Grecia (hellas) XII. Lengua y Literatura Clásica Ii. LIT.
Categoria:
Literatura
3. Periodo helenístico. 4. Periodo romano.3. Periodo helenístico. a) Características generales. Ya en alguno de los apartados anteriores (nuevo ditirambo, comedia media, oradores) hemos casi rozado el periodo helenístico, época de evidentes características propias. Las conquistas macedonios traen consigo una gran ampliación de horizontes geográficos, con pérdida de importancia por parte de Atenas, en la que siguen floreciendo la filosofía y la comedia; la unificación política trae consigo la desaparición de las barreras dialectales en la lengua común o koiné diálektos, formada a partir del jónico-ático, y la indiferenciación cosmopolita de países muy remotos entre sí; aumenta el nivel de vida, prosperan materialmente los pueblos, se construyen ciudades con colosales planes urbanísticos, surgen ciencias e invenciones nuevas; aparece una burguesía políticamente apática, pues el gobierno está ya en manos de las monarquías, a la vez que materialista y desilusionada; la religión tradicional cae en total descrédito para ser sustituida por un revoltijo sincrético de creencias procedentes de países diversos y ritos mágicos; los nuevos reinos (Lágidas en Egipto, Seléucidas en Asia occidental, Antigónidas en la G. europea, más tarde Atálidas en la Pérgamo minorasiática) favorecen la cultura con creación de bibliotecas y museos y atracción de intelectuales, lo cual provoca gran interés hacia los antiguos textos, que son editados científicamente, sobre todo en Alejandría, y estimula a los literatos, no geniales en cuanto a dotes creativas, para que imiten a los clásicos (v. IV). La nueva literatura, a diferencia de algunas tendencias del arte coetáneo, desdeña lo gigantesco por el primor de la miniatura preciosista; se fija en lo raro y exótico; adopta un estilo barroco y conceptista hasta llegar en ocasiones al límite de la inteligibilidad; y se tiñe de elementos que perdurarán hasta nuestras literaturas modernas, como el amor sentimental, la idealización de la vida del campo y la cáustica racionalización de los antiguos mitos.b) Poesía épica. El término es empleado aquí un poco abusivamente, pues el contenido de muchas poesías helenísticas, compuestas preferentemente en hexámetros y dísticos elegiacos, debería ser considerado como lírico desde el punto de vista moderno. Como iniciador de varios géneros literarios en el nuevo periodo (y no sólo en cuanto a poesía, pues fue maestro de Zenódoto como gramático y colector de glosas; también Simias fue glosólogo, y Euforión llevó a cabo otras actividades eruditas) aparece Filitas de Cos (n. ca. 320), del que no conservamos casi nada, pero sabemos que fue preceptor de Ptolomeo II y escribió elegías amorosas a Bitis o Batis (precedente de Hermesianacte); un epilio o pequeño poema épico en hexámetros titulado Hermes y una elegía Deméter, todo ello sin duda con interés hacia las antigüedades, etc. (modelo sin duda de Calímaco y de parte de la obra de Teócrito, que le apreciaba mucho); juguetes poéticos llamados tecnopegnias (las líneas de cuyos versos formaban figuras, como en las posteriores de Simias); epigramas, etc. En este poeta y en los abajo citados va implícito el origen de la elegía romana, que, aunque dice depender de ellos, les supera con mucho en cuanto a intimismo y sinceridad amorosa frente a la rebuscada y culta ornamentación que tan fríos nos deja en los modelos griegos. Está llena, en cambio, de tierna pasión la poesía hexamétrica La rueca, de la que conservamos fragmentos, la escribió en dórico a los 19 años, a fines del tv, como despedida a su amiga Baucis, que iba a casarse, en realidad la joven Erina de Telos, muerta