Hispanoamérica II. Historia de la Emancipación. HIST.
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Historia
1. Causas de la emancipación. La emancipación o independencia de H. es el acontecimiento histórico más trascendental del s. xix. Así como el descubrimiento de América inicia simbólicamente la Edad Moderna de la Historia y determina el nacimiento de la Historia universal propiamente dicha, la emancipación es el movimiento histórico que pone fin a esa empresa, marca la liquidación del Imperio español y origina el nacimiento de varias nacionalidades. Este acontecimiento es, por otra parte, fundamental, si se considera que el hombre americano es algo más que un europeo establecido en América o un indio cultivado, pues la emancipación revela un nuevo tipo de hombre que es y se siente distinto del europeo y especialmente del español, y que se considera apto para hacer y dirigir él mismo su propia política en todos los aspectos. Por eso, la independencia señala simbólicamente el comienzo de un nuevo periodo de la historia hispanoamericana: el independiente o, mejor, republicano.Acontecimiento de tanta envergadura y de tan varias repercusiones se caracteriza por una gran complejidad y una cierta confusión en sus orígenes y desarrollo. En su seno coexisten y se mezclan, en efecto, diversas yaun contradictorias tendencias e ideologías políticas, económicas y sociales. Además, debido al encarnizamiento de la lucha ent1blada y a la honda crisis general que produjo, las interpretaciones y los juicios históricos sobre su significación y desarrollo han sido casi siempre apasionados. De ahí, pues, la necesidad de un planteamiento rigurosamente histórico del problema de la emancipación. Para ello, conviene distinguir en sus orígenes dos tipos de causas productoras del hecho: internas y externas. Constituyen las primeras los factores históricos actuantes desde dentro del Imperio español, y entre ellos hay que distinguir los propios de los reinos y provincias americanos de los inherentes a España. Las causas externas son las que originaron la emancipación desde fuera de los territorios del Imperio, y se concretan en los resultados de la política internacional europea que, desde el s. xvi, relacionó entre sí a los diversos Estados del viejo continente.2. Causas internas de América. Factores culturales. La Ilustración. La emancipación hispanoamericana fue el resultado del proceso histórico anterior. Frente a la creencia, generalmente aceptada, de una gran homogeneidad inicial entre los pueblos americanos y la nación española, es necesario afirmar que, desde el primer momento de la penetración en América, los españoles experimentaron un proceso de americanización ("el conquistador conquistado por su propia conquista"), que hizo de los llamados conquistadores los primeros americanos de la Historia. Ello determinó la muy temprana separación entre el Viejo Mundo y el Nuevo, separación que fue aumentando a lo largo del s. xvi debido al mestizaje, y que en el último cuarto del xvii da su primer fruto autónomo en el barroco americano.Pero más importante y significativo en el proceso de separación entre América y España fue, en el último tercio del s. XVIII, la aparición de la Ilustración americana, que plantea, como tema del pensamiento filosófico e historiográfico, el problema de América. Así, frente a los ataques que contra la naturaleza y el hombre americanos dirigen los ilustrados europeos, los intelectuales americanos, casi todos jesuitas expulsados, afirman su personalidad propia y su nacionalidad frente a Europa y España (v. ILUSTRACIóN). De ahí que entonces aparezca por primera vez el empalme con lo amerindio, la Historia Antigua de México, de Clavigero, p. ej., como demostración de la originalidad y la antigüedad de lo americano. Por otra parte, así como los ilustrados españoles preconizaron, al plantear el problema de España, la ruptura con el pasado histórico, por ser fuente, a su juicio, de la decadencia, los americanos propugnan también la ruptura con lo anterior, y como eso anterior era para ellos España, afirman, en consecuencia, la separación de la metrópoli.Por tanto, en la emancipación influyeron, sobre todo, factores culturales y espirituales. Hubo otros, sin duda, y entre ellos debe destacarse, como lo hizo Carlos Pereyra, el propio planteamiento geopolítico de la acción española en Indias, y también la existencia de una clase social rica y culta, económicamente poderosa y que aspiraba a detentar el poder político. En este sentido, constituye clarísimo testimonio el arte americano del s. XVIII, que manifiesta no sólo los rasgos de la sociedad que lo creó, sino también su sentido y el espíritu de su cultura. Por el contrario, la situación española contemporánea no permitía a España, como ha señalado Madariaga, asumir con dignidad las funciones metropolitanas. Estos factores se agudizaban, en otro aspecto, por el distinto pensamiento político sustentado, respectivamente, por los españoles americanos o IIcriollos y los españoles europeos, lo que constituye el fundamento de la rivalidad entre criollos y peninsulares. El problema es claro. Las reformas borbónicas, radicales y necesarias, fueron, no obstante, tardías y produjeron, al ser aplicadas, en la medida en que lo fueron, un gran desajuste en la sociedad americana. No hay que pensar solamente en la expulsión de los jesuitas, sino principalmente en el aspecto político de las reformas, que no fue otro que el de cambiar la estructura del antiguo Estado patrimonial de los Austrias por el concepto borbónico del Estado nacional y unitario.Oposición entre criollos y peninsulares. Otras causas. La legislación indiana, en efecto, no establecía, como ha demostrado Konetzke, ninguna distinción entre criollos y peninsulares en cuanto a la condición legal de unos y otros, e incluso favoreció a aquéllos, durante los s. xvi y xvtt, en la provisión de los oficios de gobierno y de justicia y en las prebendas eclesiásticas, como se ve en el Regl. del 12 dic. 1619, donde se dice que en dichos cargos debían ser preferidos los naturales de las Indias "como hijos patrimoniales". Esta expresión quiere decir que en aquel tiempo la monarquía era un patrimonio real formado por reinos y señoríos iguales entre sí, pero independientes unos de otros en cuanto que cada uno conservaba sus fueros, privilegios, franquicias y libertades. Por eso, cada uno de los reinos de la corona trató de gobernarse a sí mismo mediante personas indígenas, y de ahí el que los criollos vieran como intrusos y extranjeros a los peninsulares. En América, adonde no llegó con tanta fuerza como en Europa el absolutismo dieciochesco, persistió la idea del Estado patrimonial, y roto el lazo de unión entre los diversos reinos por la abdicación de Bayona, se inició la separación.Los Borbones, por el contrario, pretendieron establecer el Estado moderno. Durante las primera mitad del s. xviii no cambiaron, en general, la legislación, pero bajo Carlos 111 se empieza a observar ya la transformación. La idea fundamental de la reforma consistió en considerar que los españoles del Viejo y del Nuevo Mundo formaban un sólo cuerpo de nación; pero para que éste se mantuviera unido era necesario despertar en los americanos el sentido nacional español. De este modo, se evitaría la separación; es decir, mediante un cambio radical en la estructura de la monarquía, que debía evolucionar del concepto del Estado patrimonial hacia el del Estado nacional unitario. Para ello se concedieron a los criollos derechos en cargos y oficios, se fundó el Real Colegio de Nobles Americanos y la Compañía Española de Caballeros Americanos y se fomentó y extendió el comercio de las Indias, aunque en este punto no se quiso, o no se pudo, renunciar a lo que se llamaba "justa dependencia" de los reinos indianos respecto de la metrópoli.Los criollos no podían conformarse, como es claro, con esta desigualdad, que les vedaba el libre ejercicio y progreso de su economía. Por otra parte, ante el programa de