Lacio (lazio), II. Historia Antigua. HIST.
Categoria:
Historia
El L. de la actual división administrativa es mucho más amplio que el L. histórico, ya que comprende una extensa zona al N del Tíber (L. superior) y áreas pertenecientes al antiguo Samnio septentrional. Históricamente, el L. es el país de los latinos (v.), la comarca de Roma conocida hoy con el nombre de Castelli Romani. En la división augustea, el L. constituía la Reggio I y englobaba territorios no latinos como el de los sabinos, hérnicos y volscos. El L. propiamente dicho queda limitado al N por el Tíber hasta su confluencia con el Anio (actual Aniene), al NE por la vía Prenestina, y al SO concluye en las estribaciones de los montes Albanos. Tales confines no corresponden a fronteras naturales sino a los existentes entre ciudades latinas y no latinas.El L. puede considerarse una de las zonas más fértiles de Italia (v. I). Las tierras bajas son pantanosas y requieren un continuo cuidado y una atenta canalización. Cuando estas condiciones no se cumplen, se produce la malaria, excepto en la zona de los montes Albanos. De aquí que, tanto en la Prehistoria como en la Edad Media, las concentraciones humanas no se situaran en los valles sino en las colinas o en las laderas. La primera economía del L. fue ganadera, después se desarrolló el cultivo de los cereales, los frutales, el olivo y la vid. Además de la abundancia de materiales de construcción, muy pronto se explotaron las salinas en la desembocadura del Tíber.Primeras culturas. Yacimientos paleolíticos se han reconocido en varias ocasiones en las terrazas del Anio y del Tíber (monte Mario) o, fuera del L. propiamente dicho, en las cuevas del Circeo (v. ITALIA III). Durante la Edad del Bronce, el L. quedó comprendido en el área de la cultura apenínica, de base pastoril. La primera cultura de la Edad del Hierro, llamada vilanoviana, se manifiesta en el L. con formas propias. Su patrimonio religioso constituyó la base del romano. Hacia los s. vIIIvii a. C., las localidades del L. forman una Liga, presidida primero por Alba Longa y luego por Roma, cuyo centro es al mismo tiempo el religioso del L., el santuario de Júpiter en monte Albano (hoy monte Cavo). Integraban esta Liga todas las ciudades de nomen latinum, llamadas también Latini Prisci para distinguirlas de las colonias latinas nacidas posteriormente.La Liga latina. Antes de la caída de Alba Longa en el s. vi a. C., la Liga latina estaba constituida por 47 "Estados". Dada la reducida superficie del L., esto significa una extensión media de 50 Km2 para el "territorio" de cada ciudad y aún habría que añadir una serie de pequeñas comunidades, Crustumerium, Ficana, Collatia, Ameriola, etc., inmediatas a Roma y muy pronto absorbidas por ésta. Tras la caída de Alba Longa, la dirección de la Liga pasó a Roma y se mantuvo como tal hasta el final de la monarquía (v. ROMA III, 1). El nuevo orden político fue acompañado de la formación de una nueva Liga de carácter antirromano integrada por Tusculum (junto a la actual Frascati), Aricia, Lanuvium, Laurentum, Cora, Tibur (actual Tívoli), Pometia (junto a la actual Pometia) y Ardea. La nueva Liga tuvo como centro el santuario de Diana en el lago Nemi.A principios del s. v a. C., una Liga de 30 pueblos latinos concertó con Roma un tratado de alianza (foedus Cassianum), que establecía unas condiciones de igualdad entre Roma y las ciudades del L. Una de las causas de esta alianza fue la presión de los volscos, que ocupaban el área que más tarde sería llamada Lacius novus y algunas ciudades antes latinas como Vellitrae (hoy Velletri), Satricum, Antium (hoy Anzio); etc. Por la misma razón, algunas ciudades de los hérnicos, Anagnia (hoy Agnani), Aletrium (hoy Alatri), Ferentinum (hoy Ferento), Frusino (hoy Frosinone), etc., se aliaron con Roma, que pasó a ser el enlace entre latinos y hérnicos (v. ITALIA IV, 1). Poco a poco, la Liga latina se convirtió en un instrumento de expansión de Roma. Durante los a. 385-358 a. C., varias ciudades del L. lucharon contra Roma, deseosa de imponer su intervención en Campania, lo cual no interesaba a las ciudades del L. La lucha concluyó en una renovación de la alianza, lo cual indicaba la superioridad de Roma. Desde el 340 al 338 a. C., los latinos lucharon contra Roma por su independencia. La resistencia concluyó en la derrota de Suessa. La nueva alianza no se hizo entre la Liga y Roma sino entre ésta y las distintas ciudades con pactos individuales y no siempre iguales.Varias ciudades del L. perdieron de hecho su independencia mientras otras, como Tibur, Preneste y Palestrina, formaron Ligas propias al frente de varias ciudades (Tibur de ocho y Preneste de cuatro). Mantuvieron también su independencia las colonias latinas fundadas desde el s. v a. C.:Signia, Norba, Ardea, Circe¡, Sutrium (hoy Sutri), Nepet (actual Nepi), etc. Su situación era ya un tanto inferior por