Inglaterra. Historia Moderna. HIST.
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Historia
1. Cambio de dinastía. Si existe alguna fecha absolutamente decisiva para establecer el paso de la Edad Media a la Moderna, será, sin duda, la de 1485. En dicho año, la batalla de Bosworth, en la que muere Ricardo III, último rey de la casa de York (v.), dio el trono de I. a Enrique Richmond, nieto de Owen Tudor e instaurador de esta dinastía, que habría de perdurar hasta 1603. Con la muerte de Ricardo III y el advenimiento de la casa Tudor (v.) se abre una nueva etapa en la historia de 1. Todos los esfuerzos del nuevo rey (14851509) estuvieron dirigidos a la constitución de una poderosa monarquía, entendida sobre todo como gerencia, y a tratar de que la nación pesara en la política internacional. Una de las esenciales preocupaciones de Enrique VII (v.) fue la de impedir cualquier tipo de veleidad a la nobleza, evitando la repetición de las antiguas querellas nobiliares de los Lancaster (v.) y los York que durante todo el s. xv produjeron tanta sangre e inestabilidad en I. Quiso censurar el pasado desprestigiando, mediante una hábil propaganda, a su último representante Ricardo de York, sucesivamente presentado como un monstruoso criminal por el capellán Rous, en su segunda Historia del conde Warwick, Polydore Vergil, como una actitud continuada por toda la dinastía Tudor y que, en nuestros días ha hecho preciso una amplia rectificación histórica, mediante la excelente monografía que sobre Ricardo III escribió Paul Murray Kendall.La fórmula de gobierno de Enrique VII, muy de su tiempo, estuvo montada sobre la base de no hacer grandes innovaciones pero sí mediante una administración extremadamente firme; para ello reforzó la autoridad del Consejo Real, le quitó autoridad política al Parlamento y creó un tribunal con poderes amplísimos, que fue llamado Cámara Estrellada, por las nervaduras del salón donde se reunía, y que debe ser considerado como el principal instrumento ejecutivo de las órdenes del monarca. Los componentes del Consejo Real eran directamente nombrados por el rey y, casi siempre, procedían de modestos o bajos niveles sociales; los nobles desaparecen de los cargos gubernativos y administrativos y dejan su puesto a los funcionarios, directamente vinculados a la decisión de nombramiento y remoción del rey; éste dividió a los miembros de su Consejo Real en pequeñas comisiones (asuntos exteriores, finanzas, administración, justicia, etc.), situándose él en el centro, de modo que nada le pasaba inadvertido, ni nada podía llevarse a cabo sin su consentimiento. Los más importantes de estos colaboradores fueron Richard Fox, Edmund Dudley, Richard Epson y John Stile. Enrique VII sometió con firmeza todos los intentos de rebeldía o cualquier tipo de veleidad política que intentase perpetuar la tradición del s. xv. En política exterior, comprendió la necesidad de su alianza con la poderosa monarquía de los Reyes Católicos, negociando el matrimonio de su hijo primogénito el príncipe Arturo con Catalina de Aragón (1501); al morir Arturo, sin consumarse el matrimonio, se concertó la nueva boda de la princesa Catalina con el segundo hijo del rey inglés, el príncipe Enrique, seis años más joven que la hija de los monarcas españoles.2. Absolutismo y reformismo. Al morir Enrique VII le sucede su hijo Enrique VIII (v.; 1509-47), cuando todavía no ha cumplido los 18 años, y cuya época resulta de gran interés siempre y cuando se tengan en cuenta los grandes desafíos de la misma; es, en primer lugar, un tiempo en el que parecen triunfar, desde el punto de vista político, las ideas absolutistas, mientras las religiosas inician una bipolaridad representada por las posiciones de la reforma protestante, en sus dos oleadas, luterana y calvinista, y la reforma católica, igualmente desenvuelta en dos oleadas: la mediterránea hispano-italiana y la conciliar promovida en Trento (V. REFORMA PROTESTANTE; CONTRARREFORMA). El s. xvi fue un siglo revolucionario y, dentro de él, Enrique VIII lo fue en toda la extensión de la palabra. Para la expansión de su programa, se apoyó principalmente en cuatro grandes figuras, prescindiendo de ellas ’cuando no secundaban sus propósitos o los discutían: Thomas Wolsey (v.), sustituido desde 1529 por Thomas Cranmer; Thomas Cromwell, el instrumento del ataque contra la Iglesia; y Tomás Moro (v.), el ilustre humanista que, por no estar de acuerdo con la línea adoptada por el rey, terminó trágicamente su colaboración con el mismo. Desde el punto de vista