reformas, que no se llevó a cabo por completo, se acentuó la actitud criolla de oposición a los peninsulares, basada en la tesis del Estado patrimonial. Los españoles americanos no tenían inconveniente en reconocer al mismo rey que los peninsulares, pero ellos tenían su propia personalidad frente a la nación española. La última consecuencia de esta actitud iba a ser, en conclusión, la independencia.Pero la oposición de los criollos a las reformas borbónicas tuvo, en lo que se refiere a España, una consecuencia importante, que contribuyó también a la separación hispanoamericana. Tal repercusión consiste en la diferente apreciación que unos u otros peninsulares tenían de loscriollos, pues mientras éstos estuvieron bien considerados por un Macanaz, p. ej., para Floridablanca, en cambio, aparecen como ineficaces y corruptos. Estas ideas ofendieron a los criollos, quienes reaccionaron subrayando las diferencias que les separaban de España y presentando a la metrópoli como un país atrasado. Así, en el primer aspecto, hicieron una nueva afirmación de su personalidad, llamándose, en vez de "españoles americanos", simplemente "americanos".Fundamento jurídico-político de la emancipación. Como se ve, la famosa rivalidad entre criollos y españoles europeos tenía un sentido y una base fundamentalmente políticos. Los americanos mantenían vivas las doctrinas políticas y jurídicas tradicionales del Derecho castellano, según las cuales la autoridad regia tenía carácter contractual. Con arreglo a la tradición y la doctrina escolástica, tanto el Estado castellano como el Estado indiano estaban constituidos por la comunidad o el pueblo, lo que se llamaba la república, y el rey que la gobernaba, cuyo oficio consistía en mantener la justicia en bien de la comunidad. Ahora bien: si el origen último del poder real era Dios, su origen inmediato estaba en el pueblo, el cual había cedido al monarca la soberanía en virtud de un "contrato tácito" que obligaba al rey a tener a sus súbditos en justicia. Tal contrato recibía su formalización en el acto de la jura del rey, en el que éste se comprometía a guardar los fueros, usos y libertades de los reinos. Lo mismo sucedía en las Indias, donde el juramento real tenía su réplica en el que todo virrey hacía, al visitar por primera vez una ciudad, de guardar sus privilegios, franquicias y ordenanzas. Por lo que se refiere al origen del poder real respecto de los indios, también era de carácter popular, ya que, aparte la concesión pontificia, se basaba, como enseña García Gallo, en la aceptación por los indígenas de la soberanía del monarca en el acto del "requerimiento" (v.). Esta doctrina estaba viva en las Indias durante el s. xvtii, y la clase culta siguió aprendiéndola en las universidades. En España, en cambio, ese pensamiento tradicional sufrió graves desviaciones debido a la influencia del absolutismo borbónico, y de ese modo llegaron a enfrentarse la ideología oficial de la corona y el pensamiento de la clase cultivada criolla.Dos consecuencias fundamentales implicaba esa doctrina. En primer lugar, la obligación del rey de gobernar bien y mantener la justicia entre sus vasallos. En segundo término, la vuelta del poder al pueblo, titular habitual de la soberanía, cuando se produjera la falta del soberano. Aquí está, precisamente, la diferencia esencial entre las sublevaciones americanas de los s. xvi, xvii y XVIII y la que se produjo en 1810. Las rebeliones anteriores a las de la independencia buscaron su justificación jurídica en la tiranía del rey; en cambio, los acontecimientos de 1810 se basan en una situación histórica radicalmente distinta de las anteriores y encuentran su justificación en un argumento jurídico totalmente nuevo: la crisis de la monarquía, producida por ausencia del soberano, prisionero de Napoleón. Esta situación nueva constituye la primera coyuntura histórica de la independencia y tiene como consecuencia inmediata los movimientos juntistas de 1810.No se pueden considerar, por tanto, precursores de la emancipación los movimientos revolucionarios americanos anteriores a las juntas de 1810, aunque de un modo amplio todo el proceso histórico anterior a la independencia gravita sobre ésta de la misma manera que el pretérito permanece virtualmente en el presente. Lo cierto es que en las sublevaciones de los s. xvt, XVII y XVIII IIapenas puede hallarse algún precedente (los que hay son de carácter psicológico) de alguno de los tipos humanos que aparecen en el proceso de la emancipación.El proceso histórico de la independencia se produce, por otra parte, debido a determinados factores que condicionan la evolución histórica y entre los que es necesario distinguir los constantes de los contingentes. Los elementos constantes fueron, según Giménez Fernández, el suelo y la diversidad de razas. El suelo ejerció su influencia en dos aspectos: por su alejamiento de la metrópoli y por su enorme extensión, la cual hizo surgir, debido a la falta de comunicaciones y a la gravitación de grandes regiones alrededor de algunas capitales, un espíritu localista que condujo al posterior fraccionamiento en Estados. Las razas, en cambio, desempeñaron un papel secundario, ya que el espíritu de la colonización española impidió el estallido de guerras raciales y la separación histórica entre naciones blancas y naciones indias o mestizas.La situación económica, social, política y moral, cambiante a lo largo del proceso histórico, fue también un factor causante de la e. Desde el punto de vista económico, la situación general era inestable y desastrosa. Una minoría de ricos, que detentaba el poder económico y aspiraba al poder político, oprimía a una clase media de burócratas y a la gran masa de pobres. Sobre estas dos últimas pesaba fundamentalmente la carga fiscal, y eran las que sufrían, sobre todo, las desacertadas medidas económicas, cuyo resultado más importante fue la ausencia o escasez de intereses conservadores de patrimonios familiares medios. La situación social, con distintas colectividades, núcleos irreductibles y localismos, no permitió la unidad de objetivos entre los insurgentes, y explica la anarquía de la primera organización y la imposibilidad de confundir las luchas emancipadoras con una revolución social. Políticamente, la situación fue más clara y presentó, en general, el enfrentamiento entre los grupos criollos y los funcionarios peninsulares. Por último, desde el punto de vista moral, la relajación imperante pedía, según la exposición de los obispos reunidos en La Plata en 1773, que aduce Giménez Fernández, "sangre y fuego para su remedio".Factores ideológicos. Junto a estos elementos condicionantes hay otros actuantes dentro de la situación descrita, entre los que figuran diferentes ideologías. En lo económico hay dos fundamentales: la de los conservadores y la de los librecambistas, que tratan de romper el monopolio comercial de Cádiz, aspiran a la libertad de comercio con Gran Bretaña y son liberales afrancesados desde el punto de vista político. En el aspecto politicosocial, actúan dos grupos importantes: los autonomistas y los liberales. Son autonomistas, en terminología de Giménez Fernández, los grupos que, basados en las doctrinas juridicopolíticas tradicionales, pretenden implantar reformas razonables y moderadas. Según su diverso temperamento práctico, se dividen en grupos diferentes: michoacano, santafesino, platense, limeño y otros. Todos ellos son doctrinarios y moderados, condición ésta que los enfrenta sucesivamente con los exaltados de ambos bandos. Por último, aparecen otros elementos puramente destructores y los revanchistas y acomodaticios.Pero existe también otro grupo, activo e importante, aunque minoritario en relación con los anteriores, que es el liberal, cuya actuación en el proceso histórico emancipador no puede ignorarse. Tal grupo está constituido por los hombres de ideología afrancesada, liberal en lo político y librecambista desde el punto de vista económico, y que pueden parangonarse con los