Independencia, Guerra de la (españa) HIST.
Categoria:
Historia
Se conoce en España por este nombre la lucha que sostuvieron los españoles contra el poder napoleónico entre 1808 y 1814. Consecuencia de un levantamiento general, realizado o secundado por gentes de todas las clases y sectores, fue considerado primero como uno de los ejemplos más específicos de gesta eminentemente "popular", y más tarde como el primer caso claro en la historia de "guerra total" o "guerra revolucionaria". De aquí el interés suscitado por el tema, no ya por su, trascendencia histórica en sí, sino por su significación ideológica, política y social. El que tal significación haya dado lugar a interpretaciones discutibles o a tópicos encallecidos, no disminuye la importancia de una guerra que decidió los destinos de España, y, en buena parte, los de Europa.Los alzamientos. La g. de la I. comenzó cuando una serie de ciudades y comarcas españolas se levantaron contra la presencia napoleónica en España. Hoy no es fácil precisar los planes exactos del Emperador francés en la Península, y todo induce a suponer que la entronización de José 1 Bonaparte (v.) en Madrid no significaba estrictamente la pérdida de la independencia española, ni la simple anexión del país al Imperio napoleónico. El plan del Corso consistía más bien en mantener una España amiga y adicta, unida a Francia por un pacto de familia, como en tiempos de los Borbones, y en función, por supuesto, de la política europea del Imperio. También proyectaba Napoleón, como llegó a ejecutarlo por un tiempo, anexionarse algunos territorios, como Cataluña, o incluso todo el espacio comprendido entre los Pirineos y el Ebro; tales anexiones podrían quedar compensadas con la incorporación a España de ciertos territorios portugueses. Y el Emperador confiaba, sobre todo, tal fue su más grave error, que el pueblo español se dejaría convencer por las ideas revolucionarias y "progresivas" que traía su hermano José, para suplantar al inepto gobierno de Carlos IV (v.) y Godoy (v.).Pero para los españoles la presencia de un rey extranjero impuesto a la fuerza, y de un ejército francés que para respaldar la nueva situación permanecía en el país, comprometía gravemente la independencia nacional, y de ahí la denominación que desde muy pronto comenzó a darse a la guerra. Independencia a cuyo concepto jurídico-político habría que añadir un sentido moral e ideológico que no tardaría en manifestarse a través de los mismos hechos.La realidad misma de los alzamientos ofrece también algunos puntos discutibles. La tan repetida afirmación de que el movimiento fue "popular" y "espontáneo" sufrió ciertos retoques en el 11 Congreso Histórico de la g. de la I. celebrado en Zaragoza en 1959. La curiosa similitud que registran los hechos, operados simultáneamente en lugares muy distintos, y los procedimientos idénticos empleados por los amotinados en todas partes, inducen a sospechar la presencia de un "aparato" previo, de una organización que pondría en entredicho aquella espontaneidad. La hipótesis puede quedar abonada por el hecho de que al mismo tiempo se registraba en España una grave crisis política, y que días antes una revolución, el motín de Aranjuez (v.), el 17 de marzo, había derribado a Carlos IV para elevar a Fernando VII (v.). Presos ambos reyes por Napoleón (v.), el "aparato" pudo volver a funcionar, esta vez contra los invasores franceses. Sea cual fuere el fondo de los hechos, la espontaneidad o no espontaneidad de la iniciativa en sí no empece el que millones de españoles, hombres, mujeres y niños, la siguieran con entusiasmo desde el primer momento, y la gesta tuviese un carácter eminentemente popular.El primer movimiento se registró en Madrid en la mañana del 2 mayo 1808. Sus protagonistas fueron elementos de la población civil, y sólo algunos militares, como los capitanes Daoíz y Velarde, o el teniente Ruiz, se lanzaron a la acción, sin contar con sus mandos. La falta de una dirección coordinada, la escasez de armamentos, y la presencia en la propia capital del poderoso cuerpo de ejército del general Murat, abortaron el intento a las pocas horas, pese a la heroica resistencia. La segunda fase de alzamientos no se produce hasta el 24 de mayo, en que se subleva Oviedo, siguiéndole en un plazo de horas, o de muy pocos días, Gijón, La Coruña, Santander, Valladolid, Pamplona, Zaragoza, Cartagena, Murcia, Sevilla, Cádiz y otras muchas poblaciones, generalmente de la periferia. En todas partes, se