Indoeuropeos. Historia. HIST.
Categoria:
Historia
Conjunto de pueblos que en la Antigüedad se extendieron desde Gran Bretaña al Asia central. El concepto de lo i. y su lugar de origen es problema, en gran parte aún sin resolver, que preocupa desde hace un siglo a los antropólogos y filólogos. En contra de las teorías racistas, no se puede hablar de los i. bajo un aspecto étnico o cultural (v. RACISMO). Una definición legítima sería la de conjunto de pueblos que en un pasado remoto tuvieron un idioma común. Sólo así puede decirse que ha existido un pueblo i.; quizá una confederación de grupos dispersos en un gran espacio geográfico y sometidos a influencias raciales y culturales muy diversas, pero entre los cuales la lengua constituyó un lazo de unión consciente.A fines del s. xviii, se observó que el sánscrito (v.), lengua literaria de la India, tenía palabras parecidas a las de muchas lenguas europeas. Prosiguiendo estos estudios, se notaron también analogías con el zendo, o persa antiguo; y se advirtió que estos dos idiomas, el zendo y el sánscrito, con el armenio, el hitita y el frigio, formaban una familia de lenguas a la que pertenecían también la mayoría de las europeas. A este conjunto se le denominó lenguas i., diferenciadas de las demás lenguas del mundo (v. ii). No solamente tuvieron estos pueblos, y tienen hoy sus descendientes, palabras parecidas, sino que también es común la formación de casos y tiempos con sufijos, añadiendo partículas análogas a cada nombre para indicar el genitivo, el dativo, el acusativo, etc., del mismo modo que se añaden partículas a fa raíz del verbo para indicar los diferentes tiempos y personas.1. La teoría de los arios. Basándose en los resultados obtenidos por los lingüistas, se elaboró una "teoría de los arios" que, aunque superada, merece conocerse. De acuerdo con esta teoría, todos los pueblos que hablan o hablaron una lengua i. provenían de Asia, concretamente de la vertiente norte del Himalaya. Así, mientras unos pueblos descendían hacia el S, otros habían avanzado hacia el O, hacia Europa. La razón que esgrimían quienes querían colocar la cuna de los i. en tal lugar se basaba en la tradición bíblica, según la cual Asia es la cuna de la Humanidad, y en el viejo criterio de que de Oriente procede la luz y sólo de Oriente puede venir la civilización. Según esta teoría, Max Miiller llamó arios a esos primitivos i., porque así son mencionados en los Vedas (v.; libros sagrados de la India) los invasores que constituyen todavía las castas superiores del país y porque los reyes persas se llaman a sí mismos arios, entre sus títulos de honor.De acuerdo con los sostenedores de esta teoría, el primitivo núcleo i. se fragmentó por dislocaciones sucesivas que lanzaron periódicas oleadas de pueblos sobre Asia del Sur y Europa. Estas invasiones prehistóricas eran movimientos de naciones enteras, como las que penetraron en el Imperio romano en el s. v de nuestra Era. Primero se habrían desprendido los germanos (v. GERMANIA), celtas (v.) e italiotas (v. ITALIA IV, 1) que, empujados por los siguientes, habrían llegado al extremo oeste de Europa. A esta oleada siguió otra de letones, dacios (v. DACIA), ilirios (v. ILIRIA) y helenos (v. GRECIA Iv); la tercera dislocación fue la de los tracios (v. TRACIA) y eslavos (v.); finalmente, los últimos que partieron hacia el O serían los sármatas (v.) y escitas (v.). Pero, como ya hemos señalado, esta teoría se enfrenta con tradiciones que la crítica moderna ha puesto de relieve; se señala hoy que el parentesco de estas lenguas, siendo innegable, no es tan sistemático como podía esperarse de la tesis de las migraciones sucesivas. Según esta hipótesis, los pueblos más alejados del centro de irradiación tendrían raíces comunes en sus lenguas sólo para los nombres de ciertas cosas prehistóricas. A cada nueva oleada de pueblos las raíces comunes de los lenguajes que forman grupos deberían demostrar un grado más avanzado de cultura. Pero no ocurre así. Por supuesto, hoy nadie niega el parentesco de las lenguas; tenemos la evidencia de sus relaciones. Así, p. ej., el germano y el