Grecia (hellas) XII. Lengua y Literatura Clásica I. LIT.
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Literatura
A. Lengua griega. B. Literatura griega: 1. Generalidades. 2. Periodos arcaico y clásico.A. LA LENGUA GRIEGA. Es una rama aislada del supuesto idioma indoeuropeo (v. INDOEUROPEOS II), que debió de ser hablado en la remota época en que tal pueblo se concentraba en el Norte y centro de Europa. No ofrece semejanzas estrechas con ninguna otra rama, pero sí puntos de contacto esporádicos con el antiguo indio, armenio e hitita. Pertenece al grupo centum (palatales y labiovelares conservadas), y no está ligado al latín salvo en el aspecto histórico-cultural. Hay en ella influjo del sustrato mediterráneo no indoeuropeo que los griegos hallaron en su futuro territorio al establecerse en él hacia el 2000 a. C. Sus características más importantes son la estabilidad de su vocalismo; la desaparición casi total de las consonantes y, w, s; la complicación y arcaísmo de sus sistemas nominal y verbal, con preservación en el último de la categoría aspectual; el uso frecuente del participio como instrumento morfológico y sintáctico; la flexibilidad y vigor de su sistema de expresión gracias a las inmensas posibilidades de creación de derivados y compuestos; la gran variedad del vocabulario; el carácter musical del tono, al que sustituyó más tarde un monótono acento intensivo; la combinación multiforme de sílabas largas y breves en métrica cuantitativa; su sintaxis laxa y poco gramaticalizada y el hábil empleo del orden de palabras. Es una hermosa creación lingüística que, ayudada por condiciones externas favorables, se hizo vehículo de una gran cultura.La lengua griega es la más antiguamente atestiguada de todas las indoeuropeas: ya ca. 1500 a. C. contamos con las tablillas de escritura lineal B encontradas en Cnossos, Pilos, Micenas y otros lugares y en las que las palabras helénicas (muy simples, pues son documentos administrativos o religiosos sumariamente redactados) están enmascaradas por el uso de un incómodo silabario tomado al pueblo minoico allí preexistente. Más tarde, con la catástrofe cultural producida por la invasión de los dorios, última oleada griega llegada a la Hélade, se perdió el uso de la escritura hasta que en el s. IX se adaptó el alfabeto fenicio. En el s. VIII tenemos ya inscripciones, y por entonces debió de ser puesta por escrito al menos una parte del texto de Homero. Desde los primeros testimonios hallamos ya varios dialectos. Las tablillas ofrecen características muy opuestas a las del futuro dialecto dórico, y posteriormente surgen las tres típicas familias jónico-ática, aquea (eólica y arcadio-chipriota) y dórica (dialectos dóricos propiamente dichos y del noroeste). Los dialectos aparecen puros en las inscripciones de cada ciudad y casi puros en Safo y Alceo (lésbico), Corina (beocio), Alcmán (dórico de Esparta), Heródoto (jónico del Asia Menor), Lisias y otros (ático), mientras que hay lenguas poéticas mixtas como la de Homero (elementos eólicos con fondo jónico) o los líricos corales (dórico convencional). La koiné (o lengua común) terminó por superponerse a los dialectos y hacerlos desaparecer (v. XIII).Desde mediados del s. VIII, una intensa colonización llevó la cultura e idioma helénicos a casi todo el Mediterráneo y costas del mar Negro; en la época clásica, el núcleo fundamental de hablantes está en G. propia, Sicilia y sur de Italia, pero con las conquistas de Alejandro se difunde a todo el oeste de Asia. En la época romana, el griego se introdujo en las minorías cultas de la metrópoli, pero enseguida vino una gran contracción a lo largo del Bajo Imperio, del bizantino y de la dominación turca. Después de la independencia se produjo un cierto renacimiento hasta la catástrofe de 1923 (v. VI), a partir de la cual el griego, desaparecido de Anatolia, queda reducido a los límites actuales del país, a Chipre y a algunos núcleos de emigración. El griego medieval o bizantino y el moderno representan una constante evolución con grandes cambios en. el vocalismo, simplificación de la flexión verbal con recurso a perífrasis y partículas, desaparición del optativo e infinitivo, penetración de multitud de extranjerismos, etc. En la G. actual es patente la diglosia o división de sus habitantes por lo menos en dos grupos que hablan, respectivamente, la dimotikí (demótico) o popular y la kazarévusa o clasicista (v. xiv).V. t.: ALFABETO.B. LA LITERATURA GRIEGA. 1. Generalidades. Los textos griegos clásicos nos han llegado por trasmisión en manuscritos medievales de pergamino o papel que, archivados en las bibliotecas, representan copias generalmente muy indirectas del original; preservación de fragmentos perdidos mediante su inclusión en obras de otros autores totalmente conservadas; venida directa hasta nosotros, desde la Antigüedad, de objetos inscritos de piedra o metal (inscripciones), barro (óstraka), madera o papiro, procedente todo ello de hallazgos o excavaciones realizados in situ (en general es de esperar solamente este tipo de trasmisión, para los tres últimos materiales, en países muy secos como Egipto, cuyo suelo arenoso ha dado muchos miles de estos documentos).Por literatura suele entenderse no sólo las obras destinadas primordialmente al deleite del lector (poesías, novelas, piezas de teatro), sino cualesquiera textos redactados con intención divulgatoria y un mínimo de pretensiones literarias, incluidos los libros científicos. No quedan, pues, fuera de este concepto más que multitud de inscripciones (edictos, leyes, exvotos no especialmente literarios, frente a los epigramas y otros escritos epigráficos en verso, que sí suelen estudiarse como literatura), la mayoría de los óstraka (recibos, contraseñas, "tarjetas") y una gran cantidad de papiros documentales, generalmente egipcios, entre ellos muchas cartas no destinadas sino a la lectura del destinatario y carentes de ambición estilística.Para la división en periodos se dan cifras