afrancesados de Cádiz, es decir, con aquellos que rechazando el dominio francés y el cambio de dinastía, fueron ideológicamente afrancesados (v.) y defendieron el liberalismo político. Son, pues, hombres formados en el pensamiento de la Ilustración española liberal, afrancesados a la española y claramente influidos por la Constitución gaditana de 1812, cuyos ecos en América no han sido bien estudiados aún (v. CÁDIZ, CORTES DE). La acción de este grupo consistió, tras su desplazamiento de primera hora, en acabar imponiendo sus ideas y haciendo no la independencia, pero sí la posterior revolución.Debe, por tanto, matizarse y revisarse la influencia francesa en la emancipación hispanoamericana. Frente a la interpretación de la historiografía decimonónica, según la cual la América española había vivido sojuzgada por la opresión del gobierno metropolitano hasta 1810, en que el pueblo se dio a sí mismo la libertad mediante la "revolución de la independencia", realizada a imagen y semejanza de la francesa y la estadounidense, hoy es posible afirmar que las clases altas hispanoamericanas, los nobles, los ricos, los abogados y los intelectuales, acogieron con entusiasmo el establecimiento del régimen constitucional en Francia, en tanto que la pequeña burguesía y el pueblo bajo lo recibieron con indiferencia o con hostilidad. A partir de 1795 o 1796, sin embargo, el entusiasmo de los poderosos decreció notablemente, debido a los excesos revolucionarios de 1793, y desde entonces la propaganda de las ideas francesas estuvo organizada en América por extranjeros, mientras que la favorable a la separación de España fue hecha por los propios hispanoamericanos, pero en contra de los principios revolucionarios, de que estaban contagiados casi todos los funcionarios civiles y militares de la corona española.Por último, la invasión napoleónica determinó la actitud definitiva frente a lo francés. El movimiento separatista nació, en efecto, con un sentido de defensa frente a la posible invasión de América por Napoleón, que ya había conquistado los territorios metropolitanos, y con una base jurídica similar a la que fundamentó la primera organización política de la resistencia española. Ahora bien, del mismo modo que en España, también en H. hubo un grupo de hombres políticamente afrancesados, que acabaron imponiendo su doctrina y sistema a partir de la segunda coyuntura histórica del proceso emancipador. Esos afrancesados, influidos principalmente por el pensamiento de Rousseau (v.), cambian el sentido original del movirniento juntista de 1810 y realizan o inician la realización de la verdadera revolución hispanoamericana con arreglo a una ideología que sólo en una pequeña parte, y con más carácter de técnica externa que de verdadero y profundo planteamiento revolucionario, estaba en los orígenes de la secesión.Carácter oligárquico de la independencia. Por lo que se refiere a los promotores y actores americanos del movimiento separatista, puede afirmarse que desde el punto de vista social pertenecían a la clase alta, ilustrada y rica, y constituían las oligarquías criollas. Como ya señaló Blanco Fombona, la independencia tuvo un nítido carácter oligárquico, y el Gobierno español, una vez iniciada la subversión, se apoyó en el pueblo contra esas oligarquías. Junto a esa aristocracia aparecen también los intelectuales, los abogados, la "gente de letras y de pluma" y la pequeña burguesía, los cuales han ido adquiriendo cierta conciencia de clase en virtud de un proceso de reforma de la sociedad, que se desarrolló a lo largo del s. xvru. Es algo así como el embrión de lo que constituirá después, en el xrx, la clase media, que ya IIentonces aspira al poder político y económico y que lo alcanzará plenamente una vez consumada la separación. De ahí que no falten autores que caracterizan el movimiento emancipador como una revolución burguesa, similar a la que se produjo en Europa durante la segunda mitad del s. XVIII. En cualquier caso, la independencia, sin ser reducible a una pura revolución social, fue iniciada y hecha por la clase alta criolla en su propio y exclusivo beneficio, y constituye, sin duda, el acontecimiento histórico que pone fin en América al llamado Antiguo Régimen.Pero la emancipación no se consuma repentinamente en el instante de constituirse las juntas revolucionarias ni en el mismo momento en que se proclama. La caída del Antiguo Régimen es, por el contrario, fruto de una etapa histórica, que en América abarca un periodo mínimo de 14 años, durante los cuales el bando separatista necesita, para imponerse, triunfar en una guerra cruenta y larga. Esta guerra fue una verdadera guerra civil, en cuyos bandos figuraron indistintamente americanos y españoles. De este modo, pueden explicarse dos hechos incontrovertibles: la presencia de peninsulares y criollos en los dos lados y la larga duración de la guerra, a pesar del relativamente escaso número de soldados que España envió a América, especialmente entre los a. 1810 y 1814. Los bandos de esa guerra estuvieron, pues, formados por separatistas y fidelistas, y ello permite considerar la guerra emancipadora como la primera de las muchas contiendas civiles que con posterioridad a aquélla asolaron los territorios de las repúblicas recién nacidas (v. III).3. Causas internas de España. En el desarrollo histórico de la emancipación influyó también, según se dijo antes, un factor puramente español-europeo, de cuya debida valoración depende, en buena parte, la recta y clara comprensión de aquel acontecimiento histórico. Se alude, con estas palabras, a tres hechos fundamentales de la historia española y a la política peninsular frente a la invasión napoleónica y frente a los propios movimientos secesionistas americanos.Invasión francesa de España. La invasión francesa de España y las subsiguientes abdicaciones de Bayona constituyen, como ya se ha dicho anteriormente, la primera coyuntura histórica de la independencia hispanoamericana. Pero ¿cuáles fueron las repercusiones que tuvo en América la crisis de la monarquía española? Esas repercusiones fueron, ante todo, complejas, y para aclararlas cabría distinguir, con Madariaga, entre las clases altas hispanoamericanas y el pueblo. En las primeras precisa separar el mundo oficial, los funcionarios y gobernantes, de los demás, o sea, de los criollos (v.). Estos acusaron, en general, la tendencia separatista, mientras que los funcionarios pretendieron seguir gobernando sin atender al cambio de dinastía. Su actitud no fue extraña ni insólita: muchas otras autoridades de la España peninsular trataron también de continuar en el mando con la dinastía intrusa, y tanto esta actitud como la de los gobernantes de América puede explicarse si se piensa que eran afrancesados de acuerdo con la tradición política dieciochesca, que se caracterizó, como es notorio, por la alianza y buenas relaciones con Francia y la enemistad con Gran Bretaña.El pueblo de América, por el contrario, siguiendo en esto la postura adoptada por el de España, se manifestó a favor de Fernando VII, al menos hasta que éste regresó de su cautiverio. Su actitud es clara: el rey legítimo representaba el símbolo de la reacción antifrancesa, y, por otra parte, la corona había sostenido secularmente en América los derechos del pueblo frente a las pretensiones, no siempre razonables, de los encomenderos y potentados americanos.Fernando VII, cautivo. Consecuencias en América. Pero la crisis de la monarquía planteó, como ha quedado advertido, un problema político constitucional, inédito hasta entonces y que consiste en la repentina ausencia del rey y la consiguiente falta de gobierno. Ante ella, el pueblo reasumió legalmente el poder legítimo y constituyó unas Juntas Supremas. Esta solución, basada en el Derecho tradicional, planteó tres problemas distintos: 1) El de determinar cuál habría de ser la comunidad civil, titular habitual de la soberanía, que debiese asumir ésta. 2) El del modo de designar el organismo encargado del poder soberano. 