Industrialismo TECNOL.
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Tecnología
Concepto preliminar. La palabra latina "industria" significa tanto como habilidad, destreza, ingenio o fuerza; pasando así a formar la primera acepción del mismo vocablo castellano. Pero su derivado "industrialismo" arranca de otra segunda acepción, que corresponde a su significado contemporáneo. En las ciencias sociales industria quiere decir actividad encaminada a la obtención y transformación de productos naturales (industrias extractivas, como minas y canteras, y manufactureras); o sea, sustancialmente lo que los economistas llaman actividades del sector secundario por oposición al primario (agricultura, ganadería, caza, monte, pesca) y al terciario (servicios y actividades sin producción material). A partir de esta segunda acepción, podemos definir provisionalmente el i. como forma de vida y estructura social en que predominan abiertamente las actividades e intereses industriales.Desarrollo del concepto. El gran economista alemán W. Sombart definía la industria como "aquella actividad económica que se aplica a la preparación y elaboración de los artículos, es decir, la actividad transformadora de los bienes económicos, en la cual se incluyen también la conservación y mejora de los mismos" (La industria, Barcelona 1931, 12). Cierto que en la industria hay transformación de bienes; pero hay algo más: la creación de formas, objetos o especies nuevas no dadas por la Naturaleza. Ésta produce piedras; pero ya el hombre primitivo, iniciando la actividad industrial, daba forma especial a esa materia creando el hacha de piedra, etc. También la Naturaleza produce pieles, pero no vestidos; árboles, pero no canoas, etc. La especificación o creación de formas nuevas puede decirse que comienza con la aparición del hombre, con su habilidad o industria. Sin embargo, esta palabra se reserva a veces para indicar solamente "la transformación continua, en gran escala, de materias primas" (Colin Clark, Les conditions du Progrés économique, París 1960, 153, 310). En este sentido más estricto, la industria va unida a la aparición, hace miles de años, de la civilización (v.) caracterizada más particularmente por la industria del hierro. Ahora bien, eso todavía no es el i. Es preciso esperar al s. xviii para que, en Inglaterra, empezara una nueva concepción del trabajo industrial, que lo ha ido llevando a un grado tal de desarrollo que no admite comparación con el pasado. Y ha surgido así el i. y las Sociedades industriales, que son algo distinto de las simples sociedades con industria de siglos anteriores.Caracteres de las sociedades industriales. a) Especifica cion en gran escala. Sin duda que desde el hombre del Paleolítico hasta el civis romanus, orgulloso con su civilización, la vida material se complicó grandemente; pero nosotros, los hombres del mundo del i., estamos en contacto cotidiano, manejamos o vemos miles y miles de objetos que los romanos no podían ni imaginar y que, no existiendo en la Naturaleza, son fruto de la más reciente industria humana. En los albores mismos de esta nueva época, según leemos en el libro de 1. Marías sobre Los españoles, podía Leandro Fernández de Moratín asombrarse de que en Inglaterra, para servir el té a dos invitados, hacían falta 21 "trastos, máquinas e instrumentos" distintos, sin contar la infusión, las pastas, la mermelada, etc. Es imposible medir estadísticamente la profusión actual de objetos o "especies" artificiales que el hombre fabrica. Tímidamente, Sombart, en la obra expuesta, se refiere a las diferentes patentes y marcas registradas desde 1882 a 1925, en progresión siempre creciente, llegando ya en el último año mencionado a un número de cinco cifras. ¿Y qué ha pasado después? En Estados Unidos se cuentan ya 30.000 empleos, oficios y profesiones; y seguramente que a ellos corresponderá un número notablemente mayor de especialidades fabricadas por los mismos.b) Producción en masa. Pero no sólo es que con el i. se fabriquen cada vez más y más cosas nuevas; es que cada una de