Horacio
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Biografía GER
l. Origen y educación. El poeta latino Quinto Horacio Flaco nace en Venusia (actual Venosa), en los confines de Apulia y Lucania el 8 dic. 65 a. C. A diferencia de Virgilio (v.) y de los novi poetae, que procedían, casi en bloque, de la Italia septentrional, él pertenecía, por tanto, a la región itálica donde, desde hacía mucho tiempo, se había fundido la cultura romana con la griega. Está fusión, íntima y coherente, será el distintivo del arte horaciano (cfr. Carmina, 111,30,10-16). Poseemos muchas noticias del poeta, que él mismo introdujo en sus escritos y fueron aprovechadas por Suetonio (v.), su biógrafo. Era hijo de un liberto que, como recaudador de impuestos en las subastas públicas (coactor), había logrado cierta bienandanza; sólo preocupado por la educación del muchacho, le facilitó los medios necesarios para asistir a las escuelas que solían estar reservadas a los hijos de los senadores y caballeros. Le llevó a Roma y le procuró la enseñanza de los mejores maestros; descuella, entre ellos, L. Orbilio Pupilo, de Benevento, que dejó en H., por su humor difícil y su afición al uso de la férula, un recuerdo repulsivo, resumido por el poeta en la expresión plagosus Orbilius, brutal Orbilio (Épodos, 11,1, 70-71). Quizá se deba, en parte al menos, a esta circunstancia la aversión que iba a manifestar H. (cfr. Épodos, 11,1,34) hacia la literatura arcaica, cuyos textos (como la Odusia de Livio Andrónico), ya demasiado ásperos para el gusto de los jóvenes, seguían figurando en los programas de los profesores tradicionalistas.2. Inclinación al epicureísmo. Aunque la base de la educación literaria que le impartían los gramáticos eran los estudios sobre la poesía latina y griega, H. demostró pronto tendencias reflexivas y realistas, que despertaron su interés por la filosofía, entendida en el amplio sentido socrático de "amor a la sabiduría", pero con intención moral. De aquí que, al menos en sus primeros tiempos, acusara la influencia de la escuela epicúrea (v. EPICÚREOS), profesando un epicureísmo sutil, amante de la vida retirada, dispuesto a acoger todos los placeres de la existencia, pero no ajeno a los vaivenes del Estado. Esta tendencia respondía no sólo al espíritu de H., sino a las mismas convicciones del momento histórico, cuando aún subsistía la inquietud de las guerras civiles, entre las que había surgido el grave mensaje del De rerum natura de Lucrecio (v.). No es de extrañar, por tanto, que el joven venusino aparezca, poco después de Virgilio, en la tertulia de los "intelectuales" que en Nápoles y Herculano cultivaban la filosofía en el "jardín" epicúreo de Sirón y Filodemo. Sólo ignoramos si empezó a frecuentar dicha escuela antes de su viaje a Atenas (45/44 a. C.) y su participación en la guerra civil, o más tarde, después de su regreso de la guerra (42 a. C.). El dato, aunque importante, no es esencial para definir el temperamento político de H. y comprender su apoyo a los ideales de la libertad republicana.3. Experiencia política y militar. Ya en el periodo de la contienda entre César y Pompeyo, antes y después de Farsalia (especialmente del 45 al 43 a. C.), hubo no pocos personajes de relieve, afiliados a la escuela epicúrea, que combatieron en defensa de la República, contra los "tiranos", responsables de la ruina. Esta actitud política del epicureísmo romano se acentuó como nunca tras el asesinato de- César, entre el 44 y el 41, al desarrollarse la lucha de los llamados "libertadores" o "tiranicidas" (singularmente, Bruto y Casio) contra Antonio y Octaviano. Es el momento en que H., que ha empezado a revelarse como poeta, se suma a la refriega: apenas ha cumplido 20 años de edad. También Venusia, su ciudad natal, se ha unido a la causa de Bruto y Casio. El joven poeta se traslada a Atenas (45/44), para perfeccionarse en los estudios o para respirar mejor el clima de la sublevación republicana, o