Holandesa, Escuela (pintura) ARTE
Categoria:
Arte
No sería posible trazar un resumen de la pintura holandesa sexcentista sin considerar las posibles causas que condujeron a su homogeneidad y a su carácter de escuela cerrada dentro de unos principios estéticos bien precisos. Si durante la Edad Media y el s. xvi nada parecía escindir la unidad del arte de los Países Bajos, dadas las escasas diferencias regionales, perfectamente lógicas por otra parte, existentes entre el Norte y el Sur, entre holandeses y flamencos, la cuestión toma un cariz muy diferente cuando han mediado las guerras de religión entre unos y otros, y tanto más cuando la Tregua de los 12 años (1609) reparte los Países Bajos en dos Estados: el Flandes católico, fiel a la monarquía española, gobernado por los archiduques Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia, y las Provincias Unidas, esto es, Holanda, gobernada primero por Mauricio de Nassau, luego por Guillermo II, en cuyas manos el estatuderato se reafirmó con singular prestigio. Pues bien, esos 12 años de paz y el sentido de la independencia constituyen la clave principal del legítimo orgullo de un nuevo Estado europeo que suscita en sus artistas una estética nacional bien acusada. La distancia entre Amberes y Amsterdam, menor de 150 Km., no había cambiado, naturalmente, pero cotejando el arte desarrollado en ambas ciudades, se diría que era larguísima.Sea el luteranismo, sea el orgullo de la reciente independencia, o la conjunción de ambos factores, el hecho es que Holanda agudizó sus diferencias con Flandes. Desde luego, la primera deriva de la religión. En la pintura holandesa es rarísimo encontrar temática religiosa, cristiana, y la excepción de determinados cuadros de Rembrandt (v.), con su personalísimo tratamiento, no hace sino confirmar la regla. Pero, como era de prever, otras circunstancias se aprestan a colmar la laguna. Así, p. ej., las compañías de guardias cívicas no databan del momento de la independencia, sino algunas, como las de Haarlem y Amsterdam, del s. xv; pero es ahora cuando cobran inaudita prestancia y son retratadas corporativamente por varios ilustres artistas. Por otra parte, el holandés del s. xvii, al romper sus lazos con la monarquía y con la Iglesia católica, dos emblemas de colectividad, se repliega en su hogar, que procurará convertir en morada tan limpia, dulce y confortable como sea posible. La pintura flamenca es abundante en multitudes y exteriores. La holandesa lo será en individualidades -o, a lo sumo familias- e interiores de la burguesía del momento. De aquí que esos aposentos en que transcurren las menudas anécdotas de 1. Vermeer de Delft, G. Ter Borch y G. Metsu resulten tan cuidados, tan alhajados por muebles, mapas e instrumentos músicos. Las damas visten con lujo y elegancia; los caballeros, con no menos elegante severidad. Los exteriores, las calles, las ciudades, sorprenden por su cuidado, por su urbanismo, por su buena policía. No nos será posible ver las multitudes de campesinos flamencos, hartos de cerveza, cantando y bailando. Incluso el bodegón es sustancialmente opuesto en los dos países contiguos. Frans Snyders (v.) y Willem Claesz Heda (ca. 1593-ca. 1680) pintan en idénticos años. Pero, mientras el primero amontona alimentos sin tasa, invitando al grosero hartazgo, el segundo, mil veces más señorial, acaso no nos ofrezca sino unas ostras, un limón y una copa de vino blanco.Algo parecido ha ocurrido con el paisaje. Los holandeses se deleitan presentando vistas de sus cuidadas ciudades, pero, además de ellas, enfocan al mar, que saben consustancial con la libertad futura de las Provincias Unidas. Willem van de Velde, bien consciente de esta necesidad, continuará el tema del mar hasta entrado el s. XVIII. Y lo admirable de la homogeneidad y del cerrado espíritu neerlandés apuntado, porque se trata de la escuela más cerrada en sí misma que cabe registrar en la historia de la pintura europea, es que no procede de una generación, sino de tres o cuatro que se han ido trasmitiendo el mismo espíritu. Y tanto da que especulen con retratos individuales o colectivos como con escenas de género, paisajes, marinas o bodegones, porque siempre se mantiene la unidad dicha.Aun con todas las precauciones que hay que tomar cuando se aborda el difícil problema de las generaciones, es evidente que la primera, que ya ha comenzado a pintar antes del año clave de 1612, está integrada por Franz Hals (v.), como figura principalísima, por Dirck Hals (1591-1656) y por Jan Van Goyen, m. en 1676 (v.). Pero sólo se trata de los comienzos de la escuela independiente. Una segunda generación será mucho más rica en nómina, ya que la independencia está consolidada. El gran nombre es el de Rembrandt (v.); también los de Hércules Seghers (ca. 1590-ca. 1643) Simon de Vliegen, Gerard Dou (v.), Jacob Backer, Thomas de Keyser, Adriaen Van Ostade (v.), Jacob Van Ruysdael (v.), Aert Van der Neer (1603-77) y Willen Claesz Heda. Aún se puede establecer una distinción entre esta segunda generación de gloria y de plenitud y una tercera cuya ilustre estrella no se llama nada menos que Jan Vermeer de Del1t (v.), acompañándose de Pieter de Hoogh (162983), Gabriel Metsu (v.), Gerard Ter Borch (v.), Aelbert Cuyp (m. en 1691), Nicolas Maes (1632-93), Philip de Koninck (1619-88), Philip Wouwerman (m. 1668), Jan Steen (1626-79), Paul Potter (v.), E. de Witte (ca. 161792) y Willem Kalf. En fin, la cuarta generación no puede ser sino la más gastada y epilogal, y comprende los nombres de Aert de Gelder, Franz Mieris (1635-81), Meindert Hobbema (v.), Adriaen Van de Velde (163672) y Jan Van der Heyden (m. 1712).Como se ve, no hemos dado más que 30 nombres, de primera y segunda jerarquía, olvidando deliberadamente la polvareda de maestros menores que hoy comienzan a ser exhumados y valorados. Pero 30 nombres en un siglo de existencia de un país de reducidas proporciones es mucho, máxime si entre ellos se dan pintores de retrato, de composiciones religiosas, de escenas de género, de naturaleza inerte, de paisajes y de marinas. Muy grande debió ser el asenso económico con que la sociedad neerlandesa, la burguesía, las clientelas, respondieron a semejante despliegue de belleza, maestría e ingenio. Era de prever, en la Holanda rica y apretada del s. XVII, en la que la vida normal en Amsterdam y en La Haya, en Haarlem y en Leiden era tan holgada, burguesa y culta como muestran los interiores antes aludidos. Y tal es la razón de que estas ciudades hayan adquirido, ante la Historia del Arte el prestigio nada común de poder codearse con Florencia, Pisa, Roma, Atenas, Madrid, Sevilla o París. El gran milagro se debía a una treintena de ilustres artistas, dos de ellos de categoría estelar.1. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: E. FROMENTIN, Les maitres d’autretois, París 1876 (hay dos ediciones castellanas); H. HARVARD, L’art et les artistes hollandais, París 1879-81; W. VON BODE, Studien zur Geschichte der Holandische Malerei, Berlín 1883; G. BAZIN, Les grands maitres hollandais, París 1950; R. VAN LUTTERVELT, Dutch Museums, Londres 1960.
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