Herrera, Fernando de
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Biografía GER
Poeta español n. en Sevilla hacia 1534 y m. en la misma ciudad en 1597. Exponente máximo de la escuela poética sevillana, fue llamado por sus contemporáneos el Divino o el Poeta. Reconocimiento al hombre que había conducido la lírica garcilasiana a su expresión de más honda belleza. Hoy está considerado como uno de los precursores del barroco (v.) y el mejor de los petrarquistas españoles en arte y en espíritu (v. PETRARQUISMO).Vida y obra. Hijo de una familia modesta, las humillaciones de su infancia le forjaron un carácter entero, casi heroico. No pidió nada a nadie, ni gustó que le molestaran. Pensó que el mejor camino para vivir con intensidad la libertad deseada era el de la Iglesia y a ella consagró su vida en el oscuro puesto de un beneficio en la apartada parroquia de San Andrés. En la paz de su mundo, soñaba grandezas épicas y leía con verdadera fruición los poetas italianos, los clásicos, la Biblia, y se aficionaba a la historia, a la filología, a la poética y a la ciencia pura, para que le acallaran el yo soberbio que le consumía. Desde su retiro trabó íntima amistad con otros ingenios sevillanos, el humanista J. de Mal Lara, brillante evocador de la vida fastuosa de una Sevilla enriquecida con el comercio; el pintor Pacheco, maestro de generaciones pictóricas; B. del Alcázar, el ágil epigramático; Mosquera de Figueroa y el mecenas Álvaro de Portugal. Con todos ellos tuvo una confianza sincera, a ellos leyó las primicias de su arte y ese mundo iba a influir decisivamente en la dirección de su poesía.En 1559, el círculo cultural sevillano se abrió al mundo brillante y galanteador de las fiestas dadas por el conde de Gelves en su palacio. Acompañaba a don Álvaro su esposa, Leonor de Milán, la musa del poeta. Ante esta súbita aparición, H. dejó la soledad apacible de su retiro y las visitas menudearon. Un nuevo tipo de lírica, la amorosa, sería a partir de ahora su auténtica obsesión. Mucho se ha hablado de la pasión de este huraño poeta por la delicada condesa de Gelves. Para algunos, doña Leonor es un mero pretexto en el que encierra H. el mundo petrarquista que le bullía dentro y así se ha venido creyendo hasta la aparición de las Rimas juveniles en las que late una esperanza de amor imposible, pero amor al fin y al cabo. En algunos momentos hay una actitud de entrega que presupone una correspondencia por parte de la amada. Afirmar taxativamente la existencia real de estos amores, la pasión carnal, es arriesgar una atrevida hipótesis. Si estos amores fueron efectivos, la tersa limpidez de los versos y el suave trasfondo de Petrarca los ocultan y` velan. Nos quedamos con las palabras de García de Diego, referidas tanto al poeta como a la musa inspiradora: ""su rubia y rizada cabellera"", y sus "ojuelos de color mesclado" quedaron profundamente grabados en la tenaz imaginación del poeta, provocando en el fondo de su espíritu místico y melancólico un verdadero culto".Otro problema insoluble lo plantean las obras de H.; hay dos versiones, que se contradicen en muchos puntos. La de 1582, que fue la última realizada por el poeta, y que para algunos críticos, como A. Coster, es superior a la segunda, y la edición póstuma, de 1619, realizada por el pintor Pacheco, sobrino del íntimo amigo del poeta. Al compararlas se ha de reconocer la superioridad de la segunda; es mucho más perfecta, y entraña una mayor elaboración. El editor Pacheco habla en el prólogo del naufragio sufrido por las obras del poeta; no sabemos quién, ni por qué, atentó contra ellas. Se ha supuesto, sin razón, que fuera el mismo conde de Gelves. Queda solamente por comprobar la veracidad de la edición de Pacheco, formada posiblemente por copias corregidas que poseían los amigos del poeta.Las Poesías de H., síntesis no sólo de Petrarca (v.), sino de las Rimas