3) El de determinar si el organismo designado debía ejercer la soberanía a nombre de Fernando VII, en tanto durase su cautividad, o "como titular ordinario del poder soberano".Para cada uno de estos tres problemas se ofrecieron varias soluciones. Pero antes de ensayarlas se intentó resolver la crisis soslayando esas cuestiones mediante la "fórmula riojanense", que propuso transferir la soberanía de Fernando VII a su hermana Carlota Joaquina, princesa del Brasil. Sin embargo, los manejos de Goyeneche, enviado de la junta Central, originaron el motín de La Plata, del 25 mayo 1809, que acabó con el ensayo. Siendo necesario, pues, afrontar los tres problemas indicados, para resolver el primero se propusieron e intentaron cuatro soluciones distintas, que fueron, en terminología de Giménez Fernández, las siguientes: a) Tesis colonialista, que se reduce a afirmar que España debía seguir mandando en América, y los españoles en los americanos. b) Tesis comunalista, que organizaba a H. en una libre federación de municipios libres. c) Tesis provincialista, basada en la división geográfica de América y en la doctrina de la reasunción de la soberanía por el pueblo. d) Tesis confederal, que admitía la individualización de cada una de las provincias de América como comunidades políticas independientes entre sí, pero que debían unirse para su defensa.En cuanto al modo de designar el organismo encargado de la soberanía, frente a la tesis conservadora, defendida por los unionistas y que pretendía imponer la continuación en el mando de las autoridades virreinales, sometidas ahora a la Regencia, aunque con la relativa autonomía exigida por las circunstancias, se alzan las tesis separatistas, cuyo denominador común es el intento de crear un Gobierno distinto del de España, pero que se diferencian en lo referente al sistema político de dicho Gobierno. Con esta base, pueden distinguirse, con Giménez Fernández, seis fórmulas fundamentales: a) Fórmula aristocrática, que pretendía constituir una especie de monarquía sin rey. b) Fórmula oligárquica, adoptada en los movimientos de 1810. c) Fórmula demagógica y afrancesada. d) Fórmula democrática, que intentó convocar unas Cortes del Reino para constituir el Gobierno legítimo. e) Fórmula monárquica, que trató de establecer monarquía, primero con un príncipe español y después con dinastías extranjeras; fallado este intento, se pensó en entregar el mando absoluto a un solo jefe, bien coronándolo (caso Iturbide), o sin elevarlo a tal rango. f) Fórmulas eclécticas, que pueden ser escritas y no implantadas (la Constitución de Bolívar para Bolivia), o implantadas y no escritas (la pluritiranía federal argentina anterior a Rosas).Por último, para resolver el problema del carácter soberano o delegado de las autoridades americanas, se produjeron tres tipos de soluciones: a) Solución fidelista, según la cual el poder debía ser ejercido en América por dele IIgación de la junta Suprema y la Regencia. b) Solución autonomista, según la cual las Juntas provinciales elegidas en América tenían plena autoridad para gobernar con independencia de los organismos soberanos de España, pero ejerciendo dicha autoridad en nombre de Fernando Vil. c) Solución independentista, que declaraba la completa independencia de América respecto de España.Como se ve, no hubo en América una solución política única para hacer frente a la crisis de la monarquía, ni tampoco esa solución fue, desde el principio y en todas partes, la de implantar la forma de gobierno republicana. En la emancipación, por el contrario, se dieron múltiples y diferentes ideas políticas, que dan al acontecimiento una buena parte de su complejidad interna. Además, la misma actitud de los organismos de gobierno peninsulares sembró la confusión y el separatismo, e incluso otorgó de hecho, aunque indirectamente, a los americanos su soberanía, porque las distintas juntas y autoridades españolas solicitaron el reconocimiento de las provincias americanas, las cuales se vieron, así, con la posibilidad de decidir por sí mismas cuál de las soberanías de derecho iban a aceptar. Ello les daba, pues, la soberanía de hecho, y en uso de ésta acabaron por elegir la suya propia y autogobernarse con independencia de la metrópoli. Si a esto se añade la idea de la defensa territorial contra la posible y temida invasión de Bonaparte, si España, como se creía, había sido conquistada, quedará claramente explicable la constitución de las primeras juntas, que condujeron después a la total independencia.Actitud de los gobernantes españoles. Pero hubo un factor español más trascendental y decisivo en el ulterior separatismo americano: la falta de comprensión de los gobernantes españoles. Así lo vemos en la actitud de la Junta Central, que tendió a eliminar a todas las demás y adoptó por ello una actitud reservada y fría con las juntas americanas. Además, el Gobierno limitó a uno por provincia el número de diputados americanos en las Cortés, y tal representación se había elegido excluyendo a los pobladores de color. Pese a todo, las Cortes hubieran podido resolver el problema americano, de haberlo planteado resuelta y conscientemente. Pero se limitaron a usar un vano lenguaje de concordia, presentando la reciente Constitución como la panacea de todos los males, y, al mismo tiempo, se intentó dominar por la fuerza las subversiones americanas cuando se vio que éstas tenían mayor y más profundo alcance de lo que al principio vislumbrara el propio Gobierno.La política de fuerza no permitió, sin embargo, a la Regencia llevar a la práctica sus propósitos militares en América, debido a que el enemigo estaba dentro del suelo español, pero fue servida con empeño y entusiasmo por Fernando VII (v.) cuando regresó a España y recobró el ejercicio de la soberanía como monarca absoluto. Nombrado Lardizábal ministro de Indias, redactó el Manifiesto del 21 mayo 1814, en el cual se invitaba a los americanos a deponer su rebelde actitud y someterse al rey, cuyo amor a todos sus súbditos, cuya benignidad y comprensión le hacían perdonar y olvidar todo lo pasado y poner fin a los males de la monarquía. Era, en fin, la fórmula del "rey panacea" frente a la anterior de la "Constitución panacea". Pero junto con esas declaraciones de paternalismo, Fernando VII inició el envío de tropas a América y, con ello, la llamada "reacción absolutista", que constituye la segunda coyuntura histórica de la emancipación hispanoamericana.La reacción absolutista tuvo, pues, como primera base política el absolutismo. En América encontró, a su vez, elapoyo del fidelismo, es decir, de la doctrina que defendía la unidad del Imperio y la fidelidad de los reinos americanos a España. Es obvio, por tanto, que los fidelistas defendieron la continuación en el mando de las autoridades existentes en el momento de la crisis monárquica, la unión de España y América y la dependencia económica de ésta respecto de la metrópoli. Pero el regreso de Fernando VII al trono produjo también, al menos en los primeros momentos, la retirada de algunos insurgentes, que habían tomado las armas o apoyado la constitución de las primeras Juntas americanas como conservadoras de los derechos del rey. Liberado éste y repuesto en el ejercicio de la soberanía, desaparecía el motivo fundamental de los movimientos americanos, y sólo cabía ahora colaborar con el monarca en la organización y encauzamiento del antiguo régimen, aunque introduciendo en el sistema los cambios y reformas que fueran necesarios.Criterio absolutista. En América, sin embargo, también se impuso el criterio rigurosamente absolutista de vuelta al régimen anterior a la guerra. Este criterio, adoptado desde luego por el propio monarca, hizo que se.esfumasen las esperanzas de los realistas auténticos y de muchos insurgentes deseosos de reformas. Frente a esta actitud, la representada por el rey se limitó a exigir la sumisión de sus vasallos americanos, los cuales debían abandonar el camino político emprendido en 1810, reconocer sus errores y