bastante claras, aunque arbitrarias, como toda separación tajante en la continuidad del hacer humano. El arcaico, aquí unido al clásico, abarca, p. ej., hasta el 450 a. C., año de la muerte de Cimón, el último aristócrata; el clásico, hasta el 323, fecha de la de Alejandro; el helenístico, hasta el 30 a. C., año de la caída de Alejandría y desaparición de la última monarquía macedónica; el romano imperial, hasta el 520 d. C., en que coinciden el cierre de la Academia platónica por Justiniano y la creación del foco de cultura occidental que iba a ser Montecassino; el medieval bizantino, hasta la caída de Constantinopla en 1453; y el moderno, desde entonces.2. Periodos arcaico y clásico. a) Poesía épica. En la literatura griega no existe progreso estilístico: cada género presenta en sus principios obras maravillosamente logradas ya. Así, la gran fama de la Riada y Odisea de Homero (v.) provocó tal admiración y curiosidad, que, a fines del s. VII y principios del vi (todas las fechas, mientras no se indique lo contrario, son anteriores a nuestra Era), surgieron una serie de poemas épicos, iguales que aquéllos, en cuanto a estilo, metro y dialecto, pero inferiores en calidad, que completaban la materia mítica en el llamado ciclo épico. Hoy conservamos fragmentos y unos resúmenes de la Crestomatía de Proclo. Parte de ellos trataban mitos diversos (Titanomaquia, posiblemente de Eumelo de Corinto, y otros), pero los más versaban sobre los ciclos de Tebas (Edipodia de Cinetón; Tebaida, muy antigua, y Los epígonos) y Troya (Cantos ciprios de Estasino, con materia preiliádica; Etiópide de Arctino de Mileto, directamente empalmada con la Ilíada y en la que aparecían Pentesilea y Memnón; La toma de Ilión del mismo; La pequeña Ilíada de Lesques, probablemente un epítome paralelo a los dos últimos; Los regresos de Hagias de Trecén, catálogo de héroes con sus destinos ulteriores; y Telegonía de Eugamón de Cirene, el más moderno y el más fantástico, con la muerte de Ulises). Calino aún creía en una paternidad homérica para el ciclo en bloque, pero ya no Heródoto ni Aristóteles.En el mismo tipo de épica descriptiva, escrita siempre en hexámetros, conservamos, con la Teogonía de Hesíodo (v.), el Catálogo de las mujeres, imitación del mismo quizá basada en un núcleo genuino; El escudo de Heracles, falsamente atribuido también a Hesíodo, es una mediocre obra de fines del s. vii o incluso de principios del VI. La decadencia del género continúa hasta la época alejandrina: no tuvo éxito la innovación de Querilo de Samos (segunda mitad del s. V), poeta muy estimado que en su Perseida, hoy perdida, trató al modo épico el tema de su amigo Heródoto, la segunda guerra médica. No conservamos casi nada de Antímaco de Colofón (s. V-IV), adelantado de la estética helenística al dedicarse, en los hexámetros de la Tebaida, a profundizar en la materia cíclica con rasgos eruditos y patéticos. Su poema elegiaco Lide (nombre de su amada muerta) era una larga serie de desdichadas historias de amor trabadas en unidad artificial con enlace de elementos hesiodeos (gusto por lo catalogal) y de Mimnermo (erotismo y sensibilidad jónica) (v. VIIi).b) Himnos, poesía religiosa y didáctica. Junto a esta poesía épica descriptiva surge, ya en los más antiguos rapsodas, el elemento religioso en forma de proemios, como invocación divina previa a la recitación, que terminan trasformándose durante los s. VII-VI, época de fuerte actividad religiosa y cultual, en verdaderos himnos como el de Hécate, posiblemente espurio, inserto en la Teogonía. Conservamos por casualidad una col. de himnos de "Orfeo", Calímaco y Proclo y, con ellos, más de 30 atribuidos a Homero desde hace tiempo. Sus fechas son diversas: alguno puede incluso ser helenístico. Descuellan en extensión y calidad los dedicados a Deméter, de fines del vii y ambiente eleusinio; a Apolo, fusión quizá de dos cantos distintos (el dedicado al dios de Delos, escrito por un ciego de Quíos a quien se identificó con Homero, y el dedicado al de Delfos, tal vez escrito y unido al otro por un tal Cineto en el s.VII); a las travesuras del dios niño Hermes, más moderno (¿del VI?) y lleno de humor; y a Afrodita, el más antiguo de todos a juzgar por sus arcaísmos. Otro corpus de poesía religiosa fue atribuido al mítico Orfeo y compilado desde el s. vi hasta la época romana: parte de su contenido, llegado a nosotros, se relaciona con el movimiento órfico-pitagórico que se produjo en los s. VI-V y de que es testimonio la II Olímpica de Píndaro.Obras cosmogónicas o cultuales en prosa o verso se atribuían a personajes del s. VI quizá no históricos, como Museo, Abaris, Aristeas de Proconeso y Epiménides. Más fe merecen las noticias sobre la perdida Teología de Ferecides (no Ferécides) de Siros, que (ca. 550) sería la más antigua obra escrita en prosa sobre tema parecido al de la Teogonía. El tono didáctico y sentencioso de parte de Los trabajos de Hesíodo continúa en los fragmentos hexamétricos que hoy quedan ("también esto es de Focílides") de un autor del VII-VI, al que en los principios de nuestra Era se atribuyó una larga poesía conservada del mismo tipo. Probablemente al s. vi corresponden también dos poemas burlescos falsamente atribuidos a Homero, la conservada Batracomiomaquia (lucha de las ranas contra los ratones), parodia hexamétrica de la Ilíada, y el Margites, del que tenemos poco, escrito en hexámetros con yambos intercalados, sátira, socialmente enfocada, de un tonto de casa rica.c) Poesía lírica. También la lírica arcaica (de la que, salvo mención en contrario, hay que entender que sólo hay fragmentos) llegó pronto, desde humildes principios (cantos cultuales como el peán y treno, celebraciones familiares como el himeneo, melopeas laborales, estribillos infantiles, desahogos líricos muy simples), a gran esplendor con la constitución de géneros fijos: la mélica, coral o individual, acompañada generalmente de la lira, algo más complicada musicalmente y más aristocrática; la