto en cada momento más comprometido, logró imponerse a Alush Alí, quien al poco emprendía la retirada para no perder el resto de sus efectivos. Todos los esfuerzos cristianos fueron impotentes para evitar la huida del virrey argelino, quien logró salvar las únicas 40 galeras que se libraron del desastre.Ante la cercanía de las tormentas, los aliados se refugiaron en Petala.Balance final. Los turcos habían perdido 224 navíos: 130 capturados y 90 hundidos o incendiados; 25.000 hombres y más de 10.000 cristianos que fueron liberados. Por el lado cristiano se habían perdido 15 naves y cerca de 8.000 hombres: 2.000 españoles, 5.200 venecianos y 800 pontificios. La resonancia de la victoria conmovió a todo Occidente. El Santo Padre la conmemoró designando el 7 de octubre como fiesta del Santo Rosario y añadiendo a la Letanía el Auxilium Christianorum; Felipe II ordenó la celebración de un Te Deum de acción de gracias; el resto de la cristiandad recibió la noticia con júbilo y fiestas.Conclusiones. A pesar de tan resonante triunfo, el resultado de L. ha sido considerado baldío durante varios siglos. Desde las irónicas alusiones de Voltaire hasta la moderna crítica del P. Serrano, muchos defendieron que L. no condujo a nada. Sin embargo, los autores contemporáneos han sabido apreciar más justamente el significado de tal suceso. Para Braudel, L. logró acabar con el complejo de inferioridad cristiano y con la supremacía turca. Pfandl cree que el poderío marítimo turco quedó aniquilado y que con ello la navegación y el comercio latinos volvieron a quedar libres. J. F. C. Fuller aún calibra más al decir que: "La batalla de Lepanto no destruyó la base del poder naval otomano, ni determinó la reconquista de Chipre, ni condujo al control del Mediterráneo por España..., pero moralmente fue decisiva, pues al alejar el temor que gravitaba sobre la Europa oriental y central desde 1453, hizo resplandecer para toda la cristiandad el sorprendente hecho de que el turco ya no era invencible" (v. o. c. en bibl.). En realidad, como dice Braudel, "el encanto de la potencia turca había sido roto" (v. o. c. en bibl.).J. M. RODRÍGUEZ GORDILLO.
BIBL.: L. SERRANO, España en Lepanto, Madrid-Barcelona 1935; íD, La Liga de Lepanto, Barcelona 1918-19; F. BRAUDEL, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, II, México 1953; W. T. WALSH, Felipe U, Madrid 1951; L. PFANDL, Felipe II, Madrid 1942; S. CH. PETRIE, Felipe II, Madrid 1964; l. F. C. FULLER, Las batallas decisivas del mundo occidental, I, Barcelona 1961; L. CARRERo BLANCO, Lepanto, Barcelona 197l.
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