ellas se produce en cantidades ingentes. Las civilizaciones anteriores fueron de minorías, donde la relativamente pequeña complicación de la vida material afectaba a muy pocos, dejando a la gran mayoría con su sencillo indumento, su mesa, su escudilla y poco más. La nuestra es una civilización de masas, y aquel número de objetos nuevos inventados por el i. se distribuyen entre millones y millones de seres. Si pudiéramos multiplicar los miles y miles de esos objetos por los millones y millones que los usan o poseen, tendríamos una idea matemática de lo que representa el i., que así aparece como la producción en masa.c) Racionalización. Esos gigantescos resultados solamente han podido lograrse merced a una progresiva y severa racionalización (v.) de la economía. Más aún. Si en su primera fase el i. utilizó casi exclusivamente el ingenio y pericia de los fabricantes, pronto las exigencias de la producción apelaron a la ciencia. Evidentemente, el gran i. actual no hubiera sido posible sin la ciencia positiva natural surgida sobre todo en el Renacimiento y que cada día hace nuevos progresos. Como dice Sombart, la técnica (léase la técnica industrialista) es "hermana gemela de la ciencia natural moderna".d) Maquinismo. La gran victoria del hombre sobre la Naturaleza que supone el i. implica el uso de armas especiales, que son las máquinas. La "máquina" es el gran símbolo del mundo contemporáneo, que difiere de la simple herramienta en que si ésta facilita sólo el trabajo humano, aquélla le sustituye. Los años más recientes van demostrando cómo esa hechura del ingenio humano y de la ciencia ha ido pasando desde los lugares de producción (fábricas y talleres) a los de consumo (mecanización del hogar). Todo está ya presidido por la máquina.e) Organización. Si la característica anterior es generalmente conocida, ésta de ahora suele olvidarse con más frecuencia. Porque si el i. es el mundo del maquinismo, es también en igual medida el mundo de la organización. Y también aquí ha hecho su aparición, en el presente siglo, el espíritu científico (v. SOCIOLOGÍA INDUSTRIAL Y DEL TRABAJO).f) Nuevo estilo de vida. Pero el i. no es sólo una nueva tecnología para la producción económica: es también una nueva manera de vivir, en general. Según el principio de la causalidad recíproca, tan frecuente en los fenómenos sociales, la verdad es que la aplicación de las modernas técnicas y de la ciencia al fomento de la producción económica exigió un cambio en los espíritus. El que dominaba durante la Edad Media no era propicio a ello y hubo de surgir el moderno espíritu burgués para hacer posible la producción en masa. Pero, a la inversa, la expansión de la tecnología productiva ha venido a reobrar sobre la manera de pensar, acentuando lo que está en la base de ese moderno espíritu: el hedonismo, el materialismo práctico. Cuanto más se multiplican los posibles bienes de disfrute, más disfrute material van pidiendo los hombres y eso viene a constituir un ingrediente esencial en las Sociedades dominadas por el i., el cual no es sólo una manera de producir, sino también, más amplia y hondamente, una manera de pensar y de vivir.Esta afirmación implica no sólo aceptación del hedonismo (v.), sino también de las exigencias ineludibles del i., o sea, su racionalismo, su mecanización y su organización, determinando forzosamente ciertas pautas de comportamiento social y de estilo cultural. Se critica ahora desde diversos ángulos la tecnolatría y la tecnocracia (v. TECNoLOGíA i), el estilo exageradamente racional de la vida, la burocracia, la constante sumisión a principios de disciplina y organización cada vez más duros y que producen una auténtica alienación (v.). Pues bien, todo eso es una necesidad en un mundo de producción en masa. La protesta de los hippies, de los ácratas y análogos movimientos más o menos románticos, solamente serán razonables y sinceros si van acompañados del deseo permanente de renunciar a los bienes industriales contemporáneos (v. REBELDÍA I). Es absurdo soñar con automóviles, penicilina, máquinas de todas