elegía, dísticos acompañados por la flauta, más descriptiva y moralizadora o política en ocasiones; y el yambo, recitación de versos yámbicos o trocaicos prosaicos, populacheros y a veces obscenos o ferozmente satíricos. En el yambo descuella, a mediados del s. VII, Arquíloco (v.), a quien no igualan ni Semónides de Amorgos, de finales del mismo siglo, autor de famosos versos misóginos, ni Hiponacte de Éfeso, de mediados del VI, desvergonzado pordiosero no carente de gracia. En parecida vena popular escribe yambos gastronómicos Ananio, del mismo siglo.En la elegía se distinguen los tres grupos patriótico, político y filosófico-moral. Al primero, muy homerizante, pertenecen Calino de Éfeso (de mediados del vci, que exhorta a sus paisanos a luchar contra los cimerios), Tirteo (su coetáneo, quien, no obstante las leyendas usuales, pudo ser un espartano que, desde luego, electrizó a su pueblo en la segunda guerra mesenia) y, probablemente con menos vigor, Mimnermo de Colofón, de finales del VII, que en la Esmirneida arenga a los de esta ciudad en su lucha contra Giges; minúsculas elegías son también los muchos epigramas escritos desde fecha muy antigua para honrar a los caídos o dedicar ofrendas a los dioses. Políticos son la Eunomía de Tirteo, que canta las excelencias de la constitución lacónica, o los escritos de Solón (v.), justificaciones de su gestión política en Atenas. Fragmentos filosóficos, impregnados de pesimismo y resignación ante el destino inexorable, conservamos de Arquíloco y Semónides con otros bellísimos de Mimnermo, cuya poesía, muy erótica, iba en gran parte destinada a su amada la flautista Nanno. Un siglo más tarde (sobre Jenófanes, cfr. f) de Teognis de Mégara se nos trasmiten más de mil versos (pero sólo un pequeño núcleo es suyo), en los que se inicia el tono pedagógico-pederástico con exhortaciones al joven Cirno para que se defienda en la decadencia de unos ideales aristocráticos ya muy amenazados. Gran parte de esta poesía debió de ser recitada en sobremesas masculinas: conservamos también bastantes composiciones simposiacas anónimas, no siempre escritas en dísticos (sobre Critias, cfr. d).Los líricos mélicos debieron de ser al principio autores y solistas, a la vez, de cantos individuales y compositores de temas corales: así el lesbio Terpandro, del s. vri, que actuó en Esparta y pasaba por ser inventor de la lira de siete cuerdas, compuso proemios citaródicos del tipo de los himnos homéricos y dio normas al nomo, canto ritual consagrado a Apolo; o el también lesbio Arión de Metimna (ca. 600), supuestamente salvado por un delfín, que gozó de gran fama en la corte de Periandro de Corinto. Tal dualidad se da en Lesbos, algo más tarde del a. 600, con Safo (v.) y Alceo (v.), que alternan los cantos rituales corales (epitalamios de la primera, himnos del segundo) con poemas individuales. En cambio, el jonio Anacreonte (v.), posterior en más de medio siglo, cultiva ya preferentemente la lírica individual simposiaca, mientras que en los países dóricos actúa con éxito una potente escuela coral.En ella destaca, en la segunda mitad del s. VII, Alcmán, que, si era lidio como se nos dice, estaba muy helenizado y se dedicó en Esparta a componer, para coros femeninos, partenios, de los que los papiros nos han trasmitido bellos restos. La Magna G. surge por primera vez con el siciliano Estesícoro de Hímera (ca. 640-555), que compone baladas de tipo homérico (entre ellas la famosa Helena y las dos palinodias en las que, cegado por la diosa como castigo por su versión del rapto, se desdice introduciendo la variante de la contrafigura de Helena) y aporta novedades como el tema pastoril, muy propio de su país natal, y la historia novelesca de amor. De la ciudad suritálica de Regio es Ibico, de la segunda mitad del s. VI, en cuyos coros hay mito, erotismo algo morboso y estilo barroco: debió de encontrar a Anacreonte en la corte del tirano Polícrates de Samos, del que fue poeta áulico. Los grandes maestros de la lírica coral son Simónides (v.), Píndaro (v.) y Baquílides (v.), que viven aproximadamente entre el a. 550 y el 450: del segundo existen manuscritos medievales. Hay que agregar las figuras secundarias de Laso de Hermíone, maestro de Píndaro; la beocia Corina de Tanagra, humilde cantora de leyendas locales en su dialecto, que suele pasar por coetánea de Píndaro, pero puede ser muy posterior; el rodio Timocreonte de Yaliso, de la primera mitad del v, mordaz enemigo de Temístocles, que recuerda a Hiponacte en muchas cosas; y, de la misma época, las poetisas Telesila de Argos, cuyos cantos fueron recogidos en inscripciones, y Praxila de Sición, de calidad inferior (sobre Ión, cfr. d).En el s. V y principios del IV aparece (con base en las innovaciones técnicas musicales introducidas, p. ej., por Laso) un movimiento que no pudo detener el ático Damón, consejero de Pericles e inspirador de Platón, que condenaba los efectos emocionales perturbadores de la flauta. El gran auge del ditirambo, introducido en los agones dionisiacos y del que eran ya maestros Píndaro y Baquílides, produjo la escuela llamada del nuevo ditirambo, que buscaba más perfección y complicación melódicas, mayor patetismo, barroquismo y pomposidad en el texto. También el nomo citaródico tradicional se sumó a esta tendencia, que hallamos en coros trágicos (Eurípides en su última época, Agatón), pero sobre todo en ditirambógrafos como Filóxeno de Citera (435-380), que visitó la corte de Dionisio I de Siracusa y escribió El cíclope, con el tema nuevo del amor sentimental de Polifemo hacia Galatea, y Timoteo de Mileto (ca. 450-360), del que el más antiguo papiro conservado nos dio muchos versos de Los persas, nomo histórico dedicado a la batalla de Salamina y compuesto en estilo y vocabulario a veces delirantemente frondosos.d) Tragedia (v.). Es problema muy complicado el de su origen, aunque parece tratarse de un fenómeno religioso relacionado con el culto de Dioniso como dios de la fertilidad