religioso, el rey no era nada sospechoso; sus continuos actos ascéticos, su exagerado cumplimiento de los preceptos, su ardiente defensa de los Sacramentos, expuestos en su obra Asertio septem sacramentorum, le había valido el título de Defensor fidei y la Rosa de Oro, concedidos por el Pontífice. Sin embargo, en ese punto de vista se encuentra el traumatismo que hubo de conducir a I. hacia el cisma de la unidad católica romana. Sin duda, el núcleo traumática radicó en la pasión del rey por la joven Ana Bolena, quien se negó a acceder a las demandas amorosas del rey, exigiendo como única viabilidad el matrimonio; esta oposición abrió una violenta contracción en el voluntarioso ánimo del rey, quien sugirió al card. Wolsey iniciase gestiones para conseguir el divorcio de la reina Catalina; era el otoño de 1525.Wolsey que, por una parte, deseaba contar con el apoyo del rey para su eventual candidatura al Pontificado y, por otra, veía con más agrado y dentro de su línea política una aproximación a Francia, para lo cual le parecía excelente la posibilidad de concertar el matrimonio de Enrique con la hermana del rey de Francia, Francisco 1, se propuso llevar adelante la idea, acometiendo inmediatamente la realización de una serie de planes para conseguir el divorcio; el último de estos planes consistía en solicitar del Papa autorización para constituir un tribunal delegado para entender en el asunto, constituido por jueces ingleses, pero, ante la protesta de la reina, el Papa llevó el caso ante sí mismo. Al fracasar Wolsey cae y es sustituido por Thomas Cromwell, quien se asocia a un oscuro profesor de teología de la Univ. de Cambridge, llamado Thomas Cranmer, amigo de la familia de Ana Bolena. Éste plantea el problema desde otro punto de vista: el caso no consiste en una cuestión de índole religiosa, sino jurídica y biológica: ¿estuvo el rey casado legalmente con Catalina? No debía, por tanto, sentar criterio la Iglesia, sino las universidades. Ello supone la laicización del problema. Las universidades dan la razón al rey en sus escrúpulos de conciencia, "por estar casado con la viuda de su hermano". Inmediatamente, el rey reúne al Parlamento, que se convierte en la plataforma de una sistemática acción contra la Iglesia y el caldo de cultivo donde se produce, con intensidad y sin interrupción, un poderoso anticlericalismo, con una constante coacción contra la Iglesia y los eclesiásticos, quienes ya en 1532 se comprometen solemnemente a no tomar ninguna decisión sin la aprobación del monarca. Éste designa al canciller Cromwell como vicario general y, destierra de la Corte a la reina Catalina y a la hija de ambos, María, viviendo desde entonces con Ana Bolena. El Papa envía un interdicto, ordenándole que se aparte de la concubina, pero Enrique no le da publicidad, mientras la Cámara de los Comunes redacta un documento titulado Suplicación de los Ordinarios, que puede considerarse, en realidad, como el Acta de Supremacía, pues quedan suprimidos los tribunales eclesiásticos, quedando sólo el tribunal del rey. Tomás Moro renuncia a su cargo de canciller y es ajusticiado; el arzobispo de Canterbury es destituido y sustituido por Cranmer.3. Separación de Roma. Cuando Ana Bolena está ya esperando un hijo, los casa Cranmer (25 en. 1533), siendo declarado inválido el matrimonio con Catalina. El 1 de junio es coronada en la abadía de Westminster por Cranmer y cuando nace el 7 de septiembre una niña, llamada Isabel, el arzobispo de Canterbury, Cranmer, es su padrino. Pero Enrique, profundamente disgustado por el nacimiento de una hembra, cuando él esperaba un varón, abandona violentamente el palacio de Greenwich, donde tuvo lugar el alumbramiento y, desde ese momento, detesta a Ana Bolena, que es ajusticiada en mayo de 1536 y sustituida por Juana Seymour en el amor real, de la cual nace el futuro Eduardo VI (1547-53). El Papa condena a Enrique VIII, pero éste oculta durante cinco años la sentencia pontificia, proclama la Ley de Supremacía en materia religiosa, en virtud de la cual se convierte en cabeza de la Iglesia nacional inglesa, e inicia una etapa de terror utilizando al máximo la Cámara Estrellada, y autoriza a Cromwell para que inicie la amplia operación de la secularización de los monasterios, abriendo una vía de expansión al anticlericalismo visible en la época, tanto a nivel intelectual como en las capas más bajas de opinión pública. Por su parte, la Iglesia, dominada por el miedo y por la propia división de opiniones en su seno, no opuso ninguna resistencia a la acción de