clases, etc., sin que haya tecnocracia, burocracia, etc., aunque la manera de vivirlas o servirlas pueda variar con la condición moral de los hombres que las ejecuten. El i., pues, es, al mismo tiempo, un gran hecho económico y un gran acontecimiento sociocultural. Tecnología, formas sociales e ideologías marchan en él perfectamente correlacionadas.Las tres revoluciones industriales. Es frecuente levantar el acta de nacimiento del i. acudiendo a la Inglaterra de 1760, en que comienza la llamada "revolución industrial". Sin embargo, el i. es un proceso constante de crecimiento en el que, desde entonces y hasta el momento actual, han podido distinguirse ya tres revoluciones industriales. Siguiendo a P. Geddes y L. Mumford, podemos hablar de una primera revolución industrial paleotécnica, típicamente inglesa, que se caracteriza y simboliza por el uso del carbón (el vapor), como fuente principal de energía, y del hierro, como materia prima fundamental. Ese proceso culmina en la primera mitad del s. xix. La primera exposición mundial industrial se celebró en el nuevo Crystal Palace de Hyde Park, en 1851. Hacia esa época el movimiento se traslada a los Estados Unidos, donde le sirvió de impulso la Guerra de secesión; y en Europa cubre, sobre todo, el periodo industrial alemán comprendido entre la Guerra de 1870 y la de 1914-18. Esos tres países son los máximos representantes del i. paleotécnico, bajo la estructura social del capitalismo (v.).La segunda revolución industrial, que da entrada a la fase neotécnica, puede localizarse en Estados Unidos a comienzos de siglo. Sus signos externos, sigue diciendo Mumford, son la electricidad y el petróleo, como energías típicas -sin abandonar el vapor- y las aleaciones, cada vez más complejas, como materia prima básica junto al acero. Pasdermadjian, que es quizá quien mejor ha estudiado esto, retrotrae esta revolución hacia 1870 ó 1880, después de la Guerra de secesión y de la franco-prusiana. Aparecen entonces la turbina de vapor, el motor de gasolina y de combustión interior, el acero (en vez del hierro), nuevas máquinas herramientas, etc. Es de notar aquí una circunstancia muy interesante. De acuerdo con la idea de Sombart sobre la técnica, antes expuesta, Ortega y Gasset escribe que "la técnica contemporánea nace de la copulación entre el capitalismo y la ciencia experimental"; pero esto sólo es cierto plenamente para la revolución neotécnica y el capitalismo financiero, donde ya las iniciativas e inventos no proceden de descubridores ingeniosos o de fabricantes agudos, como al principio, sino del saber científico aplicado sistemáticamente a la producción. Las ciencias psicológicas y sociales se ponen también al servicio del proceso económico, que además se sutiliza y complica con una creciente administración, organización y comercialización. La enorme expansión técnica de esta época se ve reflejada en forma impresionante por las cifras que para Estados Unidos da W. W. Rostow (The process of económcc Growth, Nueva York 1952, apénd. 1). Evolución de la renta nacional en billones de dólares, a precios de 1913: 1799-1809, 0,87; 1929-38, 40,00. Producción manufacturera en millones de dólares al valor 1910-14: 17991809, 15,00; en 1919-28, 9.134. Y producción de acero en millones de t.: en 1865-74, 0,08; en 1939-49, 70,20.Pero la era neotécnica, pese a su indudable adelanto sobre la paleotécnica, no ha dejado de ser un breve lapso en la historia de la civilización occidental y ya se anuncia una tercera revolución industrial, la de la automatización, la energía nuclear y las computadoras electrónicas. Quizá sea exagerado decir que la automatización o automación (v.) constituye una "nueva filosofía de la producción", como dice John Diebold, que fue quien creó el neologismo; tal vez no se trata más que de una continuación del estado de cosas anterior. En todo caso, el salto en la técnica industrialista es fantástico. Esta tercera revolución técnica va llevando cada vez más a la sustitución del hombre por la máquina, incluso en ciertas funciones de vigilancia y control. Lo