Jovellanos y Ramírez, Gaspar Melchor de
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Biografía GER
Es uno de los pensadores y políticos más característicos del s. XVIII español, típico representante del espíritu de la Ilustración (v.), que escribe numerosos ensayos, informes y proyectos sobre problemas políticos, económicos y sociales de la vida española de la época, en una línea de reforma y progreso. De acuerdo con sus teorías, tuvo una actividad política notable, quebrada más de una vez por el progresismo de sus ideas. También escribió poemas y obras de teatro, con un estilo que tiene las características habituales del prerromanticismo.Datos biográficos. Los momentos que componen su biografía revelan una actitud crítica que se mantiene viva a pesar de las dificultades y que continuamente se realiza en proyectos de reformas, libre curiosidad intelectual y en decisiones tomadas con independencia de criterio.Nacido en Gijón, en 1744, pensó en su adolescencia seguir el camino del sacerdocio, cursando estudios en Ávila y Alcalá de Henares, idea que abandonó ya en su primera juventud. Desde 1768 trabaja como magistrado (alcalde del crimen) en la Audiencia de Sevilla; allí comienza sus relaciones con el grupo de Amigos del País y se pone en contacto con Olavide. En 1778 marcha a Madrid, pero permanece muy poco tiempo, y durante cerca de veinte años vive en Asturias, donde hace muchos estudios sobre temas económicos y funda el Instituto Asturiano de Gijón. En 1788 muere Carlos III (v.), con lo que termina la política favorecedora de la tendencia reformista; Carlos IV (v.), aunque empieza su reinado con el ilustrado Floridablanca (v.), pronto da paso a Godoy (v.), de mentalidad reaccionaria, que combate sistemáticamente a todo el grupo de intelectuales y políticos reformistas. Sin embargo, en 1797, J. (que era amigo de Godoy) es nombrado ministro de Gracia y justicia, ocupando el cargo sólo unos meses; durante dos años más es designado para otros cargos oficiales, pero en 1801 es apresado y llevado a Mallorca (Cartuja de Valldemosa y Castillo de Bellver). Des pués del llamado motín de Aranjuez, en 1808, es liberado, justo en el momento de la invasión napoleónica; entonces J., rechazando las instancias de algunos de sus amigos, que eran afrancesados (Moratín, Cabarrús y otros), e incluso del mismo José Bonaparte, se pone del lado de la causa españolista, y forma parte de la Junta Central. Cuando ésta se disuelve, va a Asturias por breve tiempo, para regresar en seguida a Cádiz, en cuyo viaje muere, en 1811.El poeta. Al estudiar los escritos y las actividades de J. se encuentra en ellos una unidad de acción y pensamiento que se mantiene a lo largo de las distintas etapas por las que pasó la vida del ilustre asturiano.Empezamos por referirnos al aspecto poético de su obra, porque la afición artístico-literaria de J. comenzó en su juventud de Alcalá y en los tiempos de Sevilla; aunque algunas de sus composiciones pertenecen a la etapa de su estancia en Asturias anterior a 1797. Sus primeras obras en verso fueron letrillas, romances y sonetos de tipo amoroso; pero pronto siguió un nuevo camino con las epístolas y odas, de naturaleza filosófico-sentimental (fovino a sus amigos de Salamanca, fovino a sus amigos de Sevilla, Epístola de Fabio a Anfriso) y filosófico-didáctica (Epístolas I y II a Arnesto, Respuesta a una epístola de Moratín, Oda al Sol). En algunas de estas últimas, especialmente en las Epístolas a Arnesto, encontramos valores líricos muy notables; pero en este género literario es esencial la presencia de un pensamiento preocupado por los problemas de la sociedad.Escribe también -en la época de Sevilla- dos obras de teatro: Munuza (que luego se llamó Pelayo), que relata los amores de una hermana de Pelayo con Munuza, el gobernador árabe de Gijón; y El Delincuente Honrado, en la que aparece también la preocupación "ilustrada" de J., con la tesis de mostrar la dureza de las leyes, de las que están muchas veces ausentes la ilustración, la virtud y el humanismo.El teórico ilustrado. La obra de J. es en este campo tan amplia y diversa que es difícil hacer una ordenación que no deje fuera alguno de los innumerables discursos, informes, elogios, memorias y descripciones. Los más importantes escritos son: Discurso sobre el establecimiento de un Montepío para nobles de la Corte, Elogio a Carlos III, Informe sobre la Ley Agraria, Memoria sobre Educación Pública, Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos, Elogio de las Bellas Artes y Memoria en defensa de la junta Central. Además hay que mencionar otra serie de estudios históricos y descriptivos, como la Memoria del Castillo de Bellver, la Descripción de la Lonja de Palma y el Informe sobre la publicación de los monumentos de Granada y Córdoba.En conjunto, el pensamiento de J. tiene