no mucho después.Entre el a. 300 y el 240 aprox. debieron de vivir los cuatro citados poetas de la escuela de Filitas: Calímaco de Cirene (v.), con sus himnos, epilios y yambos; Simias de Rodas (Apolo en hexámetros, epigramas, poesía sobre Los meses en que habría explicaciones etiológicas del tipo de las de Calímaco; todo ello perdido, y conservadas, en cambio, las curiosas tecnopegnias Las alas, El huevo, El hacha); Teócrito de Siracusa (v.), autor de himnos, epilios, idilios bucólicos según los precedentes itálicos arcaicos de que arriba hablábamos, mimos al modo de su coterráneo Sofrón, tecnopegnias; y Hermesianacte de Co. lofón, autor de un libro perdido titulado Leontion, con el nombre de su amada, pero que, como la Lide de Antímaco, a quien imita en la recolección de historias de amor desdichado, contenía más erudición catalogal que verdadera expresión de sentimientos eróticos. Mucho más tarde surgen figuras epigonales como Euforión de Calcis (v.); los bucólicos menores Mosco de Siracusa (ca. 150) y Bión de Esmirna (ca. 100), de quienes se nos han trasmitido idilios; y Partenio de Nicea, que llegó el a. 73 a Roma como prisionero de guerra y del que, perdidos sus fragmentos elegiacos y hexamétricos, se han conservado (cfr. 4e) unas Historias de amor patéticas en prosa que deben mucho a Filitas y Hermesianacte.La poesía hexamétrica de grandes alientos está representada en la primera mitad del s. ni por Apolonio de Rodas (v.) y Arato de Solos, cuyo poema astronómico. Los fenómenos se ha conservado; en la segunda mitad, por Riano de Creta, editor de Homero y polígrafo, del que no nos han llegado ni el largo poema Heraclea, sobre Heracles, ni las epopeyas locales sobre Tesalia, Mesenia, etc., ni los epigramas y tragedias que también escribió; y en el II, por Nicandro de Colofón, autor árido y oscuro, del que se conservan las Thériaká, sobre remedios contra mordeduras de animales, y las Alexiphármaka, con medios de auxilio ante otra clase de intoxicaciones, mientras que se han perdido unas Geórgicas que pudieron ser fuente de Virgilio, unas Metamorfosis que pudieron influir en Ovidio y obras sobre las abejas, los pronósticos médicos y otros temas. Es muy típico de lo helenístico este afán didáctico de Arato y Nicandro que en definitiva se entronca con Hesíodo.c) Poesía satírica y epigramática. Escasos restos quedan de los versos de algunos filósofos cínicos, como Crates de Tebas, autor de tragedias y elegías (ca. 360-280), y Fénix de Colofón y Cércidas de Megalópolis, ambos del s. III, escriben yambos métricamente cojos contra los ricos, con metro y estilo tomados a Hiponacte; el último, político de su ciudad natal, compone en dórico interesantes poemas de tema diverso e intención satírica y moralizadora. Tenemos también unas cuantas sentencias yámbicas de Cares (principios del III) y otras falsamente atribuidas al terrible satírico Sótades de Maronea, que en el a. 246 fue ejecutado por sus mordaces ataques contra Ptolomeo II.La gran colección de epigramas llamada Antología Palatina contiene material sumamente heterogéneo de carácter real (copias de verdaderas inscripciones lapidarias) o ficticio; de género votivo, necrológico, convival, mímico, erótico fuertemente obsceno en ocasiones, epílico cuando los dísticos se multiplican hasta convertirse en pequeños poemas; de fechas que abarcan muchos siglos hasta entrar en lo francamente bizantino; de metros diversos aun con predominio del elegiaco; de dialectos varios usados en parte por tradición literaria. Se distinguen, dentro de esta bellísima serie de poesías, una primera época con lo que un poco artificialmente se llaman escuelas peloponésica (de tipo más ritual) y jónico-alejandrina (de tipo más dionisiaco, amoroso y literario en general) y con los nombres, todo ello en el s. III, de Leónidas de Tarento, Faleco el foceo (por el que se denominó el verso falecio) y Mnasalces de Sición, en la primera, y de los grandes Calímaco y Teócrito (en los manuscritos de ambos hay bastantes epigramas), Asclepíades de Samos y Posidipo de Pela, en la segunda; y a fines del s. it y principios del I, la escuela fenicia, afín a la jónico-alejandrina, con las figuras de Antípatro de Sidón y Meleagro de Gádara.d) Tragedia. Es género que en el s. III, desaparecida ya prácticamente la producción ateniense, se halla en gran decadencia. Ptolomeo II reunió en torno suyo un grupo de escritores llamados colectivamente la Pléyade y al parecer, pues casi todo se ha perdido, bastante mediocres. Sosíteo, natural de la Tróade, intentó dar nueva vida al drama satírico dórico. Fílico de Corcira, autor también de un himno a Deméter, siguió, con dramas históricos como Temístocles, los precedentes de Teodectes y de su quizá coetáneo Mosquión, autor de otro Temístocles y de Los fereos, relativo a la familia del tirano lasón. El más conocido de ellos, Licofrón de Calcis, escribió unos Kassandreis alusivos a los Antigónidas (con lo cual introducía el tema de actualidad imitando a un tal Pitón, que en la corte de Alejandro había satirizado a Hárpalo en el drama satírico Agén, y quizá daba punto de apoyo a la praetexta romana) y nos trasmitió una oscurísima Alejandra, que no es propiamente una tragedia, sino apenasmás que un monólogo de Casandra lleno de glosas rarísimas y alusivo, en nebuloso lenguaje profético, a la presente y futura gloria de Roma.
e) Comedia. Gustó mucho en la Antigüedad, tanto en Egipto (según demuestran los muchos hallazgos de papiros) como luego en Roma, y sigue interesándonos, la comedia nueva, único género poético que conserva su sede en Atenas, salvo casos como el de Macón de Corinto o Sición, que estrenaba en Alejandría y del que se conocen varios centenares de versos. En ella vemos reflejado el modo de vida de la nueva burguesía acomodada de la segunda mitad del s. IV y principios del III, con su aversión a la política y a la guerra (el soldado es personaje cómico) y su obsesión por los problemas domésticos de una sociedad, todavía no bien adaptada a los nuevos tiempos, en la que los jóvenes se rebelan contra los padres y se extiende un humanismo como el predicado por la escuela peripatética, con aspiraciones a la igualdad de razas, naciones y clases. La trama sencilla, especialmente en lo que podríamos llamar comedia "de figurón", con estudio divertido y profundo de una manera de ser; los tipos fijos y designados siempre con los mismos nombres; el ritmo alegre y desenfadado, sin procacidad; la ternura y comprensión mostrada en los conflictos amo-, rosos, con la inevitable secuela de hijos naturales generalmente reconocidos a la postre; el optimismo moralizador de los desenlaces; el texto llano y escrito en buen ático, sin pretensiones literarias y con desaparición definitiva de los coros; todo ello compone conjuntos realmente gratos para el lector actual.Junto al gran Menandro (v.) descuellan Filemón y Dífilo, procedentes respectivamente de Siracusa y Sinope y nacidos ambos hacia el a. 360, y Apolodoro de Caristo y Demófilo, modelos del Phormio y la Hecyra de Terencio y de la Asinaria de Plauto. De ninguno de ellos se conservan sino fragmentos.Bajo el nombre de mimos se conocían en el Mediterráneo oriental una variada serie de representaciones que van desde la pantomima individual muda o la canción desgarrada de "cabaret" a lo que hoy llamaríamos sainete de costumbres. En los papiros egipcios hay varios textos de este tipo, ninguno