acaso por ambos motivos a la vez: la ciudad había hecho erigir estatuas a Bruto y Casio junto a las de los antiguos héroes de la libertad ática, Harmodio y Aristogiton. Casi al mismo tiempo se refugian en Atenas otros miembros de la aristocracia romana; llega también allí, después de la muerte del dictador, Bruto en persona, bajo el pretexto de asistir a las lecciones de la misma academia que frecuentaba H., pero con el propósito de organizar su ejército para el desquite. Los hechos se precipitan. Bruto, rígido mentor de las más altas virtudes, no rehúsa admitir a H., aunque hijo de un liberto, en su filas y hasta le confiere el grado de tribuno militar. Desde aquel momento, el poeta, al frente de una legión, sigue al ejército de Bruto durante dos años (43-42), en Macedonia y Asia Menor. En la batalla de Filipos (octubre 42) se cuenta entre los vencidos y simboliza su rendición al vencedor en el conocido episodio (simple motivo literario) de la "rodela no heroicamente lanzada" (Carmina, 11,7,9-10) en la rápida huida.Gracias sin duda a una amnistía, regresa a su patria, pero "alicaído, despojado de la herencia paterna, sin casa ni hogar" (Épodos, 11,2,50-51); los bienes paternos de Venusia, en efecto, siguiendo la suerte que los triunviros habían reservado a las tierras de las ciudades que se alzaron contra ellos, le habían sido confiscados. Se trata del mismo drama que inspira a Virgilio, entre el 41 y el 39, el realismo de sus Bucólicas. No de otro modo H., aunque reingresa arruinado y sospechoso en la vida civil, saca de tantos sufrimientos la "audacia" (Épodos, 11,2,51) de hacer versos, pero no iluminados, como los de Virgilio, por el sueño de unos tiempos mejores, sino brotados de la amargura, el despecho y la ironía; es la tónica que acusan las más antiguas composiciones de los Épodos y las Sátiras, con las que el poeta intenta imponerse por medio del escándalo. Tras el fracaso de su experiencia política y militar, se hace más "realista" y se procura para vivir un empleo cualquiera, como escribiente o secretario en la administración fiscal de los cuestores (scriba quaestorius).4. Iniciación de la típica vida horaciana. No más de cuatro años dura esta situación. Virgilio y Vario, de cuya amistad gozaba desde sus años de formación en la escuela epicúrea, le presentan a Mecenas a comienzos del 38. A los sentimientos de admiración y estima que se apresura a demostrarle el sagaz ministro de Octaviano, no tarda en unirse el favor personal de éste, de cuya política, por otro lado, fue haciéndose partidario H. ya antes de la victoria de Accio (31 a. C.). La proverbial amistad de Mecenas y H. se mantuvo a lo largo de 30 años, hasta la muerte, casi simultánea, de ambos. Mecenas colma al poeta de estímulos, comodidades y regalos, dispensados con tanta elegancia que nunca llega a incomodar la orgullosa independencia de su carácter. Entre los obsequios, descuella el de una finca en el ameno valle de Licenza, en la Sabina, donde H., después de su juventud borrascosa, llega a encariñarse con el campo y la vida tranquila; allí, satis beatus unicis Sabinis, feliz en la incomparable Sabina (Carmina, 11,18,14), goza de su soledad con cierto egoísmo, mientras va serenándose su temperamento inquieto y versátil hasta la paradoja. No abriga más ambiciones entre aquellas montañas. Aunque se siente cada día más atraído por las ideas de restauración romana encarnadas en Octaviano, ya convertido en Príncipe y Augusto, defiende con tesón su libertad y rechaza cualquier cargo de prestigio, como el de secretario y comes del Emperador. El carácter del poeta se hace, a pesar de todo, comunicativo, jovial e indulgente, a menudo tierno y agudo; aspira a ser particularmente sincero y lúcido. Comienza de esta forma la verdadera vida típica de H., encerrada en sus amistades, estudios, su ocio, sus amores y gustos campestres: una vida introvertida, entregada al cultivo de la filosofía y el arte, en cuyo ámbito