Juego, I. Pedagogia.
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Varios
1. Definición. Con el término j. se designa un conjunto de actividades muy variadas, pero con un núcleo de rasgos comunes; las definiciones clásicas y modernas concuerdan en tres puntos: actividad; independencia de fines externos a ella misma; experimentación de placer por el sujeto que la realiza. El j. podría, por tanto, definirse como: acción en sí placentera e inútil.2. Etimología y sinónimos. El vocablo j. deriva del latino iocus (broma, pasatiempo), que engloba la idea de satisfacción o deleite (así: jocoso, jocundo). Pero quien traduce el término castellano j. es ludus (diversión, broma, pasatiempo, escuela), que acentúa el sentido de actividad fácil. La raíz de ludere se ha visto verosímilmente (Schneider) en el griego lyo (desatar), ya que el j. libera de preocupaciones; también se advierte en ludere un primitivo significado de movimiento rápido, que luego denotó lo caprichoso, lo improductivo, el simulacro y, más radicalmente, el tomar la apariencia de algo (J. Huizinga).La Acad. de la Lengua Española acepta dos sentidos principales de j.: acción y efecto de jugar (jugar: hacer algo por alegría y sólo para entretenerse); ejercicio recreativo, sometido a reglas, en el que se gana o se pierde. El primer sentido es el más extenso e impreciso, y engloba al segundo; el j., en sentido más estricto, es una alegre diversión regulada, en la que el resultado (favorable o no) sólo acompaña al j. mismo.Con este concepto están ligados otros términos castellanos, que ayudan a delimitar más la idea de j.; p. ej.: travesura, retozo, pasatiempo, broma, fiesta, deporte, diversión. El análisis del lenguaje permite afirmar que el j. incluye el placer del ánimo o del sentido, el fin divertido y la provisional ¡dad; excluye el fastidio, el esfuerzo productivo fatigoso; es una actividad intrascendente respecto a la vida real.3. Manifestaciones y clasificación. La realidad del j. es muy amplia: juguetean los animales; juega el recién nacido, el niño, el muchacho, el adulto; hay j. conscientes e inconscientes, regulados y espontáneos, individuales y colectivos, con uso de instrumentos y con mero ejercicio corporal o verbal; y siempre implica percepción y placer.Se aplica el término j. (por analogía con el j. infantil) a movimientos de los animales que no responden a necesidades instintivas de alimentación o reproducción, sino al simple despliegue de energía vital. El j. del hombre se da siempre unido a un movimiento corporal de intensidad muy variable: palabras, gestos, escenificación, desplazamientos, manipulación, resolución de problemas. Se ha llegado a aplicar metafóricamente el concepto de j. a la actividad de la Sabiduría divina, que se complace en la obra de la creación (Ludens in orbe terrarum..., Prv VIII, 30-31).El j. es probablemente tan antiguo como el hombre: actividades informales de los niños, acciones no laborales de los adultos, como ejercicio físico o competición. Se han descubierto en la antigüedad griega 52 j. infantiles diversos: de saltos, de carrera y captura, de tiro, y gimnásticos (L. Grasberger). El j. infantil se sirve a menudo de objetos representativos de la realidad. El j. como hecho social regulado surge en Grecia con los j. atléticos (Olímpicos, Nemeos, Píticos, etc.) competitivos (v. OLIMPIADA); los j. circenses romanos toman forma de espectáculo social de gran envergadura; los señores medievales hallan diversión mediante torneos y juglares; el Renacimiento (recordando el ideal clásico mens sana in corpore sano) estimula el ejercicio físico; aparecen también los j. de naipes y de azar (éstos ya usados por los griegos); en la sociedad industrial toman auge las aficiones deportivas, las sociedades recreativas; hoy día, los j. deportivos se han profesionalizado y comercializado como espectáculo (v. DEPORTES).El conjunto de los j. ha sido clasificado de varias formas: atendiendo al ejercicio físico, a su composición sociológica, a su regulación o espontaneidad, al rendimiento vital; es notable esta última clasificación, debida a Groos y aceptada por Decroly: a) juego de experimentación, funcionales, con tres grupos: sensoriales, motrices y mentales; éstos, en tres clases: de memoria, imaginación o atención; de experiencia con emoción; y de experiencia con decisión; b) instintivos: según se deban a la tendencia