de los cuales supera a las creaciones de Teócrito (v.) o Herodas. La vieja farsa fliácica occidental (cfr. 2e) revive hacia el a. 300 en la hilarotragedia o parodia mítica de Rintón de Siracusa, de cuya producción se conserva poco.f) Escritores técnicos. La biblioteca de Alejandría fue sucesivamente dirigida, desde el a. 290 hasta el 146, por Zenódoto de Éreso, Apolonio de Rodas (que debió de disputar con éxito la dirección a Calímaco), Eratóstenes de Cirene (v.), Aristófanes de Bizancio, otro Apolonio y Aristarco de Samotracia. El tercero de ellos (n. ca. 295) fue gran polígrafo, pero se han perdido casi íntegramente sus escritos filológicos; poema en honor de la reina Arsínoe, un epitalamio, varias epístolas; tratados éticos de tendencia estoica; brillantes aportaciones a las bases cronológicas de la historia (concepto de generación, Olimpíadas, etc.); no menos importantes estudios sobre geografía astronómica (fue el primero en medir la circunferencia de la tierra); poemas astronómicos (Hermes, Erígone) de tipo alegórico y platonizante, con una obra en prosa sobre leyendas catasterísticas (orígenes míticos de las constelaciones); etc. Algo posteriores a Aristarco son el polígrafo Apolodoro de Atenas (n. ca. 180) y el gramático Dionisio el Tracio (n. ca. 170). En cuanto a literatura científica, pueden mencionarse los nombres de Euclides (v.), autor de los Elementos, conservados, y Arquímedes (v.) de Siracusa, del s. III, que escribió en dórico sus tratados de matemáticas e ingeniería, de las que varios se han trasmitido; el genial propulsor del heliocentrismo, Aristarco de Samos (primera mitad del iii), del que nos han llegado una obra y fragmentos; y el mecánico Filón de Bizancio (segunda mitad del mismo), de quien podemos leer algo.g) Filósofos. A este lugar corresponden los cínicos (Diógenes de Sinope, n. ca. 400; el ya citado Crates y, ya en el s.III, Menipo de Gádara, a quien tanto deben la sátira de Luciano y la romana), peripatéticos (Aristóteles e infinidad de seguidores suyos, entre ellos el enciclopédico Teofrasto de Éreso, n. ca. 370, y el médico biocles de Caristo, n. ca. 340), escépticos (Pirrón de Élide, n. ca. 360, y Timón de Fliunte, n. ca. 320), epicúreos (v.; el fundador, ateniense nacido en Samos ca. 341-270, y, dos siglos más tarde, el polígrafo Filodemo, cuyos papiros conservó la erupción del Vesubio en Nápoles), estoicos (v.; Zenón de Citión, ca. 334-263; el poeta Cleantes de Aso, autor de un hermoso himno a Zeus, ca. 331-232; el "pilar del pórtico", el infatigable Crisipo de Solos, ca. 281208; y los representantes de la llamada Stoa media, Panecio de Lindo, ca. 180-110, que tanto influyó en el pensamiento romano, y el polígrafo, científico y viajero Posidonio de Apamea, ca. 135-51), etc. Añádanse una serie de escritos seudopitagóricos que empiezan a ser redactados, según parece, desde los s. iii-ii.h) Geógrafos e historiadores. Citaremos en rápida sucesión al atidógrafo y polígrafo Filócoro (n. ca. 350) y, en la época de Alejandro, la celebración de sus hazañas por el rey Ptolomeo I; Calístenes de Olinto, sobrino de Aristóteles; Anaxímenes de Lámpsaco y Hegesias de Magnesia, que pasa por ser el introductor en retórica del asianismo, degeneración ampulosa y descoyuntada del aticismo aprendido en modelos como Lisias. Por los mismos tiempos, Píteas de Masalia relata su navegación atlántica hasta Islandia o Noruega y el almirante Nearco su periplo desde la desembocadura del Indo. Todo esto se ha perdido en su casi totalidad, como también las historias, más o menos universales, de Duris de Samos (ca. 340-270), sencillo en su estilo y barroco en el "hermoseamiento" de los hechos, y Timeo de Tauromenio, de la misma