florece la mejor parte de su poesía.5. El mundo de la sátira. Por sus inclinaciones de artista refinado, enamorado de la perfección formal, compone lentamente, con tacto y paciencia. Esta postura relaciona su ideal artístico, pese a las reservas que puedan formularse, con el de los novi poetae. Pero la relación no es sólo técnica, sino sustancial, especialmente si se analiza el primer gran periodo de la obra horaciana, representado por el librito de los Épodos y los dos libros de las Sátiras, que el poeta redacta aproximadamente en el decenio inmediato a la batalla de Filipos (40-30 a. C.). A pesar de ciertos rasgos que delatan la inmadurez o la agitación del que se busca a sí mismo, no es difícil sorprender en esta primera producción la originalidad del poeta, germinada en el ideario de los neóteroi (modernistas). Si buena parte, en efecto, de la poesía de Catulo (v.) y de sus amigos se distingue por su impulso acometedor, mordaz, obsceno y, en cierto modo, revolucionario, H., incapaz de ver calmada su pesadumbre con los recursos del epicureísmo, conjuga aquel ideario con la triste realidad en que lo han hundido las guerras civiles: el desdén, la ira, la detracción, la ironía pasional o filosófica serán los frutos de esta unión. Nos hallamos en el mundo de la "sátira", que en H. ocupa la doble vertiente de las llamadas Sátiras, escritas en hexámetros dactílicos, y de los Épodos, en metros líricos, casi siempre dísticos yámbicos. En el fondo de esta obra, tanto por su contenido como por sus metros, se nos aparece la remota figura de Lucilio, modelo ético de Horacio. El propio poeta no oculta sus inspiradores (Épodos, 1,19,23-25; Sátiras, 11,1,28-34). La fama de Lucilio debía de ser "asfixiante" para todo nuevo satírico romano. Pero H. reprocha al poeta de Suessa Aurunca, así como a todos los arcaicos, graves defectos de "arte" (Sátiras, 1,4,9 ss.; 1,10,50 ss.). Educado en la disciplina de los neóteroi, adopta desde sus primeros años de actividad una postura crítica y revisionista que, gracias a su talento, le permitirá, por un lado, "perfeccionar" la técnica de los poetae veteres y, por otro, "consumar", como Virgilio, la reforma de los poetae novi. Y esto, en el doble plano de la práctica y la teoría: como realizador y como legislador literario.6. Los "Épodos". Son una compilación de 17 poemas cortos (compuestos a partir del 41 y publicados en el 30 a. C.), de tono generalmente agresivo, violento o sarcástico, no siempre dominados por el freno del arte, a menudo deformados por el énfasis y la retórica. El poeta los designó con el simple nombre de lambi, quizá para despertar el recuerdo de la poesía yámbica griega (Arquíloco, Hiponacte y la Antigua Comedia Ática). Algunas de estas piezas contienen repulsas contra las guerras civiles (7.16), o invectivas contra ciertos condimentos (3) y contra figuras de la vida pública o privada, como un esclavo, de difícil identificación (4 ); contra enemigos literarios, como Mevio, y quizá Bavio, los "detractores" de Virgilio (10.6); contra mujeres depravadas o repugnantes, como la hechicera Canidia o la anciana libidinosa (5.17; 8.12). Nos hallamos todavía en el mundo agitado de los verdes años del poeta; pero no pocos indicios anuncian en los Épodos un Horizonte distinto que van a presidir la paz, el orden y la serena contemplación. Este sentimiento aflora en el grupo de los yambos más sentidos y más bellos, afines a las odas futuras, de tipo conviva¡ o confidencial, en los que el autor traza un cuadro de la vida del campo -irónico sueño rural del usurero Alfio- (2), o descubre sus cuitas amorosas y sus inclinaciones báquicas (11.13.14.15), o expresa a Mecenas el deseo de acompañarlo en la expedición de Accio (1), o se alegra con él, en una oda triunfal, por la victoria allí conseguida por Octaviano (9).7. Las "Sátiras". De ambos aspectos prrticipan también las Sátiras. La tradición denomina con este título unas composiciones que el poeta definía