unos característicos núcleos de interés. El primero es su sensibilidad por la gran transformación social de la época. Especialmente en su Informe sobre el establecimiento de un Montepío para nobles, después de exponer la función histórica y la misión política de la nobleza, advierte el cambio histórico que se está operando al perder la nobleza autoridad y fuerza y pasar el centro de gravedad de la dirección social y política a amplios y abiertos sectores; J. piensa que el cambio debe ser progresivo y censura a la parte de la nobleza que ha perdido sus virtudes.En cuanto a las reformas materiales y la instrucción, J., como buen "ilustrado", se interesa por la felicidad del pueblo, felicidad que no consiste sólo -aunque ello sea lo primero que hay que exigir- en un erario opulento y una industria desarrollada, sino también en la defensa de la virtud, la justicia y la libertad. De lo que está plenamente convencido es de la necesidad de una política económica revisionista. En el Informe sobre la Ley Agraria propone, entre otras renovaciones de la agricultura española, una restricción en vinculaciones y mayorazgos, que le hace manifestarse contra algunas situaciones económicas de las instituciones de la Iglesia. Hay que reconocer en todo caso que la mencionada restricción de vinculaciones era necesaria para el desarrollo del agro español.Está también J. interesado en la instrucción y la educación públicas -especialmente en la Memoria dedicada a ese tema-. Hay que señalar que el asturiano distingue entre aquella instrucción falsa y racionalista que es, en palabras suyas, "auténtico delirio" y la instrucción verdadera, fundada en el saber, la religión y la moral. La misma actitud decidida pero moderadamente reformista se advierte en el Elogio de Carlos III.Finalmente, las concepciones políticas de J., perfectamente coherentes con el resto de su pensamiento, le llevan a condenar la Revolución francesa, que es calificada de "feroz quimera", arremetiendo contra "sus leyes y moral nefanda". Incluso teoriza sobre el error de negar que la soberanía reside en el Rey. Pero J. subraya que la autoridad política tiene en su base la comunidad social de cuya delegación procede: la autoridad es, pues, soberana, pero por encima de ella queda en todo caso el poder originario que realmente la fundamenta, y que J. llama, para evitar equívocos, "supremacía", reservando la soberanía para el que tiene la autoridad política misma.En esta misma línea, que procura aunar las necesarias renovaciones y el respeto hacia estructuras políticas tradicionales, J. propone soluciones muy concretas para la constitución política española. Extraordinariamente interesante a este respecto es la Memoria en Defensa de la junta Central, especialmente en sus Apéndices.El hombre de acción. No se limitó J. a teorizar; su figura no queda completa si no se advierte el perfil de una actitud y un gesto que mantuvo a lo largo de todas las circunstancias de su vida. Desde el principio es hombre de criterio independiente; recuérdese el hecho, entonces escandaloso, de presentarse en la sala de la Audiencia de Sevilla sin peluca. Cuando va a Madrid, cumplidos sus 34 años, y a pesar de que allí reina el ambiente de reforma propio de aquellos años dé Carlos 111, su espíritu inquieto por todo lo nuevo le suscita dificultades y sospechas. Los recelos contra él aumentan desde la subida al trono de Carlos IV y es desterrado a Asturias; pero en su país natal vuelve a tener dificultades (choques con Lorenzana y con López Gil, párroco de Somió, atribución de relaciones con un club jacobino). Aunque por un momento parece que todo va a cambiar, cuando Godoy le llama al Gobierno, pronto cae en desgracia y es apresado. Cuando sale de la prisión en Mallorca, todavía tiene que demostrar la seriedad de su carácter, enfrentándose sin dudarlo con sus mejores amigos, porque estima que debe ponerse -como lo hizo- al lado del pueblo español y contra los "afrancesados".Con este perfil humano, J. es, en la acción y en el pensamiento, un representante típico de esa mentalidad -por desgracia, insuficiente en la España de estos últimos siglos- que reúne una auténtica inserción en los nuevos tiempos, un hondo sentido cristiano del mundo y una afortunada ausencia de prejuicios ideológicos pseudocristianos. Por ello ha podido situarse interpretativamente a este ilustrado cristiano en la línea que ha sido denominada "modernidad tradicional".P. PEÑALVER SIMÓ.
BIBL.: Ediciones de obras: Obras de Don Gaspar Melchor de Jovellanos, prólogos de C. Nocedal, BAE, Madrid 1858-59: Escritos inéditos, ed. Somoza, Barcelona 1891; Diarios, Gijón 1915; Jovellanos, Obras escogidas, pról. de A. del Río, Madrid 1935; Jovellanos, Obras sociales y políticas, selec. e intr. P. Peñalver, Madrid 1962.
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