Latinos HIST.
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Historia
l. Origen. Según la etimología fantástica, tiene origen este pueblo en un héroe, Latino, hijo de Ulises y Circe. Este nombre aparece por primera vez, en el s. VII a. C., en la Teogonía de Hesíodo. La inventiva griega fue inagotable para dar a gentes y lugares origen y nobleza griegos. A ellos debió de llegar la noticia de pueblos de Italia central, los l., y crearon un héroe epónimo de este lejano pueblo; no contentos con esto, le hicieron incluso rey de los etruscos dominadores entonces del centro de la península Itálica, incluido el Lacio (v.).Aparte leyendas, los l. forman una de las ramas que, junto con los umbrios, constituyen el pueblo de los italiotas, de etnia indoeuropea. Su parentesco es cercano a los helénicos, pero lejano a celtas, germanos y eslavos, como se deduce del estudio comparado de sus lenguas. Poco conocida es la ruta seguida por los itálicos tras su separación de los helenos, aunque indudablemente fue por el Norte de la Península. La primera tumba l. en los montes Albanos es de comienzos de la Edad de Hierro (después del a. 1000); arqueológicamente, está demostrada la carencia casi total de poblamiento en el Lacio (v. LACIO II) durante la Edad de Bronce, explicable por la falta de salubridad de esta región volcánica y pantanosa. Estas dos pruebas invitan a pensar en una transmigración forzosa de los prelatinos desde otra región más septentrional, de donde fueron expulsados a la ingrata zona entre el Tíber y el Tirreno. Mommsen (v. o. c. en bibl.) se limita a indicar su posible itinerario a lo largo de la costa occidental hasta instalarse en el Lacio, Campania y Lucania, llegando incluso a alcanzar el golfo de Tarento, zonas donde fueron absorbidos culturalmente por sammitas y griegos, salvo el inhóspito Lacio, donde pudieron los I. desarrollar su sobria cultura original.Precedentes indoeuropeos de los I. son evidentemente los palafitícolas de la ladera alpina del valle medio del río Po y también los pueblos de la cultura de las terramaras (v. ITALIA III). El hecho de que éstos desapareciesen casi totalmente, al iniciarse la Edad de Hierro, sirvió de base a Pigorini para plantear su emigración a lo largo de Italia, donde fueron dejando rastros suyos, como los ritos de incineración, la cerámica con asas en forma de media luna y ciertas fíbulas, buscando una nueva morada que encontraron en el territorio entre el Tíber, los .Apeninos, las montañas de Terracina al S y el Tirreno al O, desparramándose por las laderas de los montes Albanos. Una cosa está lejos de dudas: su establecimiento en las llanuras del Lacio, nombre que en realidad, más que unidad geográfica, designa una unidad política, la del país habitado por los I.2. Características. Asentados mediante movimientos y oleadas parciales, en un espacio de terreno no muy extenso, pronto estuvo su población unida sólidamente por dos características que constituyen el distintivo de todo pueblo de la Antigüedad: la lengua y la religión. La lengua es el latín, no fijada antes de los últimos tiempos republicanos, pero usada ya por los prisci latini (antiguos l.). Lengua del grupo indoeuropeo como otras tres contemporáneas: umbrio, osco y sabélico. Pero si estas lenguas, al igual. que la de los ligures, sicilianos y etruscos, desaparecen en pocos siglos, la latina triunfa de modo absoluto (V. LATINA, LENGUA Y LITERATURA). Su alfabeto fue introducido por los griegos de Calcidia. Como la documentación epigráfica ha demostrado la existencia de la lengua latina a fines del s. IX a. C. y los etruscos (v.) ya la encontraron en el Lacio cuando lo conquistaron, quizá se remonte su introducción a la segunda mitad del s. VII a. C., época inmediatamente anterior a la de los dos testimonios más antiguos de la lengua latina: la fíbula de Preneste y el vaso de Derenos.La otra característica de este modesto y primitivo pueblo es la religión. Rinden culto al dios supremo, celeste, común a tantos pueblos, amenazador de tempestades y a la vez bondadoso al calentar y dar vida a todo. Es su Júpiter Latiaris o Latiar que, adecuado a sus necesidades, era también el