como Sermones, es decir, "conversaciones" o "charlas", con lo que se evoca mejor su originalidad, derivada del movimiento abigarrado y coloquial del estilo. Esta obra comprende dos libros: el 1, compuesto entre el 41-35, fue publicado en el 35; el 11 fue redactado entre el 35-30 y probablemente dado a la luz el año siguiente. Aunque enraizadas en Lucilio, pero más cuidadas que las del antiguo maestro, las Sátiras de H. se inspiran en la actualidad de su época y en su crónica escandalosa, para alcanzar un nivel de diatriba indignada, a menudo oratoria. Mas no siempre esta temperatura corresponde a la índole de H. ni al espíritu de su época; por ello, el sarcasmo o la ironía se convierten tantas veces en simple chanza, así como los individuos repugnantes y los vicios en seres ridículos y extravagancias genéricas. Los contrastes son innegables, pero la evolución no sigue un trazado metódico. Así, de las sátiras sobre P. Rupilio Rex (1,7), las brujas del Esquilino (11,8), la locura humana (11,3), la hipocresía y la severidad de los estoicos (1,3), el cazador de testamentos (11,5) o la mezquindad de una cena ofrecida por un nuevo rico (II,8), se pasa insensiblemente a la serenidad de otras piezas, en las que se narra el viaje a Brindis (I,5), se describe, en una apología personal, la amistad con Mecenas (1,6), se elogia la vida del campo (11,6), se analiza la figura del latoso en medio de los fastidios de la Urbe (1,9), se platica sobre la sencillez y la frugalidad (II,2), se discuten con un epicúreo ciertas reglas de gastronomía (11,4), se desarrolla alguna paradoja estoica (11,7) o se discurre sobre la disyuntiva de los defectos (I,1). No puede faltar, en medio de tantas descripciones amenas o repulsivas, la voz del teorizador moral y estético: el crítico arremete contra los versos fáciles de Lucilio y se defiende de la acusación de difamador (I,4), expone problemas políticos e ideas literarias (1,10, pieza precursora del De arte poetica) o define el carácter de la sátira como elemento reformador (11,1).8. Evolución al segundo periodo de su producción. Con lozanía y sinceridad, con perfecto dominio del diálogo y de la puesta en escena, H. desarrolla libremente, a través de personajes más o menos ficticios, pero siempre vivos, los temas de moral práctica por los que se siente más inclinado. Como condiciones de la felicidad defiende la parquedad rústica, la amistad y la independencia; concilia la moral epicúrea con las tradicionales virtudes romanas. De aquí, la elevación moral y estética que año tras año se observa en el espíritu del poeta; H. abandona las escorias del pasado, los lastres convencionales de la imitación y la fantasía, los accesos de la pasión y toda ampulosidad de fachada externa, para penetrar en sí mismo y reflejar en su obra la imagen de su propia vida -incedo solus, camino solo (Sátiras, 1,6,112)- o la de los humildes personajes, esclavos y labriegos, que le rodean en su quinta. Gracias a estos propósitos, una materia aparentemente rebelde a las exigencias del arte se transforma en poesía, tal vez humilde y llana, pero henchida de humanidad, encanto y gracia, capaz de embellecer las más pequeñas cosas. De este cambio de inspiración, tan visible en las composiciones más serenas de los Épodos y las Sátiras, brotará el segundo periodo de la actividad horaciana: el representado por el poeta lírico de los Carmina (Odas).9. Las "Odas". Si los Épodos y las Sátiras fueron compuestos aproximadamente entre el 40 y el 30 a. C., entre la batalla de Filipos y la victoria de Accio, las Odas pertenecen en general al decenio que media entre Accio y la consolidación del principado de Augusto. Algunas de estas piezas, sin embargo, tienen que pertenecer cronológicamente al periodo anterior. Los tres primeros libros de las Odas fueron publicados, como un corpus definido, en el 23, cuando H. había alcanzado los 40 años de edad. Más tarde, quizá después del 17, a petición de Augusto, el