eslavo poseen 50 elementos comunes; el ?ermano y el letón 34; las lenguas italiotas y el griego tienen 123 puntos de identidad, y el sánscrito y el persa tienen 90 contactos con las lenguas del Norte de Europa. Demasiado, por tanto, para tratarse de una simple casualidad; pero evidentemente demasiado poco para establecer con ellos el sistema evolutivo de una cultura, y mucho menos un parentesco de pueblos.2. La información filológica. Actualmente, la investigación histórica comienza a afirmar que una parte de esa información filológica es aventurada. Ya señalamos antes, al hablar de contactos de lenguas, que no sólo existen en común raíces de palabras, sino también maneras de formar un tiempo del verbo o un caso; y esto es importante. Pero las raíces nos dan sólo los sonidos de consonantes, las vocales cambian. Y aun en las consonantes existen muchas posibilidades de error, ya que hay pueblos que tienen defectos de pronunciación, y les es imposible emitir ciertos sonidos. De esta. variedad de pronunciación, debido a diferencias orgánicas, existen significativos ejemplos en la familia de lenguas i., concretamente, con la pronunciación de la raíz de la palabra cien; unas conservan el sonido gutural "k"; otras lo han convertido en el silbante "s". Centún, que debía sonar kentum en latín, es ekatón en griego, kunt en germano, ket en celta; mientras que en sánscrito es zatem, en eslavo zuto y en lituano zintas. Por ello, los filólogos sostienen que los primitivos i. tenían una palabra o un sonido para indicar el número 100 y que, después de separarse, aparecieron estas dos variedades de pronunciación. Pero, según los historiadores, si las vocales ya no suenan, y las consonantes pueden convertirse una en otra, ¿qué es lo que en definitiva queda del sonido primitivo? Porque en el caso de las palabras que indican cien, se percibe todavía la relación de unas con otras, pero no hay duda de que, en la mayoría de los casos, esta relación se habrá desvanecido hasta hacerse imposible de apreciar el origen común. Además, estas palabras podrían ser prestadas de otro idioma, como ocurre actualmente con lo que llamamos barbarismos (v.) o extranjerismos.3. La cuna de los indoeuropeos. En resumen, si no se puede negar la contribución hecha al estudio de los pueblos i. por la filología comparada, no es menos claro que muchas de sus conclusiones, al menos por el momento, hay que considerarlas como simple hipótesis revisable en cualquier instante; y, desde luego, hoy no es aceptada por la mayor parte de los investigadores ni la unidad primitiva, es decir, la unidad social de todos esos pueblos que llamamos i., ni mucho menos que su centro de dispersión si es que lo hubo, fuese la región del Himalaya. De esta forma, la posible cuna de los i., el lugar de donde se dispersaron en diferentes direcciones continúa siendo un problema sin resolver. En nuestra época, todos los investigadores han descartado el supuesto origen "nórdico" que se fundaba en un doble prejuicio: la pureza de la raza i. y su identificación con la raza nórdica o dolicocéfalos rubios (Gobineau).La hipótesis más comúnmente sostenida hoy, sitúa su emplazamiento inicial en una zona que engloba el Sudeste de Europa y la Rusia meridional: Transilvania, BesarabiaMoldavia, Ucrania y Volga medio. Estas regiones se dividían al comienzo de la Edad de los Metales en cuatro áreas culturales: cultura de la cerámica de bandas, cultura de Tripolje, cultura de los túmulos y, en el Volga, cultura de la cerámica de peine. ¿Puede afirmarse que una de esas culturas sea ya propia de los i.? En realidad, el problema parece insoluble. Un investigador importante, Joseph Dechelette, ha rehusado abordar dentro de la prehistoria la cuestión i. en 1949; G. Dumézil declaró que, basándose tan sólo en alguna cerámica, en algunas piezas de bronce y otros escasos hallazgos, no se podía usar la palabra i. Es decir, por ahora los estudios prehistóricos no han dado una respuesta definitiva a esta cuestión, sino tan sólo han acumulado probabilidades y datos.4. Las primeras migraciones. Si, como vemos, el origen de los i. sigue siendo