cuanto no tenían derecho al connubio ni a establecer alianzas entre sí, y debían obedecer las decisiones de Roma en cuestiones militares y de política exterior. Un último grupo de ciudades fue incorporado a Roma. Estas ciudades, Lanuvium, Aricia, Nomentum (hoy Mentana) y Pedum, recibieron todos los derechos de la ciudadanía romana excepto el del voto (civitas sine suffragio). La Liga latina quedaba disuelta.Las ciudades del Lacio y sus relaciones con Roma después del 338 a. C. La disolución de la Liga significó la pérdida del connubio, del comercium y del derecho de reunión (concilia). Con ello Roma suprimía la posibilidad de establecer relaciones o alianzas familiares entre la aristocracia de las ciudades latinas y, en consecuencia, futuros acuerdos. Esta medida, que no afectaba a los hérnicos, puesto que continuaban como aliados de Roma, tuvo un carácter temporal, ya que el aumento de la potencia de Roma, aparte las pruebas de amistad y fidelidad por parte de las ciudades latinas, hacían día a día menos peligrosa e improbable una reconstitución de la Liga latina. Es probable también que, en poco tiempo, las ciudades del L. incorporadas al territorio de Roma pudieron gozar de plena ciudadanía. A partir de este momento, se acumulan las informaciones que muestran las ciudades del L. incorporadas a Roma como gobernadas por un dictator o un colegio de ediles.Hasta entonces, el término "latino" había tenido un significado no sólo étnico y geográfico, sino también político. Desde el 338 a. C., el vocablo adquiere un sentido que tiende a reducirse a lo jurídico, al igual que el de Latium, cuyo contenido geográfico se hace más impreciso, hasta el punto de que Augusto incluiría el L. y Campania en una sola región. Uno de los aspectos del problema jurídico que matizaba las diferencias entre latinos y romanos es el del origen del municipium (v.), puesto que se ha querido ver en esta institución la condición de las ciudades del L. incorporadas a Roma. Otro aspecto es el de la ciudadanía latina como grado intermedio entre la condición de "peregrino" y ciudadano romano.Puede considerarse un hecho esporádico que en el 209 a. C., durante la II Guerra púnica (v.), 12 colonias latinas se negaran a seguir contribuyendo a las necesidades militares y que, en consecuencia, en el 204 a. C. fueran castigadas con la pérdida de la autonomía. En general, las ciudades del L. continuaron gobernándose según sus propias leyes y costumbres, y si utilizaron las romanas fue por su propia voluntad. La manifestación más clara de la hegemonía de Roma no estribaba en la imposición de leyes o costumbres sino en la obligación anual de contribuir con cuerpos de tropa, de infantería y caballería, a las necesidades militares. Los latinos pudieron establecerse en Roma y testar a favor de ciudadanos romanos; y participaron en los comicios con tributos, de acuerdo con medidas de reciprocidad para los ciudadanos romanos residentes en ciudades latinas El latino, establecido en Roma e inscrito en el censo, podía obtener automáticamente la ciudadanía romana, aunque durante el s. ii a. C. este derecho se restringió en virtud del aumento de concesiones de la ciudadanía latina a quienes no eran habitantes de las ciudades del L.El gobierno de las ciudades del Lacio. Al igual que Roma, fueron gobernadas en tiempos por reyes. La tradición recuerda los monarcas de Alba Longa y Lanuvium. La existencia de un rex sacrorum en Bovillae y Tusculum confirma el funcionamiento de la monarquía en estas ciudades. Probablemente, el mecanismo de la sustitución de la monarquía por la república en las ciudades del L. no debió ser muy distinto que en Roma. De aquí que un magistrado, rex sacrorum, mantuviera los poderes sagrados del antiguo rey. La magistratura superior, anual y electiva, fue la dictadura. La mayor parte de las ciudades latinas tuvieron su dictator. La lex Acilia, ca. el 123 a. C., indica entre las magistraturas de las ciudades del L. las de dictator, praetor y edil. En algunas ciudades y colonias latinas, a imitación de Roma, los magistrados supremos recibieron el nombre de cónsules (Benevento, Rímini, etc.). Posteriormente, la generalización del régimen municipal amplió el número de ciudades gobernadas por cuadrunviros o por un colegio constituido por dos dunviros y dos ediles.Las ciudades del Lacio en los dos últimos siglos de la República. Tras la segunda Guerra púnica, la situación de las ciudades del L. experimentó un notable cambio. Una parte de la aristocracia latina se acogió al amparo de Roma. Aumentó el contraste entre agricultores y ganaderos. Quizá deba relacionarse con este hecho el incremento de la emigración de los latinos que permitió fundar la red de colonias latinas de la Galia cisalpina y algunas otras en el Sur de Italia, como Benevento. La llamada "guerra social" facilitó el acceso a la ciudadanía romana de la aristocracia latina, con