constituyeron Juntas provisionales cortadas por el mismo patrón, pero muchas veces incomunicadas entre sí, y carentes de los adecuados medios de defensa. Los franceses contaban con un ejército de 150.000 hombres, que juzgaban suficientes para mantener a José 1 en España.La guerra convencional. Los invasores plantearon la definitiva ocupación en dos operaciones distintas: la primera destinada a controlar las ciudades importantes de la mitad norte del país, asegurando de paso las comunicaciones con Francia; la segunda, dirigida a la conquista de la mitad sur, y desarticulación total de la resistencia española. Los ejércitos hispanos no pasaban de los 90.000 hombres, y se encontraban por lo general divididos, desorganizados y mal equipados; contaban, eso sí, con el apoyo incondicional de la población civil. Los invasores, pese a las momentáneas derrotas del Bruch, mayo-junio, frente a los somatenes catalanes, consiguieron la mayor parte de sus objetivos en el Norte, pero permitieron al general Castaños preparar la defensa de Andalucía. Cuando tentaron la ocupación de aquella región, sufrieron la tremenda derrota de Bailén, 18-19 jul. 1808, primera que padecía el ejército imperial en campo abierto. Todo cambió de forma espectacular. Los franceses hubieron de retirarse precipitadamente, Madrid fue reconquistado el 23 de agosto, y en octubre la mayor parte de la Península estaba liberada. Se estableció entonces una junta Central que asumió el gobierno provisional del país.Pero Napoleón no se resignó a la pérdida de España, ni a la de su prestigio en Europa que aquel hecho significaba, con lo que el 31 de octubre inició la segunda invasión, dirigida por él personalmente, al frente de su Grande Armée (300.000 hombres); y todo intento de resistencia fue aplastado. Madrid se perdió de nuevo el 4 de diciembre, y semanas más tarde el ejército británico destinado a socorrer a los españoles era obligado a reembarcar en La Coruña. A comienzos de 1809, Napoleón se vio obligado a abandonar España, pero dejó aquí a sus mejores generales con una buena parte de su ejército. El 20 de febrero se rindió Zaragoza, después de una increíble resistencia en la que participó la población civil, y otro tanto ocurría en mayo con Gerona. El avance francés pudo ser momentáneamente contenido en el verano de 1809, pero los intentos de reproducir el éxito de Bailén, en las acciones de Talavera, julio y agosto, terminaron en un franco fracaso. Un ejército pobre y desorganizado no podía repetir los milagros frente a la mejor maquinaria bélica del mundo, y aquella desfavorable campaña culminó con el tremendo desastre de Ocaña (19 noviembre), que deshizo al ejército español. El 3 feb. 1810 se presentaban los franceses ante Cádiz, única ciudad importante que, debido a su carácter casi insular, pudo resistir. Prácticamente, toda España, en particular los centros urbanos, estaba ocupada por los invasores.Las guerrillas. El fracaso de la guerra convencional, técnicamente inevitable, no acabó, sin embargo, con la lucha. Ya desde el primer momento, se había consagrado un sistema tan tradicional en España, y tan enraizado en el carácter español, como la guerrilla (v.). El término en sí aparece por entonces; lo tomaron los españoles de la expresión "petite guerre" que empezaban a emplear sus enemigos. La guerrilla es un sistema de combate irregular, que llevan a cabo "partidas" o grupos de hombres armados, en su mayor parte civiles, aunque puedan estar dirigidos por militares, y que, conocedores del terreno, sorprenden al enemigo, atacan por la espalda, cortan comunicaciones, o lanzan audaces golpes de mano para retirarse luego como por ensalmo. Su propia condición civil permite a sus miembros, cuando la situación lo aconseja, retirarse a la vida privada, para reanudar la campaña a la primera ocasión favorable. Sobre todo en 1809-12, España entera hierve en cientos o miles de guerrillas, que hormiguean sobre toda su geografía, sin formar un frente definido, y haciendo la vida imposible a los franceses, muchos de cuyos oficiales confiesan en sus memorias la zozobra en la que tenían que vivir de continuo, y el desgaste nervioso y moral a que aquella campaña interminable les sometió.Fue el primer caso terminante de guerra entre "un pueblo", el español, y "un ejército", el francés. Sobre su carácter popular no es posible dudar. Hombres de todas las profesiones y de todos los niveles sociales participaron indistintamente en la lucha. Baste recordar