una cuestión sin resolver en su vida anterior a la época histórica, prácticamente lo ignoramos todo. De sus primeras migraciones carecemos de información documental y, por eso, sólo puede hacerse un esquema de los distintos pueblos surgidos del primitivo tronco común de los i. Ya hemos señalado que la gran familia i. se dividió en dos grandes grupos, el de los occidentales (se suele llamar de los pueblos centum, porque en sus lenguas la palabra ciento se forma con c o k) y el de los orientales o grupo satem (por formar la palabra ciento con s).Los i. occidentales se subdividen en nórdicos (germanos, celtas) y meridionales (italos, griegos), intercalándose entre ambos los ¡lirios, pertenecientes a los pueblos de lengua satem. Además, en Asia, hay dos grupos de pueblos con lengua centum, que representan una infiltración de elementos emparentados con los occidentales; tales son los tocarios, en Asia central, y los que en el Asia Menor introdujeron una lengua centum que ofrece ciertas analogías con el latín primitivo (la lengua de la ciudad de Karesch). Entre el grupo nórdico de los i. occidentales y el iranio de los orientales se colocan los leto-eslavos que tienen lengua satem. En cuanto a los orientales, el subgrupo europeo comprende, además de los ¡lirios mencionados (con los mesapios y sículos), los trato-f rigios que, penetraron también por el Asia Menor, y otros subgrupos asiáticos antes se suponían formando un solo tronco llamado indoiranio, pero que hoy se consideran pueblos que sucesivamente se desprendieron probablemente del Sudeste de Europa, penetraron por el Cáucaso en el Noroeste del Irán y desde allí marcharon hacia el Este. De ellos fueron la avanzada los indos (v.) y otros elementos étnicos análogos, que se infiltraron en Asia Menor y Siria (aristocracías guerreras de algunos pueblos caucásicos del II milenio a. C., como los mitanni, v.); sigue luego el grupo iranio (v. ARIOS): medos (v.), persas (v.), partos (v.), cimerios, escitas (v.) y sármatas (v.), siendo estos dos últimos pueblos los que, por una parte, relacionan el subgrupo asiático de los i. orientales con el subgrupo europeo (tracios), y, por otra parte, con el ala extrema del grupo nórdico (germanos) y con los leto-eslavos.Mientras el grupo nórdico de los i. tiene en sus extremos norte y este (Escandinavia y Rusia) contactos con el grupo de pueblos finlandeses, los i. orientales o bien permanecen aislados, disolviéndose poco a poco en pueblos de distinta naturaleza (los del Asia Menor), o se mezclan intensamente con los que poblaban anteriormente los territorios que ocupan (indos, persas). La disolución entre otros pueblos es el fin de la rama de los tocarios, desprendida del tronco nórdico y perdida, al emigrar hacia el centro de Asia, entre pueblos mongoles. Los pueblos que en Europa emigran hacia el Oeste (celtas) o hacia la zona mediterránea (italos, griegos) se mezclan con pueblos anteriores que ocupaban tales territorios. De los pueblos i., lograron la plenitud de su vida histórica primeramente los orientales, mientras que los occidentales no alcanzaron su apogeo hasta el s. vi y, sobre todo, desde el v a. C. con los griegos y después los italos, siendo todos ellos los que informan principalmente la historia antigua de Europa. Los restantes pueblos tienen su punto culminante efímero (celtas en el s. iii a. C.) o no comienzan su desarrollo plenamente histórico hasta más tarde (germanos, eslavos).5. Formas de vida inicial. ¿Cuál era el género de vida de estos pueblos en el momento en que comenzaban a dispersarse? Basándose en la filología, se han intentado diferentes respuestas. Citaremos varios ejemplos especialmente significativos. El perro debió de ser un animal conocido por los i. en tiempos muy antiguos, antes de su dispersión, pues el nombre de perro en sánscrito es svan, en viejo irlandés (celta) cun, en persa antiguo span, en lituano zun, en griego kuwn, en latín canis, y en viejo alemán hun, de manera que el sonido de c y n, pronunciado según los diferentes pueblos, quiere decir can, que tal vez en un principio, según Pijoan, pudo significar prolífico, por