acatar las decisiones de la corona; en caso contrario, las fuerzas del rey reconquistarían los reinos americanos y castigarían con toda energía a los responsables de los levantamientos. Ésta fue, en definitiva, la política adoptada, que planteó el problema de la emancipación solamente en el terreno militar, mediante el empleo de los jefes y las fuerzas fidelistas de América y el envío desde España de varios cuerpos de ejército. Dos fueron los principales hasta 1818: el mandado por Pascual de Liñán, destinado a México, y el que a las órdenes de Pablo Morillo fue a Venezuela. Ellos, junto con las tropas de Abascal, en Lima, y de Calleja, en México, plantearon y mantuvieron la reacción absolutista, que dio origen a las guerras de la independencia hispanoamericana.Tal extremismo dio pronto a la guerra caracteres patéticos de crueldad y terrorismo, y tuvo funestas consecuencias para ambos bandos. Por un lado, determinó la aparición de los guerrilleros junto a los militares profesionales. Por otro, estos militares y guerrilleros asumieron también el mando político, con lo cual se implantó el militarismo, que preparó el sistema de los pronunciamientos y la aparición de los caudillos. La guerra, por lo demás, afectó gravemente a la economía de los territorios americanos e hizo que la separación se produjera dentro de un clima pasional y de resentimientos personales y sociales. El terrorismo, por último, determinó el paso a la causa independentista de las masas que hasta entonces habían permanecido indiferentes y que veían ahora en los fidelistas a los causantes de su miseria.Fernando VII intentó también utilizar la religión como instrumento al servicio del objetivo político reconquista- . dor. Por un lado, explotando a su favor el sentimiento religioso del pueblo americano, hizo que la jerarquía eclesiástica condenara la insurgencia, obtuvo de algunos obispos decretos de excomunión contra los separatistas y usó la Inquisición como un medio político más para combatir la independencia. El ensayo no triunfó debido a la actitud de muchos eclesiásticos antirregalistas, quienes apoyaron la emancipación e intervinieron activamente en ella (caso general del bajo clero, que produjo, al igual IIque en España, el tipo de cura guerrillero), o se negaron a servir de meros instrumentos en manos del rey. Este acudió entonces a la Santa Sede, pero su gestión no tuvo éxito y fue contrarrestada, a su vez, por los separatistas, quienes trataron de obtener del Pontífice una bula o declaración en apoyo de su causa.El uso de la religión como arma política a favor del absolutismo provocó la reacción anticlerical en el bando separatista, que fue hábilmente aprovechada por la demagogia liberal para consagrar la intromisión del Estado en la Iglesia y reforzar el antiespañolismo de los insurgentes, que culparon a España de promover la guerra y de la destrucción y miseria inherentes a ella. La reacción absolutista produjo, además, efectos contrarios a los que habían pretendido obtener: reforzó la unidad de los independentistas o la creó donde no existía, y los indujo a adoptar una actitud moderada para atraerse a los grupos medios y templados. Por último, motivó el desprestigio absoluto de la institución monárquica y la adopción de la forma de gobierno republicana. La guerra, en fin, ocasionó la destrucción de la aristocracia directora, que fue, junto con la acción de los demagogos afrancesados liberales, origen de la anarquía política, cuya provisional resolución tuvo que ser encomendada a la acción de los caudillos.Gestiones diplomáticas con las potencias europeas. El monarca completó la actividad política descrita con una paralela negociación diplomática de gran envergadura con las potencias del Directorio europeo, para conseguir de éstas apoyo moral y material a la empresa de lo que entonces se llamó la pacificación de América. Más adelante se estudiará con mayor detenimiento dicha gestión. Baste decir, por ahora, que, constituidas las potencias de la Santa Alianza en Directorio o Pentarquía para proteger a las dinastías legítimas de las asechanzas revolucionarias, Fernando VII presentó el caso de sus provincias americanas como el de unos territorios de su corona sublevados, por impulso de una revolución liberal, contra la legitimidad que él representaba.Cuatro años, aproximadamente, duró la fe de Fernando VII en el posible auxilio de las potencias aliadas. Pero en octubre de 1818, tras un intento de solicitar la mediación de Gran Bretaña en el conflicto, el monarca español prestó oídos a quienes de entre sus consejeros le inducían a resolver el problema americano con medios exclusivamente españoles, alegando que sólo mediante un considerable aumento de la potencia militar en América podría ésta volver a la obediencia de España, como deseaba, según ellos, la mayor parte de aquellos vasallos. Opinaba así, entre otros, el marqués de Casa Irujo, que fue nombrado primer secretario de Estado y del Despacho y que inició su gestión, en lo que toca al problema de la emancipación, haciendo aprobar por el Consejo de Estado una consulta en que se recomendaba al rey el refuerzo de sus intentos reconquistadores mediante la organización de un potente ejército, cuyo destino se acordó fuera Río de la Plata. De esta forma se comenzó a reclutar y reunir en España el famoso cuerpo de ejército que, al mando del conde del Abisbal o de La Bisbal, debía acudir en ayuda de los núcleos realistas que aún resistían en el Perú y reconquistar las demás regiones de Sudamérica, ya que las zonas central y septentrional se hallaban entonces pacificadas, gracias, sobre todo, a la acción del general Calleja.Régimen liberal de 1820. Cambio de criterio. Preparado ya el ejército de La Bisbal, se pronunció en Cabezas de San Juan en favor del régimen liberal. Contagiada la subversión a otras unidades militares y ciudades, ocasionóla caída del sistema absolutista y la jura por el rey, en marzo de 1820, de la Constitución de 1812. El cambio de régimen tuvo en América hondas y graves repercusiones. Por de pronto, varió radicalmente la política del Gobierno con sus provincias rebeldes, y la idea de la reconquista militar fue sustituida por la del entendimiento pacífico y amistoso con las repúblicas constituidas en América. Así, convocadas las Cortes, fueron llamados a su seno los diputados de las provincias que aún permanecían fieles a la unidad del Imperio, y se acordó enviar a las demás unos comisionados o emisarios especiales facultados para oír las proposiciones de los nuevos Estados y llegar con ellos a una solución.La idea básica que determinó el envío de estas comisiones fue la de hacer ver a los americanos que el nuevo régimen metropolitano abandonaba el propósito reconquistador y estaba dispuesto a introducir en el gobierno las reformas sustanciales apetecidas por aquellos pueblos. De nuevo se presentaba el texto constitucional como la panacea salvadora, y en apoyo y demostración práctica del cambio de actitud se dio a la denominación de virrey la, según ellos, más liberal de jefe político, nombre y carácter con el que fue enviado a México Juan O’Donojú.Fueron, pues, enviadas a América las comisiones negociadoras. Ahora bien, es un error creer que la generosidad de los "veintenos" con América fue más allá del puro gesto externo de su fórmula diplomática. Cambió, en efecto, la actitud visible y superficial de los gobernantes, pero éstos estuvieron en el fondo tan poco dispuestos como los absolutistas a sancionar la separación de las provincias americanas o a reconocerles su posibilidad de autogobierno. Los comisionados fueron, efectivamente, autorizados para escuchar toda clase de proposiciones; pero en las instrucciones reservadas a que debían sujetar su misión se les prohibía taxativa y expresamente oír siquiera cualquier propuesta dirigida al reconocimiento de la independencia de los nuevos Estados. Se trataba, en definitiva, de un mero cambio de actitud externa con respecto a la adoptada por el absolutismo fernandino, pero