Wolsey, quien, según Chesterton, se convirtió en el "Lenin de los ricos". En rigor, existe un ambiente muy favorable al proyecto de Cromwell: los intelectuales esperan que las riquezas de la Iglesia puedan ser aplicadas a incrementar la educación y la dotación de los centros universitarios de enseñanza; el Parlamento confía en que esas riquezas sirvan para que disminuyan los impuestos; los propietarios aspiran a incrementar sus tierras con las desamortizadas a los monasterios; el propio rey pretende reponer sus arcas exhaustas por sus dilapidaciones y las guerras exteriores.En principio, el rey pensó retener todos los beneficios obtenidos para la corona: con una parte hizo construir el Trinity College, con otra fortificó puertos e hizo construir barcos, con otra realizó graciosas donaciones: pero la mayoría de la tierra -unas tres cuartas partes del total de la desamortización- es vendida a poco precio para cubrir las necesidades financieras de la corona a especuladores, que luego la revendieron a la pequeña nobleza rural, produciendo un doble efecto: la aparición -según ha demostrado Trevor-Roper- del grupo social poderoso de la gentry; el encauzamiento definitivo de la historia inglesa por el camino del protestantismo (v.); el mundo de intereses, muy poderoso, creado como consecuencia de estos repartos de riqueza, constituyó el núcleo social, político y económico que, a toda costa, impidió el restablecimiento del catolicismo, que acaso habría hecho peligrar sus nuevas propiedades. La desamortización hizo desaparecer de sus unidades religiosas conventuales unos diez mil religiosos y religiosas. Esta revolución religiosa no se hizo sin protestas sociales. La más importante tuvo lugar en York y es conocida bajo el nombre de Pilgrimage of Grace. Tomó tal cariz de peligrosidad que Enrique VIII dio plenos poderes al duque de Norfolk para que aceptase las condiciones de los rebeldes: convocatoria de un Parlamento en York, restitución de los bienes desamortizados a los monasterios, amnistía general. Pero el rey reunió mientras tanto mayores efectivos, rompió la palabra empeñada y dio plenos poderes a Cromwell para que constituyese el Consejo del Norte, aplicando la ley de proscripción en toda la región, realizando grandes matanzas y terroríficas persecuciones en toda ella. El 23 mar. 1540 desapareció el último monasterio, el de Waltham, fundado por Haroldo, antes de la conquista de Guillermo de Normandía.Las consecuencias sociales de la disolución fueron considerables: muchos frailes se convirtieron en clérigos, beneficiados e incluso muchos llegaron a obispos; los administradores quedaron en su misma función, con los nuevos dueños de la tierra, los sirvientes y criados pasaron a engrosar los grupos sociales marginales que actuaron contra la sociedad establecida, especialmente los mendigosbigardos; en los grupos medios, aparece el fenómeno, tan tradicional, del acotamiento de tierras y las, tensiones, expresadas por constantes levantamientos, contra los terratenientes, cuyas causas profundas radican en el paso de un trabajo agrícola pobre a un trabajo rico, a través de arriendos de tierra; desde el punto de vista financiero, los envilecimientos de moneda, decretados por Enrique VIII, imponen una inflación, con la correspondiente subida de precios en los arrendamientos; el perjuicio ataca, sobre todo, a los propietarios medios de tierra, que se defienden, acotando las de su propiedad. Los resultados más notables de estas condiciones fueron la aparición de un importante grupo social medio campesino: los yeomen, término general que engloba al pequeño propietario de tierras, el granjero y los grupos de campesinos arrendatarios con rentas a largo plazo. Este grupo jugó un considerable papel en toda la posterior historia de I. En los grupos sociales altos, como quedó antes indicado, la principal consecuencia fue la aparición de la poderosa gentry, que constituyó la fuerza estabilizadora en la época revolucionaria del s. xvu.4. Eduardo VI y María Tudor. La sucesión de Enrique VIII quedó dispuesta por éste del siguiente modo: Eduardo VI (varón habido con Juana Seymour); si éste moría sin sucesión, como así ocurrió, María (habida con Catalina de Aragón); si ésta moría sin sucesión, como así fue, Isabel (habida con Ana Bolena); si ésta no tuviese sucesión, la corona habría de pasar a la rama escocesa, por unión de la hermana de Enrique VII, Margarita, con la casa real escocesa, de donde se infiere el establecimiento como rey de I., del de Escocia, Jacobo I (VI de Escocia), en 1603, a