poeta añadirá el IV libro (y, con él, el Carmen saeculare, del 17), a manera de suplemento, publicado hacia el 13, para agrupar aquellas pocas odas que, con el propósito de celebrar acontecimientos "nacionales", H. se decidió a componer en los últimos años de su vida, cuando ya se hallaba abstraído en otra empresa literaria, la de las Epístolas. Es en las Odas donde H., consciente de su propio talento, vuelca toda su potencia lírica y supera el programa iniciado por los poetae novi; en ellas adivina la base de su inmortalidad (111,30, 1: exegi monumentum aere perennius, he acabado un monumento más duradero que el bronce). Aunque Roma había conocido, especialmente con Catulo, la poesía lírica, H.,. quiso recabar para sí el honor de aclimatar en su patria toda la variedad del lirismo griego. En realidad, más que el contenido de la lírica eolia (v. ALCEO, ANACREONTE, sAFO) y doria (v. PÍNDARO), imitó sus múltiples formas y fijó con mayor rigor sus ritmos, pero sin ceder a la tentación de reproducir la técnica de las odas corales. Maestro de la lengua y la métrica, el poeta llega a obtener del latín efectos admirables ajustándose a una forma muy sobria, que se abstiene severamente de los adornos de la poesía neotérica.10. Los "Carmina". Tan rica como la métrica utilizada por H. en sus Carmina se nos presenta la temática de la obra. Todos los temas (personales, públicos, mitológicos, filosóficos, paisajísticos, amistosos, amorosos, patrióticos) pueden ser objeto de la inspiración lírica; el poeta no prescinde de ninguno y hasta los baraja en sus libros. Una parte de las Odas, de tono epicúreo o moralizante, parece una réplica lírica de algunos puntos de los Sermones (1,34.38; 11,2.3.10.11.14; 111,2.16.21.23.24); otras muestran a un H. prendado del arte y orgulloso de su genio (1,1.26.32; 11,20; 111,1.13.30; IV,1.3.6.8.9), o fiel a sus viejos y nuevos amigos (1,3.6.7.20.24.29.33.35.36; Il,1.6.7.9.12.17; 111,8.17.29; IV,11.12), u obstinado en las experiencias amorosas, propias o ajenas, a veces ya marchitas (1,5.13.16.19.23.25.27.30; 11,4.5.8; 111,7.9.10.11. 12.15.19.20.28; IV,10.13), o encariñado con los goces sencillos, la medianía y la naturaleza (1,4.9.17.18.22; 11,15.16. 18; 111,13), o sólo preocupado por la hora presente (1,11; 111,6; IV,7). No escasean las plegarias a los dioses, aunque exentas de toda emoción religiosa, ni los recuerdos míticos (1,10.12.15.21.28.31; 11,19; 111,3.18.22.26.27; IV,6), ni los elogios a Octaviano-Augusto (1,2.37; 111,4.14.25; IV,2.5. 15), a Roma y la República (1,14; 111,3) y a diversos héroes (111,5; IV,4.14). Sobresale en este clima de elevación moral y patriótica el Carmen saeculare, himno litúrgico oficial del poeta, cantado en honor de los dioses por un coro de 27 muchachos y 27 muchachas nobles el tercer día de los juegos seculares ofrecidos por Augusto a comienzos de junio del 17 a. C. Pese a su elegante simplicidad, el himno, escrito en estrofas sáficas, expresa con realismo y energía los más hondos sentimientos del mos maiorum (tradiciones de los antepasados) y de la romanidad dirigida por el Emperador.Considerada en su conjunto esta esfera lírica de los Carmina, no puede ciertamente sostenerse que el mejor H. resida en sus aspectos político, civil o épico; nos dejará siempre perplejos su pretendida adhesión a la política y al régimen de Augusto. Horacio sintió como pocos la grandeza de Roma y el orgullo de ser romano; pero hay que distinguir siempre, para comprenderlo, entre Roma y Augusto. Poeta civil a pesar suyo, especialmente en sus llamadas "odas romanas" (las seis primeras del libro 1II), adolece, pese a su ars siempre segura, de la falta de ingenium (temperamento o inspiración) indispensable: es insincero o falso ante la realidad política; no puede remontarse hasta el verdadero nivel épico. Alcanza, a lo sumo, el estilo, pero no la poesía, de Píndaro. La mejor poesía horaciana de los Carmina, nacida en la postura vital del epicureísmo, es