que el lugarteniente de El Empecinado, un humilde jornalero de Valladolid, era el marqués de Zayas. Mujeres y niños colaboraban aprovisionando a los guerrilleros, abriendo zanjas en los caminos, envenenando los caballos de los franceses, o suministrándoles direcciones erróneas. Fue también, por tanto, la primera "guerra total" de la historia, que desborda todos los convencionalismos y legitima cualquier forma de hacer daño al enemigo. Hombres como Espoz y Mina, Díaz Porlier, El Empecinado, Cuevillas, el cura Merino, Cuesta, Zaldívar y tantos otros -de muchos no conocemos siquiera el nombre- realizaron hazañas increíbles. Todo este esfuerzo asombroso del pueblo español, que se desangró en la lucha, pero acabó obteniendo la victoria final, no se explica sino por su ancestral sentido de la independencia, y también por un carácter ideológico y religioso, contra los principios revolucionarios de los invasores, que aparece claro en muchos casos.La reconquista. A comienzos de 1812, el cuerpo expedicionario británico, bajo el mando de sir Arthur Wellesley, luego duque de Wellington (v.), después de haber contenido a los franceses en Portugal, inició la recuperación de España. Ello fue motivo para que la acción española se redoblara, y que las guerrillas, cada vez más unificadas y convertidas a veces ya en verdaderos cuerpos de ejército, dieran el vuelco definitivo a la guerra. El 6 en. 1812 fue recuperada Ciudad Rodrigo, y Badajoz cayó el 6 de abril. Meses más tarde Wellington inició una segunda penetración por el sector de Salamanca, y la batalla de los Arapiles (22 de julio) representó la primera gran victoria campal que se obtenía desde cuatro años antes. Las consecuencias de aquel triunfo parecieron en principio decisivas. José I temió ver cortadas sus comunicaciones, y abandonó Madrid, que fue ocupada por sus liberadores el 12 de agosto. También hubieron de levantar los franceses el sitio de Cádiz, donde se había refugiado el Gobierno español; en el entretanto, la Junta Central había resignado sus poderes en una regencia (1810), y se habían reunido unas Cortes (v. CÁDIZ, CORTES DE), que estaban procediendo a una profunda reforma constitucional.No había llegado, sin embargo, la hora de la reforma definitiva. Los franceses se reagruparon en el Nordeste y Levante, de suerte que el siempre prudente Wellington decidió abandonar Madrid el 3 die. 1812. De todas formas, la derrota napoleónica era ya prácticamente inevitable. A la pesadilla española se unía el desastre de Rusia, que diezmó aquel mismo invierno de 1812 lo mejor de la Grande Armée. Todo el a. 1813 se caracteriza por las continuas victorias hispano-inglesas. José I decidió trasladar su corte a Burgos el 17 de marzo, y dos meses más tarde Madrid era liberado definitivamente. Aquella primavera presenció la ofensiva final, siguiendo la misma línea de ataque que tan triunfalmente se había iniciado en los Arapiles. Los franceses, atacados desde el bajo Duero, intentaron retirarse precipitadamente de Castilla la Vieja hacia la frontera, pero fueron alcanzados en Vitoria (21 de junio), donde sufrieron una completa derrota, confirmada poco después (31 de agosto) con la de San Marcial. El incendio de San Sebastián fue un sacrificio tan doloroso como inútil. Mientras tanto, el mariscal Suchet, dueño todavía de la mayor parte de Levante, hubo de retirarse al fin, so pena de ver cortadas por la espalda sus comunicaciones.A fines de 1813 podía considerarse liberada prácticamente toda España, y a comienzos de 1814 se iniciaba la invasión de Francia por el Sur, mientras los aliados empujaban a Napoleón desde Alemania. Si los éxitos españoles al otro lado de los Pirineos no fueron más espectaculares, ello se debe al empeño de Wellington por frenarlos. No convenía sin duda a Gran Bretaña que España se sentase a la mesa de los vencedores con plenos derechos, y pudiese esgrimir la baza de una porción del territorio enemigo en su poder.En realidad, la paz hispano-francesa se firmó por separado. El 13 mar. 1814, el Emperador francés, al borde de la derrota total, suscribía el tratado de Valencay, por el que renunciaba a toda intervención en España, y reconocía como rey legítimo al hasta entonces prisionero Fernando VII. El papel de la diplomacia española en el congreso de Viena (v.), no sólo por la tan decantada torpeza de Gómez Labrador, exagerada sistemáticamente por la historiografía, sino por el empeño de las grandes potencias en arrogarse la exclusiva en el directorio