época, historiador del mundo occidental y de los orígenes de Roma, cuidadoso, aunque libresco según Polibio en sus afirmaciones, pero chocantemente "asiánico". Tenemos varios libros de la historia de Polibio de Megalópolis (v.), pesado en estilo, pero muy original por sus conceptos sobre el cometido de la historia, "maestra de la vida", y sobre el papel de G. y de Roma, desde el a. 220, en el mundo; y también una buena parte de la del sículo Diodoro de Agirión, que vivía aún en el a. 36 y que no es original, pero tiene valor por lo mucho que compila, con atención especial también a su país natal.4. Periodo romano. a) Poesía épica. Conservamos (desde ahora todas las fechas, salvo mención expresa, son de nuestra Era) una multitud de cantos hexamétricos bastante mediocres casi todos ellos en cuanto a valor estético: los himnos (al Sol, a Némesis, etc.) de Mesomedes de Creta (s. I-II), que tienen interesante notación musical; una colección de himnos, el poema Las argonáuticas y el libro Sobre las piedras preciosas (Lithiká), todo ello de tendencia órfica y continuación muy tardía (desde fines del II) de los textos citados arriba (cfr. 3 b); los poemas didácticos de Opiano de Anazarbo sobre los peces (s. II) y de Opiano de Apamea sobre la caza (III); la epopeya cíclica Lo de después de Homero, de Quinto de Esmirna (s. III-IV); los himnos neoplatónicos de Sinesio de Cirene (en dórico y de contenido cristiano; s. IV) y el litio Proclo (s. v); y las obras del audaz innovador en la épica, especialmente desde el punto de vista métrico, que fue el egipcio Nonno de Panópolis, del s. v, autor de un larguísimo poema sobre Dioniso, y sus seguidores, Museo (gramático y autor de un epilio sobre la fábula de Hero y Leandro que ha tenido enorme resonancia), Trifiodoro (egipcio, quizá también de Panópolis, autor de La toma de Troya en la segunda mitad del v), Pamprepio (igualmente de Panópolis, de quien hay fragmentos de las mismas fechas) y Coluto (de Licópolis, que escribió El rapto de Helena a fines del v).b) Escritores técnicos, geógrafos e historiadores. A lo largo de los siglos imperiales encontramos prosistas técnicos de renombre y calidad como Pedanio Dioscúrides o Dioscórides de Anazarbo, del s. I, cuya obra en materia de medicamentos fue, conservada, base de todo lo posterior; el mecánico Herón de Alejandría, de la segunda mitad del mismo siglo, de quien poseemos muchos escritos; los gramáticos alejandrinos Apolonio el Díscolo y su hijo Herodiano, del s. II, también abundantemente atestiguados; el médico y especialmente ginecólogo Sorano de Efeso, de principios del II, de cuya obra nos ha llegado parte; el laboriosísimo escritor, médico, filósofo y filólogo Galeno de Pérgamo, muchos de cuyos tratados, redactados en el s. II, podemos leer; y más tarde Oribasio, del s. IV, recopilador en materia médica, de quien se nos ha trasmitido bastante.Los geógrafos e historiadores de época romana no tienen gran valor literario, pero son preciosos por las muchas noticias útiles que nos trasmiten. Dejando aquí a Plutarco (v.), figura de excepcional talla, citaremos a Estrabón (v.), de la póntica Amasea, que está en los mismos umbrales del periodo (ca. 63 a. C.