la muerte de la reina Isabel Tudor, con la que se cerró el ciclo de la dinastía Tudor, iniciándose el de la casa Estuardo (v.).La época de Eduardo VI (1547-53) se desenvuelve bajo el protectorado del duque de Somerset y del conde de Warwick, después duque de Northumberland, quien pretendió conculcar la sucesión ordenada por Enrique VIII, intentando que reinara su nuera Jane Grey, sin éxito, pues el Consejo de Estado proclamó como reina legal a María Tudor (v.; 1553-58). Desde el punto de vista religioso, el reinado de Eduardo supone el establecimiento doctrinal del protestantismo, bajo la eficaz dirección de Cranmer, quien en 1549 promulgó el Common Prayer Book y tres años después los 42 artículos de la fe, que en tiempos de Isabel se convirtieron en 39. Es una época de orientación calvinista, intensificada por la llegada a I. de refugiados reformistas alemanes que se colocaron en el profesorado de las Univ. de Oxford y Cambridge. Signo contrario completamente tuvo el corto reinado de María Tudor, quien apoyándose en Reginald Pole, intentó, sin éxito notorio, restablecer las propiedades de la Iglesia. Se derogaron el libro de rezos y los artículos de la fe de Cranmer; se restableció la Misa, expulsando de las iglesias a los clérigos casados. María Tudor renunció al título de jefe de la Iglesia anglicana; pero cuando pidió la devolución de los bienes de la Iglesia, nadie respondió a su llamamiento. Casada con Felipe II de España (v.), éste con gran prudencia se negó a intervenir en los asuntos políticos ingleses, si bien, como ha demostrado Fernand Braudel (Felipe II y el Mediterráneo en tiempos de Felipe 17, México 1953), supuso un considerable beneficio económico para I., pues la plata española afluyó a aquel país, equilibrando considerablemente sus finanzas y así continuó hasta la apertura del enfrentamiento con Isabel Tudor.5. Formación del Estado nacional inglés. Al morir María Tudor, sube al trono su hermanastra Isabel I (v.; (1558-1603), quien en su largo reinado constituyó, con la eficaz colaboración, sobre todo, de William Cecil, el Estado nacional inglés. Ella entendió que el futuro inglés se hallaba, sobre todo, en la afirmación de la autoridad monárquica, siempre y cuando dicha autoridad estuviese al servicio de la expansión del pueblo, en sus dos más importantes grupos: la gentry y la burguesía del litoral. En su época se operó un importante movimiento inglés hacia el Atlántico, coincidiendo con el cambio de coyuntura promovido por los metales preciosos americanos (Hamilton, Braudel, Chaunu), según entendió con gran claridad el eminente financiero inglés Thomas Gresham, patrocinador de la política de aproximación a España, que continuó durante los primeros años del reinado de Isabel, pero se desplomó como consecuencia de la sublevación de los Países Bajos contra Felipe II. Desde dentro de I., el movimiento hacia el Atlántico es una auténtica empresa intelectual, que inició el canónigo Richard Hakluyt, puso en práctica Walter Raleigh y llevó a sus últimas consecuencias William Shakespeare. El primero, investigador incansable y permanente propagandista de las ventajas del Atlántico, unió el despertar de la idea colonial con el sentido religioso, haciendo ver la necesidad de crear un Imperio inglés en América para llevar a los indios el protestantismo como contraposición al catolicismo, a fin de que pudiesen ejercer la libertad de decisión. Su entusiasmo despertó el de Raleigh, quien empeñó su vida en intentar llevar a la práctica las ideas de Hakluyt, estableciendo un territorio inglés en las Guayanas, después de dos fracasos en la costa de Virginia. Por último, Shakespeare (v.), en su último libro The Tempest, impuso la mentalidad atlántica y la viabilidad de la coexistencia de cualquier régimen político en el mundo atlántico.Toda la dimensión de la vida histórica de I., en sus aspectos político, económico y religioso, durante el reinado de Isabel Tudor, tuvo un eje de manifestación a partir de 1566, la pugna con España, que alcanzó su punto culminante con el intento de invasión de I. por Felipe Il, mediante el empleo de la Armada Invencible. Se trata del choque de dos Estados autoritarios nacionalistas, de distinto montaje, en el triple aspecto señalado. Isabel Tudor montó un Parlamento que le era completamente fiel, aumentando el número de sus componentes, de modo que en cualquier momento sabía que podía contar con su colaboración y ayuda: una especie de pacto social y político, con importantes compensaciones económicas, tales como la constitución de