la concesión del Latium miaus. Esto no fue obstáculo para que algunas ciudades del L. se opusieran a la política silana. Palestrina y Tívoli fueron sitiadas y tomadas al asalto. En Gabii, se reconocen destrucciones atribuibles a aquel momento.Desde el último tercio del s. n a. C., se extiende la forma de explotación agraria conocida como "sistema de villas", a la que acompaña una mayor utilización de la mano de obra servil y, en consecuencia, una menor posibilidad para encontrar trabajo por parte de los braceros libres. Es un tanto más difícil conocer hasta qué extremo disminuyó la actividad artesana. La necrópolis de Palestrina (s. vi-Iv) muestra no sólo una particular riqueza, sino también cierta actividad artesana local basada en productos suntuarios, generalmente de broncística y orfebrería. Poco a poco, esta actividad parece centrarse en las industrias cerámicas, singularmente en las más vinculadas con alguno de los grandes santuarios del L. Cerámica notable aparece en Tívoli a fines del s. n a. C., con los llamados "vasos megáricos", aunque su comercialización parece limitada al L.El Lacio durante el Imperio romano. La proximidad de un centro político comercial como Roma suponía para las ciudades del L. un continuo drenaje de potencial humano. Esta situación, agudizada con el crecimiento de la potencia de Roma, aparece glosada en la poesía de la edad augustea al aludir, no sin cierta exageración, al abandono de ciertas localidades del L., como Fidenae o Gabii. Hoy puede reconocerse que muchas de ellas desaparecieron prácticamente a fines de la República sin casi conservar trazas (Scaptia, Pedum, etc.) o se convirtieron en centros rurales. Otras no pasaron de ser localidades suburbanas, como Bovillae, Pometia o Laurentum; o residenciales, como Tusculum, Albano, Tívoli, etc. El desarrollo de la ciudad de Roma, debido a su condición de puerto, constituye un caso único en la trayectoria de las ciudades del L. La mayor parte de las construcciones públicas realizadas en las mismas, en época imperial, se debe o a forasteros que poseían residencias veraniegas en ellas o a ciudadanos de las mismas que ejercían actividades en Roma.Las ciudades. Algunas, como Alba Longa, desaparecieron en las luchas contra Roma; otras apenas son localizables sino tras una cuidadosa inspección del terreno y el estudio de las fuentes escritas, sin reconocerse de su pasado otra cosa que restos de tumbas o fragmentos de cerámica antigua. En otros casos, los restos más visibles no son los de su pasado más antiguo sino, como en Lanuvium, de antiguas villas de época imperial. En Lanuvium, Ardea o Gabii es posible reconocer aún los restos de sus santuarios. No sucede lo mismo en la actual Ariccia y aun menos en Laurentum. Las excavaciones españolas en Gabii han mostrado nuevas posibilidades para conocer la historia de la ciudad y su santuario. En Palestrina, se ha podido sacar de nuevo a la luz los restos del santuario consagrado a la Fortuna y construido en tiempos de Sila. En Tusculum, junto a Frascati, se pueden reconocer los restos de su teatro y numerosas villas.Ferentino conserva un recinto amurallado de época republicana. En Tívoli, aparte del gran templo de Hércules, concebido según modelo análogo al de Palestrina, hoy no visitable, quedan numerosos restos de villas. Quizá una de ellas pueda identificarse con la de Horacio, otra pudo haber pertenecido a Quintilio Varo, y quizá algunas fueron propiedad de los numerosos senadores de origen español que, en tiempos de Trajano y Adriano, residían en Tívoli durante el verano. Norba refleja aún la imagen de la ciudad latina emplazada en una cima. Su temprano abandono ha impedido aquí, al contrario que en otros lugares, que su antigua disposición urbanística fuera sustituida por las construcciones de época imperial, medieval o moderna. Aún pueden añadirse Cori con sus templos, y Segni con su capitolio; ya en el Lacius novus, Terracina con el viejo santuario de Júpiter Anxur. El más impresionante conjunto de ruinas de una ciudad del L. es el de Ostia, con sus puertos, el de Trajano (propiedad particular) y el de Claudio (actual aeropuerto transoceánico de Fiumicino), y necrópolis, en la isla Sacra. Ostia, donde la tradición situaba el desembarco de Eneas y una antigua colonia, ofrece en su urbanística y en su arquitectura doméstica una adecuada imagen de lo que fuera Roma en los s. 11-III.ALBERTO BALIL.
BIBL.: TOURING CLUB ITALIANO, 11 Lazio, Turín 1965; J. BELOCH, Das Italische Bund, Leipzig 1880; A. W. VAN BUREN, A Bibliographical Guide to Latium and Southern Etruria, 4 ed. Roma 1938. A modo de suplemento puede verse: A. PIGANIOL, Histoire de Rome, 5 ed. París 1962; G. LUGLI, 1 grande santuari del Lazio antico, Roma 1932.-Para los distintos lugares v. los artículos con bibl. en Enciclopedia dell’Arte Antica, I-VII, Roma 1958-66.
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