-20 d. C.), con sus comentarios históricos perdidos y sus Geográficas, casi totalmente conservadas e inspiradas en Posidonio por lo que toca al capítulo ibérico, tan útil para los españoles. Dionisio de Halicarnaso (v.), llegado a Roma hacia el 30 a. C., no es sólo un importante tratadista de retórica, sino también autor de una Arqueología romana en la que se trata lo anterior a la narración de Polibio y de la que nos ha llegado la mitad. El judío Flavio Josefo (v.) narró inteligentemente los hechos de su pueblo en obras llegadas a nosotros. El bitinio Flavio Arriano de Nicomedia (ea. 95-175) toma como modelo al polígrafo Jenofonte y, además de recoger las doctrinas de Epicteto, nos deja un periplo del Ponto Euxino, un manual de táctica militar, un tratado sobre la caza y una Anábasis de Alejandro Magno, sin que, en cambio, nos hayan llegado sus obras históricas sobre los Diádocos, Bitinia y el reino pártico. Los más variados campos científicos (matemáticas, filosofía, astrología) fueron tratados por el egipcio Claudio Ptolomeo, de mediados del s. II, pero sólo nos quedan el llamado (según el título de una traducción árabe) Almagesto, compendio de astronomía geocéntrica; un tratado de geografía astronómica, otro de harmónica y el de óptica conservado en una traducción latina hecha a partir del árabe. También egipcio es Apiano de Alejandría (n. ca. 95), de cuya historia de Roma se conserva parte; y macedonio, en cambio, Polieno, del s. II, autor de un tratado de estrategia que podemos leer. Igual ocurre con la Descripción de Grecia de Pausanias, de origen oriental y nacido hacia el a. 115, guía turística preciosa como fuente de datos sobre el estado de la Hélade en su época. Dión Casio Cocceyano, de la bitinia Nicea (ca. 150235), nos ha dejado parte de una extensa y útil historia de Roma; y no mucho más tardío es Diógenes Laercio, de fines del II, autor de Vidas y doctrinas de los grandes filósofos.c) Filósofos. La Filosofía se encuentra dominada por el estoicismo, que hacia la época de Jesucristo utiliza el judío Filón de Alejandría, con elementos platónicos, para intentar una armonización alegórica con respecto a los libros sagrados de su fe. Bien conocidos (dejando a un lado a los que escribieron en latín como Séneca) son los filósofos Musonio Rufo (ca. 30-108; casi nada conservado), Epicteto de Hierápolis (ca. 50-120) y el emperador Marco Aurelio (v.), que lo fue entre los a. 161 y 180, así como el desconocido autor de la Tabla puesta en el s. I bajo el nombre del socrático Cebes (y trasmitida hasta nosotros) y Hierocles de Alejandría, de mediados del s. II, del que un papiro nos ha trasmitido parte de unos elementos de ética. Una gran inscripción del s. II nos instruye, en la licia Enoanda, sobre las doctrinas del epicúreo Diógenes, hombre influyente allí. El escepticismo (v.) está representado en la segunda mitad del s. II por Sexto Empírico, de quien se conserva, entre otras cosas, un tratado de doctrina pirroniana; y el neoplatonismo, pujante en su atractivo espiritualismo a partir de Amonio Sacas, por el gran Plotino (v.) de la egipcia Licópolis; el fenicio Porfirio (ea. 234-300);Yámblico de Calcis (ea. 250-330); y una serie de escritores cristianos, entre ellos Orígenes (185-254) y el citado Sinesio.d) La segunda sofística. Paralelamente a esta literatura técnica especializada y practicada conforme a moldes tradicionales se desarrolla, en tendencia didáctica, retórica y enciclopédica, cuya raíz se rastrea, a través de Isócrates y en parte de Jenofonte, en los sofistas, un tipo de literatura y aun de ideario que suelen ponerse bajo la etiqueta de segunda sofística. Tales actividades se vieron favorecidas por las condiciones reinantes en la época imperial, en que la ausencia de política propiamente dicha recibía su contrapunto, en medio del general agrado de gobernantes y público, en un tipo de retórica de aparato, muy espectacular, con esquemas literarios propios, como el progimnasma o preparación escolástica, la sentencia, el discurso moral, la diatriba o declamación sobre temas propuestos por el maestro o libremente inventados, la poesía encomiástica, etc. En estilística, el gusto de la segunda sofística trajo consigo una especie de compromiso