combativa, sexual, imitativa, o de sociabilidad.4. Teorías explicativas. Los pensadores (filósofos, moralistas, educadores y, más recientemente, psicólogos) han examinado desde sus peculiares puntos de vista la realidad del j., exponiendo teorías complementarias o contrapuestas. Platón (v.) considera que la educación ha de ser como un j. para el niño, al dirigir sus deseos hacia el fin que alcanzarán en la vida adulta (República). Aristóteles (v.), al rechazar que la felicidad radica en el j., advierte que éste (como todo descanso) está en función del trabajo, que no se puede mantener de continuo; recalca que tomar el j. como fin de la vida es absurdo y pueril en extremo (Ética a Nicómaco), pues el j. no es una actividad de la parte más excelente del hombre; acuña el término eutrapelia para la virtud moderadora del j., medio entre el desabrimiento y la bufonería; rechaza el j. como medio de aprendizaje y como ocupador del tiempo de ocio (Política). Cicerón (v.) afirma que el hombre ha sido hecho para lo serio y esforzado, no para el j. y la broma; éstos han de posponerse al cumplimiento de las obligaciones y a las normas de honestidad y convivencia (De of ficiis). Quintiliano (v.) reconoce que el j. es la forma de actuación más acorde con el niño y recomienda que el esfuerzo educativo le sea mostrado en forma de j. para evitar su retraimiento (Institutiones oratoriae). S. Tomás de Aquino (v.), basado en Aristóteles, Cicerón y S. Ambrosio, expone la función del j.: procurar el descanso psíquico con dichos y hechos que producen deleite por disminuir el esfuerzo de la atención sobre actividades intelectuales, restableciendo de la fatiga; llama bona versione o iucunditas (Sum. Th. 2-2 8168) a la virtud que regula el j., y señala que se da vicio tanto en el exceso como en el defecto de j., recordando que el primero es más pueril. Kant (v.) relaciona el j. con la actividad estética del hombre y reconoce su función biológica; opone j. a trabajo y lo considera (por influencia de Rousseau, v.) medio para ejercitar habilidades en el niño.En la historia de la Pedagogía se hallan autores aislados que insertan el j. en la educación (Vittorino da Feltre, v.; Montaigne, v.), pero esta idea no se generaliza hasta después de Rousseau. F. W. Fróbel (v.; de gran influjo en el s. XIX) estima que el niño ejercita en el j. su actividad y fantasía; considera el j. como el trabajo del niño y confecciona un material didáctico ("regalos") de aspecto atractivo; el P. Manjón (v.) integra también el j. en la educación.La psicología moderna estudia el j. animal y el humano, a veces bajo el prejuicio de explicar la conducta humana a partir de la animal; las teorías biologistas, basadas sobre experiencias parciales, han proliferado en el s. xix; H. Spencer (v.), p. ej., pone el origen del j. en el escape vital de energía biológica sobrante. K. Groos (cfr. o. c. en bibl.) advierte en el j. un sentido que supera lo fisiológico: el ejercicio preparatorio de funciones no desarrolladas en los animales superiores al nacer, y que en la edad adulta tendrán pleno desarrollo; su teoría de que el j. nace del impulso a la actividad y va acompañado por el placer de la función, conserva hoy vigencia. E. Claparéde (v.), en una concepción meramente biológica de los fenómenos psíquicos, considera el j. sucedáneo de la vida seria. O. Decroly (v.) tiene aprecio al j. como medio para el desarrollo motor e intelectual del niño. J. Huizinga (cfr. o. c. en bibl.) analiza el significado del j. humano en la cultura; nota el carácter no instintivo del j., su ilogicidad, tensión y alegría, su superfluidad; en el j., que impregna la cultura, ve dos formas: la lucha y la representación; enuncia varios rasgos del j.: es libre, aislado de la vida corriente, agota en sí su sentido, crea orden, produce tensión; sin embargo, incluye en el j. algunas manifestaciones de la vida espiritual humana, difícilmente asimilables a él.5. Aspectos. a) Psicológico. La dinámica psicológica del j. puede ceñirse a tres planos fundamentales: las tendencias que lo originan, las emociones que desencadena y las funciones cognoscitivas que intervienen en él.En el fondo endotímico de la personalidad se sitúan los impulsos vitales y, entre ellos, el impulso a la actividad exteriorizada, que se satisface con la manifestación del propio movimiento (función primordial de la vida); cuando