numen dominador de los poderes subterráneos, los cuales, en zonas sísmicas como el Lacio, desencadenaban terremotos y erupciones. Era venerado sobre el monte Cave (antiguo monte Albano) de 950 m. De altitud. En su cumbre más alta se descubrió un santuario, recinto sagrado que no contiene templo, pero sí aras de sacrificio. Allí se celebraban anualmente las feriae latinae de todo el pueblo l., cuyo momento culminante era el sacrificio, en presencia de las autoridades, del toro blanco, animal que se mantuvo en las suovetaurilias romanas. Esta divinidad tuvo su paralelismo, en Roma, en el Júpiter Capitolino. Al lado de Júpiter, otra divinidad, Diana, era numen de la fecundidad animal y vegetal, con culto en torno al lago Nemi, en el Speculum Dianae, recinto donde el oráculo guiaba el complejo mundo de las gentes latinas. "La satisfacción del goce de los bienes terrenales, y el temor a los fenómenos de la Naturaleza cuando desencadena su poder, son los caracteres fundamentales de su religión. Su culto es sobrio" a diferencia de otros pueblos, causantes de monstruosas deformaciones religiosas.Los I. no creyeron en misterios o visiones extraordinarias, y los oráculos no impusieron sus decisiones en la vida pública o privada. Quizá por esta aridez, la religión terminó por ser un ritual vacío de pensamiento. El I. tendió a las nociones concretas y realistas. La encarnación de sus dioses fue tan sencilla que ni los poetas ni los artistas encontraron en ella material para su producción. Los poetas, al carecer del ideal y la imaginación que presta movimiento y vida a los objetos exentos de esos atributos; los artistas, sólo a través de su contacto griego, alcanzaron a crear modelos siempre inferiores en calidad y originalidad al etrusco. Quizá radique todo en el hecho de la falta de contacto con Oriente, que hizo de la religión griega una germinadora de cultura intelectual e incluso nacionalista, en torno a sus oráculos. No obstante, fue la religión la que utilizó Augusto para purificar de tanta barbarie y simbolismos a los antiguos númenes de la patria; la que adquirió máximo eco a través de los cantos de Virgilio y Horacio, a pesar de su helenismo.Basándonos en los testimonios arqueológicos del pueblo I., se deduce que su civilización entra de lleno en la primera Edad de Hierro. Las tumbas de los prisci latini son de incineración, con ajuares funerarios de rara similitud en todas. Son siempre de una gran sencillez, paralela a su cultura y vida, y muy diferente de la cultura transtiberiana de los también incineradores umbrios. Los I. usaban urnas funerarias de tipo esferoidal, con decoración de meandros y cruces entrelazadas, imitando, lo mismo que el templo de Vesta en Roma, las cabañas que durante siglos se han mantenido en el agro I. En realidad, son reflejo de su vida totalmente campesina. Según Varrón "los latinos habitaban en cabañas y chozas e ignoraban lo que era un muro o puerta" (De re rustica).3. Fases de su historia. Cronológicamente, merced a sus restos, podemos dividir en dos fases la historia de los primitivos I. La primera, cuando su rito era de cremación, parece corresponder a un asentamiento sobre territorios despoblados. Es la primera Edad de Hierro en los albanos. Pertenece esta fase, tras un vacío en la Edad de Bronce, a los s. IX y XIII a. C., con distribución funeraria en tres grupos: territorio de Castelgandolfo y Albalonga, el de la Grotta Ferrata y un tercero cerca de Marino. En todos se observa que el pueblo I. era poco dado a la industria metalífera, pues son muy escasos los objetos de metal encontrados, sobre todo si los comparamos con los hallazgos de las zonas umbrias (región de Civitavecchia). Fue mayor su dedicación a la cerámica, en especial vasos, hornillos sobre soportes cuadrangulares y mesitas de tres patas, todo en pequeño tamaño como imitación de las casas de los vivos. También hay objetos de uso diario como vasos recipientes, ollas oblongas, tazas con mango horizontal y restos alimenticios demostrativos del rito del silicernium o cena funeraria. Todo sin motivos geométricos, a diferencia de la ornamentación incisa umbria, muy superior estéticamente a la I. También los esmaltes embellecedores de fíbulas son de arcaica simplicidad.La segunda fase abarca el s. VII a. C. y es semejante a la del pueblo sabino, que tanto contribuyó al origen y desarrollo de Roma (v. ROMA III, 1). Esta interpenetración I.