entre el ampuloso asianismo y el aticismo, regreso arcaísta a los modelos antiguos en los que se dieron toda clase de matices, desde la sensata exhortación a la imitación de Demóstenes, representada por Dionisio de Halicarnaso, pasando por la desmedida veneración hacia Lisias sentida en la época de Augusto por Cecilio de Caleacte (frente a quien demostró perfecto equilibrio estético el autor del anónimo tratado Sobre la sublimidad, Peri hypsous, atribuido falsamente al retor Longino), hasta llegar a las exageraciones puristas de ciertos intolerantes léxicos aticistas.Las principales figuras de este movimiento hacia los comienzos del s. III son el bitinio Dión Cocceyano de Prusa, apodado Dión Crisóstomo (v.) por sus admiradores; el mediocre, pero fecundo Favorino de Arelate (la actual Arlés), del que un papiro nos ha trasmitido casi todo un tratado Sobre el destierro (ca.80-150); su discípulo Tiberio Claudio Ático Herodes, ateniense, llamado Herodes Ático (101-177), a quien conocemos mejor por su vida (rico, mecenas, constructor de monumentos en Atenas, amigo del emperador Adriano, cónsul en Roma) que por su obra, de la que no queda más que un discurso dudoso; Elio Arístides (v.) y Luciano de Samosata (v.), casi rigurosamente contemporáneos en nacimiento y muerte; la familia lemnia de los Filóstratos, de los que se citan tres y aun cuatro, siendo lo más probable que pertenezca al segundo (n. entre los a. 160 y 170) lo conservado (unas Vidas de los sofistas, la biografía del famoso mago y aventurero Apolonio de Tiana, un diálogo Heroico sobre Homero y sus personajes, un Gimnástico en el que se intenta revalorizar la antigua agonística; las Figuras, descripción de las pinturas de una colección napolitana, que fue continuada por un nieto del mismo nombre; etc.) dentro del espíritu arcaísta de la segunda sofística; Hermógenes de Tarso, teorizante de la retórica, n. ca. 160; Claudio Eliano de Preneste (la actual Palestrina), que dejó (ca. 175-235) unas insulsas Historias de animales e Historias variadas; y su contemporáneo Ateneo, de la egipcia Náucratis, gran parte de cuyos Deipnosophistí (El banquete de los escritores, miscelánea llena de noticias preciosas sobre literatura, costumbres, instituciones, etc.) se han conservado.Como rebrote tardío de la segunda sofística debe mencionarse la colección de importantes figuras que, durante el s. iv, orientaron en sentido literario su defensa más o menos entusiasta o encubierta del paganismo agonizante. Merecen mención especial los bitinios Himerio (n. ca. 310) y Temistio (317-388), autores ambos de discursos conservados; Libanio de Antioquía (v.), que nos ha legado (ea. 314-393) un epitafio de Juliano, declamaciones, muchas cartas, argumentos de los discursos de Demóstenes; y el emperador Flavio Claudio Juliano (v.), de quien podemos leer (331-363) multitud de cartas y discursos de tema filosófico, político y religioso, aunque se ha perdido el escrito contra los cristianos.e) La novela. Las novelas griegas en sentido estricto aparecen en época muy tardía, pero el nacimiento del género y sus elementos constituyentes o que han influido en él están claros a partir de la misma Odisea, verdadero cuento de aventuras, pasando por los relatos más o menos inverosímiles intercalados en Heródoto y en los logógrafos jónicos, hasta llegar a la época helenística, en que con este material viene a confundirse el de la tragedia y comedia tardías, con sus peripecias, viajes, amores contrariados, nacimientos y anagnórisis. Por otra parte, el mejor conocimiento de Oriente aporta elementos exóticos (recuérdese la historia de Pantea y Abradatas en la Ciropedia de Jenofonte) que cristalizan, bajo el impacto de la increíble