la facilidad con que se reproduce el perro en comparación con el hombre. El nombre de la vaca, que estaría formado con vocales añadidas a la v y a la c, aparece análogo en sánscrito, persa, armenio, griego, celta, germano y eslavo, lo que quiere decir para los filólogos que la vaca fue domesticada antes de que se separaran estas familias de pueblos, y añaden que hay una confirmación de este hecho en la circunstancia de que los nombres de los colores que son comunes a todas las lenguas i. son los colores que tienen las vacas. Ya se sabe que aún en nuestros días la vaca es venerada como el primer animal doméstico en la India; a su estiércol se atribuyen propiedades antisépticas, igual que ocurría entre los antiguos helenos.Los i. de Persia también consideraban favorecida la tierra donde el ganado producía mucho estiércol, porque apisonado servía de pavimento, y seco se usaba para combustible. La vaca habría sido la compañera de la mujer i. primitiva, viviendo en su propio hogar; no es, pues, extraño que el nombre rojo sea común al sánscrito, griego, latín, eslavo, celta y germano; en cambio, las primitivas lenguas i. no tenían un nombre común para el azul y el verde. A primera vista, parece un tanto arbitrario derivar el nombre de los colores del de los animales, pero hay que tener en cuenta que, p. ej., todavía hoy, muchos pueblos africanos sólo tienen nombre para los colores de los animales que cazan o domestican: negro, gris, blanco, amarillo y rojo. Todavía hay más: los lapones, para indicar el concepto de color, utilizan la palabra karva que significa cabello y carecen de nombres propios para los colores azul y verde, quizá porque no hay cabellos de estos matices.Pero si los lingüistas deducen de las voces del perro y de la vaca que tales animales ya fueron domesticados por los i. en su lugar de origen antes de su dispersión, también se han sacado interesantes deducciones de los nombres de las plantas y de otros animales. Así, la oveja, ovis, es fácil que fuese ya conocida; pero no la cabra, ya que su nombre latino copra sólo se encuentra también en el celta y el germano, y no en otros idiomas i., lo cual quiere decir que un grupo de pueblos i. se separó del resto antes que dicho animal hubiese sido domesticado. Lo mismo ocurre con los metales. La palabra utilizada para designar el cobre sería algo así como aes, aiz, erz, ayas, pero triunfó el nombre semítico que impusieron los fenicios de Chipre. Es especialmente curioso el caso de la palabra oro, ya que siendo un metal antiquísimo existen dos raíces distintas: el latín aurum se reconoce en el sánscrito iranyia y en el persa zaranya, mientras que los germanos adoptaron la raíz sulth, que quiere decir amarillo o brillante, y lo mismo ocurre con los eslavos; pero es también curioso señalar que aurum quiere decir también brillante, reluciente, del que se deriva el nombre de aurora.6. Cultura de los primitivos. Si de las primeras migraciones i. apenas se puede añadir nada más de lo ya reseñado, en cambio de las últimas razas de i. occidentales que todavía pudieron apreciar sin cruzamientos los escritores clásicos, sí que sabemos bastante más. A éstos es a los que incluimos dentro de la denominación de i. mientras se reserva para los asiáticos la de arios (v.).Al final del Neolítico, el Norte y el Oeste de Europa estaban poblados por tribus o clanes familiares enormemente dispersos. Se ha calculado que la población de Dinamarca, a finales de este periodo, no debía superar las 1.500 personas. Estas gentes vivían en el estadio cultural que hoy conocemos con el nombre de "cultivadores nómadas". Se movían continuamente de un lugar a otro empujados por las necesidades de sus rebaños y su agricultura rudimentaria, y más aún por sus querellas intestinas. Su vida económica se basaba en la ganadería, ya que el cultivo de la tierra era marginal, y sus principales alimentos eran la leche, el queso y la carne. Normalmente, el rebaño era la presa que justificaba la guerra hastá el exterminio de otra tribu o familia, aunque al parecer muchas veces el goce de pelear, por sí solo, movía a estos pueblos