y con elementos rituales de tipo mágico (máscaras, acción mímica, danzas, lamentos fúnebres), factores psicológicos (tendencia al olvido de las propias preocupaciones en el enajenamiento catártico) e inquietudes políticas (fomento de los agones por los tiranos para complacer al proletariado). Probablemente, según Adrados, hubo, contra lo que sostiene Aristóteles (Poética 1449 a 9-31), un tronco común de la comedia (v.) y tragedia (v.) enraizado en la palabra kómos, que equivale en su origen a `comitiva ritual festiva’ de cualquier índole. Más tarde komoidós se aplicaría al actor de una determinada clase de kómoi jocosos, mientras que tragoidós quedaría especializado para actores `trágicos’ y tragoidóa para `tragedia’ (en ocasiones, como más tarde en el drama satírico, los coreutas ostentarían rasgos propios del trágos, ,macho cabrío’, como elemento también de religiosidad primitiva). Quizá esto no contradiga, sino amplíe, la aserción de Aristóteles: la tragedia surge, probablemente por innovaciones de Arión, a partir del ditirambo dionisiaco, cuyo exárkhon o solista comenzaría a dialogar con el coro en general.La tragedia tiene un marcado carácter ático debido al auge dado sobre todo por Pisístrato al culto de Dioniso Eleutereo, que procedía de la ciudad beocia de Eléuteras y para quien se construyó el gran teatro en la falda de la Acrópolis. Allí se celebraban los concursos de las fiestas Grandes Dionisias y, desde ca. 430, de las Leneas. Al primero de ellos cada escritor presentaba tres tragedias y un drama satírico (pieza más breve, generalmente burlesca, cuyo coro era de sátiros): estas tetralogías tenían alguna vez tema común, pero fueron poco a poco convirtiéndose en yuxtaposiciones de argumentos independientes. En las Leneas se daban solamente dos tragedias. A lo largo del s. v observamos, en lo conservado de Esquilo (v.), Sófocles (v.) y Eurípides (v.), una clara evolución desde la tragedia sin argumento, a base de diálogos líricos entre el actor único y el corifeo, hasta la de acción complicada, con dos (y luego tres) actores a la vez en escena, prólogo explicativo, parlamentos, relatos de mensajeros, esticomitias (diálogos vivaces entre dos personajes) y largos comos cantados (arias, dúos o cuartetos, etc.) o canciones corales cada vez más más independientes del argumento. El dialecto es ático, con jonismos en la parte recitada (en trímetros yámbicos o tetrámetros trocaicos catalécticos) y dorismos en los coros: el tema, generalmente mitológico, con escasas sorpresas para un público más interesado en los primores literarios; el juego escenográfico, cada vez más complicado; la interpretación, a cargo de una mínima compañía de hombres solos que se relevaban en los papeles; los coreutas, preparados y pagados por un corego generoso.Hay fragmentos de varios predecesores de Esquilo, como Tespis de Icaria, figura semilegendaria de la que se nos dice que recorría las aldeas dando representaciones ambulantes en un carro y que se presentó en las Grandes Dionisias entre el a. 536 y el 532; Querilo, distinto del citado arriba, que actuó entre el a. 524 y el 520, autor de Álope; Frínico, vencedor por vez primera entre el a. 512 y el 508, predecesor de Eurípides con Alcestis, introductor de la modalidad, que no cuajó, de la tragedia histórica (La toma de Mileto, sobre el desastre jónico del a. 494, que desagradó al público; Las fenicias, antecedente de Los persas de Esquilo, sobre la batalla de Salamina; quizá la obra sobre el rey lidio Giges de la que conservamos un papiro); y Prátinas de Fliunte, que competía con Esquilo en los primeros años del s. V. A estos autores se atribuyen arbitrariamente "invenciones" (parlamento de actor, prólogo y máscara por Tespis; personajes femeninos y tetrámetros por Frínico) que son en realidad rasgos paulatinamente adquiridos, en parte desde fechas muy antiguas, por el género. Más verosímil es que Prátinas, de quien se conservan muy briosos versos de tipo satírico, trajera de su tierra natal dórica (ca. 515) la definitiva estructuración de los elementos "trágicos" (esto es, `caprinos’) en la forma canónica del drama.Conocemos trazos de muchos trágicos menores: Ión de Quíos (ca. 490-422, autor de elegías, ditirambos, himnos, comedias, historia en prosa, memorias, así como de un Gran drama, de cuyo argumento nada sabemos; de varias tragedias y del drama satírico Ónfale, que ofrece ya la figura de Heracles cómico; político y hombre de mundo, escritor menos genial que elegante), el famoso Critias (dirigente oligárquico de los Treinta, ca. 460-404; filósofo sofístico, autor de elegías, tratados políticos, aforismos, diálogos, proemios oratorios y una tetralogía en la que figurarían, con el drama Sísifo, las tragedias Tenes, Radamantis y Pirítoo, que se atribuían también a Eurípides y de las que la última introducía el tema de la mujer de Putifar) y el ateniense Agatón (ca. 445-401), ridiculizado por Aristófanes en Las tesmoforiantes e inmortalizado en El banquete platónico, en el estilo florido de cuya obra confluían rasgos de retórica gorgiana y barroquismo del nuevo ditirambo. Su tragedia Anteo representó, con su argumento de libre inventiva, una verdadera revolución a la que nadie siguió. En el s. iv. aparte de nombres bien conocidos de trágicos como Astidamante, hallamos la tragedia Reso, trasmitida como de Eurípides y cuya genuinidad defienden muchos. Representan novedades, hoy perdidas, la tragedia histórica Mausolo de Teodectes de Faselis (ca. 377-336; alumno, como Astidamante, de Isócrates) y la Leda y Adonis del tirano Dionisio el Viejo (ca. 430-367), que se esfuerza en introducir mitos menos tratados.e) Comedia (v.). En Atenas sigue una evolución literaria parecida a la de la tragedia. A partir de elementos muy populares (procesiones fálicas como la descrita por Aristófanes en Acarnienses, 241-279, burlas del tipo de las fesceninas itálicas) se va montando una especie de representaciones que terminaron por pasar desde los terrenos