Impulsos SOCIOL.
Categoria:
Sociología
Psicológicamente la noción de i. es correlativa de la de instinto (v.). En el lenguaje habitual ambos términos se emplean, a veces, en forma indistinta. Uno y otro se refieren a las naturales tendencias del ser vivo como expresión de necesidades fundamentales o primarias.Las funciones impulsivas o de tendencia se diferencian de las afectivas (v. AFECTIVIDAD). F. Brentano (v.) y otros psicólogos incluyen todas en lo "emotivo". P. Lersch (v.) las integra funcionalmente en el "fondo endotímico", descrito por él, junto a los apetitos, emociones, sentimientos y estados de ánimo; es decir, abarca todo lo que al sujeto le es dado desde fuera de la conciencia (v.).Sin embargo, es posible, incluso aconsejable, distinguir la mera tendencia natural o instinto de los i. propiamente dichos. Primero por el carácter básico de los i. Se trataría no sólo de la expresión energética de un principio vital, elemento dinámico indispensable para la actuación de las tendencias concretas, sino también de un concepto genérico y abarcativo de la actividad específica de los organismos vivos. Respecto del i. como innata disposición direccional, los instintos son disposiciones instrumentales. Segundo, la dirección de este i. vital básico en el hombre, aun estando menos elaborada que en los instintos concretos, tiene un alcance mayor. Freud (v.), p. ej., reconoce la existencia de un "i. a pensar" y Adler (v.) deriva las tesis de la Psicología individual (v.) del "i. de superación" como ley fundamental de la vida. Ciertamente, la actividad en todos los niveles funcionales del ser personal -incluido lo específicamente racional- es efecto de las múltiples direcciones del i. Son i. de lenguaje, pensamiento y conocimiento; i. religiosos, éticos, estéticos, políticos, etc. El i. viene a cualificar funcionalmente los tres fundamentales modos del ser psíquico, dando lugar a las correspondientes operaciones: instintivo-biológicas, sentimentales o afectivas y racionales o noéticas. En este sentido, el i. que sirve para definir las tendencias activas está más bien del lado del acto que de la potencia, según R. Jolivet (v. o. c. en bibl.).El i. como epifenómeno genérico de la vida se concreta y singulariza primordialmente en dos formas tan precisas como significativas de la paradójica antinomia de lo biológico: las reacciones de defensa, como prueba de la existencia de un principio económico de actividad, y el juego como expresión del "lujo" o superávit energético que preside las funciones vitales.Las llamadas reacciones de defénsa se ponen de manifiesto en situaciones de peligro. Se consideran como formas primarias del instinto de conservación y son comunes a todas las especies animales. Lo elemental de su estructura las aproxima a las acciones reflejas (v. REFLEJOS).Frente al peligro, el animal reacciona siempre con dos pautas, que se excluyen o combinan según los casos.1. La primera es la inmovilización o "reflejo cadavérico". El individuo amenazado tiende a suspender su actividad tratando de confundirse con el medio que le rodea. De esta suerte escapa del campo visual de su real o presunto perseguidor. El fenómeno, profundamente anclado en lo biológico, se realiza con un polimorfismo y ubicuidad tan ricos como la propia naturaleza. Todas las especies animales poseen de alguna manera el mimetismo del camaleón. El animal perseguidor suspende su acción cuando el perseguido deja de moverse.2. No siempre el individuo amenazado reacciona con la quietud. Puede hacerlo también con una especie de actividad tumultuosa y aparentemente desordenada: la "tempestad de movimientos". La significación es obvia: a través de un tanteo de todas las acciones posibles el animal encuentra aquella que le permite escapar.Ambas formas de respuesta fueron interpretadas por Kretschmer (v.) como el modelo o estadio primitivo de los trastornos que en el hombre se manifiestan bajo el síndrome histérico (v. HISTERIA). Responden a mecanismos hipohúlicos (por debajo de la voluntad) e hiponoicos (al margen de la conciencia). López Ibor (v.) ha propuesto denominarlas, respectivamente, reacciones de sobrecogimiento y de sobresalto. Desde el simple desmayo a la paralización de un miembro o una función aislada, a la pérdida de la total actividad externa a causa del miedo, pueden observarse muy