cual produce una tendencia a convertir todo trabajo en terciario, pues el hombre va teniendo una relación cada vez más indirecta con el producto. De ahí la afirmación de un escritor francés de que, en el futuro, nada será menos industrial (en sentido de actividad del sector secundario) que el mundo del industrialismo. El progreso técnico lo vamos a ver también aquí resumido en algunas cifras. El trabajo que a principios de siglo hacía un obrero especializado del acero en ocho horas -dice D. I. Davis, de la casa Ford- lo hace hoy aproximadamente en 20 segundos (H. B. lacobson y I. Roucek, Automation and Society, Nueva York 1959, 38); sobra cualquier comentario. Por su parte, la Oficina Internacional del Trabajo informa que en la Europa occidental la productividad era en 1956 superior en más de un tercio a la de 1938 y el total de la producción manufacturera cuatro quintas veces superior (v. "Rev. Internacional del Trabajo", julio 1957, 71 ss.).Porvenir del industrialismo. Oswald Spengler, recién terminada la I Guerra mundial y pensando en "la decadencia de Occidente", profetizaba que el gran progreso actual declinaría lo mismo que proporcionalmente sucedió con otras civilizaciones. Por su parte, N. Berdiaeff (v.) anunciaba "una nueva Edad Media". Sin embargo, lo sucedido desde entonces no,parece confirmar en absoluto ese pronóstico, por lo menos a corto plazo. Análogamente, las reacciones románticas y antirracionalistas que se producen hoy contra el i. no parece que tengan la más pequeña probabilidad de éxito. La conciencia colectiva mundial desea el i. El progreso material (la industrialización) constituye incluso como un deber para todo país y gobierno; y parece que sólo una catástrofe sin precedentes (una guerra nuclear, p. ej.) puede apartar a los hombres del furor industrializador. Téngase además en cuenta que, sea cual fuere el juicio que se tenga sobre este asunto y sobre el hedonismo subyacente en nuestra civilización técnica, la verdad es que únicamente ahora se ha hecho posible la liberación de la miseria de las masas de las naciones desarrolladas y se ve la posibilidad de desterrar el hambre (v.) y la necesidad del mundo entero. Mientras que, de’ contrario, la enorme demografía que sostiene hoy la tierra solamente podrá subsistir con la gran producción que se ha hecho posible con el industrialismo. Algunos pensadores católicos se pronunciaron originariamente contra él, añorando la economía artesana y campesina; pero ya el obispo de Maguncia mons. Ketteler (v.) previno contra esa ilusión. El maquinismo, decía, es inevitable y sólo queda utilizarlo bien para liberar a los hombres de la necesidad y de la esclavitud del trabajo material. La doctrina de la Iglesia, en numerosas declaraciones de la jerarquía y últimamente de modo abierto en las enc. Mater et Magistra y Populorum progressio, ha dado su sanción espiritual al quehacer industrializador de los hombres, a la vez que sugiere los medios para evitar los riesgos de materialización del vivir que lleva aparejados.V. t.: AUTOMACIÓN; CIBERNÉTICA; DESARROLLO ECONÓMICO Y SOCIAL; HEDONISMO 1; INDUSTRIA; INDUSTRIAL, TÉCNICA; RACIONALIZACIÓN; SOCIOLOGÍA INDUSTRIAL Y DEL TRABAJO; TECNOLOGÍA.A. PERPIÑÁ RODRÍGUEZ.
BIBL.: T. H. ASHTON, La revolución industrial, México 1950; P. DERNE, La primera revolución industrial, Barcelona 1968; H. PASDERMADJIAN, La segunda revolución industrial, Madrid 1960; S. LILLEY, Automación y progreso social, Madrid 1959; F. POL LOCK, L’automation. Ses conséquences économiques et sociales, París 1957; L. MUMFORD, Técnica y civilización, Buenos Aires 1945; R. J. FORBES, Historia de la técnica, México 1948; C. KERR Y OTROS, Industrialism and Industrial Man, Cambridge (Massachusetts) 1960; G. FRIEDMANN, Problemas humanos del maquinismo industrial, Buenos Aires 1956; F. PERROUx, La industrialización del siglo XX, Buenos Aires 1964; J. HóFFNER, Problemas éticos de la época industrial, Madrid 1962; J. M. SANABRIA, La educación en la sociedad industrial, Pamplona 1969.
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