a combatir. Indudablemente, los i. del Oeste y del Norte de Europa estaban bien conformados para esta vida belicosa; eran altos y robustos y causaron la admiración de Estrabón, Amiano Marcelino y Vitrubio y, en general, de todos los historiadores clásicos que llegaron a ponerse en contacto con estos pueblos, que habían permanecido sin cambiar fundamentalmente de cultura en el Noroeste de Europa desde los primeros días de la Edad del Bronce.En los cantos i. que se han conservado, aunque diluidos y cristianizados con el paso de los siglos, se ensalzan constantemente los combates y las hazañas magnificadas de sus héroes. Sus armas eran la daga, o espada primitiva, y el hacha de bronce adornada con decoraciones y relieves ondulados. Emprendían sus correrías bélicas en pequeños grupos formados por un jefe y varios guerreros adictos que combatían juntos durante años enteros, sin echar de menos, al parecer, el hogar y la tierra nativa, con una total falta de interés hacia lo que hoy llamamos patria. En realidad, para ellos, la patria era la tribu y el clan familiar y, así, donde quiera que el grupo se moviese, allí estaba su patria.Al regreso de estas expediciones se entregaban los trofeos y el botín al jefe de la tribu. Este les recompensaba con una parte de lo capturado, una vieja espada, a veces de significado religioso, o una joya. En ocasiones, se arrancaba un anillo de sus brazaletes de oro, en espiral, para premiar a uno de sus hombres; por eso al príncipe generoso se le llama en las canciones "rompedor de anillos". Solamente después de una serie de pruebas y combates, el guerrero recibía como premio tierra donde establecerse y podía casarse, separándose así del círculo de nobles que formaban la corte del jefe. Estos guerreros de su guardia, con los que emprende arriesgadas expediciones, vivían en la sala principal de la casa del rey, donde pasaban el día en banquetes y escuchando canciones, asistidos por la esposa y las hijas del jefe que les ofrecían una bebida a base de miel fermentada.La forma y la estructura de estas salas comunales de los jefes nórdicos han sido objeto de largas discusiones, ya que ninguna de ellas se han conservado, aunque por algunas ruinas se puede imaginar que tenían planta rectangular o cuadrada. Los arqueólogos alemanes han supuesto que imitaban la forma de la basílica que pudieron ver estos pueblos en sus expediciones hacia el Sur; pero en tal caso se trataría de una construcción tardía y que no había existido entre los primitivos i. De todas formas, la elevación del techo no sería la clásica de un tejado a dos vertientes. Como el hogar estaba en el centro de la sala, para la ventilación, haciendo de chimeneas, debía de haber una linterna como torre en el centro. Así se ve dibujado con esta techumbre el salón real de la residencia de los príncipes daneses en Leyre. El conjunto está formado por crujías, o salas independientes, con su tejado aparte; así son todavía las habitaciones privadas en Islandia.7. El legendario Odín. Los investigadores modernos no sólo basan sus suposiciones sobre los i. en los cantos nórdicos, sino también interpretan un conjunto de leyendas e historias medievales, pero en las cuales se pueden reconocer vestigios de la situación de los i. prehistóricos. Se considera que los 12 pares de Carlomagno y la Tabla Redonda del rey Arturo son un recuerdo de cuando en tiempos remotísimos el jefe iba acompañado en sus expediciones guerreras tan sólo de un reducido número de fieles. El personaje semidivino que veneraban los escandinavos y teutones como modelo y jefe en su marcha hacia la vida eterna y que recibía los nombres de Odín (v.) y Wotan es estimado por algunos estudiosos como un personaje real que habría conducido a los i. desde el Cáucaso al Norte de Europa. Allí, los recién llegados, al mando de Odín, habrían encontrado descendientes de los primeros ocupantes de la etapa neolítica, y la mezcla dio origen al tipo nórdico, marino y guerrero. Los primitivos escandinavos tenían otros dioses: Freya, diosa de la fecundidad; y Thor, dios creador. Al divinizar a Odín se formó una trinidad: Thor