variadas formas de expresión del sobrecogimiento. En los casos graves (personalidades muy primarias, situaciones de pánico por siniestros catastróficos) puede llegarse a reducciones del campo de la conciencia próximas al estupor (v.). El sobresalto se manifiesta también de diversas formas: la simple inquietud interior ("nervios por dentro"), el dar vueltas a la habitación, el pasear de aquí para allá de quien espera o teme un mal suceso, la huida atropellada del terror colectivo (incendios, guerras, etc.), o la simple reflexión apresurada en pesquisa de fórmulas que permitan escapar o resolver una situación, son el equivalente humano de lo que acontece en el reino animal.El contrapunto significativo de las antecedentes formas de expresión del i. vital básico aparece en el juego. Sin perder sus radicales instintivos, el juego tiene un alcance tan amplio como tendencia natural que no pocos pensadores (Huizinga, p. ej.) han visto en él la raíz motivadora de toda vida típicamente humana. El hombre juega desde los primeros meses de la vida hasta sus últimos momentos. Se practican juegos y deportes o se participa como espectador. Independientemente de la creación de intereses de todo orden, en rigor quien interviene en el juego lo hace motivado por algo que va más allá, o queda al margen, de la intención (económica, política o cultural) de sus promotores. Ese "algo" es la mera afirmación vital, el testimonio protagonizado o espectacular del viviente frente a sí mismo o frente a los demás. Es un "porque sí" absoluto contrapuesto frente a la natural exigencia del quehacer "por algo".La estructura psicodinámica del juego y del deporte contiene en niveles de simple tendencia las dimensiones constitutivas de la vida concreta: adiestramiento en la repetición, ascesis en la exigencia de prescindir de lo superfluo, solidaridad en la práctica asociada, dramatismo en el esfuerzo, espectacularidad en la comunicación y lujo como requerimiento del ocio creador. No importa que la inteligencia humana imprima a los juegos complejidad y diversificación multiplicando los modos y las reglas. En el juego siempre queda un margen para el azar que es como la fantasía en el acontecer. Este hecho es la prueba de su irreductibilidad a otros i. y la revelación de que el llamado "espíritu de aventura" manifiesta el radical carácter abierto -ya en sus planos más profundos- de la vida humana.Trastornos de la impulsividad. Hay una patología de los i. como la hay en la conducta instintiva. Las alteraciones de los i. proceden tanto de su anclaje somático como de su proyección psicológica. La impulsividad depende del funcionamiento del sistema neuroendocrino. El déficit de hormonas tiroideas y suprarrenales va seguido de un descenso general de la impulsividad; la hipersecreción de las correspondientes glándulas provoca, por el contrario, aumento de la sensibilidad, de los movimientos y de la tasa impulsiva. Efectos semejantes se producen en los cambios funcionales de las gónadas. También intervienen en la regulación de los i. las estructuras neurovegetativas, principalmente, a nivel del cerebro medio (v. CEREBRO). Son típicas las alteraciones de los i. en ciertas enfermedades inflamatorias del sistema nervioso central (encefalitis, parkinsonismo, intoxicaciones, etc.): los pacientes pueden llegar a no querer, simplemente, por no poder. La oligofrenia (v.) profunda y otras dolencias de carácter congénito con marcado déficit orgánico tanto pueden inhibir la impulsividad como intensificarla. Lo mismo ocurre con trastornos psicopatológicos de rango superior: las psicosis (v.) que se acompañan con exaltación del estado de ánimo, aumentan la tasa de i., y al revés. En la propia fatiga física se experimenta igualmente como pérdida de la energía de la atención, del interés por las cosas y aun de falta de voluntad. La gana y la desgana dependen, por último, de las situaciones personales; de suerte que los i. pueden no sólo estimularse, sino también ser dirigidos incluso desde el exterior.V. t.: INSTINTOS.J. M. POVEDA ARIÑO.
BIBL.: M. CRUZ HERNÁNDEZ, Le"iones de Psicología. Madrid 1965; R. JOLIVET, Psicología, tratado de filosofía, Buenos Aires 1956; P. LERSCH, La estructwa de la personalidad, Barcelona 1959; W. STERN, Psicología general, Buenos Aires 1957.
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