continuaba el mismo propósito esencial de la política española: traer a la obediencia a las provincias sublevadas. Ello explica que el resultado final de la gestión de las comisiones fuera nulo, y que pueda afirmarse que éstas habían nacido fracasadas de antemano.Otras consecuencias en América del liberalismo español. Pero la implantación del liberalismo en España tuvo, además, otro tipo de repercusiones en América, concretamente en Perú y Nueva España. Allí los intereses conservadores habían reaccionado triunfalmente contra los movimientos de 1810 y constituido los dos núcleos más importantes del fidelismo. Por eso, a principios de 1820, Lima, México y gran parte de los territorios dependientes de ambas capitales se veían prácticamente libres de insurgentes, salvo en algunas zonas aisladas. Un año después, en cambio, San Martín (v.) había entrado en Lima e Iturbide (v.) había proclamado en Nueva España el Plan de Iguala. La explicación de cambios tan radicales se halla en la revolución española de 1820, pues conocida en América la implantación del liberalismo en la metrópoli, los núcleos conservadores limeños y mexicanos, tratando de verse libres de aquel sistema político, abandonaron la causa fidelista y apoyaron la separación de España.Tal cambio resultó decisivo para el curso de la guerra, cuyo final triunfante para la emancipación pudo predecirse fácilmente desde entonces. No lo vieron así, sin embargo, los gobernantes españoles, quienes todavía acordaron enviar a México una nueva embajada, con arreglo IIa las mismas directrices fundamentales que habían presidido el envío de las anteriores a otras regiones de América y que tuvo idéntico resultado negativo que éstas, no sólo por la incomprensible actitud del general Lemaur, jefe de la fortaleza de San Juan de Ulúa, sino por la terminante prohibición que los comisionados llevaban de oír hablar del reconocimiento de la independencia.Repuesto de nuevo Fernando VII en el uso de todas sus facultades y prerrogativas soberanas, volvió a su política reconquistadora. Primero, como se verá más adelante, pensó de nuevo en la ayuda de las potencias europeas, a las que trató de reunir en conferencia, que se celebraría en París, con objeto de acordar la forma concreta de esa ayuda. Ni siquiera después de Ayacucho la obcecación revanchista y reconquistadora del monarca hispano reconoció el triunfo de la emancipación. Por el contrario, continuó empeñado en recobrar por la fuerza sus antiguas provincias, y para ello, después de muchos proyectos y planes, resolvió enviar un cuerpo de ejército a la costa del golfo de México, ya que la invasión del continente americano por ese lugar contaba con la excelente base de operaciones de la isla de Cuba y el apostadero naval de La Habana. Tal fue la expedición que en agosto de 1829, al mando del brigadier Barradas, desembarcó en Tampico y fue rápidamente derrotada por el general Santa Ana (v.). El rey, sin embargo, atribuyó la derrota a defectos de organización y a escasez numérica de hombres; de ahí que todavía en 1830 pensara en una nueva aventura reconquistadora, que ya no pudo llevarse a cabo. Sólo la muerte logró que Fernando VII desistiera de sus planes cuando hacía ya casi 10 años que la emancipación había vencido.4. Causas externas. Repercusión en América de la política exterior española. Bajo esta denominación se agrupan los factores que producen, influyen o determinan de algún modo o en algún aspecto el proceso histórico emancipador desde fuera de las fronteras del Imperio español, en que ese proceso se desarrolla. El origen remoto de este complejo de causas puede hallarse en los comienzos de la colonización, cuando las potencias europeas trataron de arrebatar a España el monopolio que ésta disfrutaba sobre los productos del continente recién descubierto. España, en efecto, solamente reconoció a Portugal el derecho de compartir con ella el dominio del mundo, y planteó y realizó su acción histórica en América con la mira puesta no sólo en beneficiarse exclusivamente de sus reinos americanos desde el punto de vista económico, sino en liberarlos de cualquier posible influencia de la herejía protestante.Este planteamiento dio a las relaciones hispanoeuropeas un motivo más de fricción, y fue así como los reinos y provincias de América se vieron envueltos, como miembros de la corona española, en la contienda que ésta sostenía con las principales potencias de Europa, ya que estas potencias no sólo veían en América la principal fuente de riqueza de su enemigo, sino que mantenían, frente a la doctrina medieval de la concesión pontificia de tierras, la tesis de la libre navegación de los mares y del derecho a instalarse en cualquier territorio. Esta idea influyó, probablemente, en el planteamiento de la Reforma inglesa, como medio de rechazar y aun combatir, incluso religiosamente, las doctrinas pontificias. Pero lo importante ahora es subrayar que la emancipación hispanoamericana no se debió solamente a razones y elementos interiores del Imperio, sino también a las consecuencias de la política exterior de las potencias europeas, lo cual hace del movimiento emancipador un acontecimiento internacional de trascendentales consecuencias en la Historia.La empresa política exterior de España puso a ésta en casi permanente estado de guerra con Gran Bretaña y Francia. Esa contienda alcanzó de lleno a América, cuyos territorios se vieron amenazados por las cada vez más frecuentes visitas de los piratas. Durante los s. xvi y xvii, británicos y franceses lograron establecerse en tierras americanas y hostilizar, aunque sin grandes fuerzas, los dominios españoles. En el s. xvttt, cambió radicalmente la situación, pues las guerras tuvieron carácter eminentemente colonial y se debatieron principalmente, por tanto, en escenarios americanos. De este modo, las provincias ultramarinas de España se vieron directamente afectadas por la guerra y en la inevitable obligación de defenderse.Frente a esta situación, es necesario recordar que desde 1519 se había establecido, por Real Cédula de Carlos 1 del 14 de septiembre de aquel año, el principio de la unidad y el de la no enajenabilidad de las Indias. El Emperador autolimitaba, pues, su propia soberanía con respecto a las Indias y para el porvenir, pero, además y sobre todo, declaraba implícitamente que América no constituía una colonia de España, algo que pudiera ser vendido o canjeado. En definitiva, daba a los territorios americanos la intangibilidad, es decir, aseguraba a sus pobladores que aquellos reinos jamás dejarían, de formar parte de la corona española por ser algo constitutivo de ella o, como se diría después, por constituir parte del territorio nacional.La declaración de intangibilidad no tuvo, sin embargo, fuerza bastante para evitar los ataques piráticos ni la cesión al enemigo de algún trozo de aquellos territorios, como Jamaica, p. ej. No obstante, la corona continuó manteniendo aquella idea y procuró que sus reinos de América quedasen al margen de los conflictos europeos, como demuestra el tratado hispano-portugués de Madrid, en 1750, por el que ambas potencias acordaron mantener en paz a sus respectivos vasallos americanos aun cuando entre ambas estallase la guerra. De este modo, quedó claramente diferenciada la condición jurídico-internacional del Viejo y del Nuevo Mundo, se estableció el principio de la divisibilidad de la guerra y se declaró la neutralización de América. Pero la realidad se impuso en contra de esas declaraciones. La guerra mantenida por España en Europa alcanzó también a sus provincias ultramarinas, y no siempre pudo la metrópoli defenderlas con sus armas.Rivalidad hispano-inglesa en América. Para que las provincias americanas de España se vieran directamente amenazadas por los enemigos de ésta, fue preciso que transcurriera un largo periodo histórico, cuyo resultado definitivo consistió en el establecimiento de un auténtico equilibrio de fuerzas entre España y Gran Bretaña en América. Tal proceso comienza con la instalación