de la posterior ágora hasta el teatro de Dioniso, donde hubo ya competición cómica en las Grandes Dionisias desde el a. 486 y en las Leneas desde el a. 442. Cada poeta o director de escena (didáskalos) presentaba ordinariamente una sola comedia. Los temas son la invectiva política o literaria llevada hasta extremos descarnados, la farsa mitológico-burlesca, la sátira de costumbres, antecedente de la comedia nueva, etc. Los actores aparecían grotescamente ataviados con falos, vestiduras raras y máscaras risibles. Los coros vestidos de animales (aves, avispas, ranas, como en Aristófanes) daban más animación a la escena. Otros elementos canónicos son, en fin, la parábasis o excurso biográfico o político del autor, el agón entre personajes, el tumultuoso cortejo final o kómos del que (cfr. d) tomó su nombre el género. Los metros y dialectos son similares a los de la tragedia.Se discute si, conforme a Aristóteles (Poética, 1448 a 2938), la comedia fue importada a Atenas por los dorios y, más concretamente, desde Mégara, pues no son, según parece, más que fenómenos paralelos las pantomimas de los llamados dicelictas espartanos, las danzas obscenas peloponesias en honor de Artemis, la farsa improvisada megárica de personajes estereotipados, etc. La figura de un tal Susarión de Mégara o de Icaria, "inventor" de la comedia según Clemente de Alejandría, está llena de oscuridades. Tampoco parece, contra Aristóteles (o. c., 1449 b 5-9), que haya influido mucho en Atenas la comedia antigua siciliana escrita en dórico, carente de coro al parecer y donde no hay sátira política. Su representante más conocido es Epicarmo, natural de Mégara Hiblea, pero que vivió en Siracusa (ca. 550-460). Conservamos fragmentos y títulos de dranas, como les llama Aristóteles, con parodias míticas (Ulises espía, Prometeo o Pirra; a veces Heracles es presentado como glotón o incontinente), personajes genéricos como el parásito o el patán, burlas agonales (Lógos kai logína, D. Discurso y Da Discursina), sentencias (el poeta pasaba por ser profundo filósofo), etc. A este tipo de comedia suplantó en la Magna G. el mayor atractivo popular de la grotesca farsa llamada fliácica y el mimo (v.), en el que descolló Sofrón de Siracusa, de mediados del s. v, autor en dialecto dórico de mimos "masculinos" y "femeninos". Parece haber sido, a juzgar por un papiro, predecesor del idilio II de Teócrito, y probablemente su juego escénico influyó en la composición externa de los diálogos de Platón, que le apreciaba mucho.Los tres grandes representantes de la comedia antigua ateniense son Cratino (v.), Éupolis (v.) y Aristófanes (v.), a los que sigue la comedia media entre el a. 400 y el 320, con Antífanes (n. ca. 405), Anaxándrides de Camiro y Alexis de Turios, que actúan en Atenas, y el último de los cuales (ca. 372-270) dicen que fue tío o maestro de Menandro. Este género, del que se conserva muy poco, no debió de tener gran valor literario, aunque los romanos lo estimaban (Plauto, p. ej., toma de él la acción de su Persa). Ya en las últimas obras de Aristófanes advertimos que declina la sátira política, con desaparición de la parábasis; la acción, más fantástica, se inspira en temas universales; el lenguaje es más pulcro; los coros, meras canciones de entreacto, no son ya casi nunca (Las asambleístas) o nunca (Pluto) copiados por los escribas. Lo mismo (al lado de algún rasgo arcaísta, como la posible intervención del coro en algún argumento de Alexis) hallamos en la comedia media, con auge de la menos incisiva sátira filosófica o literaria; mayor estereotipación de los caracteres; evolución en el vestido hacia una indumentaria ciudadana sin procacidad; parodia mítica en grado moderado; erotismo; intriga complicada, con anagnórisis, etc., como en el Eurípides de la última época; y ambiente burgués y cosmopolita. Todo ello prefigura ya la comedia nueva.f) Principios de la prosa. Los presocráticos. Muy antiguas (cfr. b) sobre Ferecides y otros supuestos autores en prosa) debieron de ser las primeras manifestaciones de la prosa fabulística, que, basada en elementos orientales y paralelamente con los atisbos poéticos de este tipo que hallamos en Hesíodo, los epodos de Arquíloco y Semónides, constituyó un corpus de sabiduría popular en el que se aunaban afán de crítica social encubierta y espíritu pedagógico moralizador. Pero conocemos mal este tipo de literatura primitiva, pues nuestros textos de las fábulas esópicas, conexas con una especie de novela de la "vida y dichos" de Esopo (v.), que ya corría por G. desde el s. vi, ostentan edades tardías que oscilan entre los s. i y v-vi d. C. También contamos con abundantes rastros de una versión "folklórica" de la biografía y obra de los llamados Siete Sabios.De los escritores presocráticos (v.) nos han llegado fragmentos escritos casi siempre en jónico. En la primera mitad del s. vi, los tres grandes prosistas cosmológicos milesios, verdaderos padres de la ciencia occidental emancipada del mito: Tales (v.), Anaximandro (v.) y Anaxímenes (v.), que sitúan el origen de la vida, respectivamente, en el agua, lo indeterminado o ápeiron y el aire y a los que se deben avances en el estudio de los eclipses, magnetismo, mapamundi, reloj de sol. lenófanes (ca. 565-470) se estableció, procedente de Colofón, en la lucania Elea, del S de Italia; escribió elegías, poemas hexamétricos y unas combinaciones (silloi) de hexámetros y yambos con carácter satírico; son famosas sus protestas contra la hipertrofia social del deporte y su lucha por un alto concepto de la divinidad libre de ridículos antropomorfismos, lo que debió de provocar como reacción las interpretaciones alegóricas de Homero que comienzan con Teágenes de Regio (segunda mitad del s. VI). La escuela continúa con Parménides de Elea (v.), de quien largos fragmentos hexamétricos nos trasmiten su doctrina sobre la unidad del ser, y Zenón de Elea (v.), autor de un libro, en prosa, lleno de brillantes paradojas. Es posible que no haya