la del dolor, la soledad y el amor, que responde a una realidad biográfica. El Musarum Sacerdos, Sacerdote de las Musas (111,1,3), solemne, pero frío, sin fe, intenta en vano superar al hombre del carpe diem, aprovecha el día presente (1,11,8), al hombre de verdad, al "yo" interior. No es de extrañar, por tanto, que ya después de la publicación, en el 23 a. C., de los tres primeros libros de las Odas concibiera H. la idea de abandonar la poesía, como materia fútil, para dedicarse exclusivamente a los estudios de la filosofía en su proyección sobre la sociedad.11. Las "Epístolas". Una impresión de vejez prematura persuadía al poeta a recoger las velas a fin de prepararse para el supremo viaje (cfr. Épodos, 1,1,7 ss.). Pero esta misma decisión dio como resultado, en un hombre inevitablemente poeta como él, una nueva serie de ejercicios en verso, que, por el estado de madurez y probable desilusión del poeta, ya no podían revestir forma "lírica" ni "satírica" o polémica, sino la de unos nuevos sermones, transformados en benévolas pláticas e instalados en la vía del análisis interior. Nacieron así, en el decenio comprendido más o menos entre el 23 y el 13 a. C. (periodo que quizá se prolonga hasta la muerte del poeta), dos nuevos libros de sermones, de argumento filosófico y literario, también escritos en hexámetros, a los que la tradición, a fin de distinguirlos de los dos libros juveniles, da el título de Epistulae: se trata, en efecto, por su forma, de "epístolas" o cartas dirigidas a varios amigos o simpatizantes. El I libro, el más rico y variado, consta de 20 composiciones destinadas a personajes ilustres u oscuros, y acaso imaginarios: Mecenas (1.7.19), Máximo Lolio (2.18), julio Floro (3), Tibulo (4), Torcuato (5), Numicio (6), Albinovano Celso (8), Tiberio (9), Aristio Fusco (10), Bulacio (11), Iccio (12), el esclavo Vinio Asina (13), el granjero de su villa de la Sabina (14), Vala (15), Quincio Hirpino (16), Esceva (17), su mismo libro (20). Concebido inmediatamente después de los tres primeros libros de los Carmina, el I libro de las Epístolas fue ordenado y publicado por el autor hacia el 20 a. C. El II libro, por el contrario, sólo comprende tres epístolas, pero muy extensas, respectivamente escritas para Augusto (1), para julio Floro, secretario del joven Tiberio (2), y para la ilustre familia de los Pisones, padre e hijos (3, la denominada De arte poetica). El libro pertenece a los años 19-13 a. C. y probablemente fue editado por otros después de la muerte del poeta.Existen notables diferencias en el contenido de los dos libros de las Epístolas. Prevalece en el I el tono moral, aunque sin intención pedagógica. A raíz de impresiones, lecturas, circunstancias de la vida, e incluso invitaciones sociales, el poeta discurre con llaneza, mediante divagaciones y meditaciones, acerca de los factores, algunos reiterativos, que contribuyen a la serenidad del alma: la importancia de la filosofía para cerrar una vida feliz (1), la evasión de la frivolidad (3), los consejos morales que se desprenden de Homero (2), la verdadera libertad individual contra los excesos de la adulación (7.9.13.17.18. 19), la áurea moderación en todo (5.6.10), los deleites del campo (12.14.15.16), los goces de la vida presente (4.11), la lucha contra el abatimiento (8.20). En cambio, las tres epístolas del II libro versan fundamentalmente sobre argumentos literarios, tan agradables siempre al poeta. Siguen siendo, como las del I libro, reflexiones subjetivas, pero no sobre H. como hombre, sino sobre H. como artista y crítico: reflejan, en el fondo, una pugna entre "antiguos" y "modernos", sostenida por un moderno. De aquí, su valor propiamente didáctico, tanto en la epístola dedicada a Augusto (1), síntesis sobre la evolución de la poesía romana, como en la dirigida a Julio Floro (2), justificación de su negativa a seguir escribiendo odas. Sobresale, en este sentido, la carta a los Pisones (3), la llamada De