privilegios a las Compañías comerciales por acciones, la promoción del crédito y la concesión de monopolios; la administración no se burocratiza, sino que se establece de modo que los funcionarios formen cuerpo con la sociedad, de tal manera que existe una ósmosis permanente entre los intereses de la corona y los de los más relevantes grupos de la sociedad. Desde el punto de vista religioso, se observa que, después de la etapa intermedia que corresponde a los primeros años de su reinado, bajo la orientación del arzobispo Matthew Parker, que la historia conoce bajo el nombre de "vía media", I. se inclinó abiertamente hacia el protestantismo. En 1571 se publican los 39 artículos de la fe y se implanta la "Iglesia establecida" o anglicanismo (v.), que adopta el sistema episcopalista con cánones y doctrinas protestantes.Cuando I. decidió el envío a los Países Bajos de un ejército para apoyar a los rebeldes contra la España de Felipe lI, el conflicto entre ambas naciones se hizo inevitable; coincidió tal supuesto con el asunto de la ejecución de María Estuardo y las primeras acciones piráticas y depredadoras de los marinos ingleses, como Drake (v.), contra las flotas y plazas españolas en América. Todo ello decidió a Felipe II a enviar una poderosa flota; cuyo objetivo sería recoger al aguerrido ejército del duque de Parma, para trasladarlo a L, destituir a Isabel Tudor y establecer una nueva dinastía. El desastre de la Armada Invencible ha sido recientemente replanteado en toda su dimensión por Garret Mattingly (The defeat of the Spanish Armada, 1959), como un colosal error español de falta de apreciación sobre la necesidad de acomodar la técnica de combate naval a la realidad atlántica, de dar la dirección técnica de la armada española a Diego Flores de Valdés, quien no supo crear una unidad de acción con los otros mandos y de planificar una acción que sólo podría tener pleno éxito cumpliéndola en todas sus partes con una precisión imposible en aquella época. La armada inglesa, mandada, técnicamente, por el gran marino Francis Drake, que había navegado ampliamente por el Atlántico, que conocía los sistemas de combate de los buques españoles, no supo tampoco cumplir su misión, que consistía en impedir la entrada de la española en el canal de la Mancha; no sólo entró, sino que circunnavegó todas las islas, si bien en un estado_ de impotencia tal, que sólo puede considerarse como un instrumento incapaz de cumplir ninguna acción ofensiva. Al año siguiente realizó la flota británica un intento similar al español, siendo detenida y dispersada en La Coruña.La época de Isabel Tudor fue, desde el punto de vista intelectual, la Edad de Oro; en los años siguientes al grave trance de la Armada Invencible, surgió el drama isabelino, con Marlowe y Shakespeare y proliferaron las figuras literarias como Drayton, Ben Johnson, Campion, Webster, Nashe, Dekker y tantos más; fueron traducidas al inglés importantes obras clásicas y con Francis Bacon se impulsó el pensamiento científico y filosófico modernos; ideólogos y juristas, como Hooker y Coke, que fue el expositor y el defensor del common law, frente al Derecho romano y las prerrogativas regias. Los últimos años de Isabel Tudor fueron de silenciosa y lenta agonía, en la que se involucraron sus enfermizas inclinaciones, como la que sintió por el joven Essex, el comienzo de los ataques contra Irlanda y sus propios y profundos desórdenes nerviosos, pesadillas y visiones tremendas que la sumían en profundas crisis. Murió sentada en el suelo, con los ojos muy abiertos y el dedo en la boca, el 24 mar. 1603, después de haber mantenido, como escribió Winston Churchill, un largo "flirteo" con la nación inglesa, que produjo la coherencia entre Estado y Sociedad. Su muerte sin sucesión impuso en I. la dinastía Estuardo.V. t.: GRAN BRETAÑA IV.M. HERNÁNDEZ SÁNCHEZ-BARBA.
BIBL.: C. READ (ed.), Bibliography of British History-Tudor period, 2 ed. Oxford 1959; J. D. MACKIE, The Earlier Tudors, en Oxford History of England, VII, Oxford 1952; G. R. ELTON (ed.), The Tudor Constitution, Cambridge 1960; íD., England under the Tudors, Londres 1967; G. M. TREVELYAN, History of England. Londres 1966; M. POWICKE, The Reforntation in England, Londres 1958; A. F. POLLARD, Henry VIII, LondresNueva York 1952; H. F. M. PRESCOTT, Mar y Tudor, 2 ed. Nueva York 1953; J. B. BLACK, The Reign of Elizabeth 1558-1603, en The Oxford History of England, VIII, Oxford 1952; S. HUDDLESTON, Isabel de Inglaterra, Bilbao 1968.
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