escrito nada Pitágoras (v.), que pasó de su Samos natal al sur de Italia y fundó allí varias comunidades entregadas a una mística de carácter órfico en parte y basada en la reencarnación de las almas, con preceptos especiales de tipo ético y aun sanitario. Otra figura de relieve es Heráclito de Éfeso (v.), que en una sentenciosa prosa expone su doctrina filosófica del eterno fluir. Medio siglo más tarde aparece Empédocles (v.), de la siciliana Acragante; gran poeta; inteligente innovador en religión con una actuación "pastoral" y no exenta de preocupaciones médicas enraizadas en rasgos ocultistas o mágicos; y autor de dos larguísimos cantos hexamétricos, cuyos contenidos no parecen muy compatibles: el poema cosmológico que establece una racional armonía de cuatro elementos en el cosmos, y Las puri)icaciones, inspirado por las doctrinas órfico-pitagóricas sobre el origen y destino del alma, que eran tan corrientes en la Magna Grecia. Anaxágoras de Clazomene (v.) sufrió en Atenas persecución por sus doctrinas astronómicas, tenidas por impías, y escribió un libro en prosa, inspirado en Anaxímenes y Parménides, sobre el noús o intelecto como clave de la vida. Demócrito de Abdera (v.), del que no sabemos cuánto debía a la oscura figura de su maestro Leucipo, es considerado como el fundador de la doctrina atomística (v. ATOMISMO).g) La sofística. En la primera mitad del s. v confluyen en Atenas para enseñar y escribir allí en prosa ática una serie de pensadores, los sofistas (v.), de los que conservamos muchos fragmentos y alguna obra completa y a los que hoy día hay una cierta tendencia a rehabilitar en parte del descrédito a que los sometió Platón con sus críticas del Protágoras y Gorgias, los dudosos Hipias mayor e Hipias menor y otros lugares. Es un movimiento, muchas veces comparado con la Ilustración (v.) del s. XVIII, provocado por la profunda revolución social, económica, política y religiosa con que finaliza el periodo arcaico. Ante el derrumbamiento general del régimen aristocrático, la democratización y relativa industrialización de la sociedad, los avances técnicos y científicos y las demoledoras críticas de la religión tradicional, esta nueva generación de intelectuales, menos aislada del mundo que los primeros presocráticos, se concentra en el hombre, medida de todas las cosas, y, declarándose agnóstica en religión, intenta imbuir en él, con tenaz vocación pedagógica, nuevos valores como la areté enseñable, fundada en las dotes naturales, favorecida por el incesante progreso de la humanidad y productora, mediante adecuadas técnicas, de éxito en un tipo de vida sociable y políticamente organizado. A estos principios generales se unían características comunes como el cosmopolitismo errante, el afán por cultivar especialmente a las capas selectas de la sociedad y de modo más concreto a los jóvenes, la calidad de maestros profesionales pingüemente remunerados, la preferencia por la exposición oral o el libro de texto frente al diálogo escrito, la tendencia a ceñirse a enseñanzas acotadas sin aspirar a grandes síntesis cosmogónicas, el intencional aparato de pomposa autosuficiencia en el trato social, etc. Una interpretación crítica de todo esto condujo al clásico "cliché" del sofista como hombre audaz, desarraigado, oportunista, sembrador de inquietudes negativas en una sociedad de la que no se siente solidario. Pero también es cierto que este optimismo humanístico, al que tanto deben los idearios posteriores a partir de su parcial puesta en práctica por la Atenas de Pericles y de su eco en la escena de Eurípides, llevaba en germen desviaciones funestas como el repudio individualista del nómos convencional con su secuela de anarquía, la exaltación a fuente de ley del derecho del más fuerte y el retorcimiento sofístico de la verdad con hábil retórica.Suele ser considerado como introductor de la sofística Protágoras de Abdera (v.), que preparó para Pericles la legislación de la colonia de Turios, fundada en el a. 444. Son muy conocidos los principios de Sobre los dioses (agnosticismo total) y La verdad (homomensura). Sobre el estado primitivo está reflejado en el mito del Protágoras de Platón con su visión optimista del progreso de la humanidad frente a la constante decadencia supuesta por Hesíodo. Las contradicciones (Antilogías), de que es eco a principios del s. IV el tratado Dissoi lógoi, escrito en dórico, era obra destructiva en potencia por su relativismo dialéctico. Protágoras, interesado por la gramática, fue el primero que distinguió los tiempos y los modos y debió de entregarse a disquisiciones sintácticas como las que Aristófanes atribuye a Sócrates en Las nubes.Pródico de Yulis, ciudad de la isla de Ceos (n. ca. 465), se ocupó mucho en cuestiones de sinonimia poniendo así cierta base a los métodos dieréticos socráticos. Las estaciones (Horai) era una interpretación naturalista de los comienzos de la religión en que se iniciaba el tema célebre de Heracles en la encrucijada entre la virtud y el vicio. Hipias de Élide, su contemporáneo, representa la tendencia a la poligrafía enciclopedista que en el orden didáctico prefigura los posteriores trivium y quadrivium, así como la aspiración a la autarquía incluso mecánica del hombre completo. Escribió poemas épicos, tragedias, ditirambos, tratados en prosa. Su interés por la didáctica se muestra en su escrito Troyano (Néstor alecciona a Neoptólemo) y en su cultivo de la mnemotecnia. De él parece provenir la exaltación de la physis o dotes naturales, frente a la ley o nómos convencional, que tan negativa iba a resultar en la sofística tardía.Gorgias de Leontinos (ea. 485-380) dejó íntegros dos escritos mitológicos, Helena y Palamedes, para mostrar, dentro de su tendencia general a cifrar en la palabra el arte de seducir, cómo se defienden las causas difíciles. Como teorizante de la retórica, es autor de una Tékhné a la que luego siguieron otras similares, como la de Protágoras. Se conservan de él en parte un epitafio (discurso fúnebre de los pronunciados cada año en honor de los atenienses muertos en combate); una oración pronunciada en Olimpia con exaltaciones de la helenidad común; y un fragmento del tratado Sobre lo que no existe (ensayo de paradójica reducción in absurdum). Su estilo barroco y preciosista, inspirado parcialmente en su maestro Empédocles, influyó en Isócrates y en toda la prosa posterior. Alumno suyo y enemigo de Isócrates fue Alcidamante de Elea, quizá autor de otra Tékhné.Es difícil separar a Antifonte el orador, de su homónimo el sofista: quizá se trate del mismo individuo (ca. 480-411). Como obras filosóficas tenemos fragmentos de La verdad (cuadratura del círculo, physis/nómos, igualdad entre griegos y bárbaros), Sobre la concordia, de carácter ético, y Sobre la interpretación de sueños, racionalista.Sobre el polígrafo Critias (hexámetros, elegía política, proemios oratorios, Las constituciones en prosa y verso) cfr. d). Sus fragmentos trágicos lo presentan como exaltado detractor del nómos y expositor racionalista del origen de la religión introducida por "un hombre astuto". En cambio, el largo fragmento sofístico recogido en el Protréptico de Yámblico (cfr. 4c) representa una tendencia moderada. Oligárquica, pero no sofística es la dirección de La constitución de Atenas, falsamente atribuida a Jenofonte, que, escrita hacia el a. 430, pasa por ser el primer tratado político de Occidente.h) La filosofía socrática y platónica. Dicha obra presenta ya argumentos y contraargumentos en forma de diálogo, y Critias dejó unas Homilía¡ o conversaciones. En todo caso, la forma literaria del diálogo, frente al tratado sistemático, va ligada de modo íntimo (el dialecto, naturalmente, es siempre ático) a la figura de Sócrates (v.) y a las escuelas nacidas de él. Entre los a. 450 y 347 (muerte de Platón) discurren (los escritos correspondientes se han perdido) las vidas del socrático Esquines de Esfeto (Alcibíades, Aspasia, Calias); el megárico Euclides, fundador de una escuela llena de elementos eleáticos (Critón, Esquines, Alcibíades); Fedón, personaje del diálogo platónico así llamado, creador de la escuela elea (Simón); el ateniense Antístenes, primera fuente, no tan extremista todavía, del cinismo (pueden ser diálogos Aspasia, Alcibíades y Menéxeno; pueden no serlo Ciro, Heracles y Salón, dirigido contra Platón; no lo eran las declamaciones Ayante y Odiseo, quizá paradojas gorgianas, y La verdad, con título como el de Protágoras); el cirenaico Aristipo, fundador de una escuela agnóstica (quizá no sean diálogos Heracles ni Ciro), y Jenofonte (v.) y Platón (v.), de quienes se conservan muchos diálogos socráticos.i) Escritores teónicos. Resulta verdaderamente difícil en lo prealejandrino distinguir entre la Filosofía, madre de todas las ciencias, y los desarrollos parciales y especializados de éstas. Por eso hemos citado ya las investigaciones matemáticas de Tales, Pitágoras e Hipias, las geográficas de Anaximandro, los rudimentos de una praxis médica en Empédocles, los principios retóricos sentados por este mismo y por los manuales de Gorgias y Protágoras. En este campo actúan, en la segunda mitad del s. v, los siracusanos Córax y Tisias y Trasímaco de Calcedón, personaje del libro I de La república de Platón, autor cada uno de ellos de una Tékhné. La medicina adquiere auge extraordinario a partir de Alcmeón de Crotón (ca. 570-500), cuyos escritos, en dialecto jónico, se basaban en principios pitagóricos; y conservamos casi 60 obras, también en jónico, como Corpus hippocraticum, algunas de cuyas partes pueden proceder incluso del s. I d. C., pero cuyo núcleo inicial se debe al famoso Hipócrates de Cos (v.), predecesor de toda la Medicina occidental. En matemáticas descuellan, en la segunda mitad del s. V, Hipócrates de Quíos (cuadratura del círculo, duplicación del cubo) y Teodoro de Cirene (números irracionales, cfr. el Teeteto de Platón); en astronomía, Metón, citado en Las aves de Aristófanes, que realiza grandes avances en materia de calendarios, y el pitagórico Filolao de Crotón (s. V-IV), priinero en dudar del geocentrismo. De arquitectura escribe Ictino, constructor del Partenón en los a. 447-438; de escultura, Policleto de Argos, de la misma época; de pintura en perspectiva, Agatarco de Samos, también por entonces. Son escritos importantes posteriores: los del polígrafo Jenofonte en torno a finanzas (Económico y Sobre los ingresos), política (La constitución de los lacedemonios), caza (Cinegético), táctica militar (Hipárquico), cría y monta caballar (Sobre la hípica), etc.j) Geógrafos e historiadores. El deseo de comentar e interpretar genealógica y geográficamente a los poetas (alegorismo de Teágenes, a quien siguen, a fines del s. V, Estesímbroto de Tasos y Metrodoro de Lámpsaco); la mayor frecuencia y longitud de los viajes, emprendidos muchas veces con doble fin comercial y científico (historíé o encuesta y autopsíé o contemplación directa de pueblos y hombres); y, en fin, las necesidades de la nueva vida política y cultural propia de la edad clásica dieron lugar a una gran floración de geógrafos e historiadores, los logógrafos, que escribían sus obras, hoy perdidas casi todas, generalmente en jónico. Ya a fines del s. VI, eran descritas las costas meridionales de Asia, las de África occidental y las de Hispania y la Galia por los periplos, respectivamente, de Escílax de Carianda; del cartaginés Hannón, cuya obra escrita en su lengua natal fue vertida al griego muy tardíamente; y el no conservado excepto en la versión latina de Avieno con el título Ora marítima. Más importancia tienen, a principios del v, Acusilao de Argos, que puso en prosa las genealogías de Hesíodo; el también mitógrafo Ferecides de Atenas y, sobre todo, Hecateo de Mileto (ca. 555-480), precursor de Heródoto (v.) en muchas cosas y cuya obra comprendía mapas, descripciones geográficas y disquisiciones etnográficas y miográficas en sentido racionalista. En la misma dirección se mueven