éste se realiza sin rendimiento, se da el j.: libre desarrollo de movimiento, acompañado por la vivencia del placer de la función (K. Bühler).En el mismo nivel de la personalidad se dan las vivencias emocionales, pasajeras; una de ellas es la diversión, emoción de la vitalidad: vivencia placentera del desarrollo sin trabas de una función corporal o sensitiva. La diversión se experimenta al satisfacer el impulso al j. o tendencia lúdica, en el que se integra el impulso a la actividad y el del yo individual -aprecio de cosas externas que responden a las propias necesidades- (P. Lersch). El j. remedia la fatiga psíquica, que origina la vivencia de fastidio, el entorpecimiento del trabajo y la necesidad de variar de actividad; esa fatiga procede del esfuerzo intelectual (especulativo, decisorio, productivo) y ha de eliminarse con una actividad predominantemente sensible (sensorial, imaginativa, memorística, observadora), placentera y, por tanto, restablecedora; el recreo lúdico está desligado así de todo fin externo a sí mismo, como conocer o transformar el ambiente; secundariamente, el j. implica otras emociones, ante la victoria, la incertidumbre, el desquite, la derrota, la comicidad, la burla, la cooperación, la autoestimación. Con el j. se relacionan, como disposición estable de la emotividad (estados de ánimo; v.) que lo facilitan, el ánimo festivo y el buen humor, opuestos a la seriedad.La fantasía (v.) representativa surge como j. al abrirse al exterior sin obstáculos; el sentido de esta actividad es desarrollar y realizar anticipadamente el yo (Lersch); en el niño, está plenamente ligada a la realidad, para separarse de ella, hasta contraponerse ambas en la edad adulta.La inteligencia (v.) actúa (junto a la percepción y reconocimiento sensible) en el j., en grado diverso: uso de símbolos, aplicación de reglas, previsión, elección, comprensión de datos, cálculo de soluciones, risa. Por lo general, la operación intelectual en el j. corresponde a la inteligencia práctica que se propone fines, selecciona la vía para obtenerlos, dirige la ejecución; de aquí la función del j. en el aprendizaje (v.).b) Antropológico. El hombre es primariamente protagonista, agente, del j.; la infancia es la etapa de su vida acaparadora de la actividad lúdica; el adulto se dedica a ella de modo esporádico, cuando no se halla ocupado por funciones obligadas. Esta diversidad en la actuación del componente lúdico se debe a la inmadurez funcional del niño frente al más pleno desarrollo del adulto; diferencia que estriba sobre todo en la racionalidad: actuación mediante fines conocidos y aceptados, ejercicio de derechos y deberes; el adulto advierte que el j. no es la principal actividad a que debe orientar su existencia. El fin del sujeto en el j. no es la producción sino la resonancia íntima (distensión, evasión, descanso) que experimenta; la recuperación de energía en el j. se subordina al posterior trabajo y, como toda acción humana, deberá ajustarse a las leyes morales. Pero el adulto puede jugar sin fines conscientes, debido al hábito, la influencia externa, la tendencia a evadir la realidad o a ocupar el tiempo de ocio (v.). También puede alterar la naturaleza del j., buscando fines extraños a la auténtica actividad lúdica, como el lucro o la actividad profesional. El j. se distingue del trabajo (v.) -obligado, urgente, objetiva y socialmente valioso, racional, bueno- por ser espontáneo, basado en preferencias subjetivas, autónomo, con reglas arbitrarias, interrumpible; la distinción es más difícil con las actividades liberales. El j. complementa el trabajo, por recreo o evasión.c) Educativo. La educación (v.) -ayuda que, al encauzar la propia actividad del sujeto, la hace más eficaz en orden a su perfeccionamiento integral- se requiere sobre todo en la primera etapa de la vida; ha de contar, para ser más efectiva, con los rasgos peculiares de la personalidad infantil; para favorecerlos o corregirlos, y con las capacidades propias de cada momento evolutivo, para aprovecharlas y desarrollarlas al máximo. En la actividad infantil, el j. tiene un papel preponderante, que gradualmente decrece; históricamente, ha sido reprimido, tolerado, utilizado para secundar el proceso educativo, y erigido en valor primordial al que la educación debía subordinarse; de estas cuatro consideraciones básicas, el desprecio y la principalidad