Larreta, Enrique
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Biografía GER
Novelista, dramaturgo y poeta argentino. Enrique Rodríguez Larreta n. en Buenos Aires el 4 mar. 1873 y m. en la misma ciudad el 6 jul. 196l. Hombre de fortuna, de origen ilustre y con un sentido profundo de su vocación literaria, a la que dedicó casi exclusivamente su vida. Fue, además, y en forma esporádica, diplomático; Acelain, su célebre estancia ganadera, orgullo del campo argentino; fue asimismo obra de su voluntad infatigable, y en los escasos ratos de ocio, L. fue también un pintor de singular calidad.En 1896, el exigente crítico Paul Groussac dio cabida en la rev. "La Biblioteca" al primer ensayo literario del futuro gran escritor: Artemis, una fantasía griega característica del primer modernismo (v.), así en el tema como en el tratamiento literario. Doce años después y, según confesión del autor, tras una larga y paciente elaboración, aparecía en Madrid su segunda experiencia: La gloria de don Ramiro, en 1908. Esta vida en tiempos de Felipe II (subtítulo de la novela), por su riqueza de valores históricos, por la incisiva pintura de los tipos, por la impresionante evocación del ambiente humano y social de aquella España de la segunda mitad del s. XVI y, sobre todo, por la castiza y deslumbrante calidad de su estilo, es una de las novelas más características de la etapa modernista y una de las creaciones más excepcionales de las letras hispanoamericanas contemporáneas. Se trata, en esencia, de una novela histórica, en género ya empleado desde los románticos, pero al que aportaba un triple signo de vigorosa madurez: la escrupulosa seriedad de la reconstrucción, el encanto poético y filológico de su lengua, y el haber elegido como tema -sin denigrarle, antes con lúcida devoción estéticaaquella España negra y vitanda, según el canon de la literatura del s. XIX.Tras un largo silencio de casi 20 años, dio a la estampa su segunda gran novela: Zogoibi, en 1926, el mismo año de Don Segundo Sombra. Con la misma tensión estilística de su relato anterior, narraba ahora la vida en una estancia criolla durante los años anteriores a la I Guerra mundial, no en el medio gaucho sino en el de los patrones, medio que conocía bien por haber sido el fundador de un establecimiento modelo; tras esa pintura cálida y viva, mucho más auténtica que algunos "gauchismos trasnochados" que por entonces todavía se prolongaban, L. planteaba como símbolo trascendente del relato un hondo conflicto, quizá aún no superado en la Argentina: el choque entre el espíritu tradicional, puro y sin mixtificación de la tierra nativa, con el maligno, sofisticado y seductor de los agentes exóticos, conflicto aludido específicamente en el subtítulo que acompañó a la novela en ediciones posteriores: El dolor de la tierra.A partir de Zogoibi (recibida con muchas reticencias por establecerse un paralelo absurdo con su libro anterior), L. buscó evolucionar en un doble sentido: simplificando el estilo y modernizando su técnica narrativa hacia lo lineal y esquemático. Así fueron apareciendo: Orillas del Ebro (1949), obra breve y recia ubicada en La Rioja española, que fue premio Cervantes de ese año en la Península; la novela dialogada, Tenía que suceder (1943), de ambiente moderno argentino; los cuentos reunidos bajo el título Tres f ilms, también con la técnica anterior, y, sobre todo, El Gerardo (1956), novela integrada por dos relatos conexos: La torre de las damas y En la pampa, visión trágica del angustiado hombre contemporáneo, ubicada en la doble geografía literaria de L.: España y Argentina. En el campo de la narrativa, si bien con la estructura del diálogo y con cierta técnica que se aproxima al guión cinematográfico, sus dos últimas obras fueron: Clamor, con el tema del fusilamiento, en 1810, del otrora héroe de las invasiones inglesas, Santiago de Liniers, y un apunte subtitulado Televisión y llamado Alberta.Su incursión en el teatro no fue tan fecunda ni tan segura. Su primera pieza, La luciérnaga (en ediciones posteriores lleva el título de La que buscaba Don Juan), fue estrenada por María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza en el recién inaugurado teatro Cervantes de Buenos Aires, en 1921; es un acto brevísimo, en verso, ubicado en las prisiones federales durante el terror rosista. Con los elementos de Zogoibi, y esta vez en el medio rural gaucho, dio a la escena, en 1932, El Linyera, su obra dramática más lograda, tanto desde el punto de vista de la construcción teatral como del verismo y calidad del diálogo. El ritmo de sus estrenos siguió periódicamente: Roma (1934), españolización de un tema d’annunziano escrito en francés muchos años antes con el título de La lampe d’argile, Santa María del Buen Aire, sobre la primera fundación de Buenos Aires y la trágica expedición de Pedro de Mendoza, originalmente estrenada en el Español de Madrid por Enrique Borrás, y luego en el Colón de Buenos Aires por la compañía de Lola Membrives. Mucho después, en 1945, cerraba el ciclo con Gerónimo y su almohada.En 1942 sorprendió a la crítica con un volumen de 88 sonetos (el número correspondía a los torreones de la muralla abulense, la ciudad clave de La gloria de don Ramiro), de hondo contenido, y de una factura que emulaba a los mejores sonetistas castellanos. La colección, en la que hay estrofas dignas de la más exigente antología, refleja líricamente toda la vida del escritor, tanto en sus experiencias humanas como en las literarias. Esta misma experiencia la volcó en la prosa de La naranja, libro de reflexiones, máximas y apuntes de una encantadora sencillez, que no obsta a la hondura de los conceptos. Completan la bibliografía las notas autobiográficas de Tiempos iluminados y el breve libro Las dos fundaciones de Buenos Aires, especie de esquema o introducción al ya citado drama sobre el mismo asunto.Ha sido L. uno de los escritores argentinos más eminentes y, quizá por lo mismo, más duramente atacados: desde acusarle por plagio a la negación radical de todo valor; desde la diatriba soez al silencio táctico; debió atravesar la iconoclasia de las vanguardias soportando la agresiva beligerancia de aquella, por entonces, juventud demoledora, dura lucha que compensó el respeto y devoción que adquirió en el público y en los medios intelectuales y responsables de América y Europa. Tenaz en su trabajo, sensible a las alternativas de su época tanto en lo político como en lo artístico, logró no empedernirse en su primer estilo modernista, estofado y lujoso, para alcanzar, en los últimos años en que revisó y corrigió toda su obra, una gran belleza literaria con la serena pauta de los clásicos y la pulcra armonía de la madurez.A.BERENGUER CARISOMO.
BIBL.: E. RODRÍGUEZ LARRETA, Obras completas, 2 t., est. prel. A. BERENGUER CARIsomo, Buenos Aires 1959; A. BERENGUER CARIsoMo, Los valores eternos en la obra de Enrique Larreta, Buenos Aires 1946; A. JANSEN, Enrique Larreta, novelista hispano-argentino, Madrid 1967.
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