más tarde, aparte de Heródoto, literariamente muy superior (ea. 484-420), Herodoro de Heraclea y Helanico de Mitilene, ambos de fines del v, de los que el último, más tibio en su interpretación racionalista de los mitos, fue gran polígrafo y autor, entre otras cosas, de la primera de las historias locales del Ática (son también muchas las crónicas o anales de otras ciudades que conocemos) tan cultivadas luego por los llamados atidógrafos; y, a principios del s. tv, Ctesias de Cnido, autor de una historia de Persia, de cuya corte era médico.La genial visión histórica de Tucídides (v.) no encuentra dignos descendientes (salvo de modo relativo en las llamadas Helénicas de Oxirrinco, papiros anónimos en los que, después del a. 387 y antes del a. 346, se relatan analíticamente hechos del a. 396-395) ni en Ienofonte ni en Filisto de Siracusa (ea. 430-356), historiador de Sicilia, ni en Teompompo de Quíos (n. ca. 377), patético y retórico al modo de su maestro Isócrates, ni en £foro de Cime, su coetáneo, más discreto como armonizador de versiones anteriores con afán moralizador e intérprete racional de las leyendas. De Eneas, probablemente un general de la Estinfalo arcadia que vivió en pleno s. tv, se conserva un tratado de táctica militar.k) Oratoria. Durante los s. V-IV se desarrolla, especialmente en Atenas, un género retórico muy peculiar. Los discursos se han conservado, salvo observación contraria. Hay piezas pronunciadas en causas privadas por el interesado, como era de ley en Atenas: así las de Demóstenes (v.) contra sus tutores, etc. Otras causas privadas tienen implicaciones políticas: restos de la defensa (cfr. g) de Antifonte de Ramnunte (n. ca. 480) ante el tribunal que le condenó a muerte después de la revolución oligárquica del 411; defensa de Andócides (n. ca. 440) con motivo de ciertos oscuros hechos relacionados con un sacrilegio; acusación del meteco Lisias (ea. 445-380), demócrata exaltado, contra Eratóstenes a causa de la ejecución de su hermano Polemarco por los Treinta Tiranos; el promacedónico Esquines (v.) compitió con Demóstenes en varias ocasiones, y lo mismo hizo, dentro de idéntica tendencia, el también meteco Dinarco de Corinto (ea. 360-290); Hiperides (ea. 390-322), alumno de Isócrates y Platón y ardiente demócrata ejecutado por los macedonios, dirige sus discursos, fragmentariamente trasmitidos, contra los "colaboracionistas" y una vez también contra Demóstenes con motivo del proceso de Hárpalo; el austero Licurgo (v.) acusa de tibieza patriótica a Leócrates; y quizá sean auténticos unos trozos en que Démades, partidario de los macedonios que fue muerto por ellos hacia el a. 319, da cuenta de su actuación. Todo esto, con brillante elocuencia e insuperable habilidad argumentística por parte de los distintos oradores. Son discursos totalmente políticos, pronunciados con frecuencia en la asamblea popular, los de Demóstenes, el Sobre la paz con Esparta de Andócides y algunos redactados por Lisias para su utilización por ciudadanos.Las personas no capaces de hablar en público solían encomendar la redacción de sus discursos de defensa o acusación a profesionales llamados logógrafos (la palabra tiene aquí otro sentido que el expuesto antes; cfr. j), cuyas obras eran tanto más eficaces cuanto mejor se acomodaran a la figura y al caso del que hablaba. Tenemos discursos logográficos de Antifonte (tres procedentes de procesos por asesinato), Isócrates (v.) en su primera época; el meteco Iseo (de fines del v y primera mitad del IV), que se especializó en procesos relacionados con herencias; Demóstenes (que aprendió de Iseo) e Hiperides (famoso proceso de Friné); pero el gran maestro de este género, después de sus fracasos en política activa y retórica de escuela, fue Lisias, con obras como Sobre la muerte de Eratóstenes (personaje distinto del citado), Sobre el olivo, En defensa del inválido, Contra Agórato, etc.Más estrictamente retóricos (y más fríos y artificiales) son el tratado perdido escrito por Lisias, discípulo de Tisias; los discursos ficticios, para uso en la escuela, de Antifonte, maestro de retórica y sofista o influido por los sofistas; la col. de proemios compuesta por Demóstenes para casos de urgencia; los escritos propagandísticos, manifiestos filosóficos, etc., de Isócrates; algunos juguetes retóricos redactados por éste al modo- gorgiano y también por Lisias (discurso erótico trasmitido por el Fedro de Platón, defensa perdida de Nicias) y Demóstenes (otro erótico); las epístolas de varios autores (Lisias, del que sólo hay fragmentos, Demóstenes, Esquines), ante las cuales cabe siempre no sólo la sospecha de no autenticidad, sino también la duda acerca del carácter real o literario de la carta; los discursos solemnes (recuérdese en todo ello a Gorgias) para ocasiones oficiales (epitafios de Lisias, Demóstenes e Hiperides, de los que el primero puede ser ficticio o espurio o ambas cosas); discurso panegírico de Isócrates, jamás pronunciado, y olímpico de Lisias, probablemente escrito también para la lectura, etc.M. FERNÁNDEZ-GALIANO.
BIBL.: A. MEILLET, Aperçu d’une histoire de la langue grecque, 7 ed. París 1965; P. KRETSCHMER, Introducción a la Lingüística griega y latina, Madrid 1946; J. CHADWICK, El enigma micénico, Madrid 1961; A. LESKY, Historia de la Literatura griega, Madrid 1968; 0. CATAUDELLA, Historia de la Literatura griega, Barcelona 1954; A. CALDERINI, Tratado de Papirología, Barcelona 1963; A. DAIN, Les manuscrits, París 1964; 1. ALSINA, Literatura griega. Contenido, problemas y método, Barcelona 1967; C. M. BOWRA, La aventura griega, Madrid 1960; W. JAEGER, Paideia, 2 ed. México 1962; A. LESKY, La tragedia griega, Barcelona 1966; F. R. ADRADOS, Ilustración y política en la Grecia clásica, Madrid 1966; A. TOVAR y OTRos, Problemas del mundo helenístico, Madrid 1961; M. F. GALIANO, De Platón a Diógenes, Madrid 1964; 1. S. LASSO DE LA VEGA, De Sófocles a Brecht, Barcelona 1970.
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