arte poetica, un amplio tratado, no siempre sistemático, sobre el estilo, los elementos literarios, los géneros, el teatro y la función de la poesía: pese a su carácter técnico, fundado en los manuales de las escuelas helenísticas, la famosa epístola encierra todos los atractivos de una conversación, donde, junto a consejos estéticos, que el poeta no trata de imponer, vibran aquellos capitales principios de vida virtuosa, no sólo privada, sino cívica, que a la sazón se habían adueñado de la mente de Horacio. El De arte poetica es su verdadero testamento literario.12. Últimos años. No deja de ser extraño, con todo, que durante los mismos años a que pertenecen estas tres epístolas (la redacción de la 3 puede haberse alargado hasta el año 8, en que muere el poeta), H., a fin de hacerse portavoz de las aspiraciones de su patria, renunciara excepcionalmente a sus deseos de abandonar la lírica y compusiera el Carmen saeculare y las otras odas, de interés más bien político, que forman el 1V libro de sus Carmina. Quizá se ha dado demasiada importancia a esta aparente contradicción, llegándose a hablar, incluso, de una "conversión" del poeta, reflejada en las Epístolas. En realidad, H. vacila siempre entre los dos polos de la sapientia: el que le atrae hacia los intereses del Estado y el que le absorbe de nuevo hacia el estudio del "yo". Su epicureísmo juvenil, que nunca había sido "fanático" -pese a la definición cómica de sí mismo: Epicuri de grege porcus, cerdo de la piara de Epicuro (Épodos, 1,4, 16)-, sufría ahora los influjos de otras escuelas, como la académica, la peripatética y singularmente la estoica (V. ESTOICOS), la que mejor armonizaba con el programa de restauración moral, política y religiosa de Augusto. Sería ocioso buscar ninguna posición intransigente o dogmática en un poeta que se considera en su madurez nullius addictus iurare in verba magistri, sin estar obligado a jurar bajo palabra de ningún maestro (Épodos, 1,1,14). Fuera de este ámbito de absoluta independencia espiritual, no puede comprenderse la verdadera posición ecléctica de H., tanto en su juventud como en su madurez. A partir del 13 a. C., término aproximado tanto de sus Epístolas como del IV libro de sus Carmina, la musa del poeta guarda completo silencio. Ignoramos si H. sufría alguna dolencia o si prefería encerrarse definitivamente en sí mismo. La muerte le sorprendió en Roma (27 nov. 8 a. C.), a sus 57 años de edad. Pocas semanas antes había muerto Mecenas, su inseparable amigo.V. t.: GÉNEROS LITERARIOS.DOUGLAS PICKETT.
BIBL.: A. DUPOY, Horace, París 1928; N. TERZAGHI, Orazio, Roma 1930; E. TUROLLA, Orazio, Florencia 1931; 1. F. D’ALrox, Horace and his Age: a Study in historical Background, Londres 1917; A. ROSTAGNI, Orazio, Roma 1937; G. PASQUALI, Orazio lírico, con adiciones de A. LA PENNA, Florencia 1966; P. GRIMAL, Horace, París 1958; E. FRAENKEL, Horace, Oxford 1958; L. P. WILKINSON, Horace and his lyric Poetry, Cambridge 1951-52; E. CASTORINA, La poesía d’OrazIo, Roma 1965; E. STEMPLINGER, en RE VIII (1913), 2336 ss.; C. BIONE, Orazio e Virgilio. Un ventennio di vita spirituale nella Roma augustea, Florencia 1936; L. DALMAsso, L’opera di Augusto e la posizione artística di Orazio, Turín 1934; T. ZIELINSKI, Horace et la société romaine du temps d’Auguste, París 1938; W. WILi, Horaz una die augusteische Kultur, Basilea 1948; G. LUGLI, La villa d’Orazio nella valle del Licenza, Roma 1930; G. H. HALLAM, Horace at Tibur and the Sabine Farm, Harrow 1927; V. BOCCHETTA, Horacio en Villegas y en fray Luis de León, Madrid 1970; M. MENÉNDEZ PELAYO, Horacio en España, Santander 1951.-Ediciones críticas completas: C. E. BENNETT y H. RUSHTON FAIRCLOUGH, 2 vol., Cambridge, Mass., 1964-66, col. "Loeb", con trad. inglesa; F. VILLENEUVE, 3 vol., París 1967-69, colección "Budé", con trad. francesa; E. C. WICKHAM y H. W. GARROD, Oxford 1967; F. KLINGNER, LeipZig 1970.
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