y Freya adoparon a Odín como hijo, el cual según la leyenda había sido el inventor del alfabeto nórdico.A pesar de este gran invento atribuido a Odín, lo cierto es que los primitivos i. del Norte de Europa no llegaron a desarrollar la cultura que alcanzaron sus hermanos de origen, los primitivos helenos, los latinos y hasta los mismos celtas; su fiereza primitiva y su amor a la guerra se mantuvieron en los grupos que los romanos llamaron bárbaros (v.). Fueron precisamente sus calidades guerreras y sus armas, la espada de bronce y el hacha arrojadiza, lo que permitió a los i. sus conquistas. De los países nórdicos, donde se debieron establecer en un principio, o del mediodía de Rusia, descendieron primero unos cuantos hacia la tierra de los iberos y ligures. Sin destruir completamente a estos antiguos pueblos prehistóricos, los invasores debieron imponer su lengua y su dominio, exactamente igual que habría ocurrido en Oriente con los arios. Esta migración debió tener lugar entre el s. xtt y el x a. C. cuando los primitivos i. ocuparon el Norte de Italia y por cruzamiento con los mediterráneos ya establecidos crearon el tipo italiota, que dura todavía. Igualmente otros clanes ocuparon la península helénica (aqueos y dorios), dando con ello origen a la historia de Grecia propiamente dicha.8. La religión. Un problema hasta hoy no esclarecido del todo es el de la mentalidad y sobre todo la religión de los primitivos i. Según Max Müller, en la religión de los germanos encontramos los mismos mitos de los griegos, y aun reaparecen estos mitos en la teología brahmánica de la India. La explicación de estas coincidencias sería, tal vez, que los dioses clásicos de Grecia y Roma, como las divinidades de Edda, y los Nibelungos (v.), tendrían un mismo origen: la religión de los i. primitivos adorando al Sol (Apolo), a la Luna (Diana) y a las fuerzas de la Naturaleza (Ceres, Venus, etc.).Esta teoría, sin embargo, se ha desechado al comprobarse que la mitología griega tiene en gran parte un origen semítico. Así, la cuna de Marte, Venus, Baco o Dionisio no se encuentra en el hipotético lugar de dispersión de los i., sino en el valle del Éufrates o en Palestina. En nuestros días, está completamente demostrado que Venus y Diana (la Artemisa de los griegos) proceden ambas de la Ishtar babilónica, diosa de la fecundidad; Marte es el dios Martu, que ocasiona las tempestades, también babilónico; y Dionisio es Dianisu, una divinidad solar venerada por los asirios. Así, pues, la mitología clásica no tiene tanta relación con la mitología india como con la de los pueblos semíticos de Asia. Probablemente, los griegos recibieron sus dioses, por mediación de los fenicios, de los semitas de Mesopotamia.En resumen, la concepción ideal de Max Müller y sus discípulos sobre una primitiva religión i., de la que se derivarían las religiones de los pueblos europeos, la de los brahamanes indios y la de los persas, es insostenible en la actualidad. No hay un solo dios común a todas las diversas mitologías de los pueblos i.; por tanto, la esperanza de encontrar la primitiva religión de los i. antes de separarse (si es que alguna vez estuvieron unidos) se ha desvanecido - completamente. Es cierto que varios países i. tienen divinidades análogas, lo que indica tal vez un culto común en un periodo que vivieron juntos, pero no hay un solo dios que sea común a todos y que pueda, por tanto, llamarse el dios de los i. El nombre de Agni, el dios de fuego de los indos, parece reflejarse en la palabra ignis latina y ugnis lituana, ambas significando la idea de arder, pero este parecido de nombre no prueba por sí solo que los lituanos primitivos y los latinos adoraran el fuego como los indos. El hecho de conservar los romanos un culto al fuego, con las vestales y la divinidad Hastia, no convence tampoco, ya que multitud de pueblos distribuidos por todo el mundo y que nada tienen que ver con los i. también lo poseen.En tanto que no se produzcan nuevos descubrimientos lingüísticos o arqueológicos, seguimos sin saber prácticamente nada de la religión de los primitivos i. En cuanto a los