de Bembo (v.) y con influencias de Ausiás March (v.), de Castiglione (v.) y León Hebreo (v.), se trasvasan en innúmeros sonetos, elegías, canciones y églogas. En todas ellas vibra el recuerdo apasionado de su frustrado amor, el ensueño heroico de una idea de imperio ya desaparecido, la nostalgia de una insatisfacción que habremos de ir a buscar en su propia vida. Salvo los sonetos y elegías dedicados a su platónico amor, lo más perenne de la obra de H. son las canciones, síntesis de una poesía depurada que llevará al barroco. Las canciones más afamadas son Al Señor Don Juan de Austria, Por la victoria de Lepanto, Por la pérdida del rey Don Sebastián y Al Santo Rey Don Fernando. La obra erudita más conocida de H. es Anotaciones a las obras de Garcilaso, cuyo comentario debió de parecer a alguno de sus contemporáneos poco favorable al poeta toledano, por la excesiva erudición de la obra. El conde de Haro, J. Fernández de Velasco, atacó a H. en unas Observacionesdonde, encubierto bajo el seudónimo de Prete Jacopín, se proponía defender a Garcilaso de la Vega (v.), malparado por su comentarista. H. contestó dignamente, sin el tono panfletario del conde, y se defendió de las acusaciones como hombre de letras y tratando de no herir susceptibilidades personales. Otras obras en prosa fueron la Guerra de Chipre, Batalla naval de Lepanto, Elogio de la vida y muerte de Tomás Moro y la perdida Historia de las más notables cosas que han sucedido en el mundo hasta la edad del emperador Carlos V.Estudio crítico de su creación literaria. La triple faceta creativa de H. da lugar a tres estilos diferentes, como distinta es la intención. Los tres son complementarios, se sintetizan y pueden explicar el porqué de su poesía. El sevillano empleó buena parte de su vida dedicado a la crítica, a la erudición más o menos libresca y a la historia. Por algunos de sus escritos interpretativos podemos deducir sus gustos y personalidad. Para esto es clave las Anotaciones a las obras de Garcilaso. Aquí se encuentran compendiadas sus ideas en torno a la poesía lírica. El comentario minucioso de los poemas del toledano revela un gusto por lo detallista, lo local, el tono menor y el análisis de las fuentes que le lleva en muchas ocasiones a prolijidades accesorias y marginales. Junto a esto hay también un intento de cerco artístico al poema en el que se descubre el secreto herreriano. Destaca en Garcilaso el atrevimiento en el empleo de nuevas formas italianas y latinas, creadoras de una lengua sugerente. Con esto intenta justificar los malabarismos de su lenguaje poético, y al mismo tiempo expone una de sus obsesiones, la belleza y perfección de la lengua. H. es uno de los grandes domeñadores y recreadores del castellano. Con él la lengua parece perfecta y dócil para expresar los más sutiles pensamientos. Esas voces nuevas que campean en sus obras serán, según propia confesión, limpias, tersas, magníficas, numerosas y de buen sonido. Justifica también H. la erudición de Garcilaso que, aunque encubierta, era posible sacarla a la luz ahondando en el alma de las poesías. Esa "mucha erudición" fue una de sus preocupaciones. Mitología, historia, arte, música, otras literaturas, ciencia clásica, retórica, poética, se compendian en el mundo herreriano como algo consustancial a la creación puramente artística. En las obras herrerianas no se ha de ver sólo la fachada externa, imponente y majestuosa, sino la interna, la del sabio y hombre de ciencia que en su retiro parroquial leía y anotaba con avidez libro tras libro.Otra modalidad de H. fue la poesía heroica. El sevillano tenía un alma épica, posiblemente producto de su afición a la historia. En sus canciones no encontraremos sentimiento, sino dignidad retórica. La influencia de la pomposidad bíblica es innegable. Tanto debió de identificarse el poeta con estas creaciones que las retocaba a fondo entre sus