de la nueva Europa, iba a ser mínimo, sin guardar relación con la importancia de la contribución hispana al derrocamiento del Imperio nepoleónico.Conclusión.Lag. de la l.,desdeelpuntodevista material, fue una de las mayores catástrofes de la historia de España, y tal vez no sea inexacto afirmar que, estadísticamente, la más cuantiosa de su Edad Contemporánea. El número de muertos se evalúa en más de un millón, y fue con toda seguridad superior al que registra la Guerra civil de 1936-39. Lo mismo podría decirse de los arrasamientos, destrucciones de ciudades, tala de cosechas y trituración sistemática de las fuentes de producción o vías de comunicaciones.Para comprender la envergadura de esta catástrofe, hay que tener en cuenta una doble circunstancia. Por una parte, el conflicto no estuvo reducido a un frente formal de combate, ni a una zona de lucha determinada, sino que barrió una y otra vez, de arriba abajo, la totalidad del territorio nacional. Madrid cambió seis veces de dueño, y fue de las ciudades que menos sufrieron. Están computados 470 combates o batallas, pero el número total de encuentros debió de ser mucho mayor. Por otra parte, hay que recordar su carácter de guerra total, que provocó acciones destructivas a ultranza por uno y otro bando; no hace falta decir que a la continua y enervante incordia a que fueron sometidos los ejércitos franceses, contestaron éstos con toda clase de saqueos, esquilmamientos y represalias. Gran parte de los tesoros de España fueron llevados a Francia por los generales de Napoleón, y la industria, floreciente como nunca en el país a fines del s. xvin, fue sistemáticamente arrasada, incluso por los aliados británicos, que con pretextos tácticos muy discutibles hicieron bombardear las célebres pañerías de Béjar. Los daños incalculables provocados por aquel arrasamiento total figuran, junto con el simultáneo proceso de emancipación de América, entre las causas principales del subdesarrollo de España en el s. xix. Tampoco debe olvidarse el trauma moral ocasionado por aquel desbordamiento de las pasiones y los odios. Los sermonarios de la época de posguerra insisten llamativamente en la perversión de las costumbres como consecuencia de seis años de atropellos y vida montaraz.La conversión del guerrillero en bandolero es un hecho tan frecuente como poco glosado por la historiografía oficial. Otros muchos de aquellos guerrilleros, acostumbrados a la violencia, la indisciplina y la decisión por cuenta propia, constituirían la plana mayor de las innúmeras revueltas políticas que siguieron.Pero la g. de la I. fue también exponente de la capacidad del pueblo español para reaccionar ante el peligro, de su valor y coraje fuera de serie, y de unas virtudes humanas que sería Napoleón el primero en admirar. La fama de la gesta española se difundió por Europa en un grado realmente extraordinario, y contribuiría a galvanizar la reacción antinapoleónica en Alemania y en Rusia. El nacionalismo romántico magnificaría, a veces entre lugares comunes, la capacidad del "pueblo" para asumir su propio destino y constituir una fuerza irresistible. La historiografía marxista, comenzando por el propio Carlos Marx, pero sobre todo a partir de la obra del soviético Eugen Tarle, consagraría la g. de la I. española como acción revolucionaria desde abajo. Mao Tse-tung y Ho Chi-minh teorizarían, utilizando fuentes sobre la guerra española, el principio de la guerrilla, basado en el concepto de guerra total y en el "odio integral" al enemigo; esquema que ha tratado de aplicarse, p. ej., al caso del Vietnam. Pero, es preciso repetirlo, la g. de la I. española tiene la suficiente personalidad histórica para merecer una particular atención, con independencia de su utilización, muchas veces arbitraria, como instrumento doctrinal.J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL.: J. GÓMEZ DE ARTECHE, La Guerra de la Independencia, 14 vol., Madrid 1868-1903 (obra clásica, muy erudita). La mejor colección moderna de monografías en Estudios de la Guerra de la Independencia, 4 vol., Zaragoza 1959-67; R. CALVO SERER, España y la caída de Napoleón, en Historia de España de "Arborn, Madrid 1953; J. M. JOVER, La Guerra de la Independencia en el marco de las guerras europeas de liberación, Zaragoza 1958; M. ARTOLA, Los orígenes de la España contemporánea, Madrid 1959; H. JURETSCHKE, Los afrancesados en la Guerra de la Independencia, Madrid 1962.
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