son reprobables, y sólo la utilidad subordinada del j. es criterio óptimo; el j. es psicológicamente necesario y puede hacerse moralmente bueno.El j. infantil se da en la vida familiar, social y escolar del niño; puede integrarse en la educación familiar y, especialmente, en la escolar, si bien los j. de grupo (por la aceptación de reglas) ejercen notable influjo educativo.En los primeros meses, el recién nacido lleva a cabo ejercicios sensoriales y, más tarde, motrices; inicia también la comunicación con el exterior; con el uso del lenguaje surge un campo de actividad lúdica jocosa frente a los adultos, que tiene su apogeo hacia los cuatro años; el comienzo de la vida social en la escuela materna inicia al pequeño en los j. regulados y en la actuación en equipo. A partir de los dos años predominan los j. simbólico-representativos; entre los cuatro y cinco, los que consisten en una dramatización variada y sucesiva; hacia los seis, los que requieren coordinación motora, uso de instrumentos móviles e intenso ejercicio físico; en este periodo el niño prefiere aún el j. individual o en pequeños grupos; a partir de los siete años, los j. reglamentados le introducen en cierto modo a la actividad adulta; hacia los ocho, se generalizan los j., en grupos mayores, deportivos, en los que se desempeñan responsabilidades de equipo; desde los diez, las preferencias (dentro de una vasta gama de intereses) se inclinan por los j. de habilidad, coordinación motora y rapidez de reacción; a partir de los doce, decaen los j. de imaginación para dejar paso a actividades más relacionadas con la vida real. El valor educativo en todo este periodo es indiscutible, pues sirve al desarrollo motriz, afectivo, cognoscitivo, simbólico, social y moral.d) Moral. La moral católica considera la tendencia del hombre al placer, en la que se incluye la búsqueda de diversión; ésta hace que el hombre tienda a desviar su esfuerzo, de limitada capacidad, de las tareas laborales -que entrañan fatiga y dolor, según el castigo divino por el pecado original (Gen 2)-, para lograr con cierta variedad de ocupaciones un restablecimiento periódico; la tendencia al j. es regulable por la razón y, por tanto, suceptible de ser calificada de virtud o vicio, según sea respectivamente buena o mala (adecuada o no al fin del hombre) la conducta resultante. Los principios generales, que el hombre ha de respetar al aplicarlos a circunstancias concretas, son: el recreo mediante j. es bueno si se hace con medida, si sirve para facilitar acciones buenas y útiles; es malo emplear inútilmente el tiempo en el j., y más aún descuidar los deberes familiares, profesionales, sociales, religiosos; es malo el j. con acciones en sí malas o nocivas, o impropias de la dignidad y condición del sujeto; hay pecado en el j. de azar (v. Iv) si el jugador se expone a perder bienes que no puede usar, si engaña o hace desigual (en cuanto al azar) la posibilidad de ganancia; la exclusiva dedicación al j. como medio de lucro es ocasión de pecado. Hay también leyes civiles (v. ii y iii) y eclesiásticas sobre los j. de azar.V. t.: ALEGRÍA 11; INFANCIA 11; ADOLESCENCIA Y JUVENTUD IV; EDUCACIÓN Il y IV; APRENDIZAJE 1; OCIO; DEPORTES; OLIMPIADA; GIMNASIA; DANZA’ ATLETISMO’ PELOTA, JUEGOS DE; y además juegos como AJEDREZ; BILLAR; CRÍQUET; FÚTBOL; GOLF; etc.JAVIER DE ALBA.
BIBL.: ARISTOTELES, Ética a Nicómaco, 1. X, c. 6; CICERON, De officüs, 1. I, c. 19; QUINTILIANO, Instilutiones Oratoriae, I. 1, c. 13; S. TomÁs DE AQu1NO, Summa Theologiae, 2-2, gl68 a2-3; M. SANCIPRIANO, Gioco, en Enciclopedia Filosofica, vol. 3, col. 170174, 2 ed. Florencia 1967; N. ABBAGNANO, Juego, en Diccionario de Filosofía, México 1962; F. ROBERTI, Juego, en Diccionario de Teología Moral, Barcelona 1960; K. GROGS, Die Spiele der Menschen, Jena 1889; J. HUIZINGA, Homo Ludens, Amsterdam 1938; P. LERSCH, La estructura de la personalidad, Barcelona 1966; W. JAEGER, Paideia, México 1962; E. CLAPAREDE, Psychologie de l’enfant et pédagogie expérimentale, 2 ed. París 1946; J. PIAGET, La formación du symbole chez Penfant, Neuchátel-París 1945; O. DECROLY y M. MONCHANIP, L’initiation á Pactivité intellectuelle et motrice par les jeux éducatifs, París 1950; VARIOS, L’art et le jeu, Neuchátel 1957; J. CHATEAU, Le réel et Pimaginaire dans le jeu de Penjánt, 3 ed. París 1963.
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