i. occidentales, no parece que tuviesen ideas muy precisas acerca del origen del mundo ni que se planteasen tampoco ese problema. Creían primeramente en ellos mismos y quizá en esto radicó su fuerza expansiva. Debían creer además en seres sobrenaturales que vivían y andaban por las tierra, aunque en condiciones distintas a las de los hombres. Creerían, igualmente, en prácticas mágicas y conjuras en las que jugaban un papel importante los pozos, a los que se tiran las ropas de los enfermos para devolverles la salud. Igualmente, eran lugares sagrados los vados de los ríos y los puentes, donde para hacerlos propicios se llevaba a cabo un sacrificio cruento. En nuestros días, una canción infantil inglesa llamada "el puente de Londres" habla de la víctima humana que hay que enterrar en los cimientos. De la mayoría de los puentes de Europa se cuenta alguna leyenda relacionada con esta superstición; es el arquitecto, o bien una mujer, quien perece al construirlo; u otra víctima sustituye al hombre que debe morir para que el espíritu del puente o el diablo (una vez la leyenda cristianizada) quede satisfecho. Estas costumbres tampoco son aplicables exclusivamente a los i., ya que entre los pueblos semitas de Palestina se ofrecían sacrificios humanos a la hora de levantar las murallas de la ciudad, y el cuerpo de la víctima se sepultaba bajo las puertas. También se ha señalado que la costumbre moderna de bautizar los barcos con champán es una reminiscencia de la superstición nórdica que ofrecía sacrificios de esclavos a la hora de lanzar una embarcación al mar.9. El arte. Si la religión de los primitivos i. constituye un problema, no menos discutidas han sido sus aptitudes artísticas. Sus objetos de oro y de bronce en la Europa septentrional están decorados con líneas regulares, geométricas, principalmente espirales o círculos concéntricos y entrelazados. En sus vasos, armas y fíbulas repiten constantemente los temas geométricos, sin utilizar apenas motivos vegetales o animales. Cuando entre los i. se representan figuras humanas o monstruos, los más elementales principios de proporción o perspectiva son despreciados. Tal es su falta de respeto al natural que da la impresión de que, preocupados tan sólo de su ornamentación geométrica, deforman a propósito los contornos, cometiendo errores sistemáticos en los que no incurrirían ni los niños. Así, pues, una tendencia irresistible hacia la estilización geométrica constituye el segundo estilo propiamente europeo. El primero fue el arte de los pueblos mediterráneos, que parece haber desaparecido en la Europa neolítica. El segundo estilo europeo es el geométrico de espirales entrelazadas que ha constituido el fondo permanente de todos los estilos que en el transcurso de la historia han florecido en Europa.Un rasgo común a todos los i., tanto a los que se establecieron en Europa como a los de Asia (arios), es su poca capacidad como grandes constructores. Sus salas de banquetes, que eran los edificios más decorados que construyeron, estaban hechos de madera, y toda su ornamentación consistía en entalles geométricos y cuernos de ciervo en el ángulo del tejado; nada de piedra. Para los i., los dólmenes y otras construcciones megalíticas eran obras de gigantes. Los arios de la India tampoco parecen haber sido grandes arquitectos antes de la llegada de Alejandro Magno, y tampoco hay en Persia construcciones anteriores a su contacto con los semitas del valle del Éufrates. En definitiva, el pueblo i. como tal pueblo nunca fue constructor al estilo que lo habían sido, p. ej., los egipcios o los asirios.A. LAZO DIAZ.
BIBL.: A. MEILLET, La religion indoeuropéenne, París 1921; G. DUMÉZIL, L’idéologie tripartite des Indoeuropéens, Bruselas 1958; J. HERTEL, Die Methode der arischen Forschung, Leipzig 1920; V. MAYHOFER, Die Indo-Arier ibalten vorderarien, Wiesbaden 1965; P. LESTER, Les yaces humaines, París 1939; G. CHILDE, Prehistoric migrations in Europe, Londres 1950; P. BOSCH GIMPERA, Les indo-européens, París 1961; F. VILLAR, Lenguas y pueblos indoeuropeos, Madrid 1972.
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