de Gran Bretaña y Francia en la zona septentrional del nuevo continente y continúa, a principios del s. xviii, con la primera fisura abierta en el compacto bloque del monopolio comercial indiano, que empezó a agrietarse con la doble concesión del asiento de negros y del navío de permiso, cuya consecuencia más importante fue la intensificación del comercio ilícito. Antes, también había intentado Inglaterra tener comercio directo con la América española y lo había logrado en parte a través de algunos comerciantes de Cádiz que usaban nombres de supuestos mercaderes españoles. Pero tales actuaciones hubieron de reducirse a la clandestinidad. En cambio, a partir de las concesiones indicadas, los británicos establecieron factorías en América y pudieron aumentar su tráfico ilícito.Las actividades ilegales eran, a veces, descubiertas y denunciadas, en unos casos por el Gobierno español; en otros, por Francia, que ya en la segunda década del s. xvttt manifestaba contra Gran Bretaña la animosidad que iba a estallar después en la guerra de 1741. Así lo demuestran algunos informes y memorias, de los que se deduce que ya en 1725 el Gobierno británico preparaba su acción militar contra España en el nuevo continente y que en esa acción y en los acontecimientos americanos del s. xix jugaron importante papel los libros de cuentas de la Compañía del Mar del Sur y las aparentemente inofensivas descripciones geográficas que hacían sus empleados.Estallada la guerra, España, aliada de nuevo con Francia, sufrió graves pérdidas en sus provincias ultramarinas, como La Habana y Manila. La paz no fue onerosa, sin embargo, pues se recobró todo lo perdido, pero produjo una nueva situación en América, donde se estableció un verdadero equilibrio de fuerzas entre Gran Bretaña y España a consecuencia de la retirada francesa del Nuevo Mundo, estipulada en el tratado de París. Por eso, cuando las colonias inglesas de la América del Norte se sublevaron años después contra su metrópoli, el monarca español vio llegado el momento de romper en su favor aquel equilibrio y apoyó resueltamente a los colonos rebeldes. España actuó entonces con acierto y prudencia en la defensa de sus intereses políticos, pues era muy difícil sospechar que estaba colaborando a la creación de una nueva potencia, que tan eficazmente iba a contribuir a la ruina de su Imperio.El estallido de la Revolución francesa (v.) y los excesos a que llegó con la Convención empezaron a torcer el rumbo de los acontecimientos. La guerra contra la Francia del Terror fue, aunque popular, breve y de resultados negativos, ya que no produjo el abandono de la alianza hispano-francesa. Por el contrario, el nuevo acuerdo con el Directorio (v.), primero, y con el Primer Cónsul, después, originó un nuevo choque con Gran Bretaña, de efectos desastrosos para la marina española. Así las cosas, el Emperador francés planeó y llevó a cabo la invasión de España, que determinó, junto con la crisis de la monarquía, un cambio de frente radical en la política exterior del Gobierno hispano; es decir, la guerra contra el anterior aliado y la alianza con el enemigo de la víspera.Intervención británica en el conflicto hispanoamericano. Las consecuencias de esta nueva orientación de la política exterior española en rellación con los acontecimientos americanos se manifestaron, en primer lugar, mediante un ofrecimiento inglés de mediación en el pleito hispanoamericano, que fue aceptado por la Regencia y que se reprodujo a mediados de 1811 con el añadido de que el Gobierno británico deseaba al mismo tiempo continuar el comercio con la América española. La Regencia aceptó esta nueva propuesta mediadora con dos condiciones: el reconocimiento americano de la Regencia y las Cortes, y el envío a éstas de diputados representantes de los reinos de ultramar. También se dispuso a conceder a Inglaterra la posibilidad de comerciar con América y no extender este permiso a la Unión angloamericana, y exigió, por último, que la mediación estuviera terminada en un plazo máximo de 15 meses.Aprobado el plan mediador por las Cortes, que dejaron a salvo el principio de la unidad esencial de toda la monarquía, se dieron los primeros pasos de la negociación, pero las autoridades españolas advirtieron en seguida que los británicos sólo empleaban la mediación en beneficio propio, es decir, con el exclusivo fin de obtener ventajas comerciales, y que, al mismo tiempo, hacían un clarísimo doble juego: por un lado, ofrecían a España sus buenos oficios para mediar en el conflicto y lograr, a cambio, la concesión oficial del comercio con las provincias americanas no sublevadas; por otro, se entendían directamente con los reinos rebeldes y apoyaban su actitud.La proyectada mediación fracasó, como es lógico, pero en la mente de los gobernantes españoles quedó la idea de una posible intervención extranjera como vía de arreglo con las provincias americanas. Así, a la vuelta de su cautiverio, Fernando VII volvió los ojos a las naciones de Europa en un momento en que, triunfantes de Napoleón, Rusia, Francia, Austria y Prusia unidas podrían ejercer una influencia muy superior a la de Gran Bretaña, caso que ésta continuase tratando de servirse del problema hispanoamericano en su exclusivo provecho. Así, pues, Fernando VII se dirigió a Francia en demanda de mediación y buscó el asentimiento ruso a la proyectada negociación. Ambas potencias apoyaban entonces la idea, pero no Gran Bretaña, que pensaba, sin embargo, presentar a sus aliados un plan de pacificación de América sobre la base de hacer respetar el dominio de España y Portugal en aquel continente.Influido, quizá, por esta noticia, el secretario de Estado español propuso solicitar la mediación británica exigiendo la garantía del éxito, es decir, la unidad de la monarquía. Ello equivalía a volver al plan de 1812, ya ensayado y fallido, sin tener en cuenta el cambio de situación operado, no sólo por los progresos de la emancipación, sino también por los intereses que ahora unían a Gran Bretaña con los nuevos Estados. Un factor, sin embargo, era favorable a España en 1818: la posición de las potencias aliadas, que parecían inclinarse a resolver el problema hispanoamericano de acuerdo con los deseos españoles. Pese a la buena disposición de Francia y Rusia, la negociación entró en un punto muerto debido a la actitud británica, que insistió entonces en elegir Londres como sede de las conversaciones y en pedir a España que fijase las bases de la mediación y el sitio -ya había propuesto Madrid- donde negociarla. Gran Bretaña ofrecía, pues, un compás de espera alegando unas supuestas dilaciones españolas en lo relativo al fondo de la cuestión. España, por su parte, no estimaba posible ni conveniente hacer una manifestación pública de principios en aquel asunto.El problema consistía, en definitiva, en cohonestar las exigencias británicas, que comprendían amnistía, concesiones personales a los hispanoamericanos y libertad de comercio, con la posición española, que se debatía entre dos polos opuestos e irreductibles, a saber: creer que la mediación europea era indispensable y considerar inadmisibles las condiciones inglesas. La tercera exigencia británica era la principal, y resultaba, por tanto, imprescindible convencer a los ingleses de que obtendrían mayores beneficios comerciales ayudando a la pacificación que apoyando a los insurgentes hispanoamericanos. Por eso, el 17 jun. 1818 el secretario de Estado español concretó en una nota las constantes bases hispanas, que eran las siguientes: 1) Amnistía general para los insurgentes en el instante de su sometimiento. 2) Igualdad entre americanos y españoles en los empleos y gracias. 3) Arreglo de las relaciones mercantiles entre América y las potencias europeas, de acuerdo con las nuevas circunstancias de aquellos reinos y de Europa. 