primeras y sus últimas versiones. A veces la diferencia es muy grande, afecta a la estructura del verso y al sistema de la lengua poética. Mitología, hinchazón, audaces metáforas, brillantes imágenes, hipérbaton violento y música orquestal se combinan en los himnos de victoria para producir un dinamismo retorcido, casi barroco. En la canción Por la victoria de Lepanto corre un ímpetu juvenil arrollador. las estrofas triunfales cuajadas de hiperbólicas expresiones confieren un carácter cósmico a lo expresado. El mar, la flota vencida, el orgullo derrotado, el triunfo de la fe cristiana son todo un símbolo del Imperio católico soñado por H. en la soledad de su parroquia de San Andrés. En la canción elegiaca Por la pérdida del rey Don Sebastián se percibe el "canto degemido" como sentimiento de un fracaso. Todo envuelto en el oropel de ese mundo fascinante, tan nuevo y tan lejano de la simplicidad nostálgica de Garcilaso. A este mundo heroico pertenecen un conjunto de sonetos ambientados en ciudades o dedicados a personajes más o menos relacionados con el ideal del poeta. Destacaremos de este grupo los dedicados a Felipe II, a la ciudad de Sevilla, a la batalla de Lepanto y el elegiaco Tú, que en tierna flor de edad luciente, próximo al paroxismo sintáctico y lexical del barroco.La tercera faceta es la del poeta amoroso, tal y como se vierte en los sonetos dedicados a su musa inspiradora, la condesa de Gelves. Esta poesía erótica le hizo olvidarse durante muchos años del mundo heroico que le bullía dentro. Hay en su lírica amatoria dos etapas bien definidas; una de ellas está constituida por las Rimas juveniles, llenas de pasión y encanto amoroso, como si la entrega de la amada hubiese sido real. Es una poesía de esperanza en la que, sin renegar de su estilo, fluye serenamente una actitud platónica ante el amor. Éste, remansado por la visión gozosa de la amada, por una continua contemplación, se desliza sin dolor pero resignado ante lo imposible. Un cierto estatismo nos aproxima esta obra de primera época a la poesía posgarcilasiana de un Cetina o un G. Silvestre. Su segunda etapa está representada por el ensueño metafísico de un amor hecho intelecto e inmortalizado en las Poesías, enriquecidas paulatinamente a lo largo de tres ediciones. La teoría amorosa de H. se ha hecho sutilmente petrarquista; y la amada, hecha de luz, sol, lucero, estrella o lumbre, se nos escapa entre el oropel de ingeniosas metáforas. Aquí tenemos al poeta prebarroco definidor de una escuela. Absorto en la belleza de la forma exterior, ocultó así su pasión hecha desengaño; melancolía que alguna vez estalla vibrante, como en la elegía A la muerte de la condesa de Gelves o en el nostálgico poema Al desengaño.V. t.: BARROCO III; POESÍA PURA I.P. CORREA RODRÍGUEZ.
BIBL.: F. DE HERRERA, Poesías, ed. de A. DE CASTRO, BAE, vol. 32, 1854, 255-342; íD, Algunas obras, ed. crítica por A. CosTER, París 1908; íD, Poesías, ed. de V. GARCíA DE DIEGO, Madrid 1914; íD, Poesías, ed. de P. BOHIGAs, Barcelona 1944; íD, Rimas inéditas, ed. de J. M. BLECUA, Madrid 1948; Controversia sobre sus anotaciones a las obras de Garcilaso de la Vega. Poesías inéditas, ed. de J. M. ASENSIO, Sevilla 1870; F. RODRíGUEZ MARíN, El divino Herrera y la condesa de Gelves, Madrid 1911; E. ORozco, Realidad y espíritu en la lírica de Herrera. Sobre lo humano de un poeta "divino", "Bol. de la Univ. de Granada" 23 (1951) 3-35; J. G. FUCILLA, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid 1960; M. GARCíA, Humanidad y humanismo de Fernando de Herrera "el Divino", Montevideo 1955; J. M. BLECUA, De nuevo sobre los textos poéticos de Herrera, "Bol. de la Real Academia Española", 38 (1958) 377-408; J. M. IRIZAR, La naturaleza en Herrera, "Rev. de Literatura" 7 (1955) 82-98; O. MACRI, Fernando de Herrera, Madrid 1959 (obra fundamental).
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