-sabina está claramente registrada en una de las metrópolis del Foro Romano, donde la cremación empieza a sustituirse por la inhumación, pero sin llegar nunca a los grandes sepulcros de los etruscos, que con sus exportaciones de bronce monopolizaban el comercio, muy escaso entre los I. En los restos arqueológicos del Esquilino, se observa un progreso con respecto a la sobriedad de las tumbas albanas. En ellos, conjuntamente con una superior cerámica de decoración incisa y pintada, hay abundancia de armas demostrativas de que los l., por necesidad’del ambiente, por su cercanía a la frontera etrusca, se convierten de aldeanos en guerreros. Puntas de lanzas de bronce y hierro, puñales, hojas de lomo curvo, hachas, espadas de bronce; y como armas defensivas, cascos acampanados, escudos de cuero y delgadas láminas de metal, son restos contundentes. Su economía, en un comienzo, no pudo ser otra, en este malsano terreno, que la del pastoreo, tal y como nos cuenta la leyenda de los orígenes de Roma. Después, tras el contacto con los helenos, comenzaron el cultivo de olivo y vid. Su carácter de miniproducción impidió cualquier tipo de comercio mayoritario. Los I. sólo realizaron simples cambios sin beneficio. Todos los vestigios indican que tuvieron relación comercial con Cumas, Neápolis y Sicilia. Las monedas griegas descubiertas en el Lacio y las similitudes de sus sistemas monetarios son las pruebas más evidentes. El contacto con Elea y Massalia fue menos activo.En cuanto al Derecho no quedan vestigios de sus leyes primitivas; sólo a través del Derecho consuetudinario romano se sabe algo. Al igual que en su religión, rechazaban todo simbolismo o norma convencional jurídica. En todos los actos jurídicos, el Estado aparece omnipotente y decisivo sobre pueblo y familia. Sus leyes son siempre absolutas, no hay comprensión ni humanidad alguna. Quizá en el paso de este inflexible Derecho latino a Roma radique parte de su grandeza. Como dice L. Homo (v. o. c. en bibl.), el estudio de los primeros siglos de su historia es bastante confuso, 1° por la gran pérdida de documentos que supuso el saqueo de Roma por los galos en el 390 a. C.; 2° por la falsificación de documentos referentes al Lacio primitivo; y 3° porque los hechos se conocen a través de escritores que a finales de la República o durante el Imperio estaban mucho más imbuidos de romanismo que de latinismo.4. Organización. Al comienzo, la población se distribuía en circunscripciones familiares (pagi), unas dispersas por el agro y otras concentradas en elevaciones (oppida), por razones de salubridad y estrategia. Los pagi unidos entre sí dieron lugar a los cantones o tribus rusticae. A este tipo responden Gabies, Labicum, Preneste, Laurentium, Alba Longa y después la propia Roma. En un principio, eran autónomas bajo gobierno de su príncipe y un Consejo de ancianos, "pero su unicidad de lengua, etnia y religión les lleva a la creación de la institución político-religiosa clave del pueblo l.: el pacto de eterna alianza" que quizá no abarcó a todos los l., pero que nunca aceptó no l. Su centro quedó establecido en Alba Longa, o Alba, nombre más preindoeuropeo que indoeuropeo.Esta tesis de la unidad política I. carece de fuentes que la confirmen. Además, es difícil creer que la joven Alba solucionase por sí misma problema tan grave en el mundo antiguo como la fragmentación política. Por otro lado, cuando Roma destruyó Alba reivindicó su herencia, pero no fue ésta una supremacía directa, sino solamente una superioridad honorífica. No obstante, todo parece indicar mayor cercanía a la dependencia común que al particularismo local. Según Plinio el Viejo (Historia Natural, III,69) el número de tribus era 31, relación quizá no anterior al s. iv a. C. que refleja las circunstancias del antiguo Lacio, al figurar en ellas los albanos. No incluye poblados como Ardea, Lanuvium y Tusculum, citados durante