gesta de Alejandro, en una verdadera saga legendaria del gran rey. Si a esto se suman los elementos de folklore popular ya implícitos en las legendarias biografías de Homero y Esopo; la propia fábula, que encontró, en el s. I ó II d. C., un continuador en Babrio; el gusto por lo sentimental que caracteriza a la historia helenística y, con elementos eruditos, al epilio de Calímaco y otros; y el afán típicamente romano por lo picante y licencioso, poseemos una amplia gama de la que mucho antes de este periodo teníamos noticias concretas. Así, quizá ya nada menos que en el s. III a. C., la novela utópica de Yambulo, que conocemos por la sátira de Luciano en su Verdadera historia; en el s. II a. C., probablemente, las sentimentales aventuras de los reyes asirios Nino y Semíramis, de las que hay restos en papiros muy posteriores; ca. 100 a. C., las obscenas Historias milesias de Arístides de Mileto, que, traducidas al latín, fueron utilizadas por Petronio y Apuleyo, y de las que nada conservamos (de la misma fuente parece proceder la carta X de Esquines); y, no mucho después, la citada obra de Partenio. Al s. I d. C. deben de corresponder Lucio o el asno, imitada por Apuleyo y trasmitida por Luciano en resumen que conservamos, y las narraciones de los supuestos Dares y Dictis, atestiguadas por versión latina (del original de la última hay un fragmento en un papiro), que tanto influyeron en la novela troyana medieval.El s. II presencia una verdadera floración de novelas cortadas por el mismo patrón: avatares de una pareja amante que termina por alcanzar fin feliz, simbolismo religioso en la purificación de los héroes a través del sufrimiento, escenarios exóticos, acción movidísima, etc. Así el perdido original de la Historia de Apolonio, rey de Tiro, que, traducida al latín, influyó mucho en las literaturas medievales; Las maravillosas aventuras de más allá de Tule, de Antonio Diógenes, impregnadas de elementos pitagóricos, de las que se conserva un resumen y la parodia de Luciano en la Verdadera historia; las conservadas Efesiacas, de Jenofonte de Éfeso, y Clitofonte y Leucipe, del probablemente egipcio Aquiles Tacio, relacionadas ambas con los cultos de Isis y Osiris; las perdidas Babiloniacas de Yámblico el sirio, de contenido místico-mitraico; la preciosa Daf nis y Cloe del lesbio Longo, en la que subyace un fondo órfico-dionisiaco; y la también trasmitida Quéreas y Calírroe, de Caritón de Afrodisíade, de la que está ausente el elemento religioso. Un siglo más tardías son las neoplatónicas Etiópicas de Heliodoro de Emesa (v.). El rudimento de lo que pudiéramos llamar novela epistolar está en las colecciones de cartas fingidas de Alcifrón (s. II) y Aristéneto (s. v).V. t.: VII; XI; ANTIGUA, EDAD V; CLASICISMO I.M. FERNÁNDEZ-GALIANO.
BIBL.: A. MEILLET, Aperçu d’une histoire de la langue grecque, 7 ed. París 1965; P. KRETSCHMER, Introducción a la Lingüística griega y latina, Madrid 1946; J. CHADWICK, El enigma micénico, Madrid 1961; A. LESKY, Historia de la Literatura griega, Madrid 1968; 0. CATAUDELLA, Historia de la Literatura griega, Barcelona 1954; A. CALDERINI, Tratado de Papirología, Barcelona 1963; A. DAIN, Les manuscrits, París 1964; 1. ALSINA, Literatura griega. Contenido, problemas y método, Barcelona 1967; C. M. BOWRA, La aventura griega, Madrid 1960; W. JAEGER, Paideia, 2 ed. México 1962; A. LESKY, La tragedia griega, Barcelona 1966; F. R. ADRADOS, Ilustración y política en la Grecia clásica, Madrid 1966; A. TOVAR y OTRos, Problemas del mundo helenístico, Madrid 1961; M. F. GALIANO, De Platón a Diógenes, Madrid 1964; 1. S. LASSO DE LA VEGA, De Sófocles a Brecht, Barcelona 1970.
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