4) La buena disposición del rey para adoptar, en el transcurso de la negociación, todas las medidas que presentaran sus aliados y fueran compatibles con la dignidad y conservación de sus derechos, tanto en favor IIde las provincias ultramarinas como acerca del modo de plantear tan interesante empresa.La emancipación, problema europeo. La respuesta británica a esta nota (que estuvo determinada también por la idea de llevar el problema hispanoamericano al congreso de Aquisgrán, para lo cual se habían hecho gestiones con Rusia y Gran Bretaña sin resultado positivo) demostró de nuevo la intención dilatoria del Reino Unido. En consecuencia, el secretario de Estado español decidió inclinarse hacia la solución francesa, que era favorable al establecimiento de monarquías en América y que parecía dispuesta a plantear en Aquisgrán esta cuestión. Tal tesis contaba, sin embargo, con la oposición de Fernando VII, a quien no se ocultaba que la adopción de esa medida produciría la definitiva consumación de la independencia, si bien de un modo gradual y dentro de la forma de gobierno monárquica. Por eso, el Gabinete madrileño se limitó, por de pronto, a seguir atentamente el desarrollo de los acontecimientos en lo referente a la proyectada reunión europea de Aquisgrán, y de este modo pudo saber que las potencias estaban decididas a no admitir la presencia allí de un representante español, e incluso que pensaban invitar, o que habían invitado ya, a algunos agentes de los rebeldes hispanoamericanos. Esta actitud originó, junto con una enérgica protesta española, dos nuevas gestiones con el ministro inglés lord Cástlereagh, cuyo último resultado fue la confesión británica de no emplear con los insurgentes otras armas que las de la persuasión ni aceptar la presencia del monarca hispano, que la había solicitado, en el congreso de Aquisgrán, ya que no estando de acuerdo las potencias en la conducta a seguir en el problema americano, dicha presencia podría resultar inútil y aun perjudicial.La protesta española sólo tuvo, como se ve, la virtud de obligar a Gran Bretaña a aclarar su posición. Inglaterra no hizo nada conducente a la pronta terminación de la guerra entre los americanos y su antigua metrópoli, ya que le convenía, aunque esto no lo confesara, la continuación de la contienda, puesto que le proporcionaba la exclusiva en el comercio americano.Fracasado, por tanto, el recurso a las potencias europeas, y aunque el Gobierno español no desechó la posibilidad de estar representado en Aquisgrán, Fernando VII decidió abandonar la vía de la mediación europea y dedicar todos sus esfuerzos a la preparación de la gran expedición militar que, según se vio antes, se acordó enviar al Río de la Plata. Esta idea contaba con el asentimiento ruso, pero también con la oposición británica. En cualquier caso, ni uno ni otra pudieron entrar en juego, ya que los liberales españoles se encargaron de hacer fracasar el intento. Ahora bien, aunque el triunfo liberal representó, como hemos visto, un cambio sustancial en los planes de la pacificación de América, no supuso el total abandono del sistema de recurso a Europa, e incluso en 1822 volvió el Gobierno a caer en el error de solicitar de nuevo la ayuda británica a cambio de ventajas comerciales. Para entonces, sin embargo, Gran Bretaña había pasado de las dilaciones a la acción en contra de España, contando para ello con la aquiescencia de Estados Unidos, cuyo influjo en H. fue hábilmente manejado por Canning (v.) para dar la última batalla al poder español en aquellas tierras e impedir que interviniese en ellas cualquier poder extraamericano, que no otra cosa significaba el célebre mensaje del presidente Monroe (v.), inspirado a éste por el primer ministro inglés.Reconocimiento progresivo de la emancipación americana. Contra toda previsión, sin embargo, Fernando VIIno cejó en su empeño, y tan pronto fue repuesto en el trono como soberano absoluto, reincidió en las negociaciones con sus sedicentes aliados. Pero después de Verona, la actitud británica se mostró ’más opuesta aún que antes a los deseos de España. As , Gran Bretaña comenzó hablando de la pacificación sobre la base del reconocimiento de la independencia hispanoamericana; continuó declarando que si la metrópoli se oponía a esta solución, el Gobierno británico no sólo permanecería neutral, sino que establecería relaciones diplomáticas con los nuevos Estados; y terminó por negarse a asistir a la proyectada conferencia de París, que, por consejo de Francia, solicitó Fernando VII que se celebrara. Mientras tanto, el Gabinete francés conducía su política hacia la obtención de ventajas comerciales, aunque tuviera que compartirlas en pie de igualdad con los demás, en virtud de la declaración española de libre comercio que Chateaubriand logró obtener del monarca hispano, quien esperaba alcanzar con ella la ansiada mediación de las cortes de Europa. Éstas accedieron a reunirse en París, pero la negativa británica destruyó la nonnata conferencia. España, sin embargo, no considerándolo así, se dispuso a llevar adelante sus planes reconquistadores con la colaboración aliada, la cual sería, a su juicio, más activa y eficaz por tratarse de un negocio que interesaba al mundo entero y por no desmentir en el nuevo continente las máximas de legitimidad proclamadas en el viejo. EJ error español era evidente, como se ve, pues pensar en la intervención aliada en América equivalía a desconocer las declaraciones de Monroe y el sentido auténtico de la política internacional europea sobre el pleito hispanoamericano.Pero el Gobierno español no modificó su pensamiento, y, para imponerlo, organizó toda una campaña propagandística encaminada a crear en Europa una psicosis de intervención y en España otra de conquista. Tal propaganda no surtió, empero, ningún efecto. Por el contrario, Gran Bretaña reconoció, como anunciara, la independencia de los Estados hispanoamericanos y comunicó a España esta resolución el 11 en. 1825, en una nota en la que, además, se permitía recomendar a Fernando VII que hiciera lo mismo. La respuesta española, inmediata y tajante, ratificó su voluntad de no reconocer jamás la existencia de las nuevas repúblicas ni dejar de emplear la fuerza de las armas contra ellas.El reconocimiento inglés de la emancipación constituyó un duro golpe para España, pues daba a los nuevos Estados gran solidez y quitaba fuerza a las amenazas españolas de reconquista. Además, la guerra emancipadora había concluido con la derrota de los fidelistas, lo que acabó de afianzar la separación. Ésta, por último, fue reconocida poco después por todas las potencias europeas. Así, mientras España pensaba todavía, en 1826, en la mediación europea y en la reconquista, Gran Bretaña veía consumado el triunfo de su política en la cuestión de la independencia hispanoamericana, política, sin duda, de revancha del apoyo español a la rebelión de las colonias inglesas. Y he aquí, en conclusión, cómo la emancipación hispanoamericana tuvo las características de un verdadero e importantísimo acontecimiento internacional.JAIME DELGADO.
BIBL.: M. ANDRÉ, El fin del Imperio español en América, Barcelona 1939; V. A. BELAÚNDE, Bolívar y el pensamiento político de la revolución hispanoamericana, Madrid 1959; F. CUEVAS CANCINO, Bolívar. El ideal panamericano del Libertador, México 1951; J. DELGADO, La Independencia hispanoamericana, Madrid 1960; J. EYZAGUIRRE, Ideario y ruta de la emancipación chilena, Santiago de Chile 1957; G. FURLONG, Nacimiento y desarrollo de la Filosofía en el Río de la Plata, Buenos Aires 1952; A. GARCtA GALLO, El Derecho indiano y la independencia de América, "Rev. de Estudios Políticos" 60, Madrid 1951, 157-180; M. GIMÉNEz FERNÁNDEZ, Las ideas populistas en la independencia de Hispanoamérica, Sevilla 1950; C. JANE, Libertad y despotismo en la América hispana, Buenos Aires 1942; R. KONETZKE, La condición legal de los criollos y las causas de la independencia, Sevilla 1950; S. DE MADARIAGA, Cuadro histórico de las Indias, Buenos Aires 1946; F. SUÁREZ, El problema de la independencia de América, "Estudios Americanos" I, Sevilla 1949, 229-244.
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