la época clásica en el marco de las feriae latinae.5. Roma y los etruscos. A mediados del s. VI II, a. C., por obra de tres tribus (dos l., los ramnes y los luceres; y una sabina, los ticios), tiene lugar la fundación al pie del Palatino y 25 Km. Tíber arriba, de la estratégica aldea de Roma. Para Mommsen, salvo detalles de culto religioso, no hay indicios de cultura Babélica, pero el pronto empuje de esta fundación, la creación de instituciones originales luego aceptadas por el resto de los l. y su carácter de aglutinador de pueblos, invitan a pensar en una mayor paticipación del elemento sabino en su construcción. Roma absorbió las pequeñas poblaciones I., "simples reductos fortificados que servían de mercado semanal a las gentes del campo", mediante el simple hecho de trasladar ese mercado a su propio contorno romano y con él a su población, a la que fue aglutinado.Acontecimiento importante en la historia de los I. fue la destrucción de Alba por Roma, hecho del que se desconocen detalles. Para Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso (v. o. c. en bibl.), deseosos de ensalzar su orgullo nacionalista romano, constituyó un simple duelo bilateral que Roma resolvió a su favor. Homo, sin embargo, se inclina a considerar la caída de Alba por obra, no de Roma, sino de los propios l., celosos de una independencia que en parte limitaba el federalismo albano por débil que éste fuese. Pero tampoco duda de un importante papel por parte de Roma. A continuación se produjo "un periodo de caos que facilitó el progreso territorial de los etruscos, verdaderos beneficiarios, y no Roma, de la caída de Alba". Para Mommsen, los etruscos no alcanzaron el Lacio, "porque la historia no hace mención de desplazamiento de latinos de parte de su territorio". "Además, la dignidad real dada a un ciudadano originario de Etruria no implica la conquista de Roma o el Lacio por los etruscos". No obstante, está probada arqueológicamente la ampliación territorial etrusca a costa de una población I. que continuaba arcaica y rudimentaria, pero disciplinada por la inhospitabilidad de la Naturaleza que le rodeaba. La invasión no se produjo por Roma, fundada precisamente porque se preveía por allí la expansión etrusca, sino entre ella y el Tirreno. Su dominio desde mediados del s. VII a finales del VI a. C. fue totalmente positivo para los I. Sus aportaciones principales son: por un lado, el paso de una civilización tribal (la propia Roma apenas había superado el fenómeno sinecista de la liga septimontal) a una civilización urbana, en la cual la ciudad era además centro político de la población del entorno; por otro lado, el paso de una economía pastoril a otra agrícola.A pesar de tal legado, el autoritarismo etrusco cansó al pueblo l., que en el 509 a. C. destronó a su monarca, Tarquino el Soberbio, cambió la monarquía por República y expulsó a la población etrusca más allá del Tíber. Nuevamente, T. Livio da muestra de su romanismo al atribuir el hecho al levantamiento político exclusivo de la ciudad de Roma. Pero esta vez va más lejos al presentarnos a los I. tomando las armas en favor del monarca etrusco que les había oprimido. La tesis más aceptada (L. Homo) es la de un levantamiento de los l., en entendimiento con el elemento heleno de Aristodemo de Cumas, por ser su región el centro estratégico del extenso imperio etrusco. La victoria sobre los etruscos en Aricia quizá no sea sino uno de los muchos episodios de la insurrección general de los l. Roma, en un principio, no participó, pero la expansión del movimiento terminó por alcanzarla, y con ello la caída de Tarquino fue inevitable. En el intento I. de oponerse a Roma por su timidez a entrar en guerra con Etruria, ve Homo la causa de la versión filorromana de T. Livio. Los etruscos dejaron en el Lacio un precedente peligroso para los l.: el establecimiento de Roma como eje dominador, hecho que los romanos aprovecharon para imponer una política hegemónica y no federalista.Los I. unidos en torno a la Liga de Aricia fueron derrotados cerca del lago Regilo y firmaron la paz con Roma. Según ésta, quedaba descartada toda hegemonía por parte de Roma. E incluso formaron un ejército común con dirección alternante anualmente para hacer frente a los enemigos del exterior (ecuos y sabinos del Este y volscos al Sur). Esta asociación se mantuvo hasta que, en el 338 a. C., Roma consiguió por las armas la hegemonía definitiva sobre el pueblo l., que había cumplido la tarea de rechazar el empuje de los pueblos montañeses. Antes de ello, hubo un último intento de escisión I: romana cuando la invasión gala del 390 a. C. causó la ruina transitoria de Roma, prolongada durante los 50 años de sucesivas oleadas galas. No obstante, el progreso del pueblo samnita (v.) al S del Lacio propició una nueva alianza entre los I. y Roma frente al enemigo común. La escaramuza victoriosa de los aliados en el monte Gaurus, en el 341 a. C., llevó a un tratado de paz por el cual Capua y Campania pasaban a Roma. "Los derrotados eran los latinos que veían cerrarse las tenazas romanas por el Sur". Catón, en Orígenes, relata que, poco antes de la disolución de la Liga l., se reunieron en torno al oráculo de Diana Nemorensis los representantes de los ocho principales municipios del Lacio: Aricia, Tusculum, Ardea, Cori, Preneste, Tívoli y los Laurenti Laviniati, bajo la presidencia de Tusculum, sucesor de Alba Longa. Roma no figura. Sólo lo hará cuando, tras la victoria del río Astura, el Lacio se haya convertido en territorio suburbano y las feriae latinae y el culto a Diana Nemorensis hayan perdido su carácter político.La Liga I. quedó disuelta, y los derechos civiles, matrimonio y propiedad, les fueron negados. Tanto las ciudades I. federadas que siguieron la causa como las sometidas perdieron sus instituciones municipales, con la única diferencia de que las primeras conservaron sus formas exteriores. El auténtico municipio, como dice Fustel de Coulanges, sólo se veía dentro de los muros romanos. Los I. eran súbditos para Roma, extranjeros, hostes. A los ojos del jurisconsulto romano, la propiedad no existía, el suelo provincial jamás constituyó propiedad privada. Si hemos de creer a T. Livio, Roma dio a los I. el derecho de ciudadanía romana, pero sólo a los que ejercieron alguna magistratura en su ciudad natal, es decir, dio ciudadanía "a lo mejor, más rico y más considerado del Lacio".Sin duda, el pueblo I. fue pieza fundamental en la expansión romana, pero todos los tributos y tesoros naturales provinciales se utilizaban en provecho de la oligarquía romana. La pequeña propiedad desapareció y con ella la agricultura, sutituida por un pastoreo ya subsistente.Quizá por ello todo movimiento revolucionario en favor de los proletarii encontraba apoyo en los I. Así lo demuestran su ayuda a la Lex Licinia de T. S. Graco (133 a. C.), que limitaba la adquisición de propiedades a los capitalistas; su adhesión a la petición de Fulvio Flaco (125 a. C.) de conceder la ciudadanía romana a los itálicos; su respaldo a los proyectos de C. S. Graco. Sólo a comienzos del s. I la presión de etruscos, umbríos, y la acción de Mitrídates del Ponto llevaron al Senado a conceder poco a poco la ciudadanía, primero a los I. fieles a su causa, y luego en el 90, siguiendo la propuesta del cónsul L. Julio César, al resto de los I. En el 89, por la Lex Plauta Papiria, la ciudadanía alcanzaba a todos los pueblos itálicos. Sólo durante un año, pues, disfrutaron los I. con exclusividad la tan costosamente conseguida ciudadanía romana.I. RODRÍGUEZ MÁRQUEZ.
BIBL.: Fuentes: T. Livto, Historia romana; CATÓN, Discursos; D. DE HALICARNASO, Antigüedades romanas; D. CASio, Historia romana; PLINIO EL VIEJO, Historia Natural; D. SICULO, Biblioteca. Estudios: T. MOMMSEN, Historia de Roma, Madrid 1960-61; O. MONTELIUS, La civilisation primitive en Italie depuis Pintroduction des métaux, Estocolmo 1895; G. PINZA, Monumenti primitivi di Roma e del Lazio antico, "Monumenti Antichi" XVI (1905); V. ANTONIELLI, Appunti di Paletnologia Laziale, "Bulletino di Paletnologia Italiana" XCIX (1924); P. DUCATI, L’Italia antica, Milán 1938; A. ALFONDI, Early Rome